Lo personal y lo político

Quiero dejar de ser la princesa rescatada, por favor

Sirve leer autoras, hablar con amigas, ir a terapia, escribir columnas. Pero una cosa es prepararse para el cambio y otra enfrentarlo.
14.11.18
PRINCESA RESCATADA
Ilustración de Julián Guzmán | VICE Colombia.

Artículo publicado por VICE Colombia.


El último hombre con el que quise estar (¿quiero?) me dice (me decía) princesa. Me lo decía de apodo, de cariño.

De amor, quisiera yo.

Me gustaba. Me sigue gustando, para qué me lo voy a negar. Así me pasa con él. El tiempo que compartimos, siempre determinado por la intermitencia, la incertidumbre, el drama y muchas veces el arrebato se llenó de varios momentos que nunca pensé que fuera a aceptar, que me fueran a gustar, o mucho menos que fuera a extrañar.

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Tengo clavados en el recuerdo hechos y actitudes que meses atrás hubiera rechazado con vehemencia: comportamientos, sobre todo de mi parte, que identificaba como nocivos para mi persona, para mi feminismo y el proceso de deconstrucción que me estoy proponiendo, el cual va mucho más lento de lo que quisiera, confieso. Fueron días de placer y de retroceso que no debería repetir, diría mi yo feminista, pero en el fondo, ese porcentaje de princesa mimada, dramática, dominada por el deseo y patriarcalizada, siempre quería más.

Lo que más me cuesta aceptar es que, aún hoy, quiero más, así sienta que estoy traicionándome a mí misma.

Lo nuestro ni estaba presupuestado, ni estaba destinado a ser. La circunstancia siempre nos jugó en contra en todos los aspectos posibles y siempre lo supimos pero, al menos en mi caso, una no puede prever la llegada del conocido embale. Este se va camuflando ahí calladito, confundiéndose con el tacto y las madrugadas, las arrunchadas y las duchas, la música y las despedidas.

Quizá era esa misma contracorriente la que me impulsaba a seguirle dando rienda suelta a este tormento, atornillada siempre a esa maldita costumbre que tengo de llevar las cosas al límite, como me lo dijo tantas veces mi terapeuta, a quien tampoco veo más. Las situaciones que me ponen en peligro, el problema con la autoridad, retar al destino en cada maldito momento, sin tregua. De ser posible, ir contra los designios de la vida misma: así he descubierto que se rigen la mayoría de situaciones de mi existir, incluso cuando yo no quiero, y este híbrido de relación malograda no iba a ser la excepción. Pero lo que siempre nos saboteaba más que nada, una y otra vez, era el drama puro. Un drama que, a pesar de que el contexto mismo era dramático, casi siempre estaba infundado por mi cabeza.

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El drama generalmente era inexistente, algún pretexto negativo que me inventaba de la nada. Mi cerebro empezaba a ficcionar en reacción al silencio alargado, a la ausencia, a la desatención, a la distancia. Rápidamente empezaba a fabricar conjeturas sin sentido que se dibujaban solas en el aire. Luego las interiorizaba como verdades absolutas acerca de mí, de él, y de este momento de la vida en el que, de alguna manera rara y quebradiza, coincidimos. Un drama que, al final, eran mis inseguridades hablando, mi orgullo infinito, mis comportamientos nocivos replicándose otra vez.

Un drama de princesa.

La dinámica siempre era la misma: su ausencia, ya fuera presencial, virtual, y en general todo lo que significara la sustracción de él, o la sustracción de la dinámica que había empezado a tener con él, me disparaba el modo princesa. ¿Y cómo se manifestaba ese modo? Me retraía, dejaba de hablarle, dejaba de manifestarme de cualquier manera, esperando que fuera él quien me buscara, forzando las cosas de una manera pasivo agresiva para que me extrañara y sintiera que estaba mal no haberme buscado. La circunstancia que nos atravesaba generaba interferencia constantemente, y para cuando retomábamos el contacto ya era demasiado tarde para mí: las suposiciones que me había creado días atrás, casi todas negativas, ya eran verdades cinceladas en piedra, inamovibles.

Duré días en este vaivén, que luego, sin darme cuenta se convirtieron en semanas y luego en meses. Todo lo hablo en singular porque sé que nada de lo vivido fue recíproco. Nada nunca lo es.

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Quizá muchas mujeres se sienten identificadas con la dinámica que acabo de mencionar. Esa en la que la rabia no se comunica, sino que se traduce en forma de silencios, de respuestas monosílabas con el otro, distancias… En forma de lo que muchas llamamos pasivo agresividad en las relaciones. Esa ha sido mi especialidad con todas mis parejas, y a pesar de sentir que soy buena comunicándome con ellos, siempre existe un punto en donde la rabia se me mezcla con la sospecha y el orgullo y hasta ahí llego: me convierto en una princesa de hielo encerrada con llave y candado en la torre más alta de mi castillo emocional, hasta donde pretendo, va a tener que treparse mi príncipe a buscarme para volverme a merecer.

¿Por qué a veces me creo premio a destapar en vez de una pareja horizontal?

Ahora pienso que este complejo de princesa me ha costado, entre otras cosas, la relación más larga e importante de mi vida. Al final de ella me quedé desde el otro lado en silencio, esperando desde mi torre una palabra, una llamada, una señal. En vez de darla yo, como hubiera querido, esperé que me rescataran del resquebrajamiento que tenía en frente. Pero nadie nunca salió a salvarme.

A veces pienso que quizá llevo meses atrapada en esa misma torre.

¿De dónde putas saqué esta forma de relacionarme con mis parejas tan perjudicial para mí y para ellos, en donde mi afecto, mi amor y mi corporalidad se convierte, en los momentos de dificultad, en un botín por el que tienen que hacer todos los esfuerzos y buscarme una y otra vez? ¿Por qué a veces me creo premio a destapar en vez de una pareja horizontal?

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Muchas psicólogas señalan que nuestra forma más primigenia de amar la aprendemos con nuestra familia y nuestro entorno más cercano. Quizá tengan razón. De mis papás, otro matrimonio fallido, recuerdo las cagadas de mi papá y las constantes reconciliaciones con mi madre, a quien buscaba una y otra vez.

De repente nos íbamos a Santa Marta porque mi papá había llegado con un viaje sorpresa de reconciliación, o recuerdo a mi mamá medirse joyas que mi papá le regalaba luego de haber llegado a la medianoche el día de su aniversario, sin felicitarla ni nada. Siempre repudié el amor material, nunca lo he entendido, nunca lo he buscado. En cambio, siempre he buscado en mis parejas las acciones, el interés, la honestidad, todo lo que no vi en la relación de mis padres, hasta que se separaron. Y una vez se separaron, la relación con mi papá se convirtió en una interferencia eterna donde él está ausente y sin buscarme la mayoría del tiempo, pero yo tampoco lo hago de vuelta.

Quizá todo esto tenga que ver con mi síndrome de princesa rescatada. Quizá no. No lo sé. Ya no sé nada.

La comunicadora y escritora feminista Coral Herrera afirma que, desde muy niñas, las mujeres aprendemos a poner al amor en el centro de nuestras vidas, mientras que, desde muy pequeños, los hombres aprenden a considerarlo un "tema de niñas", y a rechazarlo. "Las niñas creen que para amar hay que sufrir, pasarlo mal, aguantar y esperar al milagro romántico".

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Solo hay que mirar un poquito atrás para darse cuenta de dónde viene esto del milagro romántico. Recuerdo a las princesas de Disney, por ejemplo, los personajes que llenaron mi infancia: Blancanieves custodiada por siete hombres y con una belleza que despertaba la peor de las envidias; la Bella, con síndrome de Estocolmo por su captor, quien era literalmente una bestia; Ariel, que renunció a su voz por reunirse con el hombre que amaba; la Bella Durmiente, a quien su príncipe devolvió del letargo con un beso y la más princesa de todas: Cenicienta, una princesa de origen humilde que huye desesperada la mitad de la película y a quien el príncipe busca luego de puerta en puerta con un zapato que se le perdió, afanado por una especie de frenesí afectivo-fetichista.

Según Coral, estos cuentos nos convierten en adictas al amor romántico y nos mantienen esperando nuestra propia utopía. "Al patriarcado le conviene que permanezcamos encadenadas a esta ilusión, cada cual buscando la manera de ser rescatada por un príncipe azul", asegura ella.

Y luego de los cuentos que moldearon nuestra infancia podemos pasar a las novelas colombianas, a los realities, a la música. Recordemos nuestros recuerdos en el colegio, nuestros primeros amores y nuestras primeras relaciones sexuales, donde era tan importante el tema de "entregar la virginidad". Siempre esperando ser buscadas, siempre buscando ser conquistadas, siempre buscando entregarnos al mejor postor, de acuerdo al contexto. ¿Por qué nos hicieron creernos esto?

"Y eso que me duele quizá sea mi reflejo asomándose a través de mis amores fallidos".

De algo estoy segura: yo no estaba en busca de algún milagro romántico con nadie, o de alguna utopía. Creo que, en todos los casos, yo solo quería algo: que me quisieran bien, pero decir bien significa muchas veces 'a mi manera', y ahí es cuando empieza el problema del amor. Creo que de esto también hablamos cuando hablamos de romantizar.

En fin. Siento rabia. Rabia por admitir lo que siento, rabia por ser consciente de que mis sentimientos van en contra de mi feminismo y la manera en la que quiero volver a construirme, rabia por no poder dejar de sentir esto que siento, que es como una zozobra de lo incompleto. "Las guerras románticas que sostenemos nos impiden disfrutar del amor y de la vida", escribió Coral en alguno de los prólogos de sus libros. Y eso también me da rabia: mientras ellos siguen con el presente de sus vidas, yo no me puedo despegar de los fogonazos del pasado que se me aparecen todo el tiempo y me toca lidiar, unos días más que otros, con esto que cargo adentro a todos lados.

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Hoy pienso que no debería estar gastando energía innecesaria en esto, no vale la pena. Quizá lo hago porque como dice una de mis mejores amigas, las personas son espejos. Y eso que me duele quizá sea mi reflejo asomándose a través de mis amores fallidos.

Pero lo que más me da rabia de todo es que no sé cómo cambiar este comportamiento. Sí, sirve leer autoras, hablar noches enteras con las amigas, ir a terapia, escribir columnas. Pero una cosa es prepararse para el cambio y otra muy diferente es enfrentarlo y, al menos en este momento, debo admitirme una cosa más, una derrota esta vez: no sé cómo combatirme a mí misma en este momento de mi vida.

Por ahora la princesa, tu princesa, va ganando esta batalla.


Una nota final: mañana 15 de noviembre tendrá lugar en el Congreso de la República un audiencia pública sobre violencias y acoso sexual en las universidades. Irá representación estudiantil, de organizaciones sociales e instituciones estatales. Esta coyuntura coincide con un nuevo capítulo de #AcosoSexualEnLaU que publicamos la semana pasada. Pendientes al evento y chequen el especial: el acoso sexual sigue siendo una problemática gravísima en las aulas de nuestro país.

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