Aquí yace un montón de narcos mexicanos

Las tumbas de Jardines del Humaya, en el estado mexicano de Sinaloa, parecen inspiradas en las grandes pirámides de Egipto. Ambos lugares fueron construidos para simbolizar la ascensión de gobernadores poderosos al cielo, pero en el caso de Humaya la...

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01 Julio 2011, 12:00am

Los pósters con fotografías de los difuntos son omnipresentes en todo Humaya.

Las tumbas de Jardines del Humaya, en el estado mexicano de Sinaloa, parecen inspiradas en las grandes pirámides de Egipto. Ambos lugares fueron construidos para simbolizar la ascensión de gobernadores poderosos al cielo, pero en el caso de Humaya la mayoría de difuntos dirigía un reino de drogas ilegales y violencia extrema.

Situado a las afueras de Culiacán, la ciudad más grande de Sinaloa, este cementerio es un emplazamiento de mausoleos gigantes que parecen apartamentos de una habitación con majestuosas cúpulas de vivos colores. Los terrenos se venden en bloques de 1,10 por 2,25 metros, la medida estándar de un ataúd mexicano. Una forma frecuente de compra es en bloques de tres, que se venden por 30.000 pesos (algo menos de 1.800 euros). Algunas de las propiedades más grandes incluyen zonas lúdicas donde los niños pueden jugar de forma segura durante las visitas de las familias. Los que encargan estas estructuras están dispuestos a gastarse lo que haga falta para asegurarse de que sus patriarcas—algunos políticos y hombres de negocios, pero en su mayoría los narcotraficantes más infames de Sinaloa—disfruten de la vida eterna en un lugar que refleje sus insostenibles formas de vida. Si esto requiere instalar aire acondicionado y una cocinita, que así sea.

La rivalidad se ha descontrolado en Humaya. Las familias intentan continuamente levantar estructuras más grandes que las de sus vecinos, una versión mórbida de “ser más que los de al lado”.

Según Walkyria Angulo, la única experta en arquitectura funeraria de la región, las excentricidades de estas construcciones tiene una explicación muy lógica: la gente está llevando la ciudad al cementerio. “En Culiacán, esos mausoleos suelen copiar lo que se ve en las casas de la zona”, dijo. “Esta mezcla sólo existe aquí. Desafía toda categorización”. Hace unos cinco años surgió una tendencia minimalista que era en realidad un batiburrillo, adoptando formas austeras y elementos de hierro. El único elemento común es el uso de mármol, las cúpulas de acrílico, gastarse cantidades desorbitadas de dinero para dar últimos retoques, las esculturas y la iluminación. Walkyria estimó que una de las tumbas más caras costó por lo menos 5 millones de pesos (unos 296.000 euros).

En los últimos años, los arquitectos de mausoleos han imitado la tendencia minimalista de las casas modernas, pero extravagancias como añadir escaleras definen un estilo que sólo se puede encontrar aquí.

Los monumentos más impresionantes y elaborados están situados en las zonas más profundas del cementerio, y desde el exterior parece un barrio moderno inspirado por la arquitectura de las capillas. Es habitual ver todoterrenos de lujo aparcados delante de mausoleos o deambulando por las calles que dividen las estructuras. Las tumbas son a la vez estridentes y muy pensadas, lo que hace pensar en las horribles y diversas formas en que estos individuos perdieron sus vidas. Los visitantes se quedan embobados mirando sus legados.



Algunos puede que consideren excesivo enterrar a un ser querido en un edificio de dos pisos repleto de plantas—rosas, dalias, margaritas y otras flores decorativas se suelen colocar a lo largo del perímetro—pero la intención es, precisamente, la celebración de la sobreabundancia. México tiene una larga historia de conmemoración de la muerte celebrando la vida, y ésta no es una excepción. Fiestas que duran varios días con música en directo son frecuentes en acontecimientos como cumpleaños, novenas y el Día de los muertos. Las celebraciones son tan abundantes que los organizadores de eventos de la zona ofrecen decorar las tumbas y coordinar reuniones verdaderamente dionisíacas por unos 35.000 pesos (algo más de 2.000 euros) que incluyen luces, jardines, altares y temáticas personalizadas. Si, por ejemplo, el difunto era jugador, sus fiestas tendrán la temática del casino e incluirán una ruleta y una mesa para jugar a los dados. Si le gustaba un plato de comida en concreto, su familia y amigos servirán ese plato para él en el altar y lo cambiarán cuando la comida se estropee. Pero ni siquiera estos cuidados pueden garantizar a los huéspedes de Jardines del Humaya que descansarán en paz.

Algunas de las estructuras incluyen características interiores como retratos de los difuntos y aire acondicionado.

Uno de los pocos vigilantes del cementerio, que se negó a decirnos su nombre, explicó que, aunque los visitantes suelen ser respetuosos, siempre existe la amenaza de peligro. Él lo experimentó de primera mano cuando unos sicarios llegaron a un entierro buscando venganza en la familia del difunto. El vigilante accedió a ayudar en el funeral porque faltaba personal en el cementerio y, mientras abría el ataúd, una mujer gritó, “¡Que todos los hombres se marchen corriendo!”. Antes de que pudiera alzar la vista, un grupo de hombres armados le obligó a tumbarse boca abajo en el suelo.

Algunas de las tumbas en Jardines del Humaya albergan niños que murieron antes de tiempo. Es fácil reconocerlas porque están decoradas con personajes de dibujos animados o imágenes de las películas que los niños disfrutaron en vida.

“Hemos venido a enterrar a este hombre”, dijo el guardia a sus agresores. “Trabajamos aquí. No sabemos qué problemas tuvieron con este tipo”.

“Te he dicho que te tumbes, viejo cabrón”, contestó el sicario antes de que su grupo y él secuestraran a ocho personas, que aún siguen desaparecidas.

Otro incidente en el cementerio llegó a los titulares en enero de 2010: un cuerpo decapitado apareció cerca de la tumba de uno de los narcotraficantes más viles de la pasada década. En el lado opuesto del cementerio, cerca del mausoleo de otra figura importante del narcotráfico, dejaron la cabeza de la víctima, con una flor detrás de la oreja. Un trabajador le contó al vigilante lo que había descubierto para que éste informara a la policía, pero él prefirió seguir callado, que es lo que hace la mayor parte de los mexicanos en este tipo de situaciones.

“Les dije que no puedo involucrarme en estos asuntos”, dijo el vigilante. “No me interesa. Me van a implicar y entonces, ¿qué voy a decir? Yo no vi nada”. Sin embargo, el vigilante insistió en que esta clase de incidentes fueron hechos puntuales, poco comunes, durante los cuatro años que llevaba trabajando en el cementerio.

Jardines del Humaya es un lugar tranquilo y a la vez lleno de conflictos sin resolver. De alguna manera, las personas aquí enterradas son inmortales, porque su existencia continuará afectando a la vida de otros incluso después de haber sido cubiertos con tierra. Pero hay algo incuestionable: la gente que ha construido este lugar se preocupa por sus muertos de una manera que la mayoría de nosotros no podemos comprender.