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David West y Boris Diaw, los engranes de la generosa máquina de los Spurs

Las dos generaciones de San Antonio siguen cumpliendo con su trabajo, pero hay una razón por la que muchos basquetbolistas quieren jugar para los Spurs.
3.5.16
Photo by Soobum Im-USA TODAY Sports

La actual serie de postemporada entre los Spurs de San Antonio y el Thunder del Oklahoma City es una competencia entre precisión sistemática y condición atlética deshonesta; una semifinal de conferencia por Esopo. Los Spurs han estado llenando su nicho incluso antes de esta portada de Sports Illustrated, y el Thunder ha hecho lo contrario en los últimos años, al ser un equipo en el imaginario público que pasó de ser bien dirigido a pobremente dirigido, hasta inclusive indirigible. El código es fácil de descifrar. "Inteligente" es el elogio más alto. "Talento" es peyorativo.

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Esta forma de ver las cosas es injusta para ambos equipos, pero en especial para los Spurs. El inconveniente de su pugna por el título de casi dos décadas siempre ha sido tendencia entre los analistas para darle el crédito a la estructura y el método por encima de los jugadores que la ponen en marcha. En este contexto, Gregg Popovich —el mejor entrenador en la historia del basquetbol, en mi opinión, y sin duda uno cuyos logros no necesitan presumirse— se convierte no en un socio del éxito de San Antonio, sino su único origen; la cualidad más útil que cualquier Spur puede tener, sea estrella o jugador promedio, es la voluntad para obligarlo. Olvida que el mismo Popovich rechaza esta noción, ya que se la pasa diciendo, a todo aquel que lo escucha, que ha sido afortunado de entrenar a Tim Duncan, Tony Parker, Manu Ginobili, y Kawhi Leonard, y no al revés. Desde hace tiempo ha sido canonizado. Dicha redirección de aclamación es humildad, y su molestia con dicha premisa es cauteloso encanto.

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Desde luego, los Spurs tienen un opulento talento individual, y se la han pasado ganando campeonatos. Leonard y LaMarcus Aldridge son mucho más que una versión regurgitada de las estrategias de Pop; hacen jugadas que nadie más puede hacer en la NBA. Duncan, Parker, y Ginobili siguen siendo efectivos a pesar de sus rígidas articulaciones porque cada uno posee un estilo innato y singular. Sin embargo, nadie ejemplifica mejor el alcance del talento en el plantel de San Antonio que un par de suplentes. Se supone que los grandulones de reemplazo tiene que ser alternativas obedientes, y la mayoría en la NBA lo son. Pero en San Antonio, Boris Diaw y David West siguen siendo ellos mismos y con un efecto significativo.

Cuando ves la elección del día de la charcutería sobre la pizarra. Foto por Troy Taormina-USA TODAY Sports

Aquí les va una jugada de un partido bastante monótono de los Spurs, a mitad de marzo frente a Charlotte. A finales del primer cuarto, Diaw tomó el balón desde la parte alta de la llave, y dio un pase a West, quien concluyó con un short hook. Este par de jugadas fueron posibles por otras realizas con anterioridad, y todas habrían sido reconocibles como una secuencia de los Spurs, inclusive si las caras y las jerseys hubiesen sido borradas. Diaw tuvo la oportunidad de llevar el balón porque su defensor estaba cubriendo; su defensor estaba cubriendo porque Parker había pasado por la pintura segundos antes; Parker había llegado hasta la llave gracias a que Diaw le cedió el balón. El sistema y más sistema.

Excepto si miras de nuevo la jugada. El pase de Diaw fue fácil de poner en un diagrama —la defensa rota, opta por el hombre abierto— pero muy difícil de lograr. Dos jugadores de los Hornets se estiraron entre Diaw y West, y cualquier pase de rebote habría tenido que pasar bajo los tenis o piernas de alguien, así que Diaw engañó con hacer un layup, llevando el balón hacia fuera sobre una mano. Cuando los defensores brincaron para desafiar el tiro y se desviaron un poco, Diaw pasó el balón a West con un giro de muñeca tan delicado que apenas se muestra en el vídeo. Parece como si el balón se hubiese movido por sí solo, como una espora de diente de león en un día ventoso. West lo atrapó y terminó la jugada.

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Tendrías problemas encontrando dos jugadores más distintos trabajando de forma tan cercana. Diaw, quien llamó la atención a mitad de la última década con aquellos equipos de los Phoenix que obligaron a los Spurs de antaño a seis y siete juegos con rápidos contragolpes y descabelladas jugadas pick-and-roll, es un conducto nato. Adapta su cuerpo en la cancha lanzando pases que parecen inocentes cuando salen de sus manos, pero que demuestran ser brillantes cuando encuentran su blanco. West, quien jugó para aquellos equipos de Indiana que obligaron al Heat de Miami a seis y siete juegos en una lluvia de antebrazos y codos, es el punto final. Con la complexión de una roca, anota desde 20 pies de distancia y usando los mismos movimientos: salto con los codos, jump hook, y up-and-under. Parece herir el abdomen de su defensor en cada jugada, incluso cuando no entran en contacto.

No es necesario decir que sus números no sorprenden. Diaw promedió seis puntos y dos y media asistencias este temporada; West siete puntos y cuatro rebotes. Ambos sumaron menos minutos de los que habían disputado en una década. Pero durante los partidos, juntos, ejercieron presión constante. Uno puede pasarse jugando arriba y abajo sobre los carriles creando pantallas antes de inventarse algo mágico. El otro puede pasarse toda la noche hombro a hombro con la línea ofensiva para obtener un rebote clave. Los dos influyen tanto como contribuyen; el equipo contrario tiene que estar vigilante, consciente de lo que pueden hacer.

Cuando el vello facial tiene una razón de ser. Foto por Soobum Im-USA TODAY Sports

Hasta el momento, frente al Thunder, no ha logrado mucho. Los titulares de San Antonio pasaron por encima de Oklahoma City en el Juego 1, despejando la mayoría de las dudas a mitad del segundo cuarto, y en el frenético segundo partido, los grandulones de la banca jugaron sólo unos minutos. Aún así, han ofrecido destellos de su utilidad. Un pase de Diaw a profundidad que parece hacer una curva en el aire, detona una serie de movimientos de balón que culminan en un tiro con salto. West recibe una falta dudosa y un par de jugadas después bloquea un tiro del Thunder contra el tablero. Empeizas a sentirte mal por Oklahoma City en estos momentos.

El medio ambiente y la cultura, dos palabras que los hombres vestidos de traje repiten durante el medio tiempo en los partidos de los Spurs, en realidad tienen que ver algo con todo esto. Antes de llegar a San Antonio, Diaw apenas podía impresionar a si antiguo "yo" de los Suns, perdiendo el tiempo para un fatal equipo de Charlotte. Había sido catalogado erróneamente como un bulto, y no tenía muchas oportunidades de realizar sus encantadores pases, ni muchos compañeros que pudieran hacer algo con ellos. Los Spurs han sido la panacea de una carrera que parecía esfumarse.

West, por su parte, se redujo el suelo el pasado verano para llegar a San Antonio, renunciando a una opción de jugador en Indiana y fichando con los Spurs por cerca de 10 millones de dólares menos. Es difícil imaginárselo haciendo lo mismo con otro equipo contendiente al título. Al empezar la temporada, Cleveland y Oklahoma City eran conocidos por tener broncas, y Golde State era a prueba de todo; San Antonio era el lugar para aquel veterano en busca de todo o nada.

El atractivo de los Spurs no es la posibilidad de aprender de Popovich. El ambiente que logró echar a andar y que sigue manteniendo es colectivo, y no de instrucciones. Aún más placentero que la buena ejecución de un set para San Antonio, es ver el júbilo de los jugadores que pueden hacer lo que mejor saben hacer: ex MVPs, jugadores All-Star, y trotamundos; todos por igual. Los Spurs y Popovich no prometen mejorar jugadores. Prometen hacer un buen uso de ellos.