¿Realmente las bandas emergentes se tienen que avispar?
Foto de Juan Pablo Mejía

¿Realmente las bandas emergentes se tienen que avispar?

OPINIÓN// Astrid Ávila responde a la columna de Juan Antonio Carulla
27.4.17

Mira la columna 'las bandas emergentes tienen que avisparse' aquí. 

Hace seis meses fui a un concierto de las 1280 Almas en Latino Power, en el marco del Festi-Mugre, un evento organizado por músicos que gestionan conciertos en Bogotá y Buenos Aires. Verme allí, con el lugar medio vacío, ansiosa, bailando sola y extática a unos pocos metros de las Almas como si fuera la primera vez, persuadida por la nostalgia, me hizo viajar a 1996 convertida en una niña y, en un acto de egoísmo de mi yo del futuro, me vi suplicándole a la banda, en secreto, que no triunfaran, que no hicieran parte de giras multitudinarias y exclusivas, que no creyeran en las promesas del mercado, que no pensaran en nada diferente a hacer música, que no pensaran en la música en función de nada ni de nadie, que se guardaran para nosotros, que no se fueran, que no crecieran, que no escalaran rumbo al éxito, que tocaran, que hicieran la música sólo por hacerla, que no adaptaran la creación a nada ni a nadie: de esta forma el yo del presente podría vivir ese momento, 20 años después.

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¿Por qué entonces obviar los fracasos que, sumados, han contado historias disidentes? ¿Por qué no cuestionar esos conceptos que, aplicados a la música, resultan pretenciosos y a veces banales? Posicionamiento, estrategias, ambición, crecimiento, level up, industria. ¿Por qué seguir desconociendo otras escenas, tan anónimas como importantes, que no han buscado con ansiedad -ni con estrategia- el éxito comercial y que, por su lado y de manera reflexiva, se han dado a la tarea de hacer de la música el principio y el fin de todo?

¿Realmente se tienen que avispar?

Una reflexión al margen, y en esto coincido con una parte de la columna: me he dado cuenta de que la mayoría de periodistas culturales en Bogotá, a excepción de unos cuantos que comprenden la esencia de su oficio, no son curiosos, no los mueve descubrir nuevos mundos, no tienen tiempo para buscar cosas diferentes a las que ya han escuchado o a las que ya les han recomendado sus amigos. Una hipótesis que tengo sobre la causa de esto es que están tan acostumbrados a que los jefes de prensa, e incluso los mismos músicos, les hagan el trabajo, que a veces escogen no hacerlo por sí mismos.

La mayoría de nuestro periodismo cultural es divulgativo, no es analítico. Y una excepción es, precisamente, El Enemigo: con detalle, desglosa con naturalidad los discos y promueve un interés por la música que reseña. Ha hecho la tarea que la mayoría de periodistas no. Precisamente por eso encuentro contradictoria esta columna: ¿no sería más interesante hablar de la música misma y no tanto de sus arandelas? ¿No ha habido poderosas escenas en Bogotá que descreen de los valores absolutos del comercio al por mayor? ¿No hay cada fin de semana en Bogotá una efervescencia musical inusitada, forjada a pulso? ¿Acaso muchas de esas bandas no dan cuenta de otros caminos, no hablan de que el crecimiento no se puede medir solamente por la figuración mediática o por el éxito comercial? ¿Cientos de bandas nacionales no nos han demostrado ya lo contrario?

¿No será hora de cuestionar el posicionamiento, cuando estamos sumergidos hasta el cuello en los mares de un capitalismo salvaje? ¿No es cuando menos una señal de alerta que busquemos equiparar la industria de la música a cualquier otra industria? ¿No será más bien que seguir al pie de la letra estos consejos, ejecutivos y burócratas, ha contribuido a que casi no haya música contestataria y desobediente sonando en la radio o figurando en nuestros televisores?

Lo peligroso es que este discurso lo han insertado en nuestra cabeza desde no hace poco tiempo. Que el músico tiene que seguir un único camino, buscar su profesionalización, entrar, con docilidad, a hacer parte de las lógicas del mercado, consumir y ser consumido, competir. Y los músicos que habitan la periferia, ¿dónde quedan? ¿Quién los legitima? ¿Están condenados a protagonizar la historia del fracaso porque el sistema así lo dicta? ¿De verdad nos creímos esta historia?

Músicos emergentes: hagan música, buena o mala, pero hagan música sincera. Graben como sea, donde sea, cuando sea, bajo las condiciones que sea. Salgan a tocar si les nace salir a tocar. No se crean el cuento de la corrección política y de la sumisión en un sistema voraz que se alimenta de eso. Controviertan. Hagan discos buenos. Hagan discos malos. Viajen. No determinen la calidad de la música por las condiciones materiales en las que esta surge. No pongan su música al servicio exclusivo de nada ni de nadie. Sigan el camino que su misma obra les reclame.