Qué demonios es "hackear" el cuerpo a través de la comida

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Qué demonios es "hackear" el cuerpo a través de la comida

El 'biohacking' es la nueva tendencia alimentaria que consiste en "hackear" el cuerpo para lograr la dieta perfecta. Para saber qué significa esto, busqué al creador del movimiento Dave Asprey.
16.12.15

Dave Asprey no desayuna. En su lugar, se levanta a las siete, se traga un puñado de suplementos, lava una taza y le pone café con mantequilla. Sí almuerza. Cuece verduras al vapor y carne de res o pescado con mantequilla y aceite de coco. Para la cena vuelve a comer carne o pescado con una salsa de crema.

Su dieta consta de 50 a 60 por ciento de grasas, 20 por ciento de proteína y 20 ó 30 por ciento de vegetales. Ha hecho todo para calibrar cuidadosamente su alimentación para tener un día de 19 horas llenas de energía. Evita alimentos inflamatorios (grasas transgénicas, azúcar, alcohol, etc) y micotoxinas; y ha gastado, hasta la fecha, $50 mil dólares en probióticos.

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Él también es fan de la droga mejor conocida como modafinilo, de la que toma en dosis de 50-100 mg al día. Asprey, un exempresario técnico de San Francisco de 41 años de edad, se ha convertido en el representante de un tipo muy moderno de obsesivos de la salud: el biohacker.

Si es que existe algo como la dieta humana perfecta, los biohackers están empeñados en encontrarla. Una consecuencia de este movimiento, nacido en Silicon Valley, es que los que lo siguen están obsesionados con el conteo de calorías consumidas: utilizan apps "inteligentes" que miden siete indicadores, incluyendo el porcentaje de grasa y masa corporal, el nivel de musculatura, el peso de los huesos, la grasa visceral y hasta la eficiencia del metabolismo en reposo. Se ayudan también de aparatos que miden su productividad diaria y otros con los que pueden hacer pruebas de sangre rápidas con tal de rastrear con precisión cuánto afecta lo que comen.

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No se limitan a querer verse bien; ellos buscan la máxima eficacia del rendimiento físico y mental. En los últimos 15 años, Asprey, quien ahora recorre el mundo dando su conferencia llamada "Dieta a prueba de balas", ha perdido 150 kilos desde que se inició en este método de alimentación. En sus charlas nunca olvida mencionar que además su coeficiente intelectual ha aumentado más de 20 puntos y que necesita sólo cinco o seis horas de sueño al día, aunque puede sobrevivir con sólo dos.

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Foto cortesía de David Asprey.hackear

Su régimen es el resultado de la extrema auto-experimentación. Ha tratado la restricción calórica, llenarse de proteínas y consumir solo líquidos, midiendo la respuesta de su cuerpo con cada uno y con la ayuda de análisis de sangre, aplicaciones biométricas, monitores de ritmo cardíaco, sensores de piel, y una máquina de EEG. "Quería tomar el control de mi sistema", menciona en entrevista con MUNCHIES. "Literalmente se trata de mi cuerpo".

Este proceso le ha costado $ 300 mil dólares, lo que no es mucho dinero para él, teniendo en cuenta que generó 6 millones de dólares cuando tenía apenas 26 años.

Sin embargo, él no es el único haciéndolo. Nos metimos a algunos foros de biohackers, donde la información que circula gira en torno a cómo el aceite de linaza afecta la función cognitiva. También hay buenos debates sucediendo acerca de cuál es el mejor momento del día para consumir cafeína, cómo afecta la dieta vegetariana a la líbido, y sobre si comer miel y beber whisky ayuda a dormir mejor.

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Algunos biohackers practican el ayuno intermitente para mejorar la productividad. Konstantin Augemberg, un investigador de mercado de 36 años de edad, publica gráficos y tablas donde se puede ver cómo lo que come afecta sus niveles de pH; incluso mide la rapidez con la que mastica. Por lo general registra 15 variables a la vez, lo que según él le lleva 20 minutos al día. Cada ciertos meses analiza los resultados para ver qué mejoras hay y que podría incorporar a su método. Su cuerpo es, literalmente, una máquina a la que mantiene como un técnico.

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¿Cuál es el punto de todo esto? "Quiero ver cómo la dieta afecta mi bienestar y mejora mi estado de ánimo, la productividad y otros aspectos de mi vida", menciona. Como es investigador de mercado, le es fácil medir todo con números. Augemberg ahora ha aumentado su ingesta de grasas en la mañana para aumentar su energía y ha adoptado un patrón de seis comidas ligeras al día en porciones de entre 300 y 350 gramos cada una —ésta es justo la cantidad exacta que lo llena—. Explica cómo solía cocinar muchísimo el domingo para poder comer lo mismo toda la semana, de esa forma podía hacer una medición más precisa de gramos y calorías. Desafortunadamente se dio cuenta de que comer lo mismo durante tantos días le causaba reflujo de ácido. Por eso ahora está trabajando en introducir variedad en su dieta sin "echar a perder las mediciones".

Quizás estés pensando que esto es demasiado triste. O exagerado. Probablemente tienes razón, pero los biohackers aseguran que este conjunto de investigaciones personales ayudarán a que sobrevivamos en el desesperanzador futuro, en el que no habrá comida suficiente para todos los humanos vivos.

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Además de controlar a la perfección todo lo que comes, dicen los biohackers que no debemos entretenernos a la hora de comer. No hay que jugar con la comida, hay que comer rápido y volver al trabajo; vaya, ni siquiera hay tiempo para lavar los trastes. Todo se trata de "cargar combustible" y nada más. Pero, ¿qué pasa con las emociones, con el placer y con el gusto? Gran parte del disfrute de la comida viene, además del sabor —primordial—, del tiempo, del contexto, de la gente con quien se comparte. ¿Qué hay sobre los rituales, la cultura, todo esa belleza que envuelve a la comida?

¿Abandonarías el placer incomparable de morder un pan recién horneado con mantequilla, el cosquilleo en la nariz cuando comes queso azul, el placer emocional de comer a pellizcos un pan au chocolat con tal de presumir que has hackeado tu cuerpo a niveles nunca antes imaginados?

"Soy capaz de dejar todo eso con tal de vivir más tiempo y mejor", dice Nick Winter, biohacker de 28 años de edad, originario de San Francisco. Winter ha probado varias tácticas, incluyendo eliminar por completo el trigo y los productos lácteos, y seguir la dieta de los "carbohidratos lentos". Actualmente está siguiendo una versión modificada de la Bulletproof de Asprey, pues evita comer demasiada mantequilla, ya que las pruebas cognitivas mensuales a las que se ha sometido revelaron que eso hace que su función cerebral disminuya.

"Por lo general, las personas no se entienden a sí mismos lo suficientemente bien, y cualquier forma de aumentar eso vale la pena". Tal vez eso es lo que hace el biohacking. Puede que no ofrezca mucho para tentar el paladar, pero sí complace a nuestra innata obsesión por conocernos y controlarnos.

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Es posible que la abundancia de datos pueda ayudar a un mayor progreso médico, pero el biohacking es, por donde se lo mire, fantásticamente narcisista.

El objetivo no es, al parecer, tratar de averiguar algo nuevo e innovador acerca de los seres humanos, es para que los biohackers descubran algo sobre sí mismos. Se trata de rechazar el instinto y, en cambio, alimentarse de datos. Asprey todavía cree que no pasará mucho tiempo antes de que todos estamos en ello. "El mundo es un lugar mejor cuando la gente se siente bien", dice. "Eso no va a desaparecer".

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Además también está el hecho de que hay mediciones que no pueden ser completamente reales —cómo saber si la disminución de la función cerebral se debe al consumo de mantequilla y no a cualquier otra cosa—. Otras sí nos darán información valiosa para nuestra salud, pero temo que algún día nos encontremos relacionando el consumo de mariscos con el divorcio que recién enfrentamos.

El perfeccionismo —inherente al ethos del biohacking— se ha relacionado con la ansiedad, la depresión y algunas enfermedades físicas como el asma. Sigrid Kronsberg, una consultora de marketing de 48 años de edad y originaria de Nueva York, comenzó a hackear su dieta en 2011. Estudió el efecto de los suplementos en su estado de ánimo, adoptó un plan de alimentación bajo en azúcar, y elaboró hojas de cálculo para documentar su ingesta de micronutrientes. No se sentía mucho mejor. En cambio, empezó a sentirse cada vez más ansiosa. "Mi vida era triste. Comencé a desarrollar fobias hacia los alimentos", me cuenta. "Cada ingrediente tenía que ser perfecto; no podía ir a restaurantes porque no confiaba en ninguno".

Para ella, comer se convirtió en una "carrera de obstáculos"; por eso decidió renunciar en septiembre, después de 4 años de hackeo intenso. "Quería salir a comer sin preocuparme. Fue liberador".

El extremo de esta eterna preocupación-ocupación por lo que se come se puede considerar un trastorno alimenticio: ortorexia nerviosa. Es decir, "comer justamente". Puede ser difícil darse cuenta de la diferencia entre alimentarse sanamente y obsesionarse con la alimentación.

Entonces, ¿no estaremos reemplazando un problema con otro?

Puede que la experiencia de comer sea efímera —después de todo solo es masticar, digerir y defecar—, pero es uno de los mejores placeres que encontraremos en este podrido mundo. ¿No podemos encontrar el punto medio entre disfrutar y alimentarnos lo más sanamente posible?