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Cultura

En todas las guerras se han usado drogas para convertir a los soldados en máquinas de matar

Desde el principio de los tiempos, los soldados se han estado metiendo de todo para lanzarse al combate.

por Oscar Rickett
13 Abril 2016, 3:00am



La policía busca a los terroristas de Bombay en 2008. Imagen vía

En noviembre de 2008, diez miembros del grupo radical islamista Lashkar-e-Toiba fueron responsables de doce tiroteos y atentados con bomba que acabaron con la vida de 164 personas y dejaron heridas a otras 300. Durante casi 60 horas, los terroristas lograron mantener a raya a cientos de los miembros mejor entrenados de las fuerzas especiales de India hasta que finalmente fueron capturados o abatidos.

Los integristas habían recibido meses de duro adiestramiento militar para convertirse en verdaderas unidades de élite en el combate. Pero había algo más, y es que cuando atentaron, estaban colocados. Las pruebas halladas en el lugar de los ataques y los posteriores análisis de sangre realizados a los terroristas revelaron que algunos de ellos habían consumido cocaína, LSD y esteroides, sustancias que sin duda les ayudaron a repeler a una fuerza policial que los superaba en número durante dos días, sin comida ni bebida, y algunos con heridas mortales.



En su nuevo libro Shooting Up , el historiador polaco Lukasz Kamienski demuestra que desde que existe la guerra, hombres y mujeres se han servido de distintas drogas para potenciar sus capacidades de combate. Según Kamienski, los terroristas de Bombay envalentonados por los efectos de las sustancias psicoactivas no son más que los últimos de una larga cola de combatientes que se remonta a tiempos históricos: desde los berserkers vikingos inducidos a un estado de frenesí por el consumo de setas alucinógenas a los guerreros incas, cuya resistencia se veía incrementada por las hojas de coca que mascaban, o los soldados de la Guerra de Secesión, adictos a la morfina, y la Wehrmacht, cuyos miembros iban bien puestos de speed.

Durante la década de 1980, el historiador militar John Keegan respondió a la pregunta "¿Por qué luchan los soldados?" con tres respuestas: "incitación, coerción, narcosis". Posteriormente, el propio Keegan descartó su teoría por resultar demasiado simplista. Sin embargo, Kamienski afirma que, además de la incitación a la que conducen los deshumanizantes programas de adiestramiento y la coerción que ejercen las naciones para que el pueblo luche en su nombre, el aspecto de la "narcosis" puede tomarse de forma literal: para lograr que una persona mate a otra, es preciso alterar sus capacidades volitivas. Las drogas pueden hacer que los soldados hagan cosas que de otro modo nunca harían, como dejar de lado su faceta humana para convertirse en el aparato bélico de un ejército.

"Las pruebas antropológicas demuestran que no somos de naturaleza bélica", explica Kamienski durante nuestra conversación telefónica. "Es muy difícil cruzar esa línea que nos impide matar a otras personas. La cuestión es convertir un civil en un soldado capaz de asesinar sin sufrir consecuencias psicológicas notables".

Shooting Up utiliza un enfoque cronológico, una línea temporal que va de los tiempos premodernos al presente. Así, el libro arranca con los hoplitas griegos embriagados por el vino y nos lleva a conocer a los héroes homéricos que olvidaban sus penas consumiendo opio o a las tribus siberianas que ingerían setas, si bien todas esas historias palidecen ante la de los famosos vikingos.

Cubiertos en sus pieles de oso, los guerreros vikingos eran temidos como pocos otros soldados en la historia de los conflictos bélicos. "Dios, líbranos de la furia de los norteños" solían rezar los que habitaban zonas susceptibles de ser atacadas por los vikingos. En aquel entonces se creía que era el propio Odín quien infundía semejante furia a sus hombres, haciéndoles el doble de fuertes e inmunes al dolor y eliminando todo resquicio de humanidad de sus espíritus. Mordían sus escudos, aullaban como lobos y abrían las tripas a todo el que se cruzara por su camino. Kamienski demuestra que esa furia vikinga era debida a un brebaje elaborado con Amanita muscaria y que los guerreros ingerían antes de entrar en combate, y cita al toxicólogo Erich Hesse: "La persona intoxicada imagina que se ha convertido en algún animal; su alucinación le lleva incluso a creer que le han crecido plumas o pelaje".

Debo confesar que las veces que he consumido Amanita muscaria no me he visto embargado por la necesidad imperiosa de reducir a cenizas un poblado noruego, pero la dosis adecuada administrada de la forma correcta puede alterar la realidad del que la consume hasta el punto de que considere natural ciertas acciones que no lo son (como el saqueo y la violación). La combinación de drogas que consumieron los terroristas de Bombay los indujo a ese estado: la cocaína les dio energía, los esteroides la fuerza y el ácido alteró su percepción de la realidad y los dispuso para la lucha suicida.

Kamienski cree que un ejemplo especialmente impactante de este uso de las drogas lo encontramos en los soldados que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. "Me conmocionó mucho saber que los miembros de la Wehrmacht iban muy colocados de metanfetaminas durante la invasión de Polonia", confiesa. "Son cosas de las que no hablan en los libros de historia".


Soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Imagen vía

El régimen nazi condenó muy duramente el consumo de drogas recreativas en público, pero en el ámbito privado, eran muchos los altos mandos que exploraban los efectos de determinadas sustancias psicotrópicas. Hitler pasó una buena parte del conflicto bajo medicación y a Göring y Goebbels les encantaba la morfina. El primero quiso contrarrestar los efectos de la morfina consumiendo cocaína y acabó siendo adicto también a esta.

También eran ellos los encargados de suministrar drogas a los soldados alemanes. Durante la invasión de Polonia de 1939, se les administraban las "pastillas de asalto", que no eran otra cosa que Pervitina, una versión de la metanfetamina en cristal que ayuda a combatir el estrés y la fatiga y provoca euforia. Una vez conquistado el territorio polaco, el ejército alemán solicitó un cargamento de 35 millones de pastillas de Pervitin para la ofensiva contra Francia que llevarían a cabo al año siguiente.

No se tenía demasiado en cuenta el bienestar de los soldados. La droga se utilizó para forzar al máximo la máquina de guerra nazi a toda costa. "Los nazi solo querían que sus soldados fuesen mejores combatientes, que lucharan durante más tiempo, que se cansaran menos, que llevaran la Blitzkrieg al extremo", señala Kamienski. Muchos soldados alemanes acabaron desarrollando adicción al fármaco. Cuando las reservas oficiales se agotaron, las mandaron enviar desde Alemania, donde podían obtenerse sin problemas. "Hoy os escribo, principalmente, para pediros que me enviéis Pervitin", escribía Hein, un soldado de 22 años destacado en Polonia, a su familia en Colonia.

Pero los alemanes no eran los únicos que recurrieron al speed para potenciar a sus tropas. El resto de potencias también lo hicieron: británicos, estadounidenses, japoneses e incluso los finlandeses, que en aquella época eran los mayores consumidores de heroína. "Mi conclusión es que los ejércitos que se enfrentaron en la Segunda Guerra Mundial lo hicieron bajo los efectos de la metanfetamina o el speed", señala Kamienski.

En el siglo XX, la condena del consumo de drogas y la preocupación por sus efectos sociales se agudizaron y dieron como resultado la aparición de medidas legislativas de carácter prohibitivo. Kamienski se refiere a la guerra de Vietnam como "la primera guerra farmacológica" debido a la ingente cantidad de drogas que se consumió: muchos historiadores sugieren que entre un 10 y un 15 por ciento de los soldados estadounidenses que lucharon en ese conflicto acabaron enganchados a la heroína.

Lo que realmente sorprende de todo esto es que hasta ahora no se hubiera hecho un estudio exhaustivo como el de Shooting Up sobre este tema. No debemos olvidar que el consumo de drogas era una práctica culturalmente aceptada hasta hace relativamente poco, por lo que tampoco es de extrañar que se extendiera al campo de batalla. Actualmente, los ejércitos occidentales son muy poco tolerantes con el consumo de drogas, aunque muchos soldados estadounidenses retornados de Irak y Afganistán aseguran que abundaban las go pills como el Adderall y las bebidas energéticas, así como una gran variedad debatidos de proteínas y suplementos para aumentar la masa muscular, productos que, en un contexto histórico, provocarían risa a un vikingo.

Ya está a la ventaShooting Up, de Lukasz Kamienski.

Traducción por Mario Abad.