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Cultură

Nos están McDonalizando

El psicólogo Marino Pérez afirma que la 'McDonalización' convierte los problemas existenciales propios de la sociedad de consumo en supuestos trastornos como depresión, ansiedad o fobia social.
22.1.15

El catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez afirma que el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) es una invención. Lo explica en su nuevo ensayo 'Volviendo a la normalidad' (Alianza Editorial), firmado junto al psicólogo Fernando García y el biólogo Héctor González. Como fui (mal) alumno de Marino hace muchos años, quiero que me lo cuente mejor. Nos sentamos, él con su café y su paciencia y yo con mi cerveza, y atacamos la cuestión.

VICE: Empecemos por el principio: ¿qué es un trastorno?

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Marino Pérez: Un trastorno psicológico es un término que sugiere un problema que dificulta la vida de la persona pero que también trata de evitar la noción de "enfermedad", buscando un concepto más neutro, ya que la enfermedad supone que hay una condición biológica.

Bien. La segunda parte: ¿qué es "por déficit de atención e hiperactividad"?

Supone que la atención y la falta de autocontrol que tienen los niños está constituyendo un problema para los adultos, empezando por los padres y, después, los profesores. Los niños no están atendiendo a lo que los adultos quieren que atiendan, por ejemplo, las tareas escolares y, en lugar de estar quietos, están moviéndose.

El título de un capítulo de vuestro libro es contundente: "Cómo se echa a perder un niño". ¿Cómo se echa a perder a un niño?

Nos referimos con ese título irónico a prácticas muy comunes que, aún con buena intención por los educadores, echan a perder a los niños. Por ejemplo, una de ellas es que los niños tienen que ir a la escuela a divertirse, cuando los niños para divertirse no tienen por qué ir a la escuela: se arreglan perfectamente en casa. Dentro de estar en la escuela, hay distintos momentos y espacios: unos para divertirse, como el recreo, y otros para aprender tareas no necesariamente divertidas que, si lo fueran, difícilmente podrían diferenciarse del recreo. Otro ejemplo es el de la autoestima, una moda que vino de California en los setenta. Se creía que los problemas que tenían los niños y los adolescentes, como el absentismo, la violencia o los embarazos no deseados, se debían a falta de autoestima, de manera que, fomentando la autoestima, se suponía que esos problemas iban a desaparecer. No solo se encontró que eso no era así, sino que era más bien al contrario. Se entrenaba la autoestima diciendo a los niños y adolescentes que se repitiesen a sí mismos "soy muy competente", "valgo mucho", "puedo"… al margen de cualquier esfuerzo, de cualquier logro demostrado. De esta manera, se educa a los niños con un ego muy inflado y esto les hace muy vulnerables a esos momentos que llegan rápidamente a la vida en los que se sienten frustrados: cuando las cosas no llegan con la rapidez o en el modo que ellos quieren. Consecuentemente, esta frustración produce agresividad.

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Si soy un padre con un niño al que han diagnosticado TDAH y mi hijo cumple todo lo que dice dicho diagnóstico… ¿qué hago?

El hecho de que el niño haya recibido un diagnóstico positivo de TDAH no debe sorprender: es muy fácil de encajar en él porque se define por una serie de comportamientos muy genéricos que cumplen muchos niños. Nosotros no negamos que esos comportamientos del niño puedan suponer un problema para el adulto. Un niño debe saber atender y esperar y puede haber algunos a los que no se les hayan enseñado estos comportamientos. Es un problema de aprendizaje: se les puede enseñar mediante prácticas y hábitos que los adultos incorporen en su trato hacia ellos.

Shin Chan sería el típico ejemplo de niño toca huevos

Los defensores del TDAH te responderán que existen unas bases genéticas…

El diagnóstico formal del TDAH ya supone una enfermedad con alguna condición alterada en el cerebro de origen genético. Sin embargo, los estudios metodológicamente más cuidadosos no han encontrado ningún marcador biológico o gen asociado al TDAH. El supuesto origen genético del TDAH solo sirve para dar pedigrí médico a esta condición y para eximir de responsabilidad a la sociedad o a los adultos en lo que los niños aprenden. Vivimos en una sociedad en la que los individuos no están acostumbrados a asumir responsabilidades de lo que les pasa en la vida y la sociedad tampoco quiere asumir que genera contradicciones, que posee condiciones que crean problemas en los individuos. En ese contexto, aparecen la biología o la genética como explicaciones exculpadoras. El individuo y la sociedad quedan a salvo de la responsabilidad y hay diversos agentes muy interesados en aprovecharse de esta dinámica. Uno de ellos es, sin duda, la industria farmacéutica que capitaliza los problemas de los individuos como si fueran enfermedades para comercializar medicamentos, ¡como si hubiera medicamentos para solucionar problemas de comportamiento social o interpersonal! A la par de la industria también están determinados profesionales, tanto psiquiatras como psicólogos, que encuentran en el TDAH un problema social muy fácil de diagnosticar y de ofrecer una especie de explicación de la sociedad. Y la propia sociedad recibe muy bien esta explicación por lo que decía antes: no hay culpables, es la neuroquímica del cerebro. Nadie es responsable, en realidad.

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En este sentido, tú en el libro hablas de una McDonalización de la infancia, pero aquí ya entramos en la McDonalización del adulto, como mecanismo para no sentirse responsable, encontrar soluciones fáciles…

Efectivamente. Es una expresión de un pediatra inglés que se refiere al hecho de convertir problemas de la vida en supuestas enfermedades medicables en serie. La McDonalización comenzó con los adultos. Muchos problemas existenciales que tenemos, propios de nuestra sociedad de consumo, competitiva, frustrante… se han convertido en supuestos trastornos como la depresión, la ansiedad o la fobia social. Es una patologización de la vida adulta, que se extiende a la infancia.

La depresión clínica comparte muchos condicionantes con el TDAH, como explicasteis en vuestro anterior libro La invención de los trastornos mentales: ¿Escuchando al fármaco o al paciente?.

En los últimos veinticinco años, la depresión empezó a ser una epidemia, cuando antes era mucho menos frecuente. ¿Qué ocurrió? La gente aprendió a "deprimirse" porque fueron inducidos a ello: a vivir problemas cotidianos de la vida, como las decepciones, las frustraciones, los conflictos o las pérdidas, como si fueran una enfermedad que tiene un remedio… que curiosamente consiste en una medicación. Con la comercialización del Prozac, mediante campañas publicitarias se propagó una sensibilización extrema entre la población de manera que malestares cotidianos a los que generaciones anteriores no daban importancia, se convirtieron en anormales y remediables con medicación. No es que no haya depresiones que necesiten ayuda especializada, pero dicha ayuda debería centrarse en las condiciones existenciales de la vida y no en una supuesta neuroquímica: no se ha encontrado ninguna alteración neuroquímica que esté en el origen de la depresión. Además, la medicación como el Prozac no corrige una alteración específica de una condición, sino que está siendo útil a la manera del dopaje: aumenta la energía y, de paso, puede venirte bien para solucionar un problema.

¿Estamos creando una generación de niños y adultos dopados? ¿Estamos creando una generación "D"?

Sería una buena definición. Nos encontramos con una sociedad que quiere solucionar sus problemas mediante la química. Esto no solo implica los efectos nocivos de los fármacos, sino que los individuos no aprenden a asumir la responsabilidad que tienen con respecto a cambiar la sociedad o asumir su vida. Se remiten a una solución mágica, el fármaco, y a una explicación impersonal, la neuroquímica. Acabaríamos en una sociedad de individuos dopados, incapaces de asumir su vida…

Y en una sociedad controlada por las farmacéuticas, cuatro o cinco empresas, que serían las 'dealers' que nos pasan sustancias para afrontar nuestra existencia.

Justo. Dominada por empresas que no son ONG, sino que tratan de vender fármacos y sus clientes son los ciudadanos diagnosticados. Este mecanismo encaja con que los ciudadanos no quieren tener los problemas normales de la vida y las farmacéuticas les ofrecen unas soluciones mágicas. Es "Un mundo feliz" de Huxley, con el individuo identificado con ser consumidor y con el "me gusta" como el mayor criterio para evaluar el mundo. Nos quedamos en una reducción brutal de la capacidad de los individuos para juzgar, distinguir o diferenciar las cosas y poner en valor las cosas. Todo es en función de los "me gusta" que tenga. Así nos encontramos hoy, en esa especie de campo de concentración sin alambradas.