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Fronteras de Europa

La vida de los MENAS marroquíes atrapados en Marruecos

Mohammed no puede volver con sus padres a Marruecos, pero tampoco le dejan avanzar hacia Europa.

por Laura J. Varo; fotografías de José Colón
09 Agosto 2019, 3:30am

La Guardia Civil reteniendo a un niño que quería saltar la valla en el Puerto de Melilla, en 2014. Todas las fotos de José Colón.

Europa es una unión, pero también un complejo batiburrillo de países con leyes, idiomas, valores, políticas sobre drogas, salarios mínimos, licores y chistes malos propios. La vida puede ser totalmente distinta según el lado de la frontera en que hayas nacido, incluso dentro de los límites de la UE. Esta semana, en VICE.com te traemos historias que muestran cómo influyen las fronteras de los países que dividen y delimitan Europa en el día a día de quienes viven cerca de ellas.

Mohamed se ha quedado atrapado como una polilla. Le fascina una luz. No puede apartar los ojos del foco, extasiado, en el sentido más químico de la palabra. Sus amigos lo empujan, lo menean, le vacilan, pero tras cada arremetida de hombro, medio en broma, medio en serio, Mohamed vuelve a su posición frente a la farola sin despegar la mirada del fogonazo que baña la noche de sepia.

Está a punto de iniciarse una pelea absurda que se resolverá en cuestión de segundos por culpa de un bocadillo y Mohamed sigue abstraído. Precisamente fue una trifulca la que le costó una citación para presentarse en el Juzgado de Menores de Melilla y un encierro en el reformatorio.

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Menores marroquíes sentados en el rompeolas de la bahía de Melilla en 2014

Ahora acude todos los días a firmar al Centro de Menores Infractores de El Baluarte, en la ciudad autónoma, para evitar que lo expulsen de territorio español después de cuatro años dando tumbos dentro y fuera del sistema de protección de menores extranjeros no acompañados.

En España hay, según datos del Ministerio de Interior para finales de enero, más de 13 000 chavales como Mohamed (un 68 por ciento proceden de Marruecos) que han dejado de ser niños para convertirse en menas, las siglas con las que la administración identifica a la infancia de la que quiere deshacerse, los hijos de nadie, paridos en otra patria a la que ensombrece la promesa de la Unión Europea.

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Niños marroquíes en el puerto de Melilla en enero de 2014

Solo Andalucía (5704) y Cataluña (1870) se sitúan por encima de Melilla en el ránking de acogida, pero en términos relativos la ciudad autónoma se lleva la palma. Con unos 86 000 habitantes, la presión migratoria de los 1184 menores registrados (un 9% del total nacional) equivale a un 1,3% de la población.

La cifra total de menas duplica los 6414 menores registrados en 2017, estableciendo un récord que ha hecho colapsar el sistema de acogida y ha provocado ataques racistas como los producidos en una sola semana en dos centros de la provincia de Barcelona, donde en varios locales se intentó agredir a los residentes a pedradas y cuchillazos.

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Un marroquí es examinado por un voluntario de la ONG PRODEIN en busca de sarna. Melilla, España, 2018

La problemática no es nueva en el enclave español, pero el boom sí parece haber pillado por sorpresa al resto de un país que ya solo está acostumbrado a ver niños por las calles en situación de desamparo, sin videojuegos ni actividades extraescolares. Ni padres.

"Mis padres me dicen que me vuelva a Casablanca", confiesa Mohamed, "dicen que voy a morir en la calle". Cuando hablan por teléfono, él les responde que está bien, que no tengan miedo, que en el centro le cuidan, come, se ducha, tiene una cama donde dormir. "Me van a dar los papeles", les cuenta.

Toda la historia es verdad en parte y, en parte, mentira. No les dice que se droga, ni les ha hablado de los cortes que se ha hecho él mismo en el cuerpo. Este chico de 16 años se ha tirado al menos dos años viviendo en la calle, durmiendo a la intemperie. Si no le llega a pillar la policía peleándose seguiría en la calle, como casi un centenar de menores en Melilla según el último recuento de la consejería de Bienestar Social. Lo de los papeles, ya es otra historia.

Según la legislación española, las administraciones autonómicas bajo cuya tutela y custodia se encuentran los menores extranjeros están obligadas a gestionar un permiso de residencia temporal en España que, en el caso de los mayores de 16 años, también les permite trabajar.

El procedimiento no se cumple, según admite el propio Defensor del Pueblo, que lleva desde 2016 denunciando las trabas burocráticas que impiden que los menores tengan en regla la documentación cuando cumplen la mayoría de edad y son expulsados del sistema de protección.

“Ha habido épocas en que no había niños en la calle”, asegura Maite Echarte, cofundadora junto al activista José Palazón de la asociación PRODEIN en Melilla, una asociación católica cuyo objetivo es la protección de los menores, “ahora no están dando documentación; si los niños ven que salen del centro sin sus papeles, para qué se van a quedar, qué van a hacer”.

Los retrasos y fallos del sistema de protección condenan a los chavales a un limbo en el que merece más la pena arriesgarse a morir haciendo riski, como llaman a los intentos de colarse en los camiones que embarcan en los ferries atracados en el puerto de Melilla con rumbo a la Península, que pasar las noches oliendo a pies en los barracones de La Purísima, donde se hacinan decenas de niños con colchones en el suelo.

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Marroquíes en el puerto de Melilla en enero de 2014.

Yassin es uno de esos que ha escapado del centro para vivir en ninguna parte. Le patinan las palabras que le salen de la boca como un suspiro. Apenas puede responder "estoy bien" cuando le preguntan "¿qué tal?" en pleno subidón. "Qué te pasa?", le preguntó. "He esnifado pegamento", responde. "Para olvidarme", me dice cuando le pregunto por qué.

Su colega Salah continúa por él. Esnifan, dice, para no olvidar que están solos, con su familia en Fez, a más de 200 kilómetros de distancia; esnifan para evitar la nostalgia de un techo en días de otoño en los que amenaza tormenta; esnifan para dejar pasar más rápido las horas largas hasta la madrugada, la hora del riski. "No me gusta el centro", dice, "prefiero estar en la calle para colarme". Lo intenta cada noche y siempre le pillan. Salah tiene 13 años.

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Adil Masawi posa debajo del puente más cercano al centro de inmigrantes. Melilla, España en 2014

"¡Qué joven!", le digo. Él reniega. "En Marruecos tengo 15", dice, haciéndose el hombre, "cuando llegué a Melilla hace un año, me hicieron las pruebas y me dieron 12". A las puertas de Europa, la edad es otra frontera. La administración solo asume la tutela de aquellos menores cuya edad haya sido confirmada por pruebas forenses que debe avalar la Fiscalía y que juegan a equivocarse en ambos sentidos. Si el órgano determina que alguien tiene más de 18 años, es automáticamente expulsado del sistema de acogida sin nada más que una orden de expulsión.

A Megdoulin le quedan unos meses para dejar de ser menor. Aún no ha pasado un año desde que llegó a Melilla y no sabe si tendrá listo su permiso de residencia antes de su cumpleaños. No piensa mucho en ello, para no preocuparse, igual que ha dejado de acordarse de su ex, que solo la metía en "movidas".
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Mustafa salta dentro de un contenedor en el puerto de Tanger, en Marruecos

A ella lo que le gusta es bailar. La libera. Cada vez que ponen música el cuerpo se le mueve. Es incontenible. "Me levanto sola", ríe, y menea las caderas con un soniquete imaginario de danza del vientre. El ritmo la transporta a una realidad paralela donde no necesita asistir a las sesiones de Proyecto Hombre, una organización que ayuda con la rehabilitación a drogodependiente

"Voy a buscarme la vida", esboza como proyecto de futuro para cuando salga de la Gota de Leche, "a ver cómo van las cosas". Megdoulin es rifeña, de la vecina Nador. Es una de las menores cuya repatriación intenta negociar con Marruecos el Gobierno español.

El acuerdo supondría establecer una excepción a la Ley de Protección del Menor solo para losmenas marroquíes. Según el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, Rabat es el primer interesado en recuperar su infancia, sin importar qué empuja a los menores a cruzar solos sus fronteras.

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Un chico marroquí se fuma un cigarro dentro de una cabaña, en Melilla, España, el 3 de agosto de 2014

La ciudad autónoma, con el apoyo de Ceuta, ha ido un paso más allá y pide, directamente, enmendar la ley para incluir el concepto de "inmigrante económico precoz" lo que permitiría, no sólo la repatriación de los pequeños a Marruecos si sus padres son localizados, si no enviarlos directamente a centros de la Península para que sea el Gobierno central quien se ocupe de ellos si en tres meses no se ha resuelto la devolución al país vecino.

"Tenía muchos problemas familiares en Marruecos", ilustra Megdoulin, "no podía estar ahí con ellos". Tampoco se quiere quedar en Melilla. Su objetivo es Madrid, como el de Salah es Barcelona y, de ahí, a Suecia. Eso sí es la Europa que imagina, no la ciudad-frontera española empotrada en África.

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Mohammed, de 16 años, se esconde en los bajos de un camión en el puerto de Tánger, en Marruecos en 2014

Como Ceuta, Melilla es la primera etapa de un periplo que para muchos niños arranca en Fez, Casablanca o Marrakech, en coche o en autobús. "Juntas un poquillo de dinero, coges el bus por 14 o 15 euros y a la mañana siguiente estás en Nador", narra Mohamed, "se pilla un taxi a Beni Enzar y te intentas colar por la frontera".

Cruzar la frontera es menos arriesgado que embarcarse directamente hacia Algeciras desde el macropuerto de Tánger-MED, a solo 18 kilómetros de Ceuta y cuya carretera salpican regueros de pequeños que jueguetean a los márgenes de la autovía a la espera de su oportunidad para colarse como polizones entre contenedores de mercancías.

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Melilla, España, 23 de marzo de 2018

Es más caro, sin embargo. Puede costar agazaparse en el motor de un coche, colarse por el hueco de la alambrada en el puesto fronterizo de Beni Enzar. Después, salir es cuestión de suerte. Karim, que ya ha cumplido 19 años, lo ha intentado demasiadas veces desde que llegó a Melilla con 10 años.

Lleva tanto tiempo en la calle que saluda con verdadero afecto a vecinos que encuentra cenando en las terrazas del centro o en los locales de juerga del Puerto Deportivo. Él es de la banda “del chicle”, vendían paquetes a un euro para ganarse la vid. De aquellos amigos, no queda nadie en la ciudad: "Hay quien está en la cárcel, quien está en Europa... pero la mayoría está en la Península".

“Yo he intentado muchas veces meterme debajo del camión”, cuenta. Su marca personal es el puerto de Almería, donde la policía lo encontró escondido antes de salir del barco y lo devolvió a Melilla, aún menor. “Donde me escondo, me pueden ver”, explica, “no me oculto en sitios difíciles donde pueda perder una pierna o morir”.

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Un grupo de chicos marroquíes saltando una valla de seguridad hacia Melilla