Politică

"Tener a un genocida de vecino es como estar con un fantasma vivo al lado"

Este verano, el balneario más popular de Argentina recibe no solo a turistas sino a represores condenados a perpetua. En algunos casos son vecinos de víctimas que aún deben declarar contra ellos.
Foto: Juan Relmucao  

Artículo publicado por VICE Argentina

La Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación solicitó que la Justicia revise la decisión de otorgar prisión domiciliaria al represor Miguel Etchecolatz. El exdirector de Investigaciones de la Policía Bonaerense durante la última dictadura cívico militar —cuatro veces condenado a perpetua por secuestro, tortura y muerte— vive desde fines de diciembre en el Bosque Peralta Ramos, en Mar del Plata, la principal ciudad para el turismo de verano en Argentina.

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Actualmente, en la denominada “Ciudad Feliz” cumplen domiciliarias otros 14 represores condenados. En el barrio del Bosque, además de Etchecolatz también vive el cabecilla del Pozo de Banfield, Miguel Wolk. Mientras tanto, Abuelas de Plaza de Mayo Mar del Plata espera una resolución de la Justicia, luego de un enero de movilizaciones y elaboración de estrategias legales junto a otras organizaciones de Derechos Humanos. A su vez, víctimas del terrorismo de Estado como Paula Píriz, Ana Pecoraro y Gustavo Calotti pasan el verano junto a quien señalan como director de los centros de exterminio de la dictadura en la Provincia de Buenos Aires.

Las Abuelas contra los genocidas

A la una del mediodía de un día de verano, la rambla de Mar de Plata es una franja ancha y brillante que hace entrecerrar los ojos, salvo por los puntos que van y vienen o entran y salen o compran y venden. No muy lejos de ahí, en un séptimo piso del centro, las Abuelas de Plaza de Mayo tienen su oficina y llevan dos meses de trabajo tan intensos como la temporada de verano que inunda la ciudad de visitantes. "Se me rompió el teléfono de tanto usarlo después del traslado de Etchecolatz", cuenta Yamila Zabala Rodríguez. Cuando tenía tres años, un comando de la policía entró a su casa, asesinó a su papá y desapareció a su mamá. A ella y a su hermana de dos las llevaron, sin notificar a sus familiares, a un instituto de menores donde padecieron condiciones pésimas. Hoy, 40 años después de que su familia la recuperara, y convertida en abogada de la filial marplatense de las Abuelas, Yamila dice que no le sorprendió la domiciliaria del genocida, instalado en el barrio Bosque Peralta Ramos, a sólo unos minutos en auto de su oficina.

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Foto por Juan Relmucao

Con uno tono de voz que flota entre la firmeza y la tensión, Yamila reflexiona: “Me parece que van a querer seguir avanzando y que tenemos que estar preparados para impedirlo. Claro que me indignó esta medida pero no me parecía descabellado que sectores del Poder Judicial respondan automáticamente al nuevo poder político. Por ejemplo, hay una ley que creó una comisión bicameral en el Congreso para investigar a los grupos económicos que se beneficiaron en Argentina con la dictadura. Y bueno, esa comisión no está funcionando. Los que tienen que responder son los Massot (Nicolás, jefe del bloque oficialista en la Cámara de Diputados, sobrino del imputado por delitos de lesa humanidad Vicente Massot), los Blaquier y los Macri, esos nombres, son los que hoy gobiernan el país. Memoria, Verdad y Justicia es la columna vertebral que a todos nos debe unir para frenar esto y que nunca más pase en Argentina ni en el mundo un genocidio como el que sufrimos”.


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La abogada de Abuelas Mar del Plata estuvo presente cuando se entregó el pedido para revocar la domiciliaria. La ansiedad llenó la pequeña oficina de Bolivar 3057. “Alrededor de 40 vecinos viajamos a los Tribunales de La Plata —cuenta Zabala Rodríguez— para hacer un planteo judicial acompañando la presentación de los querellantes. Se pidió una audiencia pública para que sean escuchados los vecinos y, en todo caso, que el tribunal se constituya en el Bosque Peralta Ramos para visualizar con inmediatez cómo afecta la presencia de este genocida a la vida cotidiana del barrio. Otro eje del pedido fue que se escuche a las víctimas directas de Etchecolatz, que no fueron escuchadas cuando se decidió la domiciliaria. Esto es grave y más si se tiene en cuenta que en Argentina existe desde el año pasado la Ley de Protección a Víctimas de Delitos, que, entre otras cuestiones, obliga a que las víctimas sean notificadas de las domiciliarias de sus victimarios.

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Foto por Juan Relmucao

Un fantasma vivo en el Bosque Peralta Ramos

Ni extrañas plantas de energía que abren portales a otra dimensión, ni cuevas que te hacen viajar en el tiempo, en el Bosque Peralta Ramos el horror no entra en los cánones de Netflix, y se resume en que hombres cuyos delitos contra la humanidad fueron comprobados con múltiples condenas vivan a metros de sus víctimas por gracia y complicidad del Poder Judicial. Paula Piriz, hija del detenido desaparecido Luis Piriz, vive en ese barrio que bajo su tranquilidad de arboledas y chalets esconde terribles secretos. Con la llegada de Etchecolatz aquí se confirmó Vecinos Sin Genocidas, una organización de la que Paula y otras víctimas que viven en el barrio forman parte.

Preocupada, Paula habla en voz cada vez más alta a medida que las ideas y las imágenes le vienen a la mente: “¡Esto no se puede naturalizar de ninguna manera! Ya perdimos a nuestros seres queridos y ahora experimentamos otra pérdida, la pérdida de la verdad. Yo estaba en paz porque el tipo estaba en la cárcel. Nada me iba a devolver a mi viejo, pero sentí que se había hecho justicia. Sin embargo, ahora sale a comer asado en el jardín que tiene en su casa, cualquiera que tiene 80 años quisiera vivir así. Pero él no es cualquiera, mató a mucha gente. En las marchas veías a nenes preguntando ‘¿mamá por qué está suelto?’ ¿Cómo le explicas? Está libre por ser amigo de jueces o porque este gobierno lo permite y de ahí para abajo son todos cómplices”.

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“En el Bosque hay muchos policías, ¡les pagan para que cuiden al genocida!", continúa Paula. "Es horrible la presencia de los cascos. Mi hija iba en bicicleta por el bosque para ir a la casa de su abuela, pero ahora no puede porque han cortado la calle para cuidar a este señor. Es muy duro desde lo emocional y hasta en lo físico. Esto es tener un fantasma vivo al lado”.


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Ana Pecoraro y Gustavo Calloti son víctimas de la represión de la policía coordinada por Etchecolatz. Ana es hija de desaparecidos y Gustavo estuvo secuestrado en dos centros clandestinos de detención hasta que fue reconocido por la Justicia de la dictadura. Exiliado y vuelto a radicar en Mar del Plata, Calloti todavía tiene que declarar en la causa que investiga las detenciones, torturas y muertes en el “Pozo de Quilmes”, cuyo acusado más reconocido es Miguel Etchecolatz. Actualmente viven a 12 cuadras uno del otro.

“Vivir cerca de la casa de Etchecolatz es como vivir en un cuartel”, dice Ana. “En la zona de la casa hay uniformados todo el tiempo y eso es un cambio radical para todos los vecinos del barrio. Incluso los que vivimos acá desde hace unos años ya empezamos a ver gente extraña. Autos que no conocemos, personas de civil que entran a la casa, que lo visitan. ¿Para qué? Cuando hicimos un acto en la plaza que está cerca de su casa tuvimos un montón de patrulleros y policías. Hubo personas de civil que nos sacaban fotos detrás de las vallas que le pusieron a la casa. ¿Quienes eran esas personas? ¿Qué visitas recibe Etchecolatz? Él fue jefe de inteligencia durante la dictadura y no sabemos qué poder puede llegar a tener hoy. Entonces, ver que lo visitan, ver que nos sacan fotos y que al otro día ponen vidrios espejados para que no veamos de afuera… todo eso te genera una incomodidad horrible. Yo soy hija de un desaparecido y mi hermana se compró un terreno para construir su casa en el Bosque. Ahora resulta que ese terreno está frente a la casa de Etchecolatz.

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En ese marco, Gustavo se prepara para declarar contra Etchecolatz y los represores del campo de concentración donde vivió en carne propia delitos contra la humanidad. “La primera vez que declaré contra Etchecolatz fue en el 85. También declaré en la causa del ’Circuito Camps’ (que investiga los crímenes cometidos en centros clandestinos de detención de la policía bonaerense) y en otra causa. Ahora falta una más: el juicio por el Pozo de Quilmes; donde estuve secuestrado. Esa declaración tendría que ocurrir este año. Uno se va preparando, porque en el momento de hacerlo, de declarar, uno se quiebra porque está concretando un acto de memoria y compromiso que llevó años y que fue madurándose adentro. Vas moldeando las palabras que vas a usar para que los jueces entiendan, cuando en realidad las palabras son un obstáculo para contar algo así”.

Las olas también traen esperanza

Como el mar que rodea su ciudad, la voz de Ledda Barreiro surge imponente y a veces triste. Entre la memoria de su hija Silvia y el futuro de los nietos por hallar, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo Mar del Plata y sus compañeras pelean para que Etchecolatz y otros represores con domiciliaria en la ciudad vuelvan a prisión. Entre ellos, Miguel Wolk, captor de su hija en el Pozo de Banfield y también vecino del Bosque Peralta Ramos. Wolk trabajaba con Etchecolatz en el Pozo de Banfield, como Silvia tenía un embarazo avanzado, le daban leche y carne. Qué perverso, ¿no?”.

“Wolk y Etchecolatz saben dónde están mi nieto y los restos de mi hija”, asegura Ledda. “Me costó muchas noches de insomnio saber que esos tipos estaban acá. Se me ocurrían ideas disparatadas: yo puedo tomarme un taxi y en 10 minutos estar en la puerta de la casa de alguno, imaginate. Hace 40 años que busco a mi nieto. El destino de un genocida es la cárcel, aunque sean viejos, tienen que estár ahí. Tenemos 14 represores en Mar del Plata. No me extrañaría que algún día Astiz, que es marplatense, pida la domiciliaria y se la den”.

Foto gentileza Abuelas de Mayo

Marplatense de toda la vida, Barreiro ensaya algunas reflexiones del por qué genocidas, como los mencionados, terminan instalándose en el balneario predilecto de los argentinos. Según Ledda, “Mar del Plata es una ciudad militarizada desde siempre, tiene todas las fuerzas armadas: Marina, Aeronáutica, El Ejército, Gendarmería, Prefectura y la Policía Bonaerense y Federal. En épocas de la dictadura la ciudad tenía solo 270 mil habitantes, pero 10 campos de concentración.

Ante este contexto cuenta: “Le tengo prioridad a los jóvenes. Una de las cosas que más me gustan de las actividades de Abuelas es ir a las escuelas. Los chicos nacieron en democracia y la tienen muy clara, mucho más clara que los adultos. En ese sentido, digo que me puedo morir tranquila porque Abuelas va a seguir funcionando. Fuimos previsoras y siempre hicimos que los jóvenes intervinieran. Además, pienso que alguno de nuestros nietos deben tener hijos adolescentes o preadolescentes. Hay esperanza también ahí”.