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Cultura

Ídolos caídos del futuro

Adrián Villar Rojas crea esculturas gigantes de arcilla cruda.
18.9.12

¿Qué vería un extraterrestre del futuro si pudiera contemplar los restos de toda la historia humana? ¿Confundiría las oraciones a los difuntos con la aerodinámica y la literatura epistolar con la robótica? La obra de Adrián Villar Rojas (Rosario, Argentina, 1980) nace de una hipótesis de este tipo y conecta pasajes muy distintos de la historia pasada y por venir.

Tal como el tamaño y los desafíos técnicos de sus últimas esculturas permiten suponer, sus ambiciones son grandes: las piezas que componen El asesino de tu herencia (representación argentina en la última Bienal de Venecia) llegaban a medir once metros de altura, y fueron armadas in situ por un enjambre de asistentes. Más ambicioso aún es el afán de usar la noción de un futuro catastrófico para volver a contarlo todo, redescubriendo el valor de la cuarta dimensión en la escultura: si la dirección “arriba-abajo” llama la atención en sus proyectos, es la dimensión “pasado-futuro” la que más absorbe y conmueve. Así, el tiempo atraviesa tanto el discurso como la materia, craquelando la arcilla cruda de sus monumentos efímeros y devolviendo la imagen del futuro como un horizonte que desaparece. Hasta podría decirse que, en la obra de Villar Rojas, lo único monumental es la pérdida. Sus criaturas son frágiles: no son colosos, sino avatares agigantados, ídolos caídos del futuro que apenas llegan a transmitirnos su mensaje antes de disiparse en el ruido y el polvo. Son figuras topológicas, más que geométricas: su terreno no es tanto la forma y el volumen como la transformación y la conectividad de la materia, la información y el afecto.

A la cuarta dimensión del tiempo, habría que sumarle entonces una quinta: el plano íntimo y emocional replegado sobre cada episodio del universo, a la manera de las dimensiones suplementarias que, en la teoría de cuerdas, permean la trama del espacio y el tiempo. Con arcilla cruda y cientos de horas de trabajo, Adrián Villar Rojas logra cada vez reabrir esa dimensión y volcarla en el espacio de exhibición en la forma de personajes que parecen recién salidos de un portal: dinosaurios, jinetes del espacio, mucha maquinaria indescifrable y entristecida. Estos fósiles instantáneos pueden contar la historia en la forma de un testimonio fragmentario y veloz como un último video subido a internet momentos antes de que los zombies entren en la habitación del pánico. Están allí para hablarnos de extinciones en masa, civilizaciones perdidas y voluptuosos ataques de llanto.

La arcilla cruda, el canal por el que ingresan en nuestro mundo de tres dimensiones, es un medio tan dúctil como la escritura; se trata de un material dotado de características que le permiten plasmar imágenes de todo tipo. Como la palabra, es un vehículo complejo en su sencillez, pero elocuente por su extrema plasticidad. Con él, Adrián logra entrelazar la materia y el significado en su acción mutua, como si pudiera explotar un adjetivo contra una superficie curva y poner una oración a secar al sol. Su objetivo es “escribir un diario íntimo de arcilla”, y en él reverberan algunos escritores predilectos: Manuel Puig, el ídolo pop lacrimógeno de la narrativa argentina del siglo XX; César Aira, domador de multiversos, quiebres de la causalidad y bucles temporales (más que inspirarlo, su novela El juego de los mundos hubiera podido estar dedicada a Villar Rojas); o Fernanda Laguna y Cecilia Pavón, autoras de versos empatógenos y fundadoras de Belleza y Felicidad, la galería en la que Villar Rojas produjo una de sus obras más emotivas, 15 mil años nuevos (2007): una instalación multimedia de temática zombie-raver previa al ciclo de esculturas de arcilla cruda que lo llevaría a Venecia, a la Trienal del New Museum y a tantos otros destinos.

La saga escultórica comenzaría con Lo que el fuego me trajo (2008) en la galería Ruth Benzacar. Curiosamente lo que el fuego trajo es un material sin cocinar, con el que dar forma a un mundo futuro y perdido para siempre. Por estar crudos, estos restos del futuro no duran casi nada: si las condiciones exteriores no los destruyen (así pasó con la obra presentada en la Bienal de Cuenca en 2010), la mera necesidad de desinstalar la obra hace que sea necesario reducirlos a pedazos que salgan por la puerta. Las esculturas de Adrián Villar Rojas son, paradójicamente, cápsulas del tiempo efímeras; monumentos de corta duración que, como las baladas de Andrew Marvell, recorren una extensión de tiempo infinita. ¿No es esta doble dimensión temporal lo que sugiere el título de Las mariposas eternas? La obra consta de dos figuras ecuestres, una montada sobre un caballo y otra sobre un robot hexápodo de inspiración nipona. Junto a la tradición de la escultura ecuestre (uno de los últimos universos escultóricos que le quedaba por engullir a Villar Rojas), la pieza tributa a la temática de los viajeros temporales y planetarios en la forma de cowboys, que podría remontarse al tópico interracial del fellow traveller, pasar por William Burroughs (especialmente sus últimas novelas) y llegar al subgénero narrativo que consiste en mezclar extraterrestres con todo lo que se mueva y que, de la mano de films como Cowboys & Aliens, encontró un vado para cruzar al mainstream.

Pero volvamos al extraterrestre del comienzo y a las preguntas que pueden hacerse por medio de formas efímeras de arcilla: ¿podemos escapar de la entropía? ¿Tiene la información alguna oportunidad de resistir el lento modelado en el que los cúmulos de gas y los planetas, los vínculos más estrechos y los cuartetos de cuerdas se igualan en el timbre homogéneo de la redundancia? La pregunta atraviesa los nombres más significativos de la escultura en el siglo XX, que le buscaron representaciones formales: alcanza con pensar en Robert Smithson o, más cerca aun, en Simon Starling. Villar Rojas se para sobre sus hombros para repensar la cuestión en términos que engloban lo formal y lo afectivo, la materia y el discurso. “Quiero carne emocional en mi trabajo”, como él mismo dice. La entropía y el sentido del cataclismo no se hacen carne solamente en el material que se desgasta, se quiebra y se licúa, sino también en el universo ficcional que las piezas despliegan: la amenaza termodinámica que pende sobre un universo en el que, no importa cuánto duren el amor, el arte o la fe, todo parece volver al vacío.

El extraterrestre del futuro tiene la tarea de preguntarse dónde quedan las cosas cuando el amor se termina y dejar sus impresiones grabadas en baladas de arcilla cruda.

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