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Crueldad y problemas en los centros de rehabilitación de América Latina

Terapia de choque, humillación y maltrato para quebrar la voluntad son algunas de las caracteristicas de los tratamientos para la farmacodependencia en el continente.
5.4.16

––El pastor decía que si Dios no nos enviaba comida era porque quería que ayunáramos y no teníamos más remedio que ayunar. No importaba que estuvieras enfermo o no ––dice uno de los testimonios de un interno de un centro de rehabilitación en República Dominicana.

Este es apenas uno de los testimonios que se encuentran en el informe que Open Society Foundation tituló Ni socorro, ni salud: abusos en vez de rehabilitación para usuarios de drogas en América Latina y el Caribe, que, por lo que pudimos leer, deja mal parada a la región en temas de rehabilitación.

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El documento destaca puntos clave de estudios realizados entre 2014 y 2015 hechos por organizaciones no gubernamentales en Colombia, Brasil, República Dominicana, Guatemala, México y Puerto Rico. Los estudios se basaron en recolectar testimonios de personas recientemente internadas en centros de tratamiento o rehabilitación que tratan la dependencia a las drogas o de los familiares de estas personas.

Aunque los estudios no son exhaustivos ni representan todos los tipos de tratamiento para la dependencia a las drogas en cada país, sí ponen en evidencia un patrón común en los seis países que hicieron parte del estudio: que en ellos podría haber fuertes índices de internamiento forzado, prácticas abusivas y tratamientos de baja calidad. También informalidad.

Los investigadores dicen, por ejemplo, que alrededor de 35,000 personas que usan drogas en México se encuentran en centros que no cumplen con las leyes locales. Mientras que en Puerto Rico, el 85% de los programas residenciales están manejados privadamente y, según la Oficina de Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción de Puerto Rico, solo un 25% de las personas con problemas de dependencia a las drogas tienen acceso a algún tipo de servicio de tratamiento.

En República Dominicana y en Guatemala, los centros sin licencia superan cinco a uno a los que están autorizados por el gobierno. Pero, dice también el informe, que aun cuando los centros están registrados, muchos de ellos no son monitoreados por el Gobierno. Por ejemplo, en 2013, el ente gubernamental encargado del monitoreo de los centros apenas visitó un 10% de los mismos y en el caso de Guatemala solo hay una persona en el gobierno encargada de visitar y acreditar a los centros.

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Para ilustrar otra de las problemáticas un hombre en Colombia (no dice adicto a qué droga) informó esto sobre el reclutamiento: "Y lo suben a uno a una camioneta a la fuerza y lo llevan hasta allá, allá le dicen que se va a quedar… lo obligan a quitarse la ropa y le dicen que ya no tiene libertad." Las otras probemáticas que arrojó el estudio son el aumento de centros no regulados para el tratamiento, obstáculos para abandonar los centros de rehabilitación, la precariedad en la condiciones (alojamientos súper poblados, falta de privacidad, comida rancia, y el síndrome de abstinencia sin medicamentos), abusos físicos en los centros, humillación, como tratamiento, labores forzadas (a algunos los ponen a vender galletas y bolsas en los buses) y muertes bajo internamiento.

Aunque la drogodependencia se considera un enfermedad crónica, el informe dice que ninguno de los internos en los centros de rehabilitación es tratado como tal. "Me amarraron en un poste con esposas… Duré 24 horas ahí esposado, cada vez que pasaban los servidores, como se les dice, pues te pegaban un sopapo o te echaban un café o agua caliente. Esos eran los castigos", dice otro de los testimonios, esta vez de un interno mexicano.

Entre otros vejamenes que allí se consignan, los internos dieron testimonio de que los obligaban a firmar consentimientos contra su voluntad, amenazándolos con hacerles terapia de choque. Si desobedecían, de todas formas, los obligaban a mentir sobre las condiciones del centro cuando las autoridades gubernamentales visitaban sus instalaciones. Además de golpes, maltratos, humillación física y emocional e incluso muertes y suicidios.

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––En una ocasión llegué a ver como a una persona le empezaron a dar de comer a la fuerza, lo metieron a bañar a las 4 o 5 de la mañana, empezó a delirar, lo amarraron y lo empezaron a golpear. A las 11 de la mañana esta persona ya estaba muerta… Mi padrino me dijo: 'Diles, ahorita que venga su familia, que ya venía golpeado y que aquí se puso mal,' y que si no lo hacía pues me iban a golpear a mí" ––dice un interno en México.

Pero el informe va más allá de las pésimas condiciones a las que se enfrentan las personas que buscan rehabilitarse, el informe habla sobre la concepción que sobre las drogas y los adictos tienen los dependientes. "Las experiencias aquí resumidas revelan cómo muchas veces el uso de drogas es visto como un fracaso moral en vez de una condición médica".

En vez de pensar al adicto como un enfermo que necesita ayuda y atención, los testimonios evidenciaron que el personal de los centros trata de convencer a los familiares de que las personas internadas son mentirosas y criminales que tratan de manipularlos para tratar de salir de allí. En Guatemala, por ejemplo, el único medicamento utilizado era la oración, como si el tema de la adicción a las drogas fuera una suerte de alejamiento de Dios o de la moral. El director de uno de los centros le dijo a los investigadores que los pacientes estaba poseídos por el demonio y que la única manera de curarlos era mediante la oración o el exorcismo.

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Suena devastador. Suena, incluso, muy malo para ser un infierno real.

Decidimos llamar a Ana María Giraldo, médica y cirujana de la Universidad de Antioquia, especialista en adicciones, para contrastar un poco lo dicho en el informe. Esto nos dijo, confirmándonos las sospechas que nos hicimos cuando le dimos una mirada: "esos tratamientos indignos y que vulneran los derechos humanos, en parte están sostenidos por la visión que tenemos como sociedad de que los adictos son malas personas y que, por la tanto, si llevan del bulto y los maltratan, es porque lo merecen".

Además, dice Giraldo, quien suma más de 20 años de experiencia en trabajo con adictos, que la mayoría de los evaluadores de tratamientos terapéuticos coinciden en que la atención a casos de farmacodependencia debe ser interdisciplinaria, es decir, incluir en ellos al sujeto y a su familia y responder a la expectativa del usuario. "No es lo mismo atender a un habitante de calle que a otra persona de otro contexto. El contexto es determinante", dice Giraldo.

Tratmientos como los estudiados en el informe, responden a enfoques antiguos. "Algunos ––-centros–– inclusive motivan a las familias para que hagan procesos de interdicción con los usuarios para poderlos dejar contra su voluntad", dice Giraldo.

Mientras la Organización Mundial de la Salud define la adicción es una enfermedad crónica que incluye recaídas, como sucede en otras enfermedades como la diabetes, un sector de la sociedad piensa al adicto no como un enfermo sino como un vicioso, conchudo y manipulador que consume porque quiere. Además, agrega Giraldo, "en el estado tan caótico que está nuestro sistema de salud este es un problema menor".

Además de las problemáticas evidenciadas por el informe, para Giraldo, "abordar el tema de la adicción es muy complejo, porque eso tiene que ver con asuntos políticos, con la industria farmacéutica, con la política de los estados y con el asunto cultural". Lo que sí deja claro la doctora es que para hacer un tratamiento de adicción se necesita hacer un diagnóstico inicial de la persona para saber qué tipo de tratamiento necesita y que los tratamientos deben ser de muy largo alcance por ser una enfermedad crónica que tiene previstas recaídas.

El estudio por su parte concluye que: el Estado tiene la obligación de asegurar que no se cometan crímenes en esos sitios y que además deben consultar y colaborar con expertos para mejorar el tratamiento para la drogodependencia en la región.

Para seguir avanzando en el tema de drogas, es necesario mejorar o regular este tipo de centros para que los abusos no sigan pasando y los tratamientos sean los más exitosos posibles.