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Cultură

Cómo encontré la fuerza para terminar mi relación con una novia abusiva

Involucraba hablar con un cojín y volver mierda una mesa de planchar en un sótano sudoroso con un tipo gordo en calzoncillos.
28.7.15

Image by Flickr user wsilver

Conocí a Angelo en un set de filmación en Berlín. A los dos nos habían agendado para un comercial alemán de televisión. Los productores estaban preocupados por que todo el elenco rubio y ojiazul mandara un mensaje equivocado, por lo que habían hecho una búsqueda de último minuto de actores no alemanes disponibles en la ciudad y nos encontraron a Angelo, un hombre negro canadiense, y a mí, un pelirrojo irlandés.

Durante la filmación hubo muchos descansos, así que Angelo y yo nos pusimos a hablar. Sin embargo, nuestras conversaciones seguían siendo interrumpidas por la incesante discusión de mensajes de texto que en ese momento estaba teniendo con mi novia, a quien llamaré Sara:

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"Tenemos que hablar", me escribió ella.

"Esperemos hasta que esté en la casa".

"Ahora o nunca".

"No seas ridícula".

"Me llamas ridícula una vez más y te parto de (sic) cabeza".

Sara era polaca. A veces se equivocaba con las frases (sería "te parto la cabeza", obviamente).

Angelo se sentó pacientemente mientras yo continuamente interrumpía una frase en la mitad para abordar cualquier nuevo ataque que recibiera a través de la pantalla rota de mi teléfono.

"Esa es jodida no?", dijo Angelo.

"Ni te imaginas", dije. "La chica me grita incluso cuando está dormida."

Esto lo dije siendo amable amable. No solo Sara me gritaba estando dormida, sino que también me robaba (trago, cigarrillos, dinero, bicicletas, ropa, lo que fuera). Le robaba a mis vecinos: yo devolvía constantemente plantas que ella había tomado de las repisas de sus ventanas. Me golpeaba con suaves cachetadas que se volvían más y más fuertes a medida que nos íbamos emborrachando. Una vez recuerdo que me golpeó tan fuerte en la oreja que por tres días cualquier cosa que alguien me dijera lo escuchaba como si viniera del fondo de un pozo. Otra vez me fui y la dejé en un bar después de una pelea: me fui a casa pero ella me siguió y, luego, empezó a lanzarle piedras a la ventana. Cuando vio que yo todavía no me levantaba de la cama para dejarla entrar, se quitó las botas, una a la vez, y las disparó a través del vidrio. Cuando Sara quería mi atención, la obtenía. El mismo portátil en el que estoy escribiendo esto tiene una grieta gigante en forma de rayo a través de la pantalla, de una vez que ella lo tumbó de mi escritorio cuando le dije "sólo dame un segundo más, cariño, por favor".

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Sara no fue la primera relación abusiva en la que estuve involucrado. Me atraía ese tipo de chicas: una que bebe mucho, que busque el drama, que tenga exnovios en cada esquina y un temperamento que, incluso, avergonzaría a un dictador. Pero Sara era probablemente la más difícil. Cuando peleábamos decíamos cosas que muchas parejas jamás podrían superar. Me llamaba "maricón", "cobarde", y, una vez, nunca lo olvidaré, en el mejor inglés que su acento polaco podía lograr, me llamó un "insignificante saco de ovejas" (A worthless sack of sheep).

Cuando peleábamos ella terminaba cacheteándome y pateándome y yo sólo me quedaba ahí, de pie, en una extraña posición (del tipo que adoptas en un accidente de avión), no porque me hubieran enseñado a no golpear a una chica, sino porque, en serio, le tenía pánico.

Por un minuto pensé que íbamos a pelear. Después él me dijo que canalizara toda la ira que tenía contra mi novia, la transformara en violencia física, y volviera mierda la mesa de planchar.

En el set ese día nuestra escena era sencilla: nosotros nueve (los siete arios, Angelo y yo) teníamos que correr hacia la cámara con grandes sonrisas en nuestros rostros. Tuvimos que hacerlo por más de dos horas antes de que el director estuviera contento. Cuando finalmente lo logramos, hubo aplausos y un cheque por $550. ¡Hurra!

Cuando se terminó el rodaje, Angelo me preguntó qué iba a hacer esa noche.

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"Probablemente pelear con mi novia", dije.

"A la mierda con eso", dijo Angelo, "ven conmigo y hagamos una sesión".

"¿Una sesión de qué?".

"Terapia de psicodrama. Tomé un curso online la semana pasada y apuesto que va a ayudarte".

Angelo me explicó que la terapia de psicodrama era un proceso en el cual actuabas las experiencias que podrías tener, o las que ya habías tenido, para practicar una discusión o reescribir tu propia historia. La técnica fue inventada por un hombre llamado Jacob L. Moreno, quien argumentaba que a través de la reactuación de las situaciones de su propia vida la gente podía llegar a soluciones creativas y espontáneas para sus propios problemas.

Yo había pasado por un poco de terapia cuando mi papá estaba en rehabilitación, pero aparte de eso nunca había tenido contacto con el tema. La gente pobre no va a terapia. En reemplazo tomamos, fumamos hierba, y no dormimos. Pero me estaba sintiendo desesperado por mi situación con Sara, entonces le dije a Angelo que lo intentaría.

Angelo vivía en un apartamento tipo sótano en el distrito gay de Berlín. Cuando llegamos me llevó a su sala.

"No tengas miedo de hacer ruido", dijo Angelo.

"¿Por qué haría ruido?", pregunté.

"Ya verás", dijo él.

Comenzamos a caminar en círculos por la habitación, alrededor de cada uno. Angelo me pidió que cerrara mis ojos y empezamos un juego sencillo de asociación de palabras. Angelo decía algo y luego yo respondía la primera cosa que se me viniera a la cabeza.

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Helado – Vainilla
Verano – Lagos
Sara – Estrés absoluto
Casa – Mi madre
Cerveza – Buen rato
Sara – Un dolor en mi estómago

Jugamos un rato más y cada vez que Angelo volvía a Sara, yo soltaba algo como "ansiedad, dolor, la mujer que está arruinando mi vida".

Luego Angelo me pidió que cerrara los ojos y que los mantuviera cerrados mientras él salía de la habitación. Escuché algo extraño (y metálico) siendo arrastrado por el piso, y luego el sonido de un par de bisagras encajando. Finalmente, Angelo dijo "Ok, ya puedes abrir tus ojos."

Lo primero que vi fue a Angelo sin camisa. Tenía gruesos rollos de grasa alrededor de su abdomen y sus pezones estaban perforados con pequeños pernos metálicos. En sus dos manos tenía bates de baseball plástico; en frente suyo había una mesa de planchar con una cubierta floral y con patas rosadas.

"No te molestes porque me haya quitado la camisa," dijo Angelo. "Es mejor de esta manera. Más honesto."

Me pasó un bate de baseball. Por un minuto pensé que íbamos a pelear. Después él me dijo que canalizara toda la ira que tenía contra mi novia, la transformara en violencia física, y volviera mierda la mesa de planchar.Se sentía tonto, pero de todas maneras le di a la mesa un golpe con la punta del bate. "Más duro," gritó Angelo, y lo hice un poco más duro. "Más duro, así" dijo, mientras brincaba en el aire y traía toda la fuerza del bate contra la mesa de planchar.

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Lo miré hacerlo. Los pantalones anchos sueltos, los rollos de grasa, los pernos en los pezones destellando en la luz, y, entonces, como se sentía estúpido sólo mirarlo, empecé a hacerlo también.

Durante los siguientes diez minutos la mesa de planchar tuvo que aguantar: la aporreamos de un extremo de la sala al otro. No le mostramos misericordia alguna. Cuando nuestros brazos estuvieron demasiado adoloridos para seguir golpeando, los dos caímos en el sofá y miramos la retorcida figura que habíamos hecho. Yo no podía entender nada pero tuve que admitir que me sentí bien.

Angelo dijo que por lo que había visto, todo lo que yo necesitaba eran unas pocas sesiones para estar curado.

"¿Curado de qué?", dije.

"Tu inhabilidad para enojarte", dijo. "De alguna forma, en algún punto, te dijeron que enojarse estaba mal y ahora cuando sea que deberías enojarte, algo te impide hacerlo. Sigues estando enojado, sólo que en lugar de salir, esa ira se arrastra hasta tu estómago".

"¿Y eso qué tiene que ver con Sara?".

"Tú la escogiste deliberadamente para que pudieras resolver este problema en tu carácter", dijo.

No estoy seguro de si esa en realidad es la razón por la que la gente termina en relaciones abusivas, pero aún así tuve que admitir que me sentí mucho mejor cuando terminamos la sesión.

Me fui a casa y esa noche no vi a Sara. La llamé alrededor de la medianoche para saber dónde estaba pero no respondió. Esa era su manera de hacer las cosas, una descarga de comunicación incesante o silencio absoluto.

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Durante la sesión siguiente en la casa de Angelo él ni siquiera se molestó en usar pantalones. Abrió la puerta con un par de calzoncillos en forma de Y.

"¿Eso es honesto?", le dije.

Angelo asintió. Me sentó y me preguntó por qué pensaba que Sara y yo peleábamos tanto.

"Los dos queremos ser artistas", dije.

"¿Entonces hay competición?".

"Cuando a uno le va bien, el otro siente que tiene menos oportunidad de que le vaya bien. Como si estuviésemos extrayendo el destino de una fuente finita".

"Eso es difícil", dijo Angelo.

"No ayuda que los dos tomemos," dije. Habíamos estado saliendo por más de un mes cuando tuvimos nuestra primera conversación sobrios.

Angelo me pidió que cerrara los ojos e imaginara que yo era un animal. Visualicé un zorro. Me pidió que describiera mi vida de zorro. Yo le conté sobre mi pequeña madriguera, en la que me escudriñaba, y sobre mi esposa zorra y los bebés zorros y sobre cómo disfrutábamos acostarnos en el prado en el verano o jugar en el arroyo. A medida que hablaba iba más y más hondo en la vida del zorro, tan hondo que podía imaginar el pelo en mi lomo, los dientes largos en mi boca, mi pequeño pene de zorro rozando entre mis peludas piernas. Amaba ser un zorro. Los zorros tienen la mejor vida. Yo volvería a la madriguera y sería lamido por todo lado por pequeñas lengüitas de zorro.

"¿Pero está preocupado por algo Sr. Zorro?", me preguntó Angelo.

Reflexioné un momento y luego me di cuenta de que encima de todo ese paraíso de lengüetazos había un estrés subyacente. "Sí, lo estoy", dije. "Estoy preocupado, porque si no traigo suficientes pollos a la casa cada noche mi esposa me va a dejar y se a llevar a los cachorros".

"¿Por qué te dejaría si te ama?", preguntó Angelo.

"Porque eso es lo que hacen", dije. "Una esposa zorra siempre te abandona al final".

Sentí una ola de tristeza pasarme por encima y ya no era un zorro, sólo era yo, en mis 20, delgado, y con una falta dolorosa de vitaminas y hierro. Empecé a llorar.

Angelo vino y tocó mi brazo. "Si la Sra. Zorra te ama no te va a dejar", dijo.