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Los refugiados sirios que viven en un centro comercial libanés abandonado

Alrededor de 1.000 refugiados viven en un antiguo centro comercial al norte de Trípoli. La mayoría de los residentes profesan apoyo a la oposición siria, aunque unos cuantos están a favor del régimen de Assad.
31.10.13

El patio del antiguo centro comercial en Líbano que se ha convertido en el hogar de alrededor de 1.000 refugiados sirios

En el patio central de un centro comercial abandonado en el norte de Líbano, Hamad aprieta afectuosamente la mejilla de una sus hermanas menores. Ella finge enfadarse por un momento antes de plantarle un beso en la mejilla, girar sobre sus talones y salir corriendo hacia una de las muchas tiendas vacías que se han convertido en hogares de sirios huidos del conflicto en su país natal.

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Alrededor de 1.000 refugiados –la mayoría suníes de las provincias sirias de Hama e Idlib– viven actualmente en el antiguo centro comercial, ubicado en la pequeña aldea de Deddeh, al norte de Trípoli. La mayoría de los residentes profesan apoyo a la oposición siria, aunque unos cuantos están a favor del régimen de Assad y otros parecen apáticos, más preocupados en cuidar a sus familias que en las políticas que les obligaron a escapar.

“La mayoría de los chicos de aquí no van al colegio”, dice Hamad, de 17 años, que huyó de Alepo hace dos meses. “Algunos asisten a la mezquita local un par de horas al día y aprenden a leer y escribir, pero la mayor parte del tiempo no tienen nada que hacer excepto buscar algo con lo que entretenerse".

Las antenas parabólicas que cuelgan precariamente de los muros del centro son una potencial fuente de diversión, pero el sonido de los programas de noticia que anuncian el progresivo aumento de las muertes en Siria no contribuye a mejorar los ánimos. Mientras los chicos se persiguen unos a otros y juegan con cualquier cosa a la que puedan ponerle la mano encima, un grupo de hombres mayores se sienta en sillas de plástico y macetas puestas al revés, charlando entre vasos de té dulce y paquetes de cigarrillos baratos.

“A menudo parece que los adultos se encuentran en la misma posición", dice Hamad. "Entretenerse puede ser difícil cuando no hay trabajo y no tienes dinero para gastar. A veces parece que este sitio es una prisión”.

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El trabajo, como las oportunidades educativas, es escaso, convirtiendo en una lucha constante el pago mensual de un alquiler de casi 180 euros; una cifra extraordinariamente alta dadas las pobres condiciones de vida y el hecho de que es posible encontrar habitaciones por un precio similar en algunos de los distritos más ricos de Beirut.

Hamad sostiene a una joven residente del antiguo centro comercial.

Hamad debería estar acabando su etapa escolar este año, pero hace cuatro meses su padre murió al ser golpeado por un pedazo de metralla de mortero en Alepo. El mayor de cuatro hijos, ahora es el principal responsable de ganar el pan para la familia trabajando en una cantera cercana por unos 15 euros al día. Pero, como él dice, el trabajo no está garantizado a diario, y llegar a fin de mes puede ser difícil.

“Ahora hay tantos sirios aquí en Líbano que muchos libaneses ofrecen 5 euros por todo un día de trabajo manual", dice Yasser Al-Hassan, que procede de Mehardeh, un pueblo en la provincia de Homs. Él y su numerosa familia de 12 personas llevan 18 meses viviendo en una espartana habitación en la planta baja del complejo. "No les importa si dices que no, porque siempre habrá alguien que dirá que sí".

Yasser Al-Hassan con sus dos hijos.

Mientras Yasser está hablando, su hija emerge de la habitación adyacente. Él levanta a la niña de siete años, que tiene ampollas alrededor de su boca, y la sienta a su lado sobre su vieja y desvencijada motocicleta. Como muchos en el complejo, la niña padece una infección en la piel llamada leishmaniosis cutánea o “hervor de Alepo”, que se transmite por la picadura del mosquito de la arena y provoca lesiones y se extiende por todo el cuerpo. Aunque algunas ONGs tienen presencia en el centro abandonado, Yasser dice tener que esforzarse para equilibrar el pago mensual del alquiler con conseguir el tratamiento adecuado para su hija.

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Antes de la guerra civil había opresión e injusticia, pero éramos felices. No éramos ricos, pero teníamos trabajos. Nos iba bien”, dice con un profundo suspiro. “Ahora no puedo darles a mis hijos ni educación ni tratamiento sanitario”.

Los residentes afirman que las ayudas que reciben actualmente son insuficientes para aliviar incluso los problemas nutricionales y médicos básicos, y en un entorno definido ahora por la ansiedad y la tensión es habitual que las discusiones degeneren en enfrentamientos físicos. En la mayoría de las ocasiones son los residentes quienes tienen que restaurar el orden ellos mismos, si bien en ocasiones han tenido que llamar a la policía local.

Para mayor preocupación, sobre todo ahora que han empezado a aparecer grietas en muros y techos a causa de la humedad y el moho, se predice que Líbano se encamina hacia el invierno más crudo en un siglo. En el complejo no hay calefacción central, ni sistema de alcantarillado capaz de dar servicio permanentemente a cientos de refugiados.

Dicho esto, muchos sirios viven en Líbano en condiciones peores. Según el Higher Relief Council de la ONU (UNHCR), hay 780.000 refugiados sirios viviendo en Líbano, aunque el gobierno libanés aumenta la cifra hasta 1.300.000, contando a los refugiados que el UNHCR no tiene registrados. Si la estimación del gobierno es correcta, los refugiados sirios suman ahora la cuarta parte de la población total de Líbano.

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El interior de una de las habitaciones del antiguo centro comercial.

Líbano ha sido testigo de numerosas manifestaciones violentas del conflicto sirio. Dos semanas atrás, el Primer Ministro en funciones, Najib Miqati, anunció planes para investigar el estatus legal de los refugiados no registrados, diciendo que esto ayudaría a “salvaguardar” Líbano de los “peligros inminentes” provocados por sus constantes llegadas al país.

En Líbano, la animadversión hacia la presencia de sirios viene de antes de la guerra civil. Tiene sus raíces en los 29 años de ocupación militar del país (desde 1976 hasta 2005) por parte de régimen sirio de Ba’ath, bajo dominio de Hafez al-Assad y más tarde de su hijo, el actualmente asediado Bashar. Incluso en los alrededores de Trípoli, donde el apoyo a la oposición siria es fuerte, empieza a extenderse la percepción de que el Líbano está presenciando una nueva forma de ocupación, y los casos de racismo hacia sirios se están haciendo cada vez más frecuentes.

Miriam Khalil.

“Nosotros, los civiles, no tenemos nada que ver con la ocupación siria. Fueron el ejército y los servicios de seguridad. Nosotros no queríamos que les pasara eso”, dice Miriam Khalil, una viuda con cuatro hijos que subsiste gracias a los escasos ingresos que obtiene su hermano vendiendo frutas y verduras.

“Aunque Siria y Líbano son estados hermanos, existe esta grieta entre nosotros”, dice Miriam moviendo la cabeza. “A menudo se nos trata como si fuéramos el enemigo, pero estamos acostumbrados a resistir. Podemos sobrellevarlo. Nos hemos tenido que adaptar”.

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Hamad me había dicho que, cuando los residentes están durmiendo, libaneses de la localidad aparecen de vez en cuando en el exterior del centro para burlarse y disparar tiros al aire. Por su parte, Miriam se queja de haber sufrido abusos verbales durante sus visitas a la sede local del UNHCR, y dice que a otros les han arrebatado por la fuerza sus vales de comida en viajes parecidos.

“Se nos trata peor que a ciudadanos de segunda clase", dice. "Nos han robado nuestra dignidad".

Yusra Al-Ghajjar (a la derecha).

Aquellos que son incapaces de pagar el alquiler mensual reciben escasas simpatías por parte del dueño del centro comercial, según Yusra Al-Ghajjar, una mujer de 50 años de la provincia de Idlib. “Si no puedes pagar el alquiler, te expulsan”, dice mientras coloca un par de pepinillos en salmuera en el exterior de la habitación en la tercera planta que comparte con siete miembros de su familia. “No les importa si tienes que dormir en el suelo”.

Hamoudi en una de las habitaciones del antiguo centro.

En el interior de la habitación, el sobrino de dos años de Yusra, Hamoudi, duerme sobre un colchón en el suelo. Yusra explica que su padre murió el año pasado en Idlib en un bombardeo aéreo, una de las entre 100.000 y medio millón (dependiendo de qué cifras te creas) de personas que han perdido la vida en los dos años y medio de conflicto en Siria.

Sin señales de que la guerra vaya a terminar en un futuro cercano, los residentes del antiguo centro -junto a las masas de otros sirios refugiados en Líbano– no parecen tener por delante otra cosa que más purgatorio en un país que cada vez les depara más hostilidad.

Sigue a Martin en Twitter: @scotinbeirut