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Si no combaten, ¿qué demonios hace un grupo de menonitas estadounidenses en Irak?

Un grupo de jóvenes y devotos cristianos lleva meses viviendo en Sinjar, ciudad que hasta finales de 2015 controlaba Estado Islámico. Sinjar es una ruina y los jóvenes se han propuesto ayudar a reconstruirla, no convertir a nadie a su fe.
13.5.16
Voluntarios menonitas en Sinjar saludan a una base peshmerga kurda desde la parte trasera de su camioneta. (Imagen por Campbell MacDiarmid Noticias/VICE)
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Chad Martin, un estadounidense rubicundo de 22 años, conduce una furgoneta a través de las calles de Sinjar, en el norte de Irak. Se tata de calles infestadas de escombros. A su lado, Eric Detweiler, también de 22 años y oriundo de Colon, en Michigan, observa el paisaje parapetado tras su rifle automático.

Claro que, ni Eric ni Chad son soldados. Tampoco son contratistas privados que estén trabajando para el ejército. Ni siquiera son civiles que se hayan animado a desembarcar en el devastado norte de Irak para sumarse a la lucha contra Estado Islámico. O para sumarse directamente a Estado Islámico, como tantos otros de sus paisanos han hecho ya.

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En realidad Eric y Chad, Chad y Eric, son una pareja de devotos cristianos miembros de la secta de los menonitas, una organización más popular por esconderse del mundo que por acudir a zonas de conflicto ultrapeligrosas — así pues, la pregunta está clara… ¿qué demonios estarán haciendo aquí? Ellos aseguran que en una tierra vasta y tan profundamente musulmana como esta, lo que hacen no tiene nada que ver con el proselitismo.

Eric y Chad son voluntarios — y el motivo por el que están aquí queda claro cuando uno echa un vistazo a la cama que tienen desplegada en la furgoneta, donde Delvin Zimmerman, un joven de 26 años que procede de la misma iglesia que Martin, en Lancaster, Pennsylvania, sujeta una enorme lámina de cristal. Han venido aquí a ayudar a reconstruir una ciudad destruida por la guerra.

Más de seis meses después de que Sinjar fuera arrebatada a los combatientes yihadistas de Estado Islámico, un pequeño grupo de voluntarios menonitas estadounidenses se han convertido en la única presencia humanitaria permanente en esta ciudad fantasma que descansa a los pies del monte Sinjar.

Sinjar había sido uno de los centros de la agricultura iraquí, una aldea de 50.000 habitantes en la que convivían yazidíes, kurdos y árabes.

Hasta que en verano de 2014 la aldea quedó siniestramente relacionada con las atrocidades de Estado Islámico. Entonces, el estallido del yihadismo radical proclamado por Abu Bakr al-Bagdadi avanzó por grandes franjas del norte de Irak arrasando todo lo que salía a su paso. Sinjar fue una de las primeras ciudades en caer. Se estima que los combatientes yihadistas se deshicieron de un 90 por ciento de los integrantes de la minoría religiosa de los yazidíes que allí residían hasta entonces.

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Los terroristas mataron a espuertas, probablemente a miles de ellos, y esclavizaron a sus hijas y sus mujeres. Los que consiguieron huir buscaron refugio en la montaña que se levanta más allá del centro del pueblo. La coalición liderada por Estados Unidos fue la primera en reaccionar ante la ofensiva yihadista. Su despliegue iba a inaugurar la guerra de Occidente contra Estado Islámico, una batalla que no se ha detenido desde entonces, y que en noviembre del año terminó con la resistencia terrorista en Sinjar y permitió el regreso de las guerrillas kurdas y yazidíes a su hogar.

Claro que Sinjar tuvo que ser destruida para ser liberada. Y lo cierto es que desde entonces apenas se ha reconstruido nada. Se estima que las guerrillas locales se han deshecho de alrededor de 40 toneladas de dispositivos explosivos que los yihadistas habrían dejado tras de sí. Claro que habida cuenta de que el 85 por ciento de las casas fueron destruidas y de que no se ha restablecido ningún suministro, son muy pocos los que han regresado.

Los voluntarios menonitas esperan alentar a más familias para que se animen a regresar y limpiar sus hogares saqueados, a reparar las ventanas y a instalar puertas nuevas. Los yazidíes que han regresado ya han manifestado que agradecen infinitamente cualquier ayuda. Claro que nadie en Irak ni en el extranjero se ha mostrado dispuesto a pagar los más de diez mil millones de dólares que costaría, aproximadamente, la reconstrucción del pueblo, de manera que las autoridades iraquíes se preguntan ahora hasta qué punto cuentan con los recursos necesarios para reconstruir la aldea.

Eric Detweiler instala una lámina de cristal en una residencia de Sinjar. (Todas las imágenes por Campbell MacDiarmid/VICE News)

Martin detiene la furgoneta frente a una casa antigua que ha servido como sede y residencia para algunos combatientes del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Una vez en el interior, enseguida instalan el vidrio en la ventana. Lo hacen en una habitación de techos altos en la que el único mobiliario a la vista es una mesa de ping pong. Trabajo hecho. Se estrechan las manos con los combatientes kurdos y estos les agradecen su dedicación y por haberles colocado las ventanas nuevas.

"Nosotros agradecemos profundamente el trabajo de nuestros amigos extranjeros, que han venido hasta aquí para reconstruir Sinjar", asegura Heval Mohammed, un guerrillero impertérrito con el rostro curtido. "En realidad aceptamos cualquier ayuda de cualquier lado".

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Los menonitas no están con ningún bando. Ellos aseguran que lo único que buscan con su trabajo es ayudar a los civiles. "Si supiéramos que la casa terminará en manos de una familia haríamos el trabajo para cualquier organización militar", asegura Martin.

El gobierno de Estados Unidos contempla al PKK como a organización terrorista por la sanguinaria insurgencia que les enfrenta desde hace 30 años con la administración turca. Claro que lo cierto es que los combatientes del PKK fueron los primeros en acudir al rescate de los yazidíes, después de que los combatientes peshmerga de otra facción kurda se retiraran de Sinjar en agosto de 2014. A día de hoy, el PKK cada vez juega un papel menos influyente como consecuencia de las presiones del Partido Democrático del Kurdistán (PDK), el partido político preponderante en la región autónoma kurda de Irak.

El caso es que los yazidíes desconfían ahora profundamente tanto de los kurdos como de sus exvecinos árabes, muchos de los cuales participaron en el degollamiento de unos 1.000 yazidíes solo en Sinjar. De tal manera que ahora muchos de los miembros de la minoría religiosa se oponen al regreso de los árabes o al de los kurdos a su territorio. Están traumatizados. Y les sobran motivos para estarlo.

Los menonitas navegan por este complejo paisaje cuajado de escombros y de rivalidades con una sola misión en la cabeza: "nosotros instalamos puertas y ventanas", asegura Martin, mientras espera a que le sirvan la cena en la última casa del pueblo que han rehabilitado. "Yo creo que tal es nuestro límite, de momento. Somos una organización pequeña que vive de los donativos".

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El llamado Plain Compassion Crisis Response fue fundado en 2014 por miembros de las comunidades menonitas de los condados de Franklin y Lancaster, en Estados Unidos. El grupo se formó de manera espontánea después de que sus integrantes vieran por televisión el llamamiento de ayuda de los yazidíes. "Logramos reunir a una serie de personas y nos dijimos 'Pues vayamos'", recuerda Martin. "Supongo que todo nació de manera caótica y llevamos intentando organizar el caos desde entonces".

Los primeros miembros de la delegación se compraron los billetes de avión y aterrizaron en Irak en octubre de 2014. No tenían demasiada idea de con qué se encontrarían ni qué clase de ayuda podrían ofrecer. Claro que para los menonitas ofrecer su ayuda es la divisa fundamental de su ideología, cuenta Martin. Así que ellos llegaron resueltos a ayudar.

Martin desembarcó en enero de 2015 y trabajó en la provincia de Duhok. Su trabajo consistía en ayudar a los desplazados iraquíes a encontrar alojamiento. Muchos de ellos vivían hasta entonces en hogares que ni siquiera estaban habilitados. Después del brutal terremoto que sacudió Nepal el año pasado, Martin viajó hasta el país asiático para ofrecer su ayuda. Sin embargo, después de que Sinjar fuera reconquistada de nuevo en noviembre de 2015, decidió regresar a terminar lo que había empezado. Después de ganarse a las autoridades locales gracias a su trabajo, estas le ofrecieron una casa en la que alojarse. "Entonces pensé, perfecto. Nos mudamos y ya empezamos a pensar en lo que vamos a hacer una vez estemos instalados", recuerda.

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Ninguno de los voluntarios había estado en zonas de conflicto antes de su visita a Irak, por mucho que algunos de ellos habían recibido un entrenamiento de cinco días en situaciones de emergencia. Uno de los ejercicios consistía en disparar pistolas de paintball. "Mucha gente de nuestra iglesia está involucrada en asuntos domésticos, y es posible que la idea de desplazarse hasta un lugar en guerra no les apetezca demasiado", cuenta Martin. "Claro que yo soy un poco rarito".

En imágenes: dramático año para los yazidíes de Sinjar hasta expulsar a Estado Islámico. Ver aquí.

Los menonitas son un de las más originales sectas anabaptistas que emergieron tras la reforma de la religión protestante. Se les emparenta ideológica y filosóficamente a los amish — que se han hecho populares a fuerza de montar en carrozas remolcadas por caballos y por ser contrarios a las comodidades de la sociedad moderna — aunque son menos propensos a la rigidez y al dogmatismo. La mayoría de los menonitas vive en comunidades agrícolas, en las que el trabajo duro y la ayuda a los demás son los valores preponderantes. No se parecen demasiado a la clase de activista humanitario occidental que se acostumbra a ver por las zonas de conflicto. De hecho, su iglesia aboga por la no violencia.

"Yo no me atrevería a decir que somos pacifistas necesariamente", asegura Joshua Kurtz, un joven de 23 años que es hijo de un predicador de Maryland. "Eso suena a que seamos pasivos. Pero lo cierto es que nos oponemos categóricamente a la guerra".

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Si bien los voluntarios aseguran que haber visto por televisión las atrocidades cometidas por los combatientes yihadistas de Estado Islámico ha sido una de sus motivaciones para intervenir, a ninguno parece preocuparle demasiado el hecho de que los terroristas estén a la vuelta de la esquina. De hecho, para los yihadistas los activistas religiosos estadounidenses serían una presa de lo más apetitosa.

"Estar en una zona de guerra es increíble", asegura Jennel Kauffman, que tiene 20 años y viene de Maryland. "Lo mejor es ver a la que gente que regresa a sus hogares".

Jennel es una de las dos mujeres que integran el grupo. Ella trabaja con los hombres, claro que tanto ella como Elizabeth Yoder, la otra chica del grupo, una joven de 26 años nacida en Virginia, se levantan temprano para hornear cookies y preparar los desayunos a base de galletas y de gravy, una salsa espesa con la que los estadounidenses lo acompañan absolutamente todo.

Yoder se muestra muy tranquila ante los riesgos que pueda entrañar vivir tan cerca de los combatientes yihadistas. Ella creció hablando un dialecto alemán al que se conoce como alemán de Pennsylvania en una comunidad amish del señalado estado estadounidense. Años después se unió a la iglesia de los menonitas. Para ella, vivir entre los escombros de la guerra en Oriente Medio es probablemente lo más lejos de casa que jamás llegará a estar. Pero dice que se ha adaptado sin dificultades. "Supongo que después de haber crecido en una casa amish, me resulta más fácil vivir sin las comodidades modernas".

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Mira el documental de VICE News 'Reclamando Sinjar: Desterrando a Estado Islámico' (pronto con subtítulos en español):

Martin dirige las labores de un puñado de jóvenes que trabajan a tiempo parcial y que forman el núcleo de su fuerza de trabajo, entre quienes se cuentan Yoder y Kauffman. Y Kurtz, a su vez, forma parte de un colectivo de cinco personas que ha venido a trabajar a Irak durante dos semanas. Son todos de religión cristiana y actualmente están disfrutando de un periodo de 7 meses de aventura durante los cuales viajan por distintos lugares del mundo aprendiendo a realizarse como individuos, siendo instruidos en labores de liderazgo y propagando, como no, la palabra de Jesucristo.

Claro que ahora que están en el corazón del Islam, donde la religión preponderante es la musulmana y donde el proselitismo en nombre de otra religión puede ser castigado severamente, han preferido abstenerse de rezar. "Lo único que podemos hacer es ser un ejemplo viviente de la influencia de Dios en nuestras vidas", explica Matin. "Hemos decidido mostrarles el amor de Cristo. Y lo estamos haciendo así, ayudándoles a arreglar lo que ha sido destrozado".

Martin asegura que, hasta la fecha, han reparado 170 de las 473 casas que les han pedido que ayuden a rehabilitar. Además de una escuela. "Son muy buenos chicos", asegura Naim Sinjari, cuyo negocio se dedica a suministrar las puertas a los voluntarios.

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De hecho, también han ayudado a una pareja de primos yazidíes, Khalie Murad y Zedow Ali, a abrir un negocio de láminas de cristal. Los primos consiguen el cristal en la pequeña ciudad de Duhok, no muy lejos de aquí, y se lo venden a los voluntarios, quienes cuentan con el dinero que recaban sus iglesias en Estados Unidos. "Nuestra intención es seguir dedicándonos a la tienda de cristales una vez ellos se hayan ido", explica Murad.

Jenell Kauffman, de 20 años, recoge los escombros esparcidos por el domicilio quemado de una familia de Sinjar.

Martin asegura que ellos también mantienen buenas relaciones con las autoridades locales. "Somos una de las pocas organizaciones de Sinjar que puede caminar hasta las sedes de todos los partidos políticos, como el KDP, el PUK o el PKK, y a la que todos reciben encantados".

Muchos Kurdos iraquíes son defensores a ultranza de un solo país, y los dos partidos dominantes, el KDP y la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK) llegaron a estar enfrentados en una salvaje guerra civil durante la década de los 90.

Uno de los partidos políticos al que los jóvenes religiosos todavía no se han metido en el bolsillo es a la milicia peshmerga local que dirige al KDP. "Se creen que somos espías", asegura Martin. "Su razonamiento es: '¿Por qué alguien vendría desde Estados Unidos hasta aquí solo para arreglar ventanas?' La verdad es que visto desde su perspectiva tiene mucho sentido".

Sin embargo Asif Haji, uno de los agentes de la policía local entiende perfectamente el cometido de los jóvenes estadounidenses. "Han venido a prestar ayuda humanitaria. Y están haciendo un buen trabajo", añade. Y se refiere a Martin como a Red, un sobrenombre kurdo que el joven menonita se ha ganado después que haberse quemado como un langostino bajo el justiciero sol iraquí.

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Haji tiene otros problemas, acaso problemas más graves, que reparar ventanas y puertas saqueadas. "La ciudad se ha quedado abandonada", cuenta. "No hay agua, no hay electricidad y escasea la comida".

Algunos rumores señalan que, tarde o temprano, Estado Islámico contraatacará. "Yo ya he mandado a mi familia a vivir en la montaña que se levanta por encima de la ciudad", relata Haji. "Prefiero asegurarme de que esto es seguro antes de traerles de vuelta hasta aquí".

El responsable local de la seguridad en Sinjar también considera que el pueblo sigue siendo un lugar peligroso para los civiles. El general Qassem Simo, lider de la brigada de seguridad Asayish del KDP, responsable de la seguridad de Sinjar, vive en una casa fuertemente custodiada. "Para nosotros el principal desafío lo representan todos los civiles que quieren volver. Nosotros hemos intentado explicarles que preferimos que no regresen todavía, puesto que consideramos que la situación no es segura. No todavía".

De hecho, el riesgo a que queden trampas explosivas y ocasionales tiroteos es indiscutible. A principios de mayo la ciudad fue alcanzada por el fuego de la artillería. "Los combatientes de Estado Islámico están a poco menos de 10 kilómetros de aquí. En algunas zonas están incluso más cerca", explica Simo. "Los peshmerga ya han despejado el 90 por ciento de la ciudad, pero es posible que todavía quedan trampas explosivas bajo los escombros".

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Claro que a los voluntarios menonitas no parece que el peligro les disuada en lo más mínimo. "Se escucha como llegan, se escucha su silbido", cuenta Martin en alusión a las ráfagas de artillería caídas en mayo. "Claro que mientras el ruido no sea demasiado fuerte, entonces significa que no están tan cerca", concluye.

Y cuando se le pregunta por las posibles trampas explosivas que pueden estar sepultadas bajo los escombros, se muestra igualmente escéptico: "hace tiempo que no nos encontramos con interruptores de explosivos. Los kurdos lo han limpiado todo de manera increíble", explica en relación a los llamados Dispositivos de Explosión Mejorada (IED en sus siglas inglesas) que los guerrilleros yihadistas habrían dejado esparcidos mientras se retiraban.

Los voluntarios menonitas desplazados en Sinjar arrancan el día con un poco de ejercicio físico.

Hay quien se pregunta si no sería más valioso contar con toda esta dedicación en algún otro lugar donde la ayuda fuera más requerida. Así lo ve, al menos, Kalash Edo, un enfermero local. Este joven de 23 años se dedica a brindar entrenamiento médico a varios guerrilleros yazidíes que viven repartidos por las inmediaciones de Sinjar. Edo vive desde hace un tiempo en la menos destruida ciudad de Snuni, enclavada al norte de las montañas de Sinjar. En Snuni miles de personas están regresando a sus casas, entonces, ¿por qué no se van a trabajar allí?, se pregunta. "Nadie quiere regresar a Sinjar y seguir viviendo bajo el fuego de los cohetes y de la artillería. La gente quiere que se quede abandonado, como un recuerdo de la tragedia".

Hasta el alcalde reconoce que es posible que la ciudad no vuelva a ser reconstruida jamás. "Como administración que somos, creemos que la mejor idea sería intentar construir Sinjar en cualquier otro lugar", asegura Mahama Kahlil Qassem, desde su despacho en el arruinado pueblo. "Creo que sería lo más razonable para el bienestar económico, para la seguridad y para el equilibro psicológico de toda la gente que lo ha perdido todo aquí".

Qassem estima que el precio de reconstruir la ciudad podría alcanzar los 10 mil millones de dólares. Y asegura, igualmente, que hasta la fecha, ni las autoridades iraquíes en Bagdad ni el gobierno regional del Kurdistán se han ofrecido a pagar un solo centavo. Ambas administraciones, de hecho, se enfrentan a graves crisis presupuestarias provocadas por la caída de los precios del petróleo y por el socavón económico que ha dejado la guerra. Y habida cuenta de que existen otras muchas ciudades que suspiran y reclaman la financiación necesaria para ser reconstruidas, lo cierto es que Sinjar no es una de las prioridades: hay otras candidatas mejor posicionadas.

Los voluntarios menonitas aseguran que seguirán trabajando sin perjuicio de lo que suceda. El día después de haber rehabilitado la sede del PKK, el equipo entero ha trabajado sin descanso reparando conjuntamente una casa quemada. Han llenado infinidad de carretillas de pertenencias calcinadas y de mobiliario quemado, y han vaciado los marcos de las ventanas de tods las astillas que todavía los recubrían.

"La única queja que hemos escuchado de las gente que vive aquí", concluye Martin, "es que no siempre llegamos puntuales".

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