Cultură

Lo que ser negro albino me enseñó

Eres más que tu discapacidad.
16.2.18
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Cuando los médicos pusieron en los brazos de mi madre, negra, lo que parecía ser un bebé blanco, ella no se sorprendió. Hacía un año había dado a luz a mi hermana Cynthia, que también padecía albinismo, un trastorno genético congénito.

Como mis padres tenían el gen recesivo, de tres hermanos, dos éramos albinos. Cuando mi madre me miró por primera vez, imagino que sintió una mezcla de felicidad y preocupación por el hecho de tener que cuidar de un niño afroamericano de piel clara, rubio, con fotosensibilidad y problemas de vista.


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En sexto, los niños empezaron a darse cuenta de todos los detalles que me diferenciaban de ellos y de cómo utilizar esa información para mofarse de mí. Yo vivía en Huntsville, Alabama, donde los niños negros y blancos, por lo general, se juntaban solo con los de su misma raza. Pero, cuando me conocieron a mí, todas las razas se aliaron para burlarse. No me parecía a ninguno de ellos, y eso les unió.

Los caucásicos me trataban como un paria, y los negros, directamente, no me aceptaban. En una tarde que ojalá nunca hubiese existido salí del barrio y un niño que no tendría más de ocho años vino corriendo hacia mí gritando, “Sal de aquí, ¡niño blanco!”. ¿Sabéis lo complicado que es convencer a un crío de ocho años de que eres negro cuando tienes la piel clara, el pelo rubio y los ojos castaño claro? Era imposible. Tenía 12 años y estas confrontaciones me hicieron cuestionarme mi origen étnico.

La primera vez que recuerdo ver mi falta de pigmento como algo positivo fue cuando algunos de mis amigos —la mayoría de ellos de 12 años—y yo empezamos a robar en tiendas. Tampoco hacíamos nada del otro mundo. Éramos jóvenes, no teníamos mucho dinero y queríamos golosinas.

A mí se me daba fatal, me quedaba merodeando alrededor de la tienda diez minutos y luego entraba, me agachaba delante de las barritas de chocolate y, cuidadosamente, miraba a ambos lados unas cuantas veces. Después, muy torpemente, me metía los Snickers en el bolsillo. El cajero nunca me pilló porque estaba demasiado ocupado sospechando de mis cómplices de piel oscura.

Me pusieron gafas de vidrio grueso, mucha crema solar y libros de texto para recordar al resto de niños del colegio que era distinto y que así me hicieran el vacío la mitad del tiempo y se compadecieran de mí la otra mitad

A la vez que lidiaba con los sentimientos encontrados que tenía sobre mi genética racial y mi aspecto, tuve que luchar contra los problemas de vista. Mi madre acudió a los servicios sociales para discapacitados con la idea de evaluar mi capacidad de ser independiente a pesar de mis “extremas limitaciones”.

Uno de ellos me dijo que la mejor vida que podía esperar era formar parte de una comunidad de otros adultos ciegos. “Incluso puede que llegues a encontrar a alguien que te guste y con quien puedas formar una familia”, dijo mi madre sin convencimiento alguno. En Estados Unidos, aproximadamente un tercio de la comunidad ciega es pobre, así como poco más de un quinto de las familias afroamericanas. Yo era el claro ejemplo del desempleo.


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Mi familia se tomó demasiado en serio el estado tan deplorable de mi vida. Me pusieron gafas de vidrio grueso, mucha crema solar y libros de texto para recordar al resto de niños del colegio que era distinto y que así me hicieran el vacío la mitad del tiempo y se compadecieran de mí la otra mitad.

En mi primer día de Historia en el instituto, el profesor paró la clase para preguntarme si estaría más cómodo sentándome en la primera fila. Sin siquiera darme tiempo a responder, pidió a otro niño que se sentara unas filas más atrás para que yo pudiera caminar en silencio hacia las mesas de delante cargado con todos mis artilugios para la vista. Algunos de los niños me miraron con preocupación, otros con una sonrisa y el resto simplemente fijaban la vista en el suelo, esperando a que acabase mi traslado.

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Entonces veía la limitada trayectoria de mi futuro como hombre negro que parecía blanco y que sufría una ceguera parcial. Quería alejarme de ella.

La clase de gimnasia era un recordatorio constante de mi discapacidad. Cuando teníamos alguna actividad que requería coordinación de vista y manos, el profesor siempre traía preparado otro ejercicio para que yo hiciera en una esquina. El estar apartado del resto en educación física me provocó la exclusión que he sentido en todas las otras áreas de mi vida.

Las razones por las que elegí “rebelarme” ese día son toda una amalgama. Una de ellas fue, en parte, el hecho de notar cómo desconocidos me analizan siempre por el rabillo del ojo, pero también tuvo mucho que ver que todos los amigos nuevos que hacía no supieran cómo actuar cuando descubrían mi problema de visión. Lo que me empujó a hacerlo fue, más que nada, que tenía miedo de quién acabaría siendo si no “hacía algo de inmediato”.

Veía la limitada trayectoria de mi futuro como hombre negro que parecía blanco y que sufría una ceguera parcial

Tocaba jugar al balón prisionero. Cuando el profesor de gimnasia sugirió que me fuese a la esquina, le pregunté si podía jugar. Hizo una pausa unos segundos y luego me hizo un gesto para que me uniera a los otros niños. Los capitanes de los equipos fueron escogiendo de entre la multitud concentrada en el centro de la sala a quienes querían que fuesen con ellos. Estoy seguro de que mis compañeros más débiles se pusieron contentos al ver que, para variar un poco, había otra persona a quien escogían en último lugar.

La pelota roja de goma estaba colocada en el medio de la pista. Cuando escuchamos el silbido, todos corrimos para ser los primeros en cogerla. Llegué a la línea divisoria después de que Pedro, el chico más atlético de clase, hubiese cogido la pelota. Me quedé a poco más de un metro de él, convirtiéndome en el blanco perfecto. Me tiró la pelota.

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No se me daba muy bien determinar la trayectoria de los objetos voladores, pero sí era un as parando la dura pelota con la cara. El sonido agudo que hizo al rebotarme en la cara y salir disparada hacia el techo se juntó con las risas del resto de la clase.


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En la siguiente ronda lo hice bastante mejor. Para el final del juego tenía varios rasguños, pero lo más importante era que había cogido la pelota y enviado a los laterales a los niños más capacitados. Aunque era terriblemente malo, me lo pasé genial. No por el juego en sí, sino por obligarme a disfrutar de la vida como quería realmente.

Seguí ignorando el consejo de las personas de mi entorno que me sobreprotegían y me compré un monopatín. En una ocasión fallé en un salto y me rompí las costillas. En clase de taekwondo, le di mal a la tabla y me fracturé la muñeca.

Me obsesioné con llevar una vida más allá de las limitaciones que yo creía tener. Mi inspiración era trivial y directa, pero funcionó. Mi pasión por los cómics y mi extraña obsesión infantil con la mitología griega me hacían imaginarme héroes que lograban tremendas hazañas. Yo también quería hacer algo tan increíble. Todavía no he conseguido todo aquello que me daba miedo no poder hacer (o que no me dejaran hacer), pero me sorprende haber logrado cosas que solo pasan una vez en la vida y haber cumplido sueños típicos de cualquier niño.

Cuando me mudé a Los Ángeles a los 32 años, no utilicé el transporte público que la mayoría de estados ofrecen a las personas discapacitadas y me dirigí al organismo de tráfico de California para sacarme el permiso de conducir. Aunque tengo problemas de visión, puedo obtenerlo si el médico firma un informe en que se declara que tengo la vista bien aunque con ciertas limitaciones. Fui a un optometrista y pasé el examen.

Es extraño porque nunca nadie me han llamado 'negrata'

La respuesta a lo que podría ser tu primera pregunta es “sí”. He tenido un accidente de coche. De hecho, destrocé mi Toyota Corolla. Cuando choqué con el otro vehículo durante mi primer y único accidente, volvieron a asaltarme todas las dudas que tenía sobre mi capacidad de desenvolverme en el mundo. ¿Qué me hizo pensar que podía ponerme al volante? ¿No vi venir al otro coche? Creí que había vencido mis miedos, pero simplemente estaban esperando a volver a aparecer. Eso es lo que aprendí: asumir que todo era mi culpa porque había nacido mal.

Cuando paramos para examinar los daños, los otros conductores resultaron ser tres adolescentes que habían pasado la noche bebiendo y que iban con el coche sin asegurar. Un tercer coche paró y un hombre en chándal dijo que lo había visto todo. Según él, los chicos tenían la culpa por no haber reducido la velocidad. Ellos estaban de acuerdo.

Hace unos años me trasladé a Nueva York y no me renové el permiso de conducir. En vez de darle vueltas a las desventajas del albinismo, seguí centrándome en lo positivo. La mayoría de gente nunca ha conocido a una persona negra con albinismo, así que hay cero expectativas de cómo puede reaccionar alguien que te vea por primera vez. No estoy del todo seguro si es por mi enfermedad o mi personalidad, pero la gente parece aceptar muchas estupideces mías.

Por ejemplo, siempre que vuelo embarco antes que el resto de pasajeros porque las azafatas de vuelo no se cuestionan en ningún momento si tengo o no derecho a hacerlo. Luego, es extraño porque nunca nadie me ha dicho “negrata”. Parece que todo el mundo se olvida de esa palabra incluso cuando son racistas y se enfadan conmigo.

Durante años he tenido que ser yo quien llamara a los taxis cuando salía con mis amigos negros no albinos para volver a Brooklyn al final de la noche

Sí que a veces me lo han dicho a la cara pero porque pensaban que era el típico blanco racista. Se equivocaban. Y, a diferencia de la mayoría de los hombres negros de Manhattan, no tengo ningún problema en coger un taxi. Durante años he tenido que ser yo quien llamara a los taxis cuando salía con mis amigos negros no albinos para volver a Brooklyn al final de la noche.

Aunque mis padres son negros, durante mi infancia no me consideré ni blanco ni negro. Sentía como que ocupaba una categoría de raza sin nombre que tenía que ir descubriendo a lo largo de mi vida. En el fondo, ha sido mi familia y las experiencias que compartimos lo que ha solidificado mi identidad, aunque el mundo a veces no sepa reconocerlo.


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Mi rebelión contra de las normas que impone la sociedad a la gente con algún tipo de discapacidad no ha terminado. Tardé casi toda mi vida en darme cuenta de la verdad. Soy orgulloso. No soporto la idea de que la gente se compadezca de mí. No quiero hacer cosas pensadas y adaptadas para un discapacitado, lo que quiero es que no se dude de mí.

Cuando me encuentro en una situación en que la mayoría de gente me aconsejaría ser prudente, o quizás olvidarme de la idea de, por ejemplo, recorrer la ciudad en bici por la noche, lo único que hago es decirme, ¿ Qué es lo peor que podría pasar? Entonces ignoro la respuesta y lo hago igualmente.

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Este artículo apareció originalmente en VICE US.