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LGBTQ

El auge del flamenco disidente, queer, feminista y no binario

"No cantaría nunca una letra machista y cambiaría su contenido en el caso de que lo necesitase, desde el máximo respeto a la tradición”​.

por Carmen Marchena
26 Febrero 2019, 5:00am

Originariamente, el flamenco le ha cantado a las fatiguitas, al amor y al mal de amores, a la belleza o a la pobreza, e incluso a la comida, entre otros menesteres de la vida cotidiana. Pero desde hace unos años, entre todo ese enorme abanico de temas, la defensa y reivindicación de las identidades de género disidentes, no conformes, que rompen con los códigos binarios y con lo normativo, han ido ganando peso en un género que siempre ha acogido a los que la sociedad dejaba al margen.

Hablé con algunos de los protagonistas del quejío, las falsetas y el taconeo de ese flamenco disidente actual, personas tan diversas como identidades existen, pero tan puras como los inicios de su arte, que desde el respeto y la admiración, propician pequeñas revoluciones a través del ejercicio de la libre de expresión.


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Jero Férec nació unos kilómetros al norte de la cuna del flamenco, concretamente en Londres, en el seno de una familia anglofrancesa. Se inicia en la guitarra flamenca desde bien pequeño y fue a su mayoría de edad cuando coge las maletas para continuar sus estudios en Caño Roto (Madrid) con “El Entri”. Años después se traslada a Barcelona, ciudad en la que actualmente reside y donde aprendió de maestros como Juan Ramón Caro o Rafael Cañizares.

Este londinense es el único guitarrista abiertamente “no binario y homosexual” en un mundo que el mismo cataloga de “hombres binarios heterosexuales”. Para él, la guitarra es un instrumento muy particular por ser “el único al que se le ha impuesto un género”, es decir, conceptualizado como un cuerpo de mujer y vinculado en ocasiones con “la masculinidad del guitarrista.”

Sin embargo, a lo largo de la historia han existido muchas guitarristas —ejemplos como el de La Serneta— con una rastro curiosamente silenciado de las grandes listas de maestros del instrumento. En este sentido, Jero apunta que en la actualidad “una guitarrista flamenca tiene que luchar mucho más que un hombre para llegar a ser reconocida, pero mujeres como Antonia Jiménez hacen del mundo de la guitarra, un espacio de inclusión y reconocimiento".

Si tomamos como referencia los tablaos de España y los espacios donde normalmente se toca flamenco, “ella y quizás tres o cuatro mujeres más son la excepción” comenta Jero, que asegura ser “un privilegiado por parecer masculino cuando me da la gana y haber actuado en espacios que quizás no serían tan accesibles bajo mi identidad no binaria.”

El punto de inflexión en la carrera de Jero sucede el año pasado en el Festival de Flamenco de Nou Barris, cuando decide presentarse maquillado en los escenarios. “Desde aquel momento no me han vuelto a llamar de ningún tablao de la ciudad”, comenta el guitarrista, que no descarta “una posible coincidencia por la falta de trabajo o que no les guste mi estilo.”

A la cuestión de si existe o no homofobia en el flamenco, Jero señala “que es difícil saberlo por lo tapado que está”, prefiere destacar el apoyo recibido, especialmente por mujeres: “un respaldo que me ha ayudado a sentir que mi identidad no está en conflicto con el flamenco que toco".

Jero tiene claro que el flamenco “debería adaptarse a la estética y a las preocupaciones de las nuevas generaciones”, pero sobre todo, “renovarse y no tener miedo a reinventarse”; comparándolo con las transgresiones que están ocurriendo en la moda o en otros géneros musicales, y haciendo un guiño al pasado con el surgimiento de Ray Heredia con Ketama, Veneno o Pata Negra, estos dos últimos, bajo palio del productor, Ricardo Pachón.

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Marta "La Niña". Fotografía por Pedro Hidalgo, cortesía de Marta "La Niña"

Marta "La Niña" es una cantaora granadina que conoció el flamenco casi por casualidad cuando se encontró una radio en la basura. “Comencé desde lo más sencillo y profundo con Camarón, hasta ampliar la escucha con el descubrimiento de Enrique Morente, que fue el que me dio las fuerzas para emprender mi carrera, explica.

Inicia su trayectoria profesional en 2006 cantando al baile en la Academia de Adrián Sánchez, donde siguió formándose hasta que llegó el día en que la reclamaron en las peñas y los festivales para el cante hacia delante, por lo que se despega durante 5 o 6 años del baile, advirtiendo que “no del todo” porque le encanta esa modalidad, pero por motivos económicos, abarca ambas.

Marta piensa que “se generaliza demasiado con el flamenco”, pero afirma “la existencia de un mayor número de hombres que de mujeres”, alegando “que la mujer parece estar todavía en un segundo plano, aunque históricamente haya existido representación femenina en este arte.”

Para la cantaora el flamenco es “cuestión de gustos más que de géneros y no siente que haya desigualdad”, sostiene que se tiende a “la complementación de géneros”, aunque reconoce que tradicionalmente “las peñas, los tablaos y los teatros donde se ha tocado flamenco, han sido ocupados por un público predominantemente masculino.”

"No cantaría nunca una letra machista y cambiaría su contenido en el caso de que lo necesitase, desde el máximo respeto a la tradición”

Respecto a algunas letras cree que “por su antigüedad hay que conservarlas”, pero aclara “no cantaría nunca una letra machista y cambiaría su contenido en el caso de que lo necesitase, desde el máximo respeto a la tradición”. Y pese a existir discrepancias con esos cambios, la cantaora considera que las personas a las que verdaderamente les gusta el flamenco, “aprecian que lo hagas tuyo, que dolamos cuando cantemos

Para ello, “debe también cambiar la mentalidad de todas las personas hacia la igualdad, respetando las particularidades de cada cual y su manera de sentir”. Como colofón, la granaína recuerda una frase de un fandango de Morente que “lo engloba todo respecto al arte y a mi manera de reivindicar el estado de la mujer dentro del flamenco”: Porque morir es natural, yo no le temo a la muerte.

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Álvaro Romero. Fotografía por Carolina Cebrino cortesía de Álvaro Romero

Álvaro Romero -natural del Puerto de Santa María- tuvo la oportunidad de subirse a un escenario por primera vez gracias a los carnavales de su tierra, aunque la afición por el flamenco le llegaría a los 18 años, poco antes de mudarse a Sevilla, ciudad en la que emprenderá su andadura profesional. Su mayor ilusión era llegar a la capital hispalense para entrar en la academia de Esperanza Fernández, algo que gracias a su beca universitaria, pudo hacer realidad.

Abandonó sus estudios universitarios para dedicarse en cuerpo y alma a su verdadera pasión y tras un par de años con Esperanza, decidió arriesgar empezando a salir de bolos y a formarse como cantaor para el baile, “sobre todo por las salidas laborales que tiene respecto a cantar hacia delante”, afirma.

Aunque la homosexualidad ha existido siempre en todos los ámbitos del arte, Álvaro explica que lo cierto es que “se masculinizó mucho en sus inicios, ya que la mayoría de personas que se profesionalizaban eran hombres”, debido al contexto social en el que surge, pero con una particularidad y es “que el cante más primitivo se conoce a través de las madres que le cantaban a sus niños”, asegura. Un testigo que años después tomarían importantes figuras como La Niña de los Peines, Tía Anica La Piriñaca o La Niña de la Puebla, que elevarían el flamenco a las cumbres más altas.

Para Álvaro, el flamenco es “un arte de alma y de desnudarse”. De este modo, “a través del él puedes expresar y mostrar quién eres de verdad” y aunque en muchos casos se haya ocultado la orientación o identidad sexual de alguien “siempre ha salido reivindicada a través de su arte”. No obstante, “referentes homosexuales” del cante como Miguel de Molina o Antonio Mairena, no manifestaron públicamente su orientación sexual, posiblemente por el contexto social en el que se encontraban.

“Las letras que canto no considero que sean machistas o estén dirigidas para ser cantadas por hombres o mujeres”, en este sentido, “hay alguna como por ejemplo esa de Juana del Revuelo que dice 'mi marío me ha pegao porque no le guiso papita con bacalao' o esa que habla de 'de qué murió mi mare, la camisa de mi cuerpo no tengo quien me la lave' que responden a un al momento en que se escribieron”, pero que hoy día podríamos tildarlas claramente de machistas.

Álvaro dice ser partidario de cantar cosas que le representen. “Intento que el contenido de las letras contenga mensaje político o que refleje lo que está ocurriendo en ese momento en mi vida.” Así, el cantaor lamenta que en el cante o la guitarra exista mucha menos apertura, aunque una de sus acciones directa para fomentar esa apertura sea “cambiarle el género a la letra, algo que lleva haciendo mucho tiempo Mayte Martín.”

En el flamenco hay mucha reticencia a expresar realmente lo que uno siente por miedo al rechazo o a perder oportunidades laborales, así lo asegura este cantaor, que afirma “no aspirar a un mundo comercial, sino en ir hacia algo más profundo, más underground.” En esta línea, dice “no haber encontrado ningún tipo de rechazo por mi orientación sexual, es más, a raíz de una nana que recité a partir de un texto del poeta chileno, Pedro Lemebel, se me ha abierto otro campo de trabajo.”

Pero hay un asunto con el que el portuense se muestra tajante: “no quiero que se me reconozca por mi orientación sexual, sino por mi esfuerzo en el trabajo, aunque sea maricón y lo lleve con orgullo”, dilucidando que hay personas en el flamenco “que anteponen su identidad u orientación sexual a la disciplina artística”.

En su necesidad de crear y salirse de las letras tradicionales del flamenco, Álvaro se encuentra con el universo de los poetas queer y comienza a empaparse de textos y manifiestos o incluso de prácticas como el chemsex, que lleva al flamenco en diferentes proyectos.

Por la libertad “cada persona debería hacer una revolución consigo misma para intentar cambiar las cosas, y si lo llevamos al flamenco, expresar verdaderamente quienes somos a través del arte, ya que si hacemos las cosas para complacer a los demás, no podremos avanzar”, sentencia el cantaor.

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Antonia Jiménez. Fotografía por Paco Villalta cortesía de Antonia Jiménez

Antonia Jiménez es una de las principales “tocaoras” del país, del Puerto de Santa María (Cádiz) y con vocación flamenca desde niña, empezó a estudiar la guitarra a los 13 con el maestro Antonio Villar y acompañando a su hermano Miguel, en su academia de baile donde hizo “sus primeros bolos y sacó sus primeros dinerillos, mientras aprendía la profesión”.

En ese contexto, Antonia recuerda que “con el entusiasmo que tenía por tocar, no le daba mucha importancia a que de 40 personas que éramos en clase, solo dos éramos niñas”. Fue con el paso del tiempo —cumplidos los 18— cuando “me di cuenta de que la guitarra era un mundo masculino y de los roles de género tan marcados existentes en este arte”.

La imagen de la mujer flamenca tradicional no encajaba con la de Antonia: “siempre me ha gustado llevar el pelo corto, pantalones, ir cómoda y sin maquillaje; va con mi forma de ser y como mujer flamenca me sentía rara, con independencia de sentirme también guitarrista.” De este modo, enfrentarse profesionalmente al mundo de la guitarra le supuso “un trabajo personal muy profundo de integridad y aceptación”, siendo clave el movimiento feminista que se encontró cuando llegó a Madrid en los 90, "que me ayudó bastante a definirme como persona y mujer.”

"No me parece justo ponerle género a la música"

Para esta pionera del flamenco, la imagen de una mujer “tocaora” resulta de gran importancia “porque existimos, contamos la verdad, pero no se nos apoya y visibiliza del mismo modo, y ya sabemos que lo que no se ve, no existe.” En este sentido se muestra satisfecha “por poner mi imagen junto a la de mis compañeras, que también están realizando un trabajo muy profundo, ya no solo musicalmente, sino para conquistar esos espacios que también nos pertenecen.” Además, comenta echar en falta “una bailaora abiertamente queer, sin faralaes o vestida con un traje, que no necesariamente sea el de flamenca tradicional”, como ejemplo de transgresión en la actualidad.

“En el flamenco se va notando ese movimiento feminista con una mayor presencia de la mujer en los tablaos, aunque los avances sean muy lentos”, comenta. El ideal de Antonia sería “la no diferenciación de géneros; que no se hablara de mujer u hombre guitarrista, sino de personas que tocan la guitarra”, pero también de fomentar “los espacios mixtos y que no exista la necesidad de realizar festivales específicos para mujeres o agrupaciones exclusivamente femeninas”, pues a la portuense no le parece justo “ponerle género a la música” ni cree “que separar los géneros ayude mucho en la lucha por la igualdad.”

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Fernando López. Fotografía por Elia Rodière cortesía de Fernando López

El bailaor y filósofo, Fernando López, inició sus estudios artísticos a los 11 años con danza española, clásica y flamenco, siendo este último la base de su formación. Estudió Filosofía en Madrid, su ciudad natal, y marcha como estudiante a París, donde comienza “a trazar puentes entre dos mundos en los que estaba dividido.”

Tras haber analizado en detalle las cuestiones de género a lo largo de la historia y en particular en relación al baile, “me doy cuenta que la cuestión del machismo es muy amplia, y a veces se encuentra de manera muy sutil, pues no se reduce a que haya o no mujeres en el medio del flamenco, sino que atiende al rol que se les da”, explica el cantaor. En este sentido, apunta que “históricamente la mujer ha estado muy enfocada al baile y sobre todo en la exposición del cuerpo como objeto deseable; en los repartos desiguales dentro de las tareas tanto escénicas (guitarra y cante para el hombre, baile ligado a la mujer) y en otras cuestiones referentes a las relaciones laborales fuera de escena, como quién cobraba más o menos en los tablaos.”

Así, Fernando revela que el flamenco es “un fenómeno que ha tenido un poso machista al igual que la sociedad española en la que se ha gestado culturalmente”, o en palabras de Spinoza: no ha sido “un imperio dentro de otro imperio”, sino que surge “en una sociedad muy determinada atravesada por ese machismo.” Sin embargo, añade que “como fenómeno artístico ha sabido darse unos márgenes de libertad a sí mismo, a veces mayores de los que existían, aunque otras veces, más restrictivos.”

La homofobia también la entiende como “un aspecto compartido con otros fenómenos culturales y la existente históricamente en España”, pero con un matiz de lo más interesante, y es que “el flamenco ha sabido acoger a una gran diversidad de cuerpos y personalidades, es decir, un fenómeno en el que ha habido gente de clase baja y popular, personas gitanas y no gitanas, mayores, con cuerpos no normativos (gordas, feas o con diversidad funcional), y que ha sabido integrar todas esas entidades sin ningún problema.” Por el contrario, los cuerpos diversos en cuestiones género y sexualidad “han sido históricamente excluidos y no han formado parte de esa inclusión de la que el flamenco ha hecho gala en otros sentidos.”

El bailaor y filósofo, destaca del flamenco su “capacidad de visibilizar problemáticas sociales de diferente tipo”, incidiendo en que “si esto es posible actualmente en relación con la realidad LGTBI, es consecuencia lógica del progreso vivido por nuestro país en términos de derechos sociales en los últimos 40 años.”.

Fernando no concibe el arte “desligado a un cierto proyecto de emancipación” y aboga por “abandonar los debates bizantinos en términos de ortodoxia y rupturismo, abrazando la complejidad del flamenco como acto creativo en permanente transformación.” Una visión integrada en su libro De puertas para adentro, que indaga en “los contra modelos de artistas flamencos que a lo largo de la historia han contestado los modelos hegemónicos de género”; o en su pieza artística Pensaor —vinculada a su tesis doctoral— que utiliza danza, música y teatro para mostrar en escena algunos de los estereotipos asociados tradicionalmente al flamenco “en oposición con una visión científica y filosófica sobre el mismo, tratando además cuestiones relacionadas con memoria histórica, precariedad laboral o consumo de drogas”, concluye el autor.

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