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Cultură

El infierno de convivir con una pareja con Trastorno Obsesivo Compulsivo

En nuestra relación no hay sitio para la espontaneidad. Y sin espontaneidad, ¿cómo puede haber romance?
21.9.15
Ilustración por Alex Jenkins

Sigo convencida de que he conocido a la persona más importante de mi vida adulta, pero lo que no imaginaba es que acabaría planificando mi futuro con alguien que a menudo teme tocarme. He salido con sociópatas, drogadictos y alcohólicos, pero nada de eso me preparó para lo que supone convivir con alguien que padece TOC.

Cuando conocí a Tony (nombre ficticio), hace más de un año, enseguida me confesó que padecía un trastorno obsesivo-compulsivo, un trastorno de ansiedad caracterizado por pensamientos intrusivos e incontrolados y por conductas repetitivas. El hecho de que sintiera la necesidad de informarme de ello da una idea de hasta qué punto la enfermedad se había adueñado de su vida. El TOC puede controlarse, pero también puede acabar consumiendo al que lo padece. Un psicólogo me contó que había visto pacientes con TOC hospitalizados que no se atrevían a beber agua porque creían que estaba contaminada.

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Según el Instituto Nacional de la Salud Mental de EE. UU., 2,2 millones de personas conviven con este trastorno, que se cree que afecta a un mayor número de hombres que de mujeres. La edad media a la que se diagnostica el TOC es de 19 años. A Tony le anunciaron el diagnóstico hace más de diez años, y desde entonces ha tenido que ingresar en un hospital en dos ocasiones. Según cuenta, se «volvió loco» y no era capaz de abandonar su habitación porque percibía amenazas por todas partes. Actualmente, su trastorno se manifiesta en forma de pensamientos obsesivos respecto a la higiene; suele tener la piel de las manos escamada y cuarteada, e incluso a veces le sangra debido a la cantidad de veces que se las lava. No toca nada que le parezca que está «sucio», ya sean pomos de puertas, toallas usadas o yo misma.

Pero nos enamoramos desde el primer momento. Tony sabía escuchar, era un hombre versado, comprensivo y con un gran sentido del humor. Nos conocimos un lunes y para el viernes, cuando yo debía hacer un viaje, ya éramos inseparables. Aunque casi no nos conocíamos, pronto me di cuenta de que Tony era un tipo muy sensible y cariñoso. No sería hasta pasado un tiempo que llegué a ser completamente consciente del alcance de su enfermedad.

En nuestra relación no hay sitio para la espontaneidad. Y sin espontaneidad, ¿cómo puede haber romance?

Un día con Tony es algo así: me despierto junto a él y debo contener mi impulso de tocarlo. Él, por su parte, tampoco se toca ni la cara ni el pelo hasta que se haya dado una ducha, por lo de los «aceites ocultos» que tiene en las manos (la misma razón por la que yo no lo puedo tocar). Llegó un punto en que ni siquiera me abrazaba antes de ir a trabajar si todavía no me había duchado. Incluso hoy rehúye el contacto físico si yo he estado tocando algo que él considera que «no está limpio», como la pared de un sitio público, o si se me ha caído el abrigo al suelo.

Hago la colada todos los días para que Tony pueda secarse con una toalla limpia al salir de la ducha, Necesita una limpia cada día, preferiblemente blanca, de modo que pueda ver cualquier mancha que no se sería apreciable en una toalla de color. Si se seca con una toalla manchada, volverá a ducharse y a secarse con otra toalla limpia.

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En una ocasión, lavé la funda del colchón a temperatura muy alta y el plástico se derritió en algunas partes. Tony se negó a dormir en la cama hasta que sustituí la funda estropeada. Incluso tras hacerlo, decía que no se «sentía limpio» en la cama. Hubo otra vez en que limpié el sofá con el producto equivocado y Tony evitó sentarse en él durante tres semanas.

Todos sabemos que las relaciones requieren esfuerzo, pero la presión se magnifica hasta límites indecibles cuando el más nimio de tus actos puede provocar una crisis. Si bien Tony no verbaliza sus límites, estos dictan nuestros actos de forma silenciosa. He llegado a percibir su trastorno como una entidad totalmente independiente: Tony quiere amar sin restricciones, pero el TOC está ahí para controlar nuestras vidas. Después de una pelea, sé que desea con todas sus fuerzas que nos reconciliemos como cualquier pareja «normal» -con muestras de afecto, un cálido abrazo con el que decir «lo siento»-, pero el TOC no se lo permite.

Hubo otra vez en que limpié el sofá con el producto equivocado y Tony evitó sentarse en él durante tres semanas.

He llorado tantas veces deseando que Tony fuera «normal»… He llegado incluso a aborrecer las actividades de ocio y las ocasiones especiales, porque con ellas va asociado un mayor grado de ansiedad. Tony ha salido como una exhalación de restaurantes y bares por haberse manchado con una bebida; cuando vamos a fiestas, tengo la lección aprendida y no se me ocurre robarle un beso porque desataría un ataque de ansiedad inmediato. Una vez, Tony se negó a comerse el plato que le habían servido en un lujoso restaurante porque se le había caído el paraguas al suelo. En su mente no hay lugar para los accidentes, ya que todo lo que hace es premeditado. Nunca se es demasiado cuidadoso, y se espera que yo actúe de igual forma.

No existe una «cura» para el TOC, pero, como ocurre con la mayoría de enfermedades mentales, es posible mitigar sus efectos mediante el tratamiento y el apoyo adecuados. Actualmente, Tony está bajo un tratamiento de entre 40 y 60 miligramos de paroxetina (un fármaco muy común para el tratamiento del TOC) diarios. El medicamento le ayuda, pero no tanto como él desearía. Sin el tratamiento, la enfermedad difícilmente mejora.

Después de un año juntos, me resulta sencillo saber por anticipado qué puede molestar a Tony y, como su pareja, trato de ofrecerle todo mi apoyo. Pero brindar apoyo a una pareja con TOC es una tarea diaria y para toda la vida. Vivo constantemente en tensión, preocupada por saber qué será lo siguiente que le haga reaccionar, y me entristece que ambos tengamos tantas dificultades para disfrutar las pequeñas cosas de la vida. En nuestra relación no hay sitio para la espontaneidad. Y sin espontaneidad, ¿cómo puede haber romance?

Y, sin embargo, él es la persona a la que amo. Conocer a Tony me ha hecho ser más comprensiva, pero también me provoca una profunda tristeza reconocer que he desarrollado cierto rechazo por la parte de él que sigue sufriendo. En los momentos de paz, debo recordarme a mí misma que Tony sufre una enfermedad paralizante y que, si estuviera en su mano cambiar las cosas, lo haría.

Antes de conocer a Tony, solía reírme cuando mis amigos decían cosas como, «¡Madre mía, lo mío es obsesivo-compulsivo!». Ahora ya no me parece tan divertido.

Traducción por Mario Abad.