Publicidad
Cultura

Puse “The boys are back in town” en la juke-box de un bar hasta que me echaron

Lo hice en un bar de metaleros y obviamente me odiaron mucho.

por Timothy Faust
27 Marzo 2015, 1:56pm

Ilustración por el autor.

"Nothing is forbidden anymore (Ya nada está prohibido)" —Enrique Iglesias, "Bailamos".

Cada vez que estoy triste, saco unos cuantos billetes del cajero y me voy corriendo a un bar que no me gusta. Es un bar de metaleros que está más o menos a un kilómetro de mi casa.

La primera vez que fui, hice lo mismo que hago cada que voy por primera vez a un bar: ir a la juke-box para ver cuál es el disco número 69. En este bar era Jailbreak de Thin Lizzy. Nunca había escuchado todo el disco completo y, gracias a Dios, ahora sé que nunca tendré que hacerlo porqué sé que Jailbreak incluye al menos dos canciones: "The Boys Are Back in Town", y la que le sigue, que en realidad solo sirve para recordarte que tienes que apretar el botón de "atrás".

Tengo que dejar esto muy claro: la canción "The Boys Are Back in Town" es increíble y me encanta. La amo. Mi corazón late al ritmo del riff de la guitarra de Scott Gorham. Cuando el chico con el que vivo se va a trabajar, me arrodillo frente a su perro en señal de reverencia porque el animal me respeta. Pego mi frente a su costado y susurro "the boys are back" una y otra vez. El perro se da la vuelta para verme y sé que me respeta aún más porque cumplí con lo que pidieron los señores de Thin Lizzy. Difundí la noticia de que los chicos han vuelto a la ciudad.

La única razón por la que vuelvo una y otra vez a este bar, es mi lealtad incontrolable a The Boys y por lo mucho que me gusta gritar. En general me conformo poniendo esta canción una sola vez en la juke-box del bar porque así ya me siento mejor. Llevo varios meses viviendo así. Entro a un bar, escojo "The Boys Are Back in Town" y bebo cerveza hasta que suene la canción. Cuando llega el momento, aplaudo, me pego en el pecho y quizá hasta grito con el acento de mi pueblo (algo como: "¡Joder, sí!" o "¡Ya era hora!") para romper el silencio. Y después me voy.

En estos últimos meses, me di cuenta de dos cosas: una, este bar no tiene un "botón de emergencia" (que el camarero pueda apretar por si alguien decide, no sé, pagar para escuchar todo el disco 2112 de Rush). Dos, si pagas cada canción con un billete, puedes hacer que la juke-box toque dos o más veces seguidas la misma canción.

Hace poco, a las 3 de la mañana de un martes, me llegó la revelación mientras esperaba en la oscuridad frente a la estación del tren. Por fin supe por qué tenía esa obsesión: tenía que quedarme despierto toda la noche y poner "The Boys Are Back in Town" en el bar tantas veces como me fuera posible. Desaparecieron los obstáculos y me dirigí hacia mi futuro a través de un camino de rosas con el propósito de compartir el evangelio con los demás clientes de aquél bar tan mierda. Los chicos habían vuelto.

Este camino es solitario pero me resulta familiar. Pongo la misma canción una y otra vez cuando estoy en mi casa o cuando voy a otros bares, y pienso hacerlo otra vez. Una tarde de verano, en uno de los bares horribles a las afueras del barrio de Richmond de San Francisco, California, vi cómo la camarera retiraba mi vasito de chupito cuando la (emocionante, trascendental, sagrada) canción de "Walking on Broken Glass" de Annie Lennox sonó por cuarta vez consecutiva. La mejor camarera de Estados Unidos, (el rayo de luz de los restaurantes de Orlando) me negó el servicio cuando descubrió mi plan de poner todas las versiones posibles de "The Monster Mash." Obligué a mis amigos y a todos los desconocidos que tuvieron la desgracia de estar en el mismo bar que yo en Houston a escuchar "Sex Dwarf" de Soft Cell continuamente hasta asegurarme de que su velada estaba completamente arruinada.

De esto se trata en la era del capitalismo, mientras más grande mejor, sin excepciones. Para aquellos que disfrutan de la música, escuchar la misma canción una y otra vez es disfrutarla de una forma más profunda. El cómico John Mulaney hizo un chiste que hablaba sobre repetir la canción "What's New, Pussycat" de Tom Jones y me lo han mandado miles de veces por chat. Pero qué os creéis, como yo hay miles. Es más, puede que hasta os hayáis acostado con alguno de nosotros. Lo sentimos. Somos criaturas horribles, eufóricas, autodestructivas y que buscan amor sin ganárselo. Podéis comprar nuestra alegría con un euro para poner una canción. Usamos nuestros juguetes hasta que no queda nada de ellos.

Esa noche, en el bar que tanto me desagrada, escogí la canción "Holy Diver" de Ronnie James Dio para que sonara entre la segunda y la tercera repetición de "The Boys Are Back in Town" porque Dio mola.

Cuando volvió a sonar Thin Lizzy, todos los clientes del bar gruñeron al unísono y lanzaron sus servilletas después de un suspiro de desesperación. Me entró una risita y todos a mi alrededor se dieron cuenta de que había sido yo. Un tipo me preguntó por que lo hacía y respondí tartamudeando: "Los chicos han vuelto, tío. ¡Los chicos han vuelto!"

Cuando sonaron las primeras notas de "The Boys Are Back in Town" por cuarta vez, todos golpearon con sus vasos la mesa, gritaron toda clase de improperios y hubo algunos que se fueron porque sus oídos no estaban aptos para escuchar la buena nueva (sobre los chicos que habían vuelto a la ciudad). Dos hombres que parecían furiosos y muy borrachos se acercaron a la uke-box y la levantaron para desconectarla. Cuando las cosas volvieron a la normalidad, se formó una pequeña fila para escoger canciones. Yo también me puse a la cola.

"¿Vas a volver a poner 'The Boys Are Back in Town'?", me preguntaron cuando llegó mi turno de escoger una canción.

"Prometo que no voy a volver a poner 'The Boys Are Back In Town'", dije mientras presionaba los botones para seleccionar "The Boys Are Back in Town", los cuales, por cierto, ya me sabía de memoria.

Esa misma persona me pidió que ya no volviera a tocar esa juke-box durante el resto de mi vida.

Cuando volvió a sonar "The Boys Are Back in Town", no pasó nada. Por fin —¡por fin!— podía celebrarlo en paz. 4 minutos y 27 segundos después, cuando sonó el riff de guitarra de Gorham, el miserable bar se transformó en la isla de El señor de las moscas. Dos sujetos empezaron a empujarse y el hombre que estaba cerca de mí se aclaró la garganta para gritar: "¡ODIO ESA CANCIÓN!".

Los gustos musicales de otra persona nos proporcionaron a todos un intermedio que la camarera aprovechó para anunciar que la barra estaba a punto de cerrar. Cuando terminó de hablar, Thin Lizzy volvió a sonar. De pronto apareció mi tarjeta de crédito frente a mí y me pidieron que saliera del bar inmediatamente. Me fui feliz después de saber que los chicos habían vuelto a la ciudad y que nunca iban a irse, y que yo había sido el que había difundido la noticia. También sabía que al día siguiente iba a llegar muy tarde al trabajo.

Como dice "The Boys Are Back in Town": "mi canción favorita resuena en los altavoces de la juke-box que está en el rincón".

La canción es "The Boys Are Back in Town".

Semanas después, con el ansia y el carisma de un corazón recién roto, regresé al bar que tanto detestaba. Todos mis movimientos estaban programados: acercarme a la juke-box, meter un billete, presionar los mágicos números 6-9-0-6, mirar al vacío mientras la máquina recorre toda la colección de discos. En ese momento me sentí mejor que nunca. Conseguí una mesa y me senté a esperar.

Pero nunca escuché el riff que tanto amo. El único sonido que salía de los altavoces era el de las clásicas canciones de glam metal. En ese momento me cayó encima todo el peso de la realidad. Mi noche se había arruinado.

El bar, al cual jamás voy a volver a ir, había eliminado de su juke-box el disco Jailbreak de Thin Lizzy.

¿Dónde están los chicos? Estoy buscándolos por toda la ciudad. El tiempo es espacio. La distancia entre los chicos y yo se remonta a años antes de mi nacimiento. Venid, chicos, venid a mí. Las multitudes de mi interior se expanden y mis costuras están a punto de romperse. Me estoy volviendo mi propio universo y los chicos no aparecen por ningún lado.

La sed nunca se va. El cuerpo pide agua hasta que se ahoga. Difundí la noticia hasta el punto en el que ya no había nada más que decir. Cargado con la belleza de la exuberancia, me sumergí y me quedé en el fondo del mar. Hoy se perdieron los chicos de la ciudad y se llevaron mi vida.

Timothy Faust vive en Brooklyn, Nueva York, y organiza peleas de lucha libre en patios traseros de Austin, Texas. Sigue a Timothy en Twitter.

Tagged:
The Boys Are Back In Town
Vice Blog