El número del enorme hongo que nos rodea

Verano en Mogadiscio

Retratos de la playa Lido en Somalia.

por Trevor Snapp
13 Octubre 2014, 8:58am

La película Tiburón se estrenó en el verano de 1975. Poco a poco su influencia llegó a pueblos costeros de todo el mundo, inspirando pesadillas y encadenando a los bañistas a la arena. Cuando Tiburón llegó a Mogadiscio, Somalia, la gente probablemente pensó que Nueva Inglaterra era un lugar cercano, e incluso que la película era sobre su pueblo.

Entre 1978 y 1987, se registraron treinta ataques de tiburón en Lido, la famosa playa de Mogadiscio. A excepción de dos, todos fueron fatales. La construcción del nuevo puerto rompió los arrecifes de coral, y permitió así que tiburones tigre y toro se acercaran a la costa. La mayoría de los ataques ocurrieron en los meses del monzón de verano, cuando la salinidad del agua atraía a los tiburones. En esos años, las lluvias coincidieron con el Ramadán, mes de ayuno musulmán, justo cuando el matadero de la costa funcionaba a toda marcha, y vísceras y desechos de cabras, camellos y ganado flotaban en el agua.

En los años ochenta, Mogadiscio era la capital mundial de las calles llenas de árboles, casas hechas con piedra de coral y las famosas brisas del Océano Índico. Desde que se fundó, hace más o menos mil años, ha sido un punto de reunión para el mundo mediterráneo, africano, asiático y árabe. La amabilidad de su gente, una virtud costeña, se puede ver en las playas, especialmente en la popular Lido, en el centro de la ciudad. En ese entonces, se reunía ahí un club de corredores una vez a la semana. Los somalíes y los inmigrantes trotaban juntos en pantalones cortos y las mujeres se paseaban sin velo. Había puestos a lo largo del malecón donde algunos niños vendían objetos exóticos y marfil. En los clubes playeros había rastros de arena y podías comer algo en el muelle mientras veías a la gente zambullirse en el agua. 

El matadero de la costa que atraía a los tiburones siempre estaba funcionando. La sociedad somalí se centraba en el ganado, especialmente en los camellos. A pesar de tener la costa más larga del continente, los somalíes nunca han sido grandes comedores de pescado. El presidente Siad Barre, quien había llegado al poder en un golpe de estado en 1969, estableció comunidades pesqueras y declaró dos días de la semana como días de comer pescado para prevenir la falta de comida.

Finalmente, los somalíes se cansaron del socialismo científico de Barre. En la práctica se convirtió más en una elaborada muestra de estatismo —la construcción de docenas de monumentos y la organización constante de fiestas— más que en verdaderos trabajos de estado. Su forma de administrar no estaba de acuerdo con la población que creía controlar, en la cual siempre habían reinado la independencia y las compañías privadas. Finalmente, atrapada en la corrupción y debilitada por varios grupos de oposición basados en clanes, el gobierno cayó en 1991. Barre huyó del país y el ejército nacional se desintegró.

Así comenzó una guerra cuyo final todavía no ha llegado.

Los clanes políticos terminaron por afectar a la sociedad somalí, y una hambruna catastrófica acompañó el colapso del estado. Más de 300.000 personas murieron de hambre al año siguiente, incitando la primera de muchas intervenciones internacionales.

Una mañana antes del amanecer en diciembre de 1992, más de cien periodistas extranjeros esperaban en una playa al sur de Lido. Miraban el océano buscando señales de una supuesta operación secreta de los marines estadounidenses que planeaban abrir el paso para la distribución de comida. Un equipo de noticias de la CBS captó el desembarco con lentes de visión nocturna y lo transmitieron en vivo. “Es como un circo de tres pistas aquí en la playa”, gritó un capitán a la prensa. Durante los siguientes 20 años las playas de Mogadiscio estuvieron más calmadas. La gente se quedaba en casa, con miedo a tiroteos espontáneos que dejaban marcas en las paredes de coral en la ciudad y escombros en la mayoría de las calles. La violencia nunca paraba durante mucho tiempo.

Cuando visité el lugar en enero, la paz en Lido no parecía un espejismo. Mirando hacia el mar, de espaldas a las ruinas, casi podía tocarlo. Las multitudes eran espesas y caminar a través de ellas me hacía pensar que era imposible sentirse solo en este lugar, quizás por la playa. Era viernes, festivo, y todo mundo estaba ahí.

Desde que los militantes fundamentalistas de Al Shabaab fueron perseguidos en la ciudad por un cuerpo de paz de la Unión Africana hace tres años, la ciudad se ha vuelto un bastión de paz, el lugar del renacimiento de Mogadiscio. Los periodistas escriben sobre lo que pasa en Lido, describiendo el agua azul celeste y los cafés reabiertos. El año pasado, un restaurante en la orilla del mar fue bombardeado, un síntoma del cambio de estrategia de Al Shabaab en Mogadiscio, donde ahora llevan a cabo una guerrilla con bombas y ataques suicidas.

Estos días, los guardias de seguridad privada rondan los cafés. Los hombres llevan tranquilamente AK-47, los han usado durante toda su vida adulta, en algunos casos incluso desde la infancia. Detrás de ellos, los jóvenes miembros de la diáspora somalí de Canadá, Suecia e Inglaterra se sientan a tomar lattes. Muchos de ellos ahora trabajan para el nuevo gobierno. Antes de volver, sus padres les habían hablado mucho del Lido de antes de la guerra que ellos habían conocido.

Habíamos venido a tomar retratos en la playa y estábamos montando las luces en el balcón de un restaurante. El equipo de seguridad se había adaptado fácilmente. Para apartar la mesa, pedimos una jarra de zumo de mango, que nadie se tomó y simplemente lo alejamos de nuestras baterías y lentes. Todos nos miraban. Nuestro equipo y preparación frenética incitaban a las personas que hablaban inglés a venir y preguntarnos qué estábamos haciendo. Protegidos por el alambre de espino del restaurante y la seguridad del lugar, decían que les encantaba la idea. Querían mostrarle al mundo el lado amable de Somalia. Pero no querían que les tomáramos fotos a ellos.

La gente en la playa estaba más dispuesta. Grupos de jóvenes se ofrecían los unos a los otros para salir en nuestras fotos. Algunos se ponían arena en la cabeza para llamar nuestra atención. Pronto tuvimos que empezar a rechazar a la gente.

Para las fotos no tenían que hacer nada en particular. Solo intentamos mostrar normalidad, presentar una imagen ordinaria de un país que, para un foráneo, resulta extraordinario. Si fueran para hacer una declaración política sobre la dirección en la que se mueve Somalia, servirían para ignorar su turbulenta historia. Estas imágenes son el registro de las personas que estaban en Lido esa tarde de enero, de sus atuendos y de sus sonrisas.

Después de violentos ataques en Mogadiscio y en la vecina Kenia, este año, Al Shabaab amenazó con intensificar los bombardeos durante el Ramadán. En respuesta, la policía somalí cerró la playa. Una vez más las multitudes desaparecieron.