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La hora mágica

Buche afrodisiaco, vaquita y extinción

En China se come sopa de totoaba y su pesca ilegal se está llevando entre las redes a la vaquita marina, único cetáceo endémico de México.
8.5.15

Vaquita marina (Phocoena sinus), acuarela, 1986. Esta ilustración pertenece al acervo del Instituo de Biología de la UNAM. Puedes ver más ilustraciones de la autora en la exposición Pinceladas en el desierto, en Universum hasta el 31 de mayo. Ilustración por Elvia Esparza Alvarado.

Hace un par de meses fui al barrio chino de Nueva York con una misión en mente: probar la sopa de buche de pescado, un platillo tradicional preparado con vejiga natatoria. No fue una aventura gourmet sino ecologista, pues quería entender por qué el buche de totoaba (un pez mexicano que puede medir hasta dos metros de largo y pesar unos cien kilos) es una mercancía muy codiciada en China, tanto que financia un mercado negro de millones de dólares que está llevando a la extinción a la totoaba y a la vaquita marina, dos especies que sólo habitan en el Alto Golfo de California (también llamado Mar de Cortés, nombre descontinuado por su aire malinchista).

En Nueva York afortunadamente es imposible conseguir sopa de buche de totoaba (llamada Seen Kow en cantonés), pero sí se puede encontrar una sopa preparada con el buche de un pez más común: un tipo de corvina de mucho menor precio (la fish maw soup me costó diez dólares y la Seen Kow llega a costar más de 500 dólares en Hong Kong). De todos modos no fue fácil. En Chinatown casi no se habla inglés y mi conocimiento de términos de origen chino se limita a "Chop Suey", "Kung Fu" y "Mao Tse Tung". Así, después de recorrer sin éxito todos los mercados de mariscos del barrio (en una tienda creyeron que estaba buscando películas porno), encontré un restaurante cantonés muy elegante y decadente, como salido de una película de David Lynch, y ahí logré, por fin, que me prepararan una sopa de buche de pescado.

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La consistencia gelatinosa del buche no me disgustó y el caldo, condimentado exclusivamente con vinagre y pimienta, me pareció bastante sabroso. Cuando le pregunté al dueño del lugar sobre los efectos medicinales del platillo, se empezó a reír y me dijo que yo era demasiado joven para necesitarlos. De acuerdo con la tradición, se trata de una sopa tonificante y afrodisiaca y por eso se llegan a pagar fortunas por el buche de totoaba, al que se le atribuyen las cualidades más potentes.

Salí del restorán sin sentirme particularmente cachondo y me puse a pensar en la vaquita marina, un animal al que nunca he visto en persona, pero que me importa mucho por razones de carácter sentimental.

LA TERNURA REBELDE

A principios de 2013, una serie afortunada de clics me llevó a la página vaquita.tv, donde supe por primera vez de la vaquita marina, una especie de marsopa (tampoco sabía nada de las marsopas: son una familia de cetáceos con dientes, parientes de las ballenas y los delfines) en grave peligro de extinción. Vaquita.tv no es una caricatura ranchera, sino un portal dedicado a promover la conservación de este mamífero marino. Resulta que "Este animalito es cien por ciento mexicano" (Greenpeace dixit) y que quedan menos de cien ejemplares (en 2014 sólo se pudieron contar 97 vaquitas).

El aspecto de las vaquitas es semejante al de los delfines, pero su tamaño es menor: sus cuerpos rollizos no llegan a medir más de metro y medio y pesan alrededor de cuarenta kilogramos. Se trata del cetáceo más pequeño del mundo (el más grande es el rorcual azul, y con sus más de cien toneladas de peso, es el animal más grande que ha existido en la Tierra). A pesar de su aspecto carismático (con una diminuta aleta dorsal, cuerpo rollizo y labios sonrientes), la especie nunca ha sido sometida a cautiverio y al trabajo forzado como animadora de parques acuáticos. A diferencia de las orcas y delfines, la timidez indomable de la vaquita permite que sea una de las pocas especies de mamíferos que nunca han perdido la libertad.

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La vaquita no tiene ningún valor pesquero, turístico ni medicinal. Es una simpática rebelde que se niega a trabajar para nosotros. Lo único que su existencia puede darnos es la certeza y el misterio de que hay vida silvestre más allá de las fronteras de nuestra civilización. Sin embargo, las vaquitas son víctimas colaterales de nuestro apetito. Con frecuencia se atoran y asfixian en las redes de enmalle destinadas a pescar camarón, tiburón y otros peces como la prodigiosa totoaba. En 2005 la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) creó el Refugio de la Vaquita Marina, en el Alto Golfo de California, un territorio donde se prohibió la pesca para evitar que las vaquitas murieran por accidente, pero como las codiciadas totoabas habitan justo en esa zona, la pesca ilegal del pez afrodisiaco es la mayor amenaza para la supervivencia de la vaquita, que podría extinguirse en este sexenio (es más, en menos de dos años, según investigadores de la Universidad Autónoma de California).

Niños con el cadáver de una vaquita marina en el Golfo de Santa Clara, Sonora, en 1993. Foto por Greenpeace.

Mientras tanto, yo vivo en Queens, un barrio de asfalto y ladrillo a cuatro mil kilómetros del Golfo de California. Lo más salvaje que hay aquí son las ratas que viven en las vías del metro. ¿Por qué me importa entonces la vaquita, por qué me mortifica su extinción? Todo empezó cuando trabajaba como bibliotecario en una escuela primaria para sordos. Mis tareas principales eran clasificar libros y vigilar niños cuando sus maestras no iban a trabajar. Un día faltaron tres maestras a la escuela y la biblioteca se convirtió en una sucursal del Metro Pantitlán a hora pico. Para controlar a la horda de infantes, decidí ponerlos a ver un ameno documental sobre el cambio climático: monstruosas chimeneas industriales, voraces plantas termoeléctricas, palmeras dobladas por huracanes, pueblos inundados y, entre muchas otras imágenes apocalípticas, un oso polar flotando a la deriva sobre una migaja de hielo.

Cuando acabó la película y encendí la luz, uno de los pequeños espectadores se levantó del suelo, corrió a donde yo estaba y volvió a apagarla. Prendí la luz de nuevo y le ordené que volviera a su lugar. En vez de obedecerme, el niño se precipitó a apagarla otra vez. En la penumbra, sus manos intentaban explicarme algo que mi rudimentario lenguaje de señas no alcanzaba a descifrar. Tuve que llamar a la directora. El niño le explicó que el oso iba a morirse si no ahorrábamos electricidad. No le preocupaba la extinción de la especie Ursus maritimus, sino la muerte del oso, aquél que vio en la pantalla muriéndose de hambre y cansancio. La directora, divertida por la bondad ingenua del niño, le explicó que no se preocupara, que el oso estaba bien y, después de jurarle que había sido rescatado y llevado al Zoológico de Chapultepec — estimada directora: los niños son jóvenes mas no imbéciles—, me llamó aparte y me prohibió someter a los alumnos a sesiones de adoctrinamiento ecologista en la biblioteca.

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La actitud de ese niño me conmovió mucho y me contagió algo de su espíritu compasivo. A partir de entonces quiero ser un poco más como él, quien, al ver un documental sobre el cambio climático, no se preocupó por su propio bienestar en el futuro ni por la catástrofe vacacional que significaría la inundación definitiva de Venecia y Acapulco, sino por el sufrimiento concreto, presente, de un oso hambriento que, exhausto de tanto nadar, flotaba a la deriva en un cálido océano de indiferencia.

La vaquita marina, como el resto de los cetáceos, es un mamífero muy inteligente, capaz de experimentar un gran rango de emociones y de padecer dolor y sufrimiento. Lo más cerca que he estado a asfixiarme fue cuando se me atoró una papita cambray en la garganta y fue horrible. ¿Qué sentirán las vaquitas al atorarse en las redes de enmalle? ¿Cómo evitar que les siga ocurriendo? ¿Se puede erradicar la pesca clandestina de totoaba?

Conozco a una sola persona que ha probado la carne de totoaba: el doctor Eugenio González Almada, un amigo algunas décadas mayor que yo, médico de profesión y oriundo de Mexicali (ciudad localizada a escasos cien kilómetros del hogar de la vaquita). Él me contó que su madre a menudo cocinaba filete de totoaba cuando era niño, alrededor de 1950. En esa época se consumían miles de toneladas de totoaba en ambas Californias (tanto la mexicana como la estadunidense) y, así como al doctor González, a los inmigrantes chinos les encantaba comer ese animal tan parecido a la bahaba, el pez de la costa central de China con el que originalmente se preparaba la sopa Seen Kow.

Totoaba de cultivo lista para prepararse. Foto por Édgar Lima Garrido.

Poco antes de que mi amigo naciera, el equilibrio ecológico del Alto Golfo de California sufrió un golpe muy duro: en 1936 se inauguró la presa Hoover sobre el Río Colorado, en la frontera entre Nevada y Arizona. Esa obra colosal supuso dos hitos en la historia de la fealdad: 1) que la ciudad de Las Vegas floreciera gracias a la construcción de la presa; y 2) que el Río Colorado dejara de llegar por varios años a tierras mexicanas. Debido a la sobreexplotación del Río Colorado en Estados Unidos, el delta del río se secó y la fauna del Alto Golfo de California sufrió graves daños que, a su vez, empobrecieron a los pescadores de la región.

Es por eso que combatir la pesca clandestina es tan difícil. Ramón Pérez Gil, biólogo con una larga experiencia en conservación de fauna silvestre, es un apasionado defensor de la vaquita marina. Como miembro de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, ha presionado al gobierno federal para que se comprometa a combatir la pesca y tráfico ilegal de totoabas. Él me asegura que, aunque los resultados son buenos (se ha extendido el área de protección, redoblado la vigilancia y destinado apoyos a los pescadores afectados), no son suficientes. Los compradores de buche de totoaba tienen muchísimos recursos y los pescadores siguen teniendo muchísimas carencias. En una declaración al diario Tribuna, un habitante de San Luis Río Colorado, Sonora, expuso la situación de forma muy sencilla: "Dicen que vino un chino que traía un millón de dólares y les ofrecía cien mil dólares a los pescadores para que le bajaran totoaba […]. El chiste es que si vas a pescar totoaba tienes que repartirle lana a la ley para que te dejen pescar bien".

La actitud de los pescadores es comprensible. Cualquier persona en su sano juicio preferiría aprovechar su única oportunidad de salir de la pobreza a respetar una ley ambiental que le prohíbe realizar su oficio a cambio de una compensación insuficiente. Por otro lado, lo más probable es que los consumidores chinos de la sabrosa sopa afrodisiaca jamás hayan oído hablar de la vaquita marina o de la crisis ecológica del Alto Golfo de California. Se necesita convertir a las personas que se encuentran en ambos extremos de la devastadora pesca ilegal de la totoaba en aliados de la vaquita marina. Para ello hacen falta grandes esfuerzos de divulgación naturalista y de apoyo comunitario.

Durante siglos, cazar ballenas fue una industria muy lucrativa debido a la enorme variedad de usos de su aceite. Si no hubiera sido por el desarrollo de la industria petroquímica, sujetos como el Capitán Ahab, de Moby Dick, habrían seguido matando a los grandes cetáceos hasta su desaparición. Si se quiere descontinuar una práctica, sustituirla por otra mejor (volverla obsoleta) es mucho más eficaz que prohibirla. En el caso de la conservación marina del Golfo de California, la solución más prometedora es la cría de totoabas en cautiverio para enriquecer las poblaciones marinas; desde hace varios años, un grupo de investigadores de la Universidad Autónoma de Baja California ha estado trabajando en ello, y gracias a sus esfuerzos se podría restablecer la pesca controlada de totoaba en el futuro. Si se promoviera el turismo sustentable y la pesca deportiva en el Alto Golfo de California, los habitantes de la zona tendrían más oportunidades de trabajo e incentivos para abandonar la pesca clandestina. También sería bueno promover granjas marinas de totoaba (grandes espacios de mar destinados a la cría en semicautiverio), para que algún día todos podamos ir a un restaurante cantonés y pedir una gelatinosa y excitante sopa Seen Kow.

De esto se trata un ecologismo humanitario: que la compasión por otras especies contribuya a crear sociedades más humanas que nos permitan prosperar sin destruir, y ganar sin que nadie pierda. Si las vaquitas marinas siguen enredándose en redes de pesca ilegal, los pocos individuos que sobreviven morirán en condiciones de sufrimiento y la especie desaparecerá. Para salvarlas hace falta un entusiasmo como el de aquel niño que, viviendo a miles de kilómetros del Ártico, corrió a apagar la luz de una biblioteca para salvar la vida de un oso polar.

Si la compasión te produce algún tipo de alergia sentimental, puedes pensar en gratitud o en simple precaución. Aunque sea difícil percibirlo en medio del ruido y la furia urbanas, dependemos de la vida silvestre, los estuarios, los arrecifes, los bosques tropicales; si ellos desfallecen, nosotros también. Con todo y nuestros gadgets y nuestras sopas instantáneas, somos parte de la biósfera terrestre, de una comunidad de seres vivos que hacemos, entre todos, este lugar habitable.