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Ceremonia: you got me going

Ya me tienes, Ceremonia.

Fotos: Daniela Michelle

Siempre reviso a detalle los carteles de los grandes festivales, esos que no sé si por costumbre, por placer o por alguna estrategia de marketing o cuestiones de contratos que desconozco, anuncian a sus artistas en letras de distintos tamaños. Los headliners figuran siempre en letrotas y aparecen hasta arriba, posición que ya de por sí les asegura ventaja. Y descubro, también siempre, que quienes provocan mis mayores entusiasmos y que me hacen reconsiderar la posibilidad de pasar jornadas maratónicas bajo las inclemencias del tiempo y corriendo de un escenario a otro son los que figuran en las letras pequeñas. Inconscientemente –lo descubrí este sábado— eso me hizo desistir de ir a más festivales de los que podrían haberme interesado, incluso con ánimo absolutamente flexible y aventurero. Un prejuicio me hacía verlos como desfiles de artistas que iban a tocar menos tiempo del que me habría interesado oírlos y una vocecilla interior me susurraba que si estaban en letras pequeñas los artistas que me interesaban, probablemente iban a tener un trato distinto en los escenarios: menos tiempo, menos cuidado en el audio, luces –si les tocan— con menor intensidad… En fin, un montón de ideas preconcebidas a partir de experiencias reales, aunque no siempre relacionadas con un festival.

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El sábado comprobé que mis prejuicios –como los del todo el mundo, cabe decir; no se sientan especiales— estaban equivocados y que la voz en mi cabeza podía tener afilada la intuición, pero que había errado del todo cuando me hizo imaginar padeciendo al ver a mis actos favoritos. En el caso de Ceremonia, había hecho una lista mental de cosas que vería en caso de decidirme a ir: Lao, Los Mekánikos, Teen Flirt, Erick Rincón, Sanfuentes, Daniel Maloso, Suuns, el b2b de Kingdom y L-Vis 1990, Toy Selectah, UMO, !!!, Tycho y Damian Lazarus. De todos ellos, solo !!! figuraba entre los headliners, es decir, en letrotas, que en su caso –con ese nombre del que, podría asegurarlo, se han arrepentido más de una vez en su camino a la fama– es como estar en letras más pequeñas…

Y así iba a quedar, en una lista mental de un festival más al que no asistiría por culpa de los prejuicios y la voz, cuando llegó la invitación. Gracias a que alguien canceló de última hora su probable cobertura –¿o también en eso se equivoca mi vocecilla?–, Bart se puso en contacto conmigo unas horas antes para avisarme que me había hecho acreedor a un par de tenis que incluían la entrada al festival. Me llevarían y me traerían, algo que en el caso de un festival de ánimos excursionistas como este, siempre se agradece, se trate de un amigo con camioneta llena de amigas o un camión lleno de periodistas platicando sobre las fundidas que se han puesto haciendo coberturas de eventos de deportes extremos. Además de que los tenis, casualmente, eran de mi marca favorita. Todo me sonó a regalo de reyes (magos), solo que ahora sí me entusiasmaba la idea de tenis nuevos que adentro llevaran algo más divertido que pésimos chocolates: la propuesta de pasar un sábado lejos de la ciudad oyendo música.

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Llegamos al festival antes que todo el mundo. O que casi todo el mundo. Estuvo bien llegar temprano, porque así alcancé a ver a Suuns, a quienes había ignorado penosamente cuando hice aquella wishlist-de-cosas-a-oír-si-fuera-al-Ceremonia. Su cosa hipnótica, astral y de pronto de ánimos devastadores —como un elefante devasta con parsimonia el piso por el que pasa— hizo que el domingo despertara con la urgencia de bajar su Images du futur. (Escribo esto escuchándolos.) Su sonido se (me) antojaba para más noche, pero en ese escenario, el principal, estaba pensado que fuera el hip-hop el que guiara los contoneos de piernita y el muelleo de las nucas. Luego siguió Unknown Mortal Orchestra, que desde me emocionaron desde ese inicio con “The opposite of afternoon” en el que parecían más estar quitándose la modorra que disponiéndose a dar un concierto. Finalmente podía verlos en vivo. Se me habían escapado un par de veces… Que lamenté el sábado. Podría haberlos visto hacía un buen tiempo, pero los festivales y los prejuicios… Ya saben… Amé oír a ese volumen (aunque con luz de día) esa música de efectos psicodélicos detonados por la privación del sueño –y no por la ingestión de sustancias, según Ruban, y le creo; así se siente y se oye todo—.

Amé eso y que Riley supiera decir “poquito” en español. A partir de ahí, comencé a descubrir algo que debe ser una obviedad para cualquier festival goer profesional, pero que para mí fue una revelación. Que un festival se vive, sobre todo, entre escenarios, y que no hace falta correr de uno a otro con desesperación para evitar perderse a tal o cual acto. Además, Ceremonia parecía tener muy claro eso, y todo lo que sucedía más allá del escenario principal eran momentos para el regocijo: las banquitas para tomar el sol, la carpa Camp Roswell (con Mijo, Kupa y Den5hion mostrando tres distintas y emocionantes maneras de estimular el baile), la zona de food trucks (pobres de los que no probaron los pretzels de chocolate con sal de Knot & Loop, los changüichitos de Tribeca, los coctelitos congelados de Helado Obscuro, los chilaquiles de Enchilados, los poutines de Poutine [-.-] o las cositas carnosas de BocaGrande [de los creadores deee… WLB]… ¿Todo eso tragué?!) o las caminatas sobre el lodo, que este año fue mucho menos que el anterior, para tristeza de muchos que iban preparadísimos con sus botas… Entre escenarios me encontré a varios amigos y conocidos y platiqué con ellos: Pau, Irma, Leonardo, Renata, Luis, Kai, Andrés, Güili, Lauro, Christian, Alberto, Julián, Carla…

Pero también me encontré a otros bailando: Tomás, Niki, Lina, Arianna, Víctor… Entre escenarios descansé luego de menearme, sí, con !!! y Damian Lazarus, pero también con Lao, Teen Flirt, Sanfuentes, Toy o Erick Rincón, que se escucharon al volumen que merecen (aunque estoy seguro de que Toy o Erick Rincón podrían haber conseguido conquistar al público de los escenarios más grandes). También entre escenarios pensé en lo mucho que había disfrutado a Theophilus London (más que en vivo que en disco), decidí que Flying Lotus me gustaba más cuando su poder de atracción solo entraba por los oídos y descubrí con sorpresa que podría haber aguantado varias horas más de música, frío, comida y caminatas… Y entre escenarios atestigüé cómo se instalaba Ceremonia en mi lista personal (y hasta ahora pequeñísima, como puede deducirse de la cosa del prejuicio y demás, que hoy, ahorita, ya me apena) de festivales favoritos, a los que pienso regresar incluso a ojos cerrados, sin ver el cartel… O sin tenis gratis de por medio.

Ya me tienes, Ceremonia.