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Caminando con Urián Sarmiento

La historia de un arqueólogo de la música colombiana que ha explorado a fondo la tradición sonora del país.
11.2.16

Urián Sarmiento, el niño sentado a la derecha, durante su primaria en el CENPI dándole al tambor. // Foto: Yolanda Obando

Urián Sarmiento tenía unos catorce años cuando, sentado frente a la batería, vio cómo en la cancha de básquet de la Universidad Pedagógica caía una lluvia de piedras. Apenas corría el primer año de la década del noventa y Minoría Hardcore, banda de punk bogotana que él alineaba, iba por la segunda canción en uno de sus primeros conciertos.

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Eran épocas violentas, mucho más que ahora. Por esos días los calvos de Rapados Unidos (RU) estaban de pelea con los punketos. Entraron unos cuarenta como ejército a la universidad sin que los porteros pudieran hacer nada. La pelea arrancó. Sonaban vidrios rotos por todas partes y hasta el rector recibió su pedrada. Al caer un ladrillo sobre la tarima, la banda empezó a empacar todos los instrumentos, que eran de otro grupo capitalino llamado Estigia. Mientras Urián desarmaba la batería, unos tipos se subieron al escenario, se la echaron al hombro y se fueron. Cuando la banda se refugió en un salón, minutos más tarde, el baterista de Estigia empezó a gritar:

-"¡Mi batería, mi batería!"

-"Unos manes se la llevaron, yo pensé que eran parceros suyos”, contestó Urián.

- “¡Nooooo!”.

Luego de la garrotera, la Pedagógica estuvo cerrada un buen rato.

***

A finales del año pasado, luego de un chocolate caliente con pan y queso, salimos del ensayo de Curupira, uno de los grupos de los que Urián es miembro y donde toca percusión y gaita. Desde el 99, esta banda fue la encargada de abrir trocha para toda una movida de grupos en Bogotá. Un núcleo de experimentación, ambicioso, donde se junta el recorrido de todos los integrantes y confluyen el jazz, la música de gaitas, el currulao, el bullerengue, y todo tipo de músicas “raizales”, como las denomina él. Fue una banda fundacional en aquello que llaman "nuevas músicas colombianas", pionera, clave para toda una generación y eslabón importante entre el pasado y el futuro. En ese momento estaban a puertas de sacar su quinto disco, La Gaita Fantástica, donde aparecen figuras como Shanir Blumenkranz, un bajista gringo que se monta el gimbri africano y el Oud de medio oriente; o el bombardinista israelí Rafi Malkiel; o la cantante Sofía Rey de Argentina. Un disco que podría ser el mejor en la larga historia de este grupo y que fue grabado en el estudio donde John Zorn hace su música.

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Era un viernes por la noche y arrancamos a caminar por Teusaquillo. Luego subimos a la Séptima a la altura del Museo Nacional.

Con unas botas gastadas, un pantalón color arcilla, una chaqueta negra, mochila entrecruzada, pelo negro corto y unas gafas de buen estudiante, Urián se adentraba pausado a estas calles repletas de vida. Lo que antes se oía como un murmullo ahora se paraba ruidoso frente a nosotros. “¡Chocolates importados, chocolates finos, chocolate negro, chocolate blanco! ¡Oiga! ¡Vengan que están más baratos que en la tienda!”, casi reclamaban desde un megáfono. Repicaba a lo lejos la música de una banda de guerra, con redobles medios tiesos, el golpe irregular de las liras y el pito de unas trompetas que parecían estar haciendo su propia canción. Entre el contundente olor de las arepas y del chorizo, un suave aroma a canelazo se abría su lugar.

Sarmiento cuando el punk marcaba la pauta. // Foto: Yolanda Obando

Urián se crió haciendo esta misma caminata. En su adolescencia se paseaba entre el Parque Nacional, la Candelaria y la Soledad, sectores claves de la Bogotá clásica y la moderna. Vivió casi diez años en la diecinueve con tercera, en pleno centro de la ciudad. Durante su adolescencia, desde allí arrancaba a Mort Discos, una tienda que quedaba unas cuadras más abajo de su casa, para entregarle casetes a Richard, el dueño del lugar:

- “Él me grababa buen punk. Uno estaba con mucha energía y esta era la forma de ponerla a mover. En la música que toco siempre necesito que llegue una intensidad como la que me daba el punk en ese entonces”, recuerda.

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Alternando entre el pelo corto y una cresta gigante que se paraba con bóxer, creció con el nihilismo de Eskorbuto y el sonido devastador de Raw Power. Con los golpes de hardcore de los alemanes de Inferno y con la destrucción de los peruanos de Narcosis. También con esa mano de bandas con iniciales como nombre: BGK, GRB, RIP. Cualquier cosa que sonara como a policía secreta o a tripas indigestadas.

- “A mí el punk tipo Misfits, Ramones o Sex Pistols me parecía muy rockerito. Y el hardcore tipo Biohazard ya demasiado producido. Me gustaba más fuerte y más desgañitado”.

En esos años la mamá de Urián se pasó a vivir con un combo entre quienes estaba Jairo Ojeda, el compositor de música infantil de clásicos como “Un Granito de Maíz” o ese famoso “Chontaduro Maduro” que “vende el negrito Arturo”. La hija de Jairo, Hitayosara, se cuadró con el bajista Juan Sebastián Monsalve, un mechudo que por ese entonces Urián veía ensayar en una casa cerca al Parque Nacional, en una casa que, entre otras, también era ensayadero de bandas como La Pestilencia, Las 1280 Almas, La Derecha, Masacre, Policarpa y sus Viciosas, y hasta Aterciopelados; y que con el tiempo, en el 2000, se transformaría en el emblemático lugar de jazz Tocata y Fuga.

La agrupación María Sabina, pionera en la fusión de estilos en Colombia. // Foto: Yolanda Obando Con Juan Sebastián se volverían compañeros de viaje. Con él empezó un recorrido musical que vacilaba entre la academia y la calle. Estuvieron juntos en un programa de televisión educativo de la Fundación Social llamado “Mosquito y Compañía” que contaba la historia de una banda de rock que se la parchaba con un cura cool y liberal. También tocaron con María Sabina, un grupo en el que la mamá de Monsalve y unas amigas musicalizaban textos de poetas amigos a ritmo de reggae, rock y músicas colombianas. Eran de este círculo Armando Carrillo, poeta subterráneo; o Raúl Gómez Jattin, escritor de Cereté, Córdoba, que vivió intensamente entre calles y centros psiquiátricos.

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Pero quizás la banda que más le atinó a su búsqueda del momento fue Presagio. Mostrando un sonido más progresivo, con elementos del jazz y momentos delirantes que tiraban hacia el punk, la banda de Urián logró colarse entre instituciones de la escena como la Peste y las Almas. Con ambos combos se iba de fiesta a Membrana, un bar cerca a la Javeriana. Y así, entre cerveza y cerveza, Urián terminaría tocando en las dos bandas. Un par de años con la de Dilson y seis con la de Del Castillo, con las que se presentó tanto en peladeros como en grandes escenarios, incluyendo los míticos Rock al Parque del 96 y el 97.

Urián en la Media Torta con las 1280 Almas en 1997. // Foto: Claudia Pedraza

Urián me cuenta todo esto mientras nos acercamos a la Jiménez. A unos metros suena “Cali Pachanguero”, aunque pronto es opacada por las rimas de unos raperos que encienden los ánimos entre un círculo de gente. Más adelante, dos bateristas le pegan a sus tarros en la mitad de la calle. Urián, como si algo lo halara, se acerca algunos pasos y los oye durante algunos segundos. Luego se gira, haciendo un gesto de aprobación.

Poco a poco nos fuimos acercando a la Plaza de Bolívar y cada vez había menos locales con vida. Atrás quedaba “La magia de tus besos” de Niche, al igual que una particular versión de “La Gata Golosa”, ese pasillo instrumental rebautizado en honor a un centro social bogotano de principios del siglo veinte, que salía distorsionada por un parlante llevado a su máxima capacidad. La Séptima volvía a ser un murmullo a lo lejos. Entramos entonces a la imponente y desocupada plaza. Solo a unas cuadras de ahí estaba su casa.

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Presentación en Jazz al Parque del 96 junto a Monsalve, Pacho Dávila, Eblis Álvarez y Samuel Torres. // Foto: Yolanda Obando Para la segunda mitad de la década del noventa, el jazz había llegado a la vida de Urián. Toño Arnedo, figura de esta música a nivel local, había empezado su programa en la Universidad Javeriana, donde el ahora mechudo músico tomaba unos cursos libres. Por ese entonces estaba también hipnotizado con el baterista japonés Satoshi Takeishi, un tipo que grabó con leyendas como el flautista Néstor Torres, el percusionista Ray Barretto y el pianista Héctor Martignon, y que le dio algunas clases en sus venidas a Colombia. En esos años los sonidos nacionales también mostraban nueva gasolina: Distrito Especial daba pistas sobre cómo mezclar guitarra eléctrica con gaita, tanto que la agrupación fue referente principal para el proyecto de Carlos Vives años después. También, por su lado, Zumaqué hacía sonar su legendaria banda Macumbia, atreviéndose a fusionar el jazz con el caribe colombiano. La inspiración estaba en el aire.

En el 98, se fue a la India con Monsalve. Era eso o irse a Cuba, a donde se fueron muchos de sus contemporáneos. ¿El plan? No había. En su cabeza apenas flotaban las típicas anécdotas como la de Ravi Shankar tocando citar con los Beatles. Se trataba principalmente de lanzarse al mundo a ver lo que este le tenía reservado.

De la India le quedó el microtonalismo y un fundamento musical que luego le permitió abordar cualquier lenguaje. En Calcuta viajaba en bus, tres horas de ida y tres de vuelta, para poder tomar clases de tabla. Fue a cuanto concierto pudo y descubrió que occidente le había estado escondiendo varias verdades.

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-“Todos mis ídolos jazzeros se cayeron, hermano, de narices, al ver allá esos músicos, lejos de todo ego, de todo protagonismo… comprometidos solo con el sonido. El jazz de la academia norteamericana, el del Real Book, ya no me decía nada. Era una caricatura muy seria. Desde entonces, la búsqueda se volvió mi oasis”.

Monsalve y Sarmiento en Varanasi al norte de la India en 1998. A casi 16 mil kilómetros de casa y con algo más de veinte años, Urián sintió que el lenguaje de los músicos de ciudad, en general, era algo demasiado establecido. Ahí empezó su interés por recorrer Colombia y encontrar equivalentes a lo que estaba atestiguando.

Desde niño, Sarmiento oyó una gran variedad de música. Su padre era vendedor, pero tocaba la kena y se gozaba la música andina. Su madre, socióloga y fotógrafa, tocó violín un tiempo. En la casa de su abuelo materno, que era de Santander, había un armonio, una bandola, un tiple, una guitarra y una flauta traversa. El viejo solía poner a los nietos a repetir las notas del piano. El director del Centro de Pedagogía Inicial (CENPI), uno de los colegios donde estudió, era Santiago Pinto, uno de los pesos pesados en la literatura afrocolombiana. Por sus conexiones con la cultura negra, a las clausuras de dicha institución llegaban desde gaiteros hasta personajes de la talla del maestro Paulino Salgado, el tercero de la dinastía Batata, oriunda de San Basilio de Palenque y descendiente directa del Congo. Rey del lumbalú -ritual funerario palenquero, padre tamborero creador de ritmos fundacionales y cabeza del latido de Totó La Momposina, quien por esos años llevaba el folclor caribe a escenarios insospechados.

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Al regresar a casa, seis meses después, Urián se sumergió a fondo en las músicas campesinas “Las que dejan el machete para practicar el instrumento”, dice él. También, en las músicas negras y las indígenas, si es que la distinción puede ser tan tajante. Quería encontrar esa conexión orgánica entre la cotidianidad, la historia, la música y el caos.

Urián en clases de tabla en Calcutta en 1998. Dos días después nos encontramos en la Universidad Nacional. Los Arnedo lo habían invitado a tocar la batería en un concierto donde la familia iba a celebrar su trayectoria en el Teatro Julio Mario Santodomingo y hoy era día de ensayo. Una alineación estelar que también incluía a Javier Colina, figura del contrabajo de España. Al empezar, Urián se comió una manotada de hojas de coca y arrancó a tocar mientras las masticaba. Ningún tema lo ensayaron completo. Repasaban algunos puntos neurálgicos y luego los cortaban para terminar narrando en palabras y gestos lo que seguía: “bueno, ahí es cuando tú entras y haces esto…”. En un lapso de cuarenta minutos, y en una única práctica estremecedora, ensayaron un repertorio que duraría una hora y media.

Al salir, nos sentamos en una banca a mirar cómo se prendían las luces de la universidad. Los estudiantes ya se iban, dejando atrás ese aire enrarecido de los lugares con mucha vida cuando quedan desocupados.

La formación académica de Urián fue poco ortodoxa. A pesar de que estuvo en la Sinfónica Juvenil cuando tenía 10 años y de que tomó algunos cursos universitarios, la academia no fue su camino. Durante los años que siguieron, aprendió el lenguaje de los "músicos no músicos" con la Peste, las Almas y luego Aterciopelados, con quienes se juntó al regresar de la India: “personas a las que no ‘formatearon’", explica. Con Andrea y Héctor duró seis años como baterista, viajó por este y otros mundos y hasta se ganó un Grammy Latino, además participó en los proyectos solistas de ambos.

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Urián de pelado con su primera guitarra. // Foto: Yolanda Obando

Urián no es un baterista tradicional. Su formación empírica rockera pasó luego a la imitación de jazzeros y a seguirle la pista a músicos que lo iluminaban, hasta volverse un viajero de los ritmos tradicionales. De todo esto sacó un golpe preciso, con mucha técnica y habilidad para romper con lo predecible. Pero además, siguiendo el consejo del baterista japonés, Satoshi, le metió el diente a más instrumentos. Le pega al tambor alegre, al llamador, a la tabla y demás cueros de la música de acá y de allá. Se camina con total fluidez por la marimba y sopla la gaita hasta mimetizarse con los históricos que hoy llevan la batuta de esta tradición.

En lugar de partituras, su guía fue la taketina, una técnica de notación musical que consiste en graficar el sonido en círculos con estrellas de puntas, entender los ritmos desde mandalas. Jugar. Cambió el aula de clase por compartir con Encarnación Tovar, “El Diablo”, la leyenda: el ganador quince veces del premio a mejor tamborero en el Festival de Gaitas en Ovejas, Sucre, quien le transmitió sus conocimientos del tambor alegre. Se encargó de guardar recuerdos especiales, como esa vez que en 2002 recibió en su casa a Sixto Silgado “Paíto”, el de los gaiteros de Punta Brava, y a Gualajo, el maestro de la marimba, de Guapi. Allí, entre historias de pescadores perdidos, de peleas a machetazos, de la flora, fauna y magia del caribe y el pacífico colombiano, empezaron a improvisar y juntos sacaron “La cumbia de la mar”, canción presente en el tercer disco de Curupira, la banda que formó junto a su amigo Monsalve y otros amigos inquietos y buscadores de tesoros sonoros del país que se formó al poco tiempo de haber llegado de la India. Aún así Urián Sarmiento ha sido un profesor universitario, y entrañable. En la Universidad Incca le dieron el título de músico a través de una amnistía especial. Ha dictado cátedras en las viejas Escuela de Rock y Rap de la ciudad, de donde salieron bandas como Pornomotora, y en la Javeriana.

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Pero la trocha ha sido su alma máter. Los Atercios en el 2004. “Siempre me pregunté cómo era ese lenguaje antes de la luz eléctrica. Encontrar lo escondido, buscar lo primigenio, las células madre. Me gusta echar la pita para atrás y sentir ese voltaje”. Desde 1999, Urián ha recorrido el país buscando entender el lenguaje de los tamboreros, de los gaiteros, de los marimberos. Ni los CDs ni los vinilos han sido su fijación, sino los maestros. Su vocación: hablar con los viejos. En 2000 arrancó por el Festival Nacional de Gaitas de Ovejas, en Sucre, para luego pasearse como turista cachaco, en chanclas y con gaita al hombro, por los Montes de María, meses antes de que iniciara la incursión paramilitar que arrasó El Salado, Bajo Grande y Mapiripán. Fue también a San Onofre en busca del gaitero Jesús María Sayas Silgado, que estaba a dos fincas de El Palmar, una hacienda que los paras volverían un auténtico campo de tortura y exterminio. Años después, se pasó por Guapi, para luego arrancar hacia la cordillera, por el río Napi, donde en medio de la nada y de todo al mismo tiempo pidió permiso a las Farc para pasearse por los caseríos y oír esa chirimía encriptada. Fascinado, volvió cuatro veces y grabó un disco allá. De estos viajes volvió con la capacidad de dejarse permear por la inmensa variedad que se esconde en nuestras costas y montañas. Dejó que los golpes de un tambor alegre, de un llamador, o hasta de una marimba, se adentrarán en su forma de tocar la batería, que sigue siendo su instrumento principal. Que los ritmos y los intrumentos de la ciudad y del campo encontraran un vínculo. Entendió que por más lejana y ajena que parezca la musica, hay que darse la oportunidad de que esta nos atraviese. Nos transforme. Ha visto como cada persona que se ha encontrado en su camino, tocando algún ritmo, carga con un pasado que alimenta el presente y al que se le debe inyectar futuro.

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Por esto dio forma a la idea de Sonidos Enraizados, una plataforma que busca contar historias y abrir espacios para generar un vínculo con el campo y la ciudad, el ayer y el mañana. Grabar discos que dejen memoria de lo que eventualmente se va borrando, hacer cortos documentales que sean testigos de lo que existe y no se ve. Hacerlo además de la manera más in situ posible, sin ningún proceso demasiado técnico, más allá de una mezcla “medio decente”, como dice él. Así como suena y se ve, se va.

“No tenerle susto a los temas, a su duración, a como empiezan, a como se desarrollan y como terminan. Dejar que pasen”, explica.

Fue este el país que lo llenó de esperanza. No confía en los políticos pero si en los procesos civiles, “en la gente moviéndose por algo que los afecta”, explica. Trabajó por un corto periodo en el Centro Nacional de Memoria Histórica promoviendo iniciativas artísticas. Grabó un disco de vallenatos y rancheras con la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC), quienes a punta de resistencia civil, y de muchos muertos, pusieron en la raya a todos los grupos armados que venían acabando su territorio: paramilitares, guerrilla, ejército y policía. También participó en la exposición del informe de “Basta Ya”, donde dio visibilidad a personajes como el exiliado Máximo Jiménez con su vallenato protesta, a cantores de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia (ANUC), a músicos de Boyacá, del nordeste antioqueño, entre otros que han vivido los traumas de este país.

- “El camino que se toma con la música independiente ya es una posición política. De desalinearse, de desmarcarse. Hay muchos músicos que nos interesa lo político, estar informados, apoyando procesos, tocando en actividades con afinidad. Hay que enraizarse con la realidad colombiana. Que la vida de uno esté atravesada por esas historias”, dice.

En el Festival de Gaitas en Ovejas, Sucre, en 2000.

Sentado en el piso del Teatro Colón de Bogotá con Hombre de Barro, un grupo que explora las músicas indígenas, mientras toca tabla; o soplando la gaita en el lanzamiento del último disco de Curupira en este mismo lugar; pegándole a un tambor en el 7 de agosto en un concierto de Gaitas; sentado en la batería acompañando a Redil Cuarteto y su fusión entre el jazz y los rítmos del pacífico en algún sitio de Chapinero; distorsionando y predicando junto a Pedro Ojeda en los Curas Rebeldes; Urián Sarmiento llega cargando y juntando dos mundos paralelos. Uno que usa motor y otro que anda a pie. Uno veloz e inmediato, frente a uno paciente, que vive el tiempo.

Quiere que la velocidad no vuelva borroso lo que está a nuestro alrededor. Aquello que nos sostiene y nos alimenta en todos los sentidos. Y ahora, que las músicas colombianas parecen tener un nuevo aire, Urián es un arqueólogo que busca que desde las ciudades miremos y recorramos nuestras trochas para encontrar esos tesoros escondidos. Que de ahí venga nuestro desarrollo musical y cultural, pues hoy en día ese vínculo sigue estando muy débil. La circulación de músicos de región sigue marcando una barrera inmensa entre ambos mundos. Y nos estamos perdiendo de mucho.

- "Uno es un pedacito dentro de mucho. Eso da esperanza y profundiza el amor y el respeto por todo ese conocimiento que nos rodea".