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Miley Cyrus: ¿es bien “libre” porque se encuera?

¿Neta Miley? ¿Chupar un martillo y columpiarte desnuda en una bola metálica “te libera”?

El sexo está reprimido, eso es lo que dice todo el mundo. Que hay que llegar vírgenes al matrimonio, que si eres promiscuo seguro te da SIDA, que si usas escote eres una zorra, que con los niños no se habla de “eso” y que las prostitutas son una mierda. Básicamente: que cualquier tipo de sexo fuera de la pareja-familia-monogámica-que-coge-para-reproducir-la-especie, está jodido.

¿Será neta? Y si sí, ¿cómo pasamos de eso, a esto?

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¿O a esto?

No es tan difícil, Miley Cyrus es un gran ejemplo para explicarlo.

Todo eso sobre el sexo que se supone que está prohibido (y precisamente porque está prohibido) resulta que se mercantiliza y genera un chingo de varo. Creemos que estamos reprimidos y que no podemos ni siquiera hablarlo. Entonces nos ganan la histeria y las ganas de decir la neta de todo. Ahí vamos a gritar, a denunciar la doble moral, a ser lo más sexualmente explícitos, a ventilar todas nuestras íntimas perversiones que nadie acepta y a desnudar todas las mentiras.

Pero la neta la neta, todo esto es una trampa: ya no parece represión cuando un chingo de gente habla de lo mismo. Por creernos este cuento, estamos idiotizados tratando de encontrar “nuestra propia sexualidad” y en el inter se la platicamos a todo el mundo. Porque mientras más lo hacemos, menos culpa sentimos de no estar cogiendo namás para reproducirnos.

Como cuando de chiquitos íbamos con el sacerdote a pedir perdón por habernos masturbado, o de grandes pasamos largas horas en el diván descifrando perversiones edípicas con el psicoanalista (que para colmo le pagamos). Todo intento por liberarnos es una confesión hecha en primera persona, a ver si así nos sentimos mejor.

Y entonces llega Miley a salir de la represión de su papel de Hanna Montana. A twerkear, humpear ositos de peluche y bailar con dedos de espuma gigante y decirnos: “Miren qué valiente soy. Qué subversiva. Qué transgresora. Soy libre, controlo mi sexualidad. Nadie me reprime. Les estoy diciendo la neta sobre el sexo.”

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¿Neta Miley? ¿Chupar un martillo y columpiarte desnuda en una bola metálica “te libera”?

La verdad es que Miley también está confesando sus perversiones, pero no con un sacerdote o un psiquiatra: su confesión es mediática para su público pop. Sus perversiones sexuales se liberan con la desnudez mediatizada que se hace viral; la consumimos y ella se hace millonaria.

En la época del narcisismo de las redes sociales, mientras más te escuchan, más te “liberas” de la pesada loza del silencio que cae sobre tu sexo. Al final es que la neta, ni Miley Cyrus ni nosotros estamos reprimidos, ni nos liberamos confesando nuestras perversiones más kinky.

Me dirán que Miley no es la primera y que las reinas y princesas del pop tienen un chingo de tiempo haciéndolo. Y es cierto, al final todas vienen de la escuela de Madonna. Pero la época era distinta, y los medios de control sobre el cuerpo también. Chequen Justify My Love que en 1990 fue censurado por MTV por ser demasiado explícito, y la diferencia que tiene con el performance de Miley.

El video de Madonna es el blanco y negro, se viste de cuero y está rodeada de seres andróginos que bailan en mallitas confundiéndonos la imagen de hombre, mujer y voyeurista. Aunque confiese sus perversiones, se parece mucho más una mujer que por lo menos las acepta y las controla. En cambio nuestra Hanna Montana se rodea de ositos de peluche, chavas grandes y negras que hacen resaltar su cuerpo y ejecuta un falso acto bisexual sacando la lengua cada que puede. El acto entero no libera, más bien confunde.

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Y luego está el beso con la Barbie.

Pero Miley se equivoca. Su performance confesional parece liberador, pero es como la libertad en una pastilla cuyo efecto se pasa en tres horas. Toda confesión es igual: cuando desnudamos nuestras netas sexuales con el padresito o el doctor, realmente lo que estamos haciendo es poniéndonos a su merced y esperando a que nos “curen”, nos “perdonen” o de perdida nos den alguna pinche medicina/placebo o lo que sea. Es lo mismo con Miley, nada más que ella se esclaviza a un público morboso y criticón. Poco importa su voz y sus arreglos musicales. Eso no vende. Eso ya no se consume. De Miley sólo nos importa el desahogo de su perversión y el fetiche de sus twerks.

Y lo peor es que es un círculo vicioso. No estamos reprimidos sino todo lo contrario: constantemente se nos bombardea de sexo y se nos incita a hablar haciéndonos creer que está prohibido. Lo jodido, y verdaderamente esclavizante, es que las perversiones se confiesan para poderlas controlar. Aunque todo el mundo hable de ellas, sólo hay pocas que se difunden. Ahí está Miley y todas las reinas y del pop tratando de hacer dinero y presumiendo la sexualidad de cuerpos estéticamente perfectos.

¿Es liberador forzarse a caber en un tipo de cuerpo para poder vender o ser tomada en cuenta? Me suena a que no. Y entonces querida Miley, la libertad sexual que tanto buscas realmente es sólo una cortina de humo que te distrae de la culpa y te hace adicta a encuerarte para ser perdonada.

Así las cosas, ya nada sirve. Mejor hay que dejar de confesar y vamos todos a taparnos, ¿o no?