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Marlon Brando, Amy Winehouse y la tragedia de ser famoso

Los documentales sobre la vida de Marlon Brando y Amy Winehouse son la prueba de que hay pocas cosas tan malas para tu salud mental como ser acosado por la prensa sensacionalista.

Recientemente se han estrenado Listen to me Marlon,Amy y Kurt Cobain: Montage of Heck, tres documentales opuestos que llegan a una conclusión similar: todos ellos son figuras clave de su época y forman parte de nuestra cultura. Los filmes llegan a una reflexión común: el derramamiento de sangre no cesará hasta que la sociedad corrija ese tratamiento carnívoro que tiene hacia las celebridades.

Desde The National Inquirer hasta TMZ, existe una especie de periodismo dedicado a la explotación de las desgracias de los famosos, todo (según ellos) en nombre de la transparencia. Como dijo Nick Denton, el fundador de Gawker: «Creemos que la mejor estrategia de optimización de contenidos web es algo tan antiguo como el periodismo en sí: la verdad más impactante y la opinión más auténtica».

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Es cierto que el periodismo tiene una larga historia con lo que Denton llama «la impactante verdad» —y la vida personal de las estrellas siempre ha despertado nuestra curiosidad— pero el objetivo de Gawker tiene poco que ver con la transparencia.

El enfoque de Denton en la presentación de sus noticias —que lo introdujeron hace años los discípulos de Perez Hilton— se trata de «la destrucción». Una lectura superficial por la primeras páginas de Gawker revela titulares como «Meek Mills: "No, en serio, alguien le ha meado encima a Drake en un cine"». y «El multimillonario republicano que se burló de Hillary Clinton tiene una cuenta en Ashley Madison».

Nuestro deseo de conocer la vida privada de los famosos ha aumentado notablemente con el auge de Internet. Estamos en la época dorada de lo que algunos llaman el «sadoperiodismo», donde el objetivo es destruir a aquellos que están en el punto de mira y descubrir todas sus debilidades. Parece que nos sentimos mejor con el dolor de los demás, pero este sentimiento hacia las desgracias de los famosos no es algo profundo.

Dentro de cien años a nadie le sorprenderá leer una investigación «exhaustiva» del National Inquirer sobre la muerte de Robin Williams (un artículo que baraja que Williams no se suicidó sino que todo fue, en realidad, un asesinato). Lo que estamos produciendo a diario —a velocidad vertiginosa— es algo efímero y sin sentido que se evapora en el aire en cuanto sale a la luz. El ciclo de vida de estos artículos oscila de los 20 a los 30 segundos y al público corriente, estos titulares le entran por un oído y le salen por el otro, pero ¿qué pasa con los protagonistas de estas historias?

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Está claro que Brando, Winehouse y Cobain tenían el talento necesario para llamar la atención, pero si nos fijamos en sus documentales, ninguno tenía la capacidad de escapar de la opinión pública. Se tratara de la desintegración de la familia de Marlon, de la vida romántica de Amy o de las adicciones de Kurt, todos se vieron obligados a soportar a medios oportunistas y desesperados por complacer a sus lectores insaciables.

Eran vulnerables porque sus personalidades se construyen con base a su autenticidad, su arte está por encima de su honestidad. En Amy, el documentalista Asif Kapadia utiliza material videográfico casero de archivo para pintar un retrato vulnerable de una artista joven y con acné a la que sólo el hecho de crear música la hace feliz.

Del mismo modo, el director de Listen to Me Marlon, Stevan Riley, reúne de manera improvisada horas de grabaciones de audio de Brando para mostrar al actor con todas sus complejidades. Todos ellos eran individuos algo perturbados, pero totalmente sinceros, tiernos y reflexivos porque hablaban desde el corazón —algo evidente si nos fijamos en su producción creativa—.

Por desgracia, la sinceridad es frecuentemente un anatema para el estrellato, o por lo menos para el «estrellato» unidimensional de Hollywood. Marlon afirmó una vez que la única razón por la que todavía actuaba era porque «no tenía el valor moral para rechazar el dinero». En lugar de permitir que figuras como Brando y Winehouse fueran ellos mismos, sus vidas fueron reestructuradas y redefinidas para convertirse en espectáculos públicos inanimados de los que la prensa podía alimentarse.

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Pronto, sus alter ego comenzaron a asumir el control y el individuo dentro de la pantalla grande o de la portada del álbum fue incapaz de mantener el ritmo. Después de todo, ¿quién demonios podría?

En el inicio de Amy, la artista entra a una reunión con varios productores de música, que le piden amablemente que les dé una prueba de cómo suena Frank,su álbum de debut. Con una actitud entrañable que mezcla confianza y nerviosismo, una joven Winehouse toma su guitarra acústica y empieza a cantar. La habitación está paralizada.

En cuanto pronuncia esas primeras palabras («I couldn't resist him…»), todos los presentes entienden que están ante la presencia de la grandeza, un talento que ocurre aproximadamente una vez por generación. La escena sigue y ella sigue derramando su alma. «What do you expect?» pregunta con frustración, «You left me here alone; I drank so much and needed to touch».

Fue un momento crucial en la carrera de Winehouse y todavía lo fue más para el público. Tal vez ese amor, esa admiración que tenemos hacia las celebridades, sea aquello que nos ciega. Consumidos por nuestra veneración devoradora por Brando y Winehouse, nos perdimos en ellos. Los halagamos con superlativos cuando estaban en la cima y les escupimos cuando cayeron.

Marlon le dijo una vez a Truman Capote en un reportaje para TheNew Yorker: «Cuanto más sensible seas, menos evolucionas. No te permitas sentir nada, porque siempre sientes demasiado». Esta frase podría funcionar como un mantra, tanto para el público como para el actor.