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LA TECNOCUMBIA ES PURO SABOR

Así como la Atlántida, los dragones orientales y los unicornios, la tecnocumbia es una de esas cosas que tenía muy buena pinta para ser un boom generacional sin comparación, pero que no terminó por cuajar del todo. Por eso, muchos no conocemos bien su gén
11.3.14

En el examen venían tres preguntas de esas capciosas, que son una trampa, que sabes que no tienen respuesta concreta, pero la más difícil de todas era sin duda: “Mencione tres exponentes de la tecnocumbia”.

Sí, le atinaste, Selena fue una de ellos, pero… ¿y luego?

Así como la Atlántida, los dragones orientales y los unicornios, la tecnocumbia es una de esas cosas que tenía muy buena pinta para ser un boom generacional sin comparación, pero que no terminó por cuajar del todo. Por eso, muchos no conocemos bien su génesis o algo más allá de la reina del Tex Mex. Por eso, tras horas de baile, sabrosura y sudorosa discusión, nos dimos a la tarea de trazar el recorrido de la cumbia colombiana en el mundo e indagar en los baúles de la vergüenza de los archivistas mexicanos, donde más se ha deformado, y concluímos que, al igual que Dios, la tecnocumbia no existe… pero es.

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Dicen por ahí que Estados Unidos crea un ritmo y el Reino Unido llega a mejorarlo. Pero más allá de ser esta una ambigua y sonsa premisa, funciona para explicar lo que sucede en México: el sur suele salir con algo bueno, pero llega el norte y parte traseros… y los hace menear con toda.

Durante la última década de los ochenta e inicios de los noventa, en el extremo contrario de la música ranchera, la mejor balada romántica y la música grupera, la cumbia seguía imperando en las cantinas improvisadas y las pistas de baile más paila del sureste mexicano. Sin embargo, ya no era la cumbia de antes, aquella que mezclaba rock con chicha peruana, son cubano e identidad colombiana. Se trataba de una nueva era: la cumbia comenzaba a imitar al norte, ese territorio limítrofe al que nunca le dio pena mirar directamente a los ojos y usar los artefactos más sofisticados para hacerlos sonar de la peor manera.

Poco a poco, la cumbia del sur mexicano comenzó a incorporar teclados como los que usaban Los Temerarios, aceleró y sexualizó su ritmo, le metió fuerza y ganas a las baterías eléctricas, y a los bajos ecualizaciones muy agudas y cromadas. Mientras tanto, los rancheros del norte seguían perfeccionando la balada romántica con la influencia que la música texana estaba imprimiéndole. No por nada los primeros discos de Joan Sebastian están plagados de ese tufillo vivaracho-country tan característico. Estamos hablando de los estertores de los setenta, época en la que el cantante (llamado originalmente José Manuel Figueroa) vivía en Chicago, influenciado por las tejanas y los vaqueros rubios.

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Pero la música tejana de los ochenta comenzó también a abrir sus horizontes, a tal grado que Houston se dio cuenta de la influencia de la cumbia y la música ranchera en su "country", tanto que decidió hacerlas orgullo nacional, legitimarlas de alguna manera para crear una identidad que no era ni gringa ni mexicana inmigrante, sino completamente chicana, pocha, sabrosa: morenos con teclados Yamaha y sets de percusiones eléctricas intentando imitar a Los Tigres del Norte, Los Bukis o Los Bravos del Norte con un español mal masticado y un inglés apropiado como Dios les hacía entender. A tal grado llegó dicho fervor que se convirtió en orgullo de Texas y en 1980 se instauró el Tejano Music Awards, certamen musical que reunía lo mejor de esa tendencia convertida por la fuerza en género.

Desde eso, pasaron sólo siete años para que de ah&iacutiacute; se gestara la máxima exponente de esta onda: Selena Quintanilla, quien en ese entonces tenía solo quince años y tan sólo un par de años después perfeccionaría el Tex Mex como género creado, como apropiación cultural, como una hamburguesa con guacamole.

El Tex Mex castigó la zona norte de México y la franja fronteriza de Estados Unidos durante la segunda mitad de los ochenta, sus últimos tres años para ser precisos, con grupos como La Mafia o Los Dinos.

El padre de Selena, más que músico, hombre hábil y visionario, se encontraba muy pendiente de los intereses de su hija y siempre procuró acercarla a músicos y productores arrojados. La cumbia siempre fue un género habitual en la casa de los Quintanilla, al igual que el mariachi y la música norteña. El éxito del producto musical que desarrollaba su hija no se limitaba al Tex Mex, sino a una fuerte veta en la peor acepción del término “fusión”, mezclando pop y en general todo lo que se topaba en el camino, como los sonidos sintéticos similares al láser de las percusiones eléctricas y los teclados con bancos infinitos de “instrumentos” de gran tamaño.

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El sonido Tex Mex adquirió importancia y coherencia con Los Dinos, quienes en 1988 comenzaron a perfeccionar su estilo al lado de Selena, quien para entonces sonaba como una cantante ranchera de bodas cualquiera. Hasta que llegó el tema con el que todo mundo voltearía a verle las nalgas: “Baila esta cumbia”, cancionsota que abusaba del efecto teclado y los láser que nada tenían que ver con la música electrónica de beats y clubs de moda noventera.

“Baila esta cumbia”, tema de 1990 perteneciente al disco Ven Conmigo (noveno en su carrera musical y segundo como solista), no sólo llevó al éxito en México a Selena, sino que afianzó su repercusión como ícono cultural de Texas y comenzó a escucharse en Suramérica, territorio en donde la música es algo serio. El debut de Selena en el show de Verónica Castro ese año tuvo tal impacto que no pasarían ni ocho meses para que saliera una primera recopilación del fenómeno Tex Mex del momento. La canción es el antecedente directo del género inventado llamado tecnocumbia, que no se conocería como tal hasta 1994 con el disco Amor Prohibido, el cual incluye un tema con ese nombre: “Techno cumbia”, que aunque puso la moda y el estilo en boca de todos, lo cierto es que deja mucho que desear a comparación del resto de canciones que conocemos bajo el nombre de "tecnocumbia", como lo es la fresca “Baila esta cumbia”, “El chico del apartamento 512” o cualquier cumbia revolucionada de Mi Banda el Mexicano.

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Y precisamente cabe hacer la aclaración de que, si bien los halagos y las palmas van para Selena (terriblemente asesinada en 1995), el género encuentra referentes muy claros en las canciones más festivas y menos rancheras de La Mafia, Los Bukis, muy fuertemente de los veracruzanos versátiles y jocosos de Los Joao, y en menor medida de Los Flamers y los amos del tecladito adolorido: el Grupo Samuray.

La tecnocumbia nunca fue reconocida abiertamente como género, excepto durante un instante muy breve de 1994 gracias a Telemundo y Televisa, sin embargo el sonido fue practicado por bandas derivadas del género romántico, como Mandingo, Grupo Liberación o Los Guardianes del Amor.

La tecnocumbia estaba echada: era cumbia y no, pero revolucionada: un género que se acoplaba a varias tradiciones y a ninguna. El estilo y sonido de “Baila esta cumbia” fue imitado no sólo por muchos grupos versátiles de México, sino que en Suramérica comenzó a verse como potencial fuente de ingresos para grupos fantasmas de Perú, Bolivia, pero sobre todo de Ecuador, donde sí lo convirtieron en género musical con fuerte arraigo en su televisión popular y que sonaba aún más bizarro, acelerado y sexual que nunca.

Los instrumentos electrónicos inundaron América Latina a la par que a México, por lo que la influencia de la tecnocumbia fue apropiada con los recursos que ya había a finales de los ochenta: solos “roqueros”, redobles sintéticos y teclados que sustituían las secciones de metales y “cuerdas orquestales”.

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De los pocos artistas ubicados en el género se encuentra el sabrosísimo salvadoreño Marito Rivera y su Grupo Bravo, que más que tecnocumbia suenan a La Sonora Dinamita; a Colombia nunca llegó el boom tecnocumbiero del todo, pero si hubo algo llamado “tecnotropical”, terreno en donde los degenerados de Caramelo Caliente castigan fuerte; Perú tiene sus encantos que anteceden a La Tigresa del Oriente y que se emparentan con la tecnocumbia, pero allá se le conoce como "banda-techno". Beto Cuestas es el peruano más moderno y arrojado del género; Los Ronish de Bolivia son los amos y maestros de este estilo. Argentina tiene una relación especial con la cumbia y es medio mala para los temas electrónicos, por lo que la tecnobanda le hizo los mandados y se quedó con su mood villero, con ligeras variantes electrónicas. No más.

Ecuador es un tema aparte, la tecnocumbia es un género “verdadero”, bien reconocido y que alimenta a varias familias. Justo ahí donde Selena lanzó tristemente su línea, Ecuador vio una oportunidad a mediados de los noventa con la banda Súper Sensación Latina del Ecuador como primer antecedente. En 1994 su canción “El escritorio” se convirtió el hit de todo Ecuador, no por nada La Tigresa del Oriente ha refriteado la canción y el sonido a más no poder.

Si bien la tecnocumbia ecuatoriana ya no tiene el mismo ingrediente jocoso y con chispa de sus inicios, que grupos como Jazmín la Tumbadora, Omayra (quien parece querer imitar a Selena todo el tiempo, pero fracasa en el intento) o Las Chicas Dulces regurgitan en sus melodías, lo cierto es que aún sigue siendo rentable en los locales de Ecuador, pero sobre todo en Youtube, en donde variantes infames como la tecnochicha (que sí, se alimenta de la chicha amazónica) o mezclas bien extravagantes como el tecnopaseíto (indispensable oír a la chulísima Sanyi) o tecnopasacalle son un éxito rotundo.

¿Ha escuchado a Delfín o el tema “Mi conejito” de Los Conquistadores? Si su respuesta es afirmativa y viene acompañada de una sonrisa franca, usted tiene mucho que agradecerle a la familia Quintanilla y a esa maravilla sacada de la manga llamada tecnocumbia.