Crisis

Trabajamos todo el día y no podemos ahorrar nada

El paradigma del 'reseteo' de nuestras cuentas bancarias nos impide mejorar y consolida nuestra miseria.
24 Octubre 2019, 3:00am
Trabajar y nunca ahorrar

Epa, ¿qué tal, ¿cómo va? Qué pereza esto de levantarse a las siete de la mañana y trabajar todo el día, ¿verdad? Pues así es la vida, un compendio de horas deprimentes a las que nos agarramos sobremanera ante la posibilidad de la muerte. Amamos estas horas aunque sean una mierda porque es lo único que tenemos. Es tristísimo.

Es cierto que a veces hay cosas buenas, como ese momento justo antes de corrernos o la sensación de esplendor cuando abrimos una lata de cerveza, pero por lo general siempre estamos trabajando. De hecho, si os llamo un día al azar seguro que os pillo trabajando, y si no os pillo trabajando será porque, básicamente, no tenéis trabajo, cosa que en esta sociedad es aún más infernal. ¿En qué momento se le ocurrió a alguien que la vida de las personas tenía que ser así?



Últimamente la gente está muy obsesionada con eso de que no estamos viviendo “la vida que nos prometieron”. La vida que nos prometieron, como el nombre de una película de mierda que triunfa en festivales europeos pero que nadie va a ver al cine. Con esta frase se refieren a la decepción que supone darse cuenta de que ciertos derechos laborales, el acceso a la vivienda y una mínima estabilidad económica realmente no existen. Vale, el momento histórico presente es un desastre pero siempre hemos tenido clarísimo que nada iría a mejor, pensar lo contrario era un acto de fe.

La vida que nos prometieron siempre fue pudrirnos en un puesto de trabajo que nos la suda por completo a cambio de un contrato precario y un sueldo miserable. No es nada de lo que estar orgulloso, evidentemente —de hecho es detestable y hay que luchar contra ello—, pero en ningún momento nadie nos prometió que estudiando y sacándonos un máster lograríamos la felicidad o, por lo menos, poder permitirnos pagar la entrada de un piso.

Quizás todos esos que creían en la farsa de la meritocracia y escogieron una carrera pensando únicamente en las salidas profesionales y los sueldos de su gremio son los que ahora se han llevado un susto; un susto absolutamente merecido pues pensar en estos términos es de persona gris y sin alma que merece arder eternamente.

El caso es que ya lo sabíamos, porque así vivieron nuestros abuelos y nuestros padres e incluso esa peña que vivió en el Imperio Romano o los putos humanos del neolítico. Solo hay que mirar atrás, nadie ha vivido bien. Nosotros no somos los seres escogidos que, por fin, tras siglos y siglos de progreso y muerte, podrán vivir una vida digna, La Vida Que Nos Prometieron. El truco del sistema es, precisamente, arrinconarnos en la mediocridad.

Toda la historia de la humanidad se erige sobre el abuso y los trabajos de mierda de la peña que ejercen una presión insoportable sobre sus vidas; horas y horas perdidas en la cantera, en la fábrica o en la oficina. Los ciudadanos aceptamos este contrato social desde el mismo momento en el que somos mano de obra, cuando a los 16 años decidimos qué queremos hacer, si empezar a trabajar o estudiar un rato más para luego empezar a trabajar. Al final todo termina en el mismo sitio. La alternativa es huir al bosque y comer raíces.

Pero lo que sí que es distinto es que nuestros padres —algunos de nuestros padres— pudieron acceder a un puesto fijo y ahorrar para comprarse mierdas. Con estos ahorros y la ayuda de créditos e hipotecas algunos se compraron coches, otros un poco más suertudos una casa y otros unos muebles decentes que no estuvieran hechos de cartón. La vida de mierda al menos les servía a algunos para adquirir bienes o experiencias. Nosotros esto lo tenemos bastante capado y solo nos quedan los préstamos de los bancos si queremos acceder a casas, coches y muebles de pésima calidad debido al abaratamiento de la producción fruto del capitalismo más inmoral.

Porque nosotros, además de pasamos el día currando, o sea, desarrollando una actividad durante cierto periodo de tiempo a cambio de una remuneración económica, resulta que paradójicamente NO TENEMOS DINERO. Menuda genialidad. Mirad ahora vuestra cuenta bancaria, seguramente estará famélica. Con suerte, a principios de mes cobraréis un poco de dinero y durante las siguientes semanas esa cantidad de dinero irá disminuyendo progresivamente hasta llegar a cero.

Hasta que no podáis ni compraros un cacahuete en la zona de frutos secos del súper.

De nuevo, con un poco de suerte, puede que vuestra cuenta llegue a cero justo el día en que volvéis a cobrar la nómina, pero lo más habitual es que os quedéis secos una semana antes de que os llegue el sueldo de nuevo. Si lográis sobrevivir, entonces lo habréis hecho bien. El regalo no son bienes, el regalo es seguir viviendo. Y así mes tras mes, reseteando.

Y entre reseteo y reseteo de cuenta nos damos cuenta de que, joder, no estamos ahorrando una mierda. Se supone que tendríamos que estar guardando “un pico” cada mes para estar cubiertos en un futuro por si surge cualquier adversidad y para tener cierta tranquilidad emocional, pero no, esto es imposible. Todo se va con el alquiler, la luz, la comida y el transporte, todo a nuestro alrededor está construido para que nuestra cuenta se deprima. El paradigma del reseteo nos impide mejorar y consolida nuestra miseria. Curramos todo el santo día para no poder acumular ni 20 euros. Mirad las hormigas obreras, parecen estúpidas recogiendo cereales y basura todo el santo día, pero al menos ellas acumulan un excedente que utilizarán en un futuro. Nosotros ni eso. Nos estamos lanzando al vacío sin paracaídas.

Sigue a Pol Rodellar en @rodellaroficial__.

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