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Opiniones objetivamente correctas

Odio la tecnología portátil

Sí, exacto. En contra de los portátiles, de los smartphones, de los libros electrónicos y de todo aparato que quepa en un bolsillo y haga cosas.

por Pol Rodellar
17 Diciembre 2018, 5:00am

Foto vía Flickr | CC BY 2.0

En un mundo en el que todo es tiempo, ritmo y movimiento puede parecer extraño hacer un manifiesto en contra de, precisamente, todo esto. Pero dejadme aclarar, antes de nada, que no tengo ningún problema con que la Tierra dé vueltas al sol, con que los corazones en estado de reposo latan entre 60 y 100 veces por minuto o con que los monos suban un árbol a gran velocidad para copular, no me refiero a este tipo de movimiento. Básicamente estoy en contra del movimiento impostado que niega la identidad, la obligación de peregrinaje constante a la que nos ha llevado este sistema con el que ahora se organiza gran parte de la sociedad.

Ha llegado un punto en el que odio profundamente todo lo movible, lo trasladable, todo lo que nos permita desarrollar una actividad en cualquier sitio y cualquier momento. Desconfío de toda esa tecnología que nos genera un desarraigo de un espacio puramente nuestro, aparatos que abrazamos con ternura pero que suponen la plasmación física de nuestro principal problema: la inestabilidad. Los smartphones, los portátiles, las tablets y todas estas mierdas no solo nos permiten estar preparados para el cambio sino que nos obligan a estarlo. Nos dejan en perpetuo movimiento para no estar fijos nunca en nada ni nadie.


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Unas herramientas que combinan perfectamente con la inseguridad y fragilidad de nuestros tiempos, es decir, con los diminutos pisos de alquiler que cada vez son más caros y que nos vemos obligados a abandonar cada tres años; con la inestabilidad laboral; con la fluctuación de amistades y relaciones sentimentales; con los vaivenes de los contenidos mediáticos que colonizan el debate público en las redes y en los bares; con la digitalización de los formatos de nuestros referentes culturales que nos obliga a depender de aplicaciones de almacenaje que no nos garantizan ningún tipo de durabilidad ni curabilidad.

Todo se mueve, nada está fijo y ya no sabemos frenar y, simplemente, pensar, concentrarnos, entender y pensar. Ya no sabemos ser conscientes de nuestras ideas y dejar de aceptar la configuración por defecto de nuestros pensamientos, de olvidar los automatismos inconscientes, como decía David Foster Wallace en su discurso This is Water. Todo este movimiento, todo este cambio, solo nos genera una enorme ansiedad y una letal incapacidad para saber dedicarle el tiempo justo a las cosas.

Por ejemplo, todo eso que he dicho en el párrafo anterior de la “digitalización de los formatos de nuestros referentes culturales que nos obliga a depender de aplicaciones de almacenaje que no nos garantizan ningún tipo de durabilidad ni curabilidad” que —deduzco— no tenéis ni puta idea de a qué mierdas me estoy refiriendo —realmente he sido insultantemente ambiguo—, es sumamente importante. La capacidad de poder trasladar las ideas y las cosas ha afectado gravemente nuestra identidad.

En este caso me refiero a la digitalización paulatina pero incesante que han sufrido todos los formatos analógicos, cosa que ha cambiado la forma en que vivimos la información. Música en formatos digitales, música en streaming, plataformas de pago de series y películas online, libros en Kindle; todo esto ha generado que no tengamos que poseer objetos para almacenar contenido cultural —cosa que a un primer vistazo podría parecer algo genial y útil, ya sabéis, todas esas chorradas del minimalismo y de desprenderse de la dependencia a los objetos materiales— pero que a la larga está beneficiando un sistema de vida mediocre.

La portabilidad permite no tener nada que ocupe espacio y esto juega a favor de generar viviendas que en realidad son cualquier cosa menos una vivienda, son solo cubos en los que estar presente. El hogar —nuestra casa, nuestro nido— ha desaparecido dentro de esta paradigma de la vida trasladable, beneficiando —bueno, no beneficiando pero sí haciendo más cómodas— ciertas prácticas sociales demenciales, como menospreciar el derecho a la vivienda y facilitando que nos acumulemos en espacios sin identidad y que nos vayamos turnando de apartamentos sin cesar, sin aposentarnos nunca en ningún enclave, sin tener la capacidad de crear nuestro espacio.

Un espacio con sus VHS, DVD, CD, discos, libros, películas, cuadros, esculturas de monos, latas de cerveza vacía que nos trajimos de ese viaje a Berlín, lo que sea; objetos que nos definen y que generan un espacio que nos deja pensar e interactuar con todo este contenido, que conforman nuestra persona. Consultarlos y tomarnos nuestro tiempo en poner un disco u ojear un libro es importante, más que hacer un barrido de scroll por Pinterest. Aunque hora todo esto lo podamos tener en la nube y acceder a ello a través de un aparato que guardamos en el bolsillo, el nivel de concentración e introspección no será el mismo. ¿Qué intensidad puede generar consultar un contenido en la calle, en el metro o en un bar?

Exigir la portabilidad es exigir espacios que niegan, de hecho, nuestra propia vivienda. Casas sin discos ni libros porque todo está en la nube, en pequeños discos duros, en libros electrónicos o en Spotify. Esta “comodidad” ha llegado a extirpar los ordenadores de escritorio, esa torre gloriosa de antaño, ese mamotreto fijo e inamovible que concretaba una zona de estudio y de pensamiento, espacio ahora negado en la mayoría de viviendas. Ahora ponemos el portátil en cualquier parte, y trabajamos en la cama o en la cocina o nos vemos obligados a trabajar en un bar o biblioteca porque no tenemos otro sitios. A eso me refiero, lo portátil le viene perfecto a la configuración actual del mundo.

Estamos apoyando la creación de hogares fríos, vacíos; estamos degenerando hogares, pues todo parece estar orquestado para poder abandonarlos lo más cómodamente posible y sin molestar cuando nos echen. Dejarlos como si no hubiera estado viviendo nadie en ese sitio, como si nunca hubiera sido una casa.

Es la eterna urgencia por la huida. De la misma forma, esta desconexión constante va en paralelo a esta necesidad imperiosa que nos han generado de viajar, como por obligación social, cada vez que tenemos tiempo libre. Este movimiento corporal que le viene como anillo al dedo todas estas tecnologías portátiles que nos permiten tenerlo todo —y al final nada— encima, y que a la par nos desarraigan de nuestra casa. El “hogar” ha dejado de ser un sitio fijo y por lo tanto ha dejado de ser.

Sigue a Pol en @rodellaroficial.

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