una mujer tumbada en un colchón
Foto por Guille Faingold vía Stocksy.
Actualidad

Por qué hay tantos hombres que duermen con el colchón en el suelo

Aunque la mayoría de los somieres cuestan menos que lo que te gastas en cerveza en un mes, parece que hay una epidemia de hombres que se niegan a poner uno en su cama. Vamos a investigar.
20.2.19

Hace poco me llamó la atención un fenómeno muy extendido: el de los hombres que pueden permitirse tener una cama, a juzgar por el tamaño de sus relojes y por su suscripción al gimnasio, pero que aun así optan por dormir con el colchón en el suelo.

Y las mujeres que salen con esos hombres llevan tiempo quejándose de esto. En un artículo de 2017 de CityPages titulado “Queridos hombres: quitad vuestros colchones del suelo de una vez”, Ali O'Reilly escribió: “Si me dieran una tarjeta perforada cada vez que he entrado en la habitación de un tío y he visto el colchón en el suelo, podría hacer teatro de sombras de la Vía Láctea. Quiero ayudar. Si eso implica hacer una lista de sitios donde se puede comprar un somier por poco más de 20 euros y los lugares donde puedes alquilar una camioneta por muy poco dinero, lo haré por ti”.

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El año pasado, Nicole Cliffe tuiteó un hilo que se hizo viral y en el que hablaba de que su marido dormía en el suelo cuando se conocieron; montones de hombres y mujeres respondieron con sus propias historias despotricando de sus parejas (casi siempre hombres) antisomier. “Hasta ahora solo he salido con un hombre que tuviera somier. Tengo 27 años y llevo seis años saliendo con hombres de Nueva York”, tuiteó una mujer. Otra escribió: “Mi novio estaba tan en contra de las camas normales que cuando nos conocimos, en vez de limitarse a comprar una, se la construyó. Y no en plan guay. Era básicamente un triste futón con una sábana encima de unos listones de madera”.


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¿De verdad son los hombres más propensos a dormir con el colchón en el suelo que las mujeres? Puede parecer que sí, por las historias que se cuentan, pero como alguien que ha pasado la noche con varios hombres, de los cuales solo unos pocos tenían el colchón en el suelo, no tenía muy claro si se trataba de una epidemia específica respaldada por la ciencia. Así que decidí investigar.

Para escribir este artículo hablé con muchos hombres de muchos contextos socioeconómicos, entre los que se encontraba Corbin Smith, de 30 años, un durmiente a ras de suelo reformado que afirma que acaba de salir de un periodo de 9 meses durmiendo con el colchón en el suelo. (Antes sí tenía un canapé, pero se le rompió y se conformó con el suelo).

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“Cuando empecé a dormir en el suelo, pensé: 'Qué más da, es un colchón, con eso vale, ya dormía así cuando era adolescente', pero al final se convirtió en un problema que poco a poco me estaba jodiendo la vida”, me contó Smith. Tenía pareja estable en aquel momento, y aunque ella nunca se quejó, él sospecha que no le hacía mucha gracia. Al final rompieron. “El colchón en el suelo fue una metáfora”, dijo.

"Qué más da, es un colchón, con eso vale, ya dormía así cuando era adolescente"

Cuando a Smith se le rompió el canapé, no fue corriendo a comprar otro, ni a comprar un somier. “En parte era por el dinero. Soy autónomo y no siempre voy bien. Pero creo que una parte de mí pensaba que no tenía que preocuparme por esos pequeños lujos”.

Otro hombre, que me ha pedido permanecer en el anonimato, durmió en el suelo hasta que su ahora esposa le obligó a comprar una cama de verdad. Sigue insistiendo en que le gustaba el suelo. “Prefería el soporte del suelo, era mejor que esas estructuras de metal”, afirmó. “Además, muchas chirrían cuando practicas sexo. Lo odio”.

En un hilo de Reddit, un hombre preguntó: “¿Es para tanto tener el colchón en el suelo? Tengo un colchón de 1,80 metros sin canapé ni somier. Es un piso de soltero con una habitación”. Muchos hombres en ese hilo afirmaron preferir la firmeza del colchón en el suelo y que no haya ruidos durante el sexo. (“El sexo no es tan escandaloso”, dice un usuario. “Soy bajito y si subiera la cama, el sexo sería malo”, escribió otro. Aunque no entendemos bien a qué postura sexual se está refiriendo).

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Un usuario llegó a sugerir que tener el colchón en el suelo es una buena forma de espantar a las mujeres obsesionadas con el dinero, ya que perderán el interés si sospechan que eres pobre. “Dar pequeñas muestras de pobreza sirve para espantar a las cazafortunas”, escribió un ser humano de lo más intenso.

Fotos de pisos de solteros de Madrid

¿Cuál era el comentario más escalofriante? “Pues yo duermo en una manta tirada en la alfombra. Tengo una cama buena guardada pero no la echo de menos”.

Mucha gente de todas partes del mundo y de todos los géneros aprecian dormir en el suelo. Los futones tradicionales y superminimalistas japoneses, también llamados shikibuton, son muy relajantes y cómodos para dormir y ofrecen un gran apoyo para la espalda. Algunos hombres estadounidenses con los que hablé mencionaron esa comodidad y apoyo como un factor de peso para decidir quedarse en el suelo, pero la mayoría dieron la vaga impresión de que sencillamente los somieres no eran una prioridad para ellos o de que se les había olvidado comprar uno. Es algo que no salió como debería y viven bien sin tenerlo. Claro que este fenómeno es un poco diferente en Estados Unidos que en el resto del mundo, ya que allí parece que no es tanto una decisión consciente como algo que simplemente ocurre y ya se queda así.

Le pregunté a Smith si pensaba que su ambivalencia con los somieres tenía algo que ver con ser hombre, tal y como afirman las mujeres. “Mira, no sé mucho de demografía, pero creo que la sociedad anima a las mujeres a cuidar de sí mismas, algo que no ocurre tanto con los hombres”, apunta.

“Siento como si a los tíos en general les importara mucho menos hacer que la casa parezca un hogar, se preocupan más por la funcionalidad"

Estoy de acuerdo con eso. He salido con más hombres de los que me gustaría reconocer que han vivido en Nueva York durante años sin aire acondicionado, pudiendo pagarlo y disfrutarlo. Su propia comodidad pasa a un segundo lugar para dejar espacio a… ¿qué? ¿Resistencia? ¿Una masculinidad marcada e incómoda? ¿Sexo tan salvaje que hay que pararlo? Nunca dan buenas razones. Dice cosas tipo: “Llevo así mucho tiempo”, y lo dejan ahí. Y luego está esta tensión con las tareas de casa que se remonta a tiempos inmemoriales, una categoría en la que yo meto las preocupaciones relativas a los somieres. Según un estudio de 2014, solo el 19 por ciento de los hombres que trabajan fuera hacen tareas de casa, mientras que en el caso de las mujeres es el 50 por ciento.

Una mujer que quiere permanecer en el anonimato me dijo: “Siento como si a los tíos en general les importara mucho menos hacer que la casa parezca un hogar, se preocupan más por la funcionalidad. Cuando conocí a mi marido, el que por entonces era su compañero de piso no tenía sofá en el salón, solo dos sillas plegables y una tele”. (Hay hasta un meme de este fenómeno).
Al menos ese es el estereotipo.

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Un artículo de Glamour titulado “Cosas que preocupan a las mujeres que no importan nada a la hombres” incluye “decorar” en la lista. “Se debe a que los hombres buscan la comodidad y la rutina”, escribía el colaborador bajo el pseudónimo Guyspeak”. “Todo eso está muy bien, pero, ¿voy a estar cómodo? Probablemente. Conozco a muchas mujeres que necesitan crear su espacio para sentirse como en casa. La mayoría de los hombres creamos un hogar en el espacio que tenemos”.

En realidad sabemos que cualquier diferencia de comportamiento que se perciba entre géneros se debe a la socialización más que a tendencias inherentes a la persona. E incluso identificar esas diferencias implica mucha generalización. Yo, por ejemplo, no me considero una mujer que lo tenga todo bajo control. Mis primeros meses en Nueva York fueron demasiado aletargados e inestables económicamente hablando como para priorizar comprar un somier.

Dormía y comía un montón de comida para llevar en un colchón en el suelo, donde también me enrollé con unos cuantos hombres, incluido uno con en el que hacía bocadillos en una tienda local de Williamsburg para poder permitirme unas prácticas en un medio de comunicación en las que me explotaban y ni siquiera me pagaban. Entiendo que cuando no hay mucho dinero y vives en un estado de malestar constate, los somieres no son una prioridad. No solo cuestan dinero, sino que también hay que montarlos, y eso requiere fortaleza emocional.

Al igual que nos sentimos empoderados al decir “los dentistas son un timo” cuando estamos en una cita, espero que si a alguien le supone un problema mi estilo de vida y no quiere enrollarse conmigo, es más que bienvenido, bueno no, animado a pirarse. (Nunca me ha pasado, aún estoy esperando a que un tío me pregunte: “¿Por qué tienes el colchón lleno de envoltorios de gominolas?” para poder gritar: “¡Lárgate!”). Las pocas veces que he pasado la noche con alguien que tiene el colchón en el suelo, lo superé en el momento. Lo único que me he encontrado en el apartamento de alguien que me ha hecho irme inmediatamente fue una cinta para el cuello de la NASCAR.

Pero no funciona así con todo el mundo. “Nunca me he ido a casa con alguien que tuviera el colchón en el suelo, pero si me pasara, me resultaría perturbador”, me dijo una amiga íntima que me pidió mantenerse anónima. “Me da a entender o confianza o pereza o desesperación y solo me siento identificada con una de ellas. Hablo de la desesperación, por si no estaba claro”.

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