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Houseman, el orgulloso villero del Bajo Belgrano

El club Excursionistas despidió a su gran ídolo, René Houseman, uno de los wines más talentosos de la historia del fútbol argentino y campeón mundial de 1978 con la selección
Houseman, el orgulloso villero del Bajo Belgrano
René Houseman, cortesía de Club Atlético Excursionistas.

Artículo publicado por VICE Argentina

A las 10:00 am de este viernes otoñal, el cortejo fúnebre de René Orlando Houseman avanza por las calles del Bajo Belgrano, el barrio de Buenos Aires que lo vio crecer y vivir, y que hoy lo despide como su ídolo máximo. Después de pasar la noche en el club Huracán de Parque Patricios (el equipo del que se hizo hincha al sacarlo campeón en 1973), el cuerpo de uno de los mayores cracks del fútbol argentino llega al lugar que consideraba su casa: el Club Atlético Excursionistas. Acá nomás, a la villa que había muy cerca de la cancha hasta que fue arrasada por las topadoras de la dictadura militar, llegó la familia Houseman desde Santiago del Estero a mediados de los 50, cuando René daba sus primeros pasos. En ese entorno lleno de carencias se crió y después pasó la mayor parte de su vida, mientras el barrio iba cambiando y desaparecían la villa y los studs, y los viejos caserones de tejas eran reemplazados por modernos edificios y, como vestigios de aquel pasado, resistían casi en solitario —entre los árboles del club de golf y los bosques de Palermo—, la cancha de Excursionistas y los monoblocks construidos durante el peronismo.

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Acá, en la esquina de Pampa y Miñones, cientos de personas recibimos al campeón mundial de 1978 al canto de “dale campeón, dale campeón”: hay familiares, amigos, hinchas, socios del club, jugadores de las inferiores, periodistas, ex compañeros como Miguel Brindisi y viejos compinches de la época de la villa que enseguida, cuando los coches negros ingresan al estadio, se acercan al ataúd cubierto con las banderas del Globo y de Excursio para darle el último adiós con lágrimas en los ojos.

Cortejo fúnebre en el Club Atlético Excursionistas, por Ignacio Molina

La gran mayoría de los que aplaudimos y guardamos un minuto de silencio y cantamos y volvemos a aplaudir mientras el cortejo recorre a paso de hombre el campo de juego no vimos jugar a Houseman más que en videos. Y son menos todavía los que lo vieron con la camiseta de Excursionistas, ya que de manera oficial disputó un solo partido con la verde y blanca: el último de su carrera, en marzo de 1985. Una breve reseña histórica indicaría que el Hueso hizo las divisiones inferiores en Excursio pero que, como las mejores historias nunca son lineales, no fue acá donde debutó en primera, ya que a algún desdichado dirigente de aquel tiempo se le ocurrió que no hubiera más villeros en el equipo. Entonces René abandonó el fútbol formal para dedicarse a jugar partidos por plata con sus amigos de la villa hasta que un dirigente de Defensores de Belgrano (el clásico rival de Excursionistas) lo vio y lo llevó a su club, donde demostró su enorme talento y salió campeón de la primera C en 1972. Del club de Núñez pasó a Huracán, donde brilló como nunca y salió campeón en 1973, y más tarde fue una de las figuras de la selección Argentina en el Mundial de Alemania de 1974, donde no gritó el gol que le metió a Alemania Oriental porque dos días antes había muerto Juan Domingo Perón y esa era su manera de homenajearlo. Después siguió jugando en Huracán, y en el 78 ganó con la selección el Mundial por el que la dictadura había arrasado la villa del Bajo debido a su cercanía al estadio Monumental. El mito dice que durante los festejos René se negó a darle la mano al dictador Videla, aunque él mismo declaró alguna vez que se la dio y que después se arrepintió, y que si hubiera tenido noticias sobre las desapariciones, los asesinatos y las torturas que el Estado cometía en aquellos años habría renunciado a la selección.

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A principios de los 80, y debido a su falta de disciplina y a su lamentable adicción al alcohol, su carrera empezó a declinar. Jugó en River Plate (club al que, años antes, le había metido un gol totalmente borracho, y donde compartió equipo con Mario Kempes, otra crack de la época), volvió a Huracán y a Defensores, tuvo pasos por el fútbol sudafricano (donde quedó fascinado con “los negros y las negras que jugaban” y aprendió tres frases en inglés: “One wine, one beer y one scotch”), el Colo Colo de Chile y uno muy breve por Independiente de Avellaneda. Y recién entonces decidió despedirse con la camiseta de Excursionistas. Fue en la tercera fecha del torneo de la C de 1985, en un partido contra Deportivo Armenio que terminaría cero a cero. Marcos Tricarico, un devoto hincha de Excursionistas que además, en su rol de periodista, hoy comanda una producción que transmite todos los encuentros del equipo por Internet, fue uno de los afortunados que estuvo presente en aquel histórico partido. “Ese domingo Houseman entró a los 19 minutos del segundo tiempo”, me cuenta, y recuerda con precisión quirúrgica: “cuando el técnico lo mandó a precalentar la gente de la platea y la popular se enloqueció; él entró y atacó hacia el arco de la Pampa; fueron 26 minutos inolvidables: se terminó despidiendo con la camiseta que él siempre quiso, con la verde y blanca”. Y como para que no queden dudas de cuál era su principal e indiscutido amor, me dice: “Acordate de que cuando Huracán y Excursionistas se enfrentaron en la Copa Argentina en el 2012 y ganamos por penales, el Loco se puso nuestra camiseta y festejó el triunfo…”

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Cortejo fúnebre en el Club Atlético Excursionistas, por Ignacio Molina

Guillermo “Búfalo” Szeszurak es uno de los grandes ídolos de Excursionistas de las últimas décadas. Hincha del Verde y vecino del Bajo, cuenta con el insuperable logro de haber participado en los planteles que consiguieron los dos únicos ascenso del club de la C a la B Metropolitana: en 1994 como goleador y en el 2016 como técnico. “A René lo conozco desde chico, él siempre estuvo cerca mío, sus consejos me ayudaron muchísimo”, me dice, y recuerda que, por ejemplo, en los partidos del torneo del 94 “René siempre se ponía cerca de la mitad de la cancha, entonces yo iba para ese lado y él me decía cómo tenía que jugar, me alentaba…” Pero el vínculo entre ellos no se reduce a lo futbolístico. “René siempre tuvo la mejor conmigo, con mi hijo. El último ascenso lo vivimos juntos. Él se acostaba tarde pero al otro día venía a tomar mate con nosotros. Compartimos muchas cosas: almuerzos, jugábamos a las cartas, para mí esta ida es durísima; era un tipo que luchaba contra un montón de carencias pero siempre tenía una sonrisa, me abrazaba, siempre me hacía feliz… y se nos fue”, dice el Búfalo y recuerda que un motivo de chanzas entre ambos era la cantidad de goles que cada uno había hecho con la camiseta de Excursionistas: “Yo lo cargaba y le decía que no había metido ningún gol para nosotros; él me decía que había hecho goles en Mundiales, en Inglaterra… y yo le retrucaba ¡pero acá en Excursio no hiciste ninguno! y se volvía loco.” Pero a veces a Szeszurak mandarse la parte le salía “caro”: “Cada tanto René venía y me decía qué gran delantero que sos, sos un grande, y me sacaba 100 pesos para comprarse sus cosas… Yo ya tenía el billete preparado… Era un dulce, un loco, un fenómeno.”

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René vivía con su esposa Olga y tenía dos hijos a los que adoraba, Jésica y Diego René, y que hoy, en el Bajo Belgrano, reciben el cariño de todos los que se acercan al coche que acompaña al féretro. Peronista por herencia y kirchnerista por elección, el Hueso se reunió un par de veces con Néstor Kirchner, quien le tramitó un subsidio durante su gobierno, y en el 2013 hizo de fiscal de mesa en una escuela del barrio para el Frente Para la Victoria, luego de presentarse en una Unidad Básica de La Cámpora diciendo “quiero fiscalizar para la Presidenta Cristina”. “Nunca me levanté tan temprano”, declararía después, “ni siquiera para entrenarme”. Si bien tuvo diferentes ocupaciones por fuera del fútbol (fue sodero, cadete de farmacia, verdulero y carnicero), no le gustaba nada trabajar. En sus últimos años no hacía más que andar por el barrio, mirar televisión, colaborar con el fútbol femenino de Excursio e ir los sábados a la platea. Desde fines del siglo pasado, después de una larga internación en el Hospital Durand por su alcoholismo, René vivía obsesionado con el miedo a tener cáncer, la enfermedad de la que habían muerto sus padres. "Tengo miedo de morirme. No sé si tengo cáncer o qué. Los médicos no me dicen nada. Hace bastante que estoy con este miedo", dijo hace poco más de quince años en una entrevista.


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Mi historia personal con Houseman es como la de cualquier hincha de Excursionistas que haya vivido alguna vez en el Bajo Belgrano. La primera vez que me lo crucé fue una noche de principios de los noventa, en un bar de Libertador y Juramento. Yo estaba con mi papá y vimos que en el fondo del local René tomaba algo y miraba un partido de pool. Sabiendo mi gusto por el periodismo mi viejo me preguntó: “¿no te gustaría entrevistarlo?”. Yo le dije que sí pero por supuesto no me animé ni a acercarme. La última vez que lo vi fue en septiembre del año pasado, durante un partido de fútbol femenino entre Excursionistas y River en el Bajo. Yo ya no estaba con mi viejo, que había muerto un par de años atrás, sino con mi hijo Fausto. Era domingo a la tarde y para él ir a ver ese partido era una excusa para estar un rato en su lugar favorito de la ciudad. Para mí, era la excusa para intentar arreglar aquella entrevista que mi papá me había impulsado a hacer más de un cuarto de siglo atrás y que ahora yo planeaba concretar en su honor. René llegó cuando terminaba el segundo tiempo y caminó por el lateral de la cancha. “¡Ahí está Houseman!”, dijo Fausto, y un señor que había venido con la delegación de River nos dijo “¡no, no te lo puedo creer!”, y fue a saludarlo. Con Fausto teníamos que volver temprano y me pareció irrespetuoso cortar el diálogo de René con su viejo amigo o admirador y me propuse contactarlo en la semana para pactar la entrevista. Pero unos días después de ese domingo llegó la peor noticia: René Houseman estaba enfermo de cáncer. Su gran temor se había hecho realidad. Y junto al dolor, yo tuve que resignarme a la idea de que ya no podría entrevistarlo.

Entre aquellas dos oportunidades me lo crucé decenas de veces. Una noche de fines de los noventa, por ejemplo, viajamos juntos en un colectivo 64. Cuando estábamos llegando a las Barrancas me senté a su lado, le pregunté cómo andaba y él me dijo que bien y me comentó que estaba viniendo de un cursito de periodismo deportivo. En la ecuación entre talento y humildad, René rompía todos los récords de proporcionalidad directa. Era el pibe que se había criado en la villa del Bajo y nunca se había alejado de sus raíces y ayudaba a sus viejos amigos cuando cobraba alguna plata grande, el jugador de Huracán que se hacía el lesionado para que su suplente pudiera entrar y cobrar el premio correspondiente, el mundialista que abrazó a las Madres de Plaza de Mayo, el ex futbolista reconocido internacionalmente que daba su vida por un equipo de barrio de la cuarta categoría del fútbol argentino, el tipo que estaba orgulloso de sus orígenes y decía que si fuera millonario se compraría una villa. El verdadero jugador del pueblo.

Hoy su pueblo del Bajo Belgrano, sus familiares y sus viejos amigos y aquellos que no lo vimos jugar pero que le prodigamos un amor que va más allá de lo futbolístico, lo despedimos con emoción. Hay otro minuto de silencio, otro aplauso y otra tanda de cantitos que lo saludan como al gran campeón del mundo y de la vida que fue, mientras el cortejo sale de la cancha por la esquina de Pampa y Miñones y los restos del gran Houseman comienzan a alejarse hacia su destino final en el cementerio de la Chacarita. Hasta siempre, querido y entrañable René, parecen decir los aplausos y las miradas vidriosas que lo despiden, el Bajo Belgrano ya no será el mismo sin vos.