Fui un pijo adolescente en el Madrid de los 90
Cultură

Fui un pijo adolescente en el Madrid de los 90

Colegios privados, fiestas en la Sierra, coches pagados con el dinero de nuestros padres. Igual que ahora, el mundo era bastante sencillo si tenías la suerte de tener pasta.
10.5.16

Todas las fotografías cortesía del autor

"Alcemos los corazones como se alza la bandera. Marchemos a la gloria por sendas de amor y luz. Adelante compañeros, la victoria nos espera. Compañeros adelante por España y por la cruz". No sé si ahora es normal que los colegios tengan himno. El mío lo tenía.

Mi colegio está frente al Bernabéu. Es igual de blanco pero mucho más grande. Creo que aún tengo el récord, de preescolar a COU repitiendo 8º de EGB. Catorce años, los diez primeros de educación diferenciada. Sin tías hasta BUP. Aun así quiero pensar que soy una persona normal.

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Había un hombre en el colegio que organizaba el tráfico a golpe de silbato. Se llamaba Domingo, era una persona con discapacidad y tenía un toque de balón impecable, además de un gancho que ni Abdul Jabbar. Domingo era como el cicerone que te daba la bienvenida al infierno diario para un estudiante tan mediocre como yo. Una figura extraña y entrañable.

En el monumento a Don Pelayo

Tanto yo como mi grupo éramos pijos de perfil bajo, hijos de trabajadores que medraron y se instalaron en el norte de Madrid. Sin llegar a la esfera de dinero y contactos sin fin pero con bastantes posibles. Puedes llamarme colaboracionista o algo así. Vivía a tiro de gapo del colegio, pero no tanto como otros de mis amigos. Alguno podía oír los altavoces del patio desde su casa, qué agobio más grande. Uno era vecino de Gento, mítico extremo del Madrid.

Como buena leyenda deportiva tenía su propia leyenda extradeportiva, y esta era que había matado a un Guardia Civil con el coche. Se decía que Franco le indultó porque tenía partido esa semana. El caso es que le veías siempre en la terraza del mismo bar con su chándal y su perro, siempre igual. Era una farola más. A veces también veías por ahí a Hugo Sánchez, que parecía salido de un episodio de Miami Vice.

En un colegio solo de tíos podías hacer tres cosas: jugar al fútbol, suspender y conseguir porno. La peña compraba revistas usadas en el Rastro que luego te prestaba y que luego eran objeto de redadas por parte de los curas. Era la época de hitos tales como el Interviú de Marta Sánchez, las Mama Chicho y ¡Ay qué Calor! En Italia sabían lo que se hacían, está claro.

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Vivías, y más en una educación separada por sexos, rodeado por esa niebla de erotismo continuo, y la metáfora de aquella represión cristalizó en las pelis porno del Plus, que decían que estaban menos codificadas y si entornabas los ojos te hacías a la idea.

En aquel mundo funcionaban bien los tópicos. En mi grupo nuestro primer coche fue un Ford Fiesta Blanco. Era el tope gama, tenía la tapicería de terciopelo rojo, como en la discoteca Bocaccio. El dueño luego tuvo un accidente con otro coche que heredó. Salió despedido por la ventana y le quitaron el bazo. No llevaba el cinturón porque casi nadie llevaba, ni casco tampoco. En aquella época la vida se basaba en cosas que hoy serían directamente terrorismo, como fumar en el metro o conducir sin tener carnet.

A veces pasábamos la tarde haciendo derrapes por los túneles de Azca, bastante antes de los 18. El maletero era un espacio muy aprovechable para que viajasen personas, claro que sí, cuantos más seamos más reiremos. A veces veías llegar un coche del que salían dos cifras de personas.

No sé cómo estará ahora el tema, pero me da la sensación de que o la calle estaba menos vigilada o nosotros nos sentíamos portadores de una valija diplomática imaginaria para el destrozo urbano, un afán destructivo per se. El sendero de vuelta a casa era fácilmente identificable, solían ser calles de coches sin retrovisor, cabinas rotas y alguna papelera ardiendo.

Los 90 eran la época de entrar con zapatos a las discotecas y enseñar el carnet falso. Recuerdo estar dentro descalzo porque a veces a alguno iba en zapatillas y otro le sacaba los zapatos, que solían ser las Timberland o los náuticos de suela gorda, mar y montaña en un solo calzado. Los "deneís" también se prestaban, y tenías que memorizar los datos por si te los preguntaba el portero, la vida no dejaba de ponerte a prueba. En mi caso eso de que mi escuela fueron las calles fue cuando descubrí en un carnet ajeno que Vitoria es oficialmente Vitoria-Gasteiz.

La primera zona de salir fueron los bajos de Azca y la calle Orense, con sitios de puro glamour como el Specka, La Nuit o Fun (el anterior Caché). Aquel urbanismo demodé era el lugar ideal para que te robasen con bachata sonando al fondo. Incluso los atracos eran algo como muy coreografiado, un intercambio educado de ropa y dinero. Luego empezaría la época del botellón en Avenida de Brasil, Tribunal y la discoteca Morasol, por el parque de Berlín.

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Efectivamente, los pijos cantábamos todos juntos en Pachá el Killing In The Name de RATM con esa ingeniosa traducción de "que me chupes la polla" y El Imperio contraataca de Los Nikis con mucha convicción. Sentido de la ironía no nos sobraba. A pesar de esto —o debido a esto—, éramos blanco fácil de skins, y a alguno le midieron el lomo a base de bien en los bajos de Moncloa. A mí mismo me hicieron un dos por uno, dos ojos morados en una misma pelea. También hicimos amistad con raperos y bakalas, gente muy amable.

Como buenos pijos, no es que no pasásemos de Kapital, es que más allá de Atocha acababa la Tierra. Nosotros éramos más de mirar al Norte, a la Sierra. Muchos teníamos casas allí y padres que se iban de viaje de vez en cuando, así que subíamos a dar rienda suelta a nuestro angst adolescente.

Nos debíamos creer en una especie de "Menos que cero" regional, con calimocho, Eristoff, Fortuna y Nobel. Supongo que desarrollé cierto olfato para este wabi sabi juvenil, porque solía ser yo el de la cámara, aunque luego me daba mucha vergüenza llevarlas a revelar. El calvo nos parecía el acto nihilista definitivo, nunca faltaba un culo amigo para salir en la foto.

Echando la vista atrás veo un grupo bastante confundido e inocentón, y muy influenciable. Teníamos una visión bastante sesgada de la vida, dando mucho por sentado sin pensar cómo eran las cosas. Es un poco paradójico que nuestro entorno fuera tan limitado teniendo tantas posibilidades, porque para fastidio de tus padres, el curso de inglés en Irlanda no te daba una visión del mundo muy amplia precisamente, entre otras cosas porque tus compañeros de viaje eran tus compañeros de clase. Seguimos haciendo la misma broma, la de cuándo vamos a montar el grupo de música. Ahora puedo entender que no tuviésemos excesivas inquietudes y la curiosidad fuera de servicio. A veces más es menos.