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Cultura

Emily Dickinson estaba caliente y lista para morir

Y sigo con la esperanza de ensartármela.
6.9.12

¿Qué queremos decir cuando decimos lo que decimos? Esa es una pregunta tácita que acompaña casi todo lo que decimos. “Me gustaría parar a descansar pronto”, puede significar: “Tengo que ir al baño”, o “quiero una hamburguesa”, o “te voy a matar si no bajo del auto y me alejo de ti en los próximos 15 minutos, porque no te pinche callas”. Todo depende del contexto. Es difícil decir cualquier cosa, e incluso cuando lo dices de la manera más clara posible, las personas siempre podrán tomárselo de mil y un maneras distintas y complicar la situación con su siguiente pensamiento, intuición o respuesta. Quizá esta sea la razón por la cual nadie lee cosas que no estén en Wikipedia y Facebook.

No pude evitar sentirme así cuando leía un libro de uno de mis autores favoritos, Gary Lutz. Por lo general sus oraciones operan de forma tal que ver su construcción es mucho más significativo que lo que la oración expresa en sí. Sin embargo, en Divorcer, no podía dejar de traducir lo que estaba escrito a un evento más literal, como cuando Lutz escribe: “Mis departamentos fueron siempre eficiencias, para esa vida apuntalada y resumida que requerían, el escusado y la estufa prácticamente al alcance de la mano, aunque realizaba la mayor parte de mis asuntos insurgentes corporales en el lugar más público de todos”. Desearía que dijera: “Mi casa es muy pequeña, así que me gusta cagar lejos de casa”. Lutz parece más hermoso por toda esta ornamentación, pero también intencionalmente confuso, sugiriendo que el arte está en cómo se dicen las cosas, en lugar de qué se dice.

Partiendo de esta idea, probablemente se pueda condensar cualquier oración escrita o hablada por alguien en una versión escondida de sí misma, e incluso cuando una oración es tan simple como puede ser, siempre habrá cien maneras de interpretarla, lo que convierte a todos los textos en una especie de fiesta enmascarada. En algún lugar ahí dentro se esconde esa persona. Y hay oraciones que parece que no se pueden decir de ninguna otra forma, y es por eso que me gusta leer cosas que parecen escritas por alguien con daño cerebral. Reinan la lógica y la imagen.

Estas ideas y otras me vienen a la mente cuando considero el nuevo libro producido por Paul Legault, The Emily Dickinson Reader, de McSweeney’s. Aquí Legault ofrece declaraciones sumamente condensadas y casi aforísticas, definidas como traducciones inglés-inglés, cada una basada en los 1,789 poemas que Dickinson produjo en su vida. Por ejemplo, en lugar del poema #352, Legault escribe: “Tener sexo es como morir”. Y en lugar del #103, nos dice: “Si pudiera, mataría a todos, y después de matar a todos, me suicidaría”. Uno por uno reconstruye, o al menos reinterpreta, el cuerpo del trabajo de Dickinson con otra especie de rompecabezas escrito obsesionado con la muerte y el sexo, uno que más allá del humor y la brevedad estilo Twitter, parece cuestionar porque la gente sólo habla de manera incomprensible y de comida. Es un buen recordatorio de que la máxima muerte no es sólo para el cuerpo, sino para lo que dejas atrás.

VICE: Hace seis meses estábamos parados frente a la tumba de Emily Dickinson. En ese momento yo no sabía que habías escrito o estabas escribiendo este libro con traducciones de sus poemas. ¿Qué sentiste de estar ahí parado frente a su cuerpo después de, eh, adentrarte tanto en su trabajo?
Paul: Tenía los oídos abiertos, buscando cualquier movimiento rotacional subterráneo. Era su tumba, pero no se revolcaba en ella.

No se ofendió o no está muerta ni enterrada ahí. Si es esto último, y estás allá afuera leyendo esto, Emily, envíame un correo.

¿Crees que a E.D. le gustaría lo que hiciste con sus poemas? ¿Importa?
Me parece importante creer que le gustaría; aunque la versión de ella a la que le gustarían tendría que estar consciente en 2012. Y esa versión es mi amiga imaginaria, Emily Dickinson, quien me dijo que le gustaban. Así que la respuesta es sí.

Técnicamente,  la E.D. de la vida real no quería que sus poemas existieran: 788. Todos los poetas publicados son unas putas. Pero estoy seguro que los miembros de su familia creían que estaban haciendo algo bueno (y definitivamente lo hicieron) al publicar los versos de Dickinson de forma póstuma, en lugar de quemarlos todos (como pidió). Como sea, el juez está muerto y se ha ido, pero el trabajo no; nadie sale dañado.

Me declaro inocente, porque estoy enamorado de ella. El amor absuelve las acciones más radicales.

¿Qué tanto de tu persona, tu vida, en lo que te involucras, etcétera, ves en los trabajos de E.D.?
Creo que tenemos mucho en común, (a mí también me gustan las flores, los tordos arroceros, las máquinas del tiempo, Massachusetts) aunque diferimos en qué tanto nos gusta pasar un rato con la versión personificada de la muerte.

Igual que E.D.:

270. No soy una persona de mañana.

276. Soy diferente.

1349. Estoy orgulloso de estar avergonzado de mí mismo.

Pero en términos de lo que este libro representa, es una traducción, pero también es algo original. Yo lo escribí. Estoy en él.

Pero no te preocupes. Aunque, 584. A veces me gusta pretender que estoy muerto. Ah, qué bien se siente, el mensaje contenido en el libro es la opinión de un tercero. Y no es ninguno de nosotros.

¿Usaste algún procedimiento particular para hacer las traducciones? ¿Hubo algunos que requirieron más intentos que los otros?
Cargué conmigo una copia de _La poesía completa de _Emily Dickinson__ hasta que se cayó a pedazos; leía unos diez diarios durante la comida y anotaba mis “traducciones” en el margen.

Más de uno me dejaron estupefacto; mi “Mi vida se detuvo – un arma cargada” (#764) dice:

“Ver My Emily Dickinson, por Susan Howe (p. 76 - 120).”

Y traduje el #725 como:

“No sé.”

Reafirmar su elocuencia muchas veces me parecía inútil, pero entonces me ocurría algo ordinario que le había pasado a Dickinson —miedo a la muerte, deseo sexual, alergia a ciertas comidas, etcétera— y entendía ese sentimiento con el que ella estaba trabajando y lo escribía.

Aunque a veces Dickinson tampoco sabía lo que estaba haciendo.

¿Qué le dirías a alguien que te pregunte: ‘¿Quién eres tú para reconsiderar el trabajo de Emily Dickinson?’?”
¿Yo? Soy un fan —en una época de traducción: entre lenguajes, medios y demás— deseoso de enviar al mundo a esa vasta realidad que es el cerebro y la poesía de Dickinson; soy un amante de E.D. listo para defender su honor.

Por la corta suerte de una vida inalcanzada,
quizá, más luego
la eternidad a esa misma voluntad la deja…
correr de nuevo.

La adición no pone en peligro el original; entre más reconsideras eso que consideraste amar, mejor. Como Emily Dickinson escribe sobre Elizabeth Barrett Browning:

¿Alguna vez leíste alguno de sus poemas al revés, porque partir por el comienzo te trastornaba? A veces (muchas veces) tengo – Algo se apodera de la Mente -

Ella se apoderó de mí. No al revés. Y como yo/ella/nosotros decimos en el #1768:

“A veces sólo quiero que me den órdenes.”

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@blakebutler