Todas las fotos por Maximilian Salzer

En esta comuna solo hay una habitación para dormir y otra para follar

Han decidido renunciar a sus habitaciones individuales para compartir un solo dormitorio, un salón, un estudio y una habitación para sexo.

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14 enero 2019, 4:45am

Todas las fotos por Maximilian Salzer

Este artículo se publicó originalmente en VICE Austria

Hay un piso en el distrito vienés de Ottakring en el que el simple y anodino acto de tender la ropa se lleva a cabo como si fuera una fiesta. Tres chicas bailan en su salón mientras cantan a coro el tema “Wäsche”, una oda a la colada de la banda de folk alemana Kofelgschroa. Las compañeras de piso se toman su tiempo para acabar la tarea, intentando que dure hasta que termine la canción: “La ropa se seca al sol / La ropa se seca al viento / La ropa se seca a la luz / ¿No es hermoso?”.

Este ritual semanal probablemente sea lo más normal del estilo de vida de estos compañeros de piso.

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Los chicos se relajan en el salón

Y es que estos chicos han decidido dividir las habitaciones del piso no por persona, sino por funciones: comparten un pequeño dormitorio, un salón, un estudio y una habitación para sexo. De esta forma, pueden invitar a una persona más, o quizá dos, a su piso. En teoría, cada uno tiene un armario propio, pero en la práctica todos han acordado compartir la ropa, así como la comida y la ducha. En el piso vive otra persona que ha decido no participar de este acuerdo y tiene su propia habitación.

Para la mayoría, una vida sin intimidad no es precisamente lo ideal, pero por el momento parece funcionar para Anna*, su hermano Daniel*, Marie*, Laura* y Paul*.

Hace poco, incluso lograron convencer a los vecinos del piso de arriba para que adoptaran su mismo estilo de vida. “Nuestro objetivo es llegar a dominar todo el edificio”, dice Anna entre risas. “Nuestros límites son fluidos. ¿Por qué vivir de un modo determinado si no tienes por qué?”.

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La habitación en la que duermen los cinco todas las noches.

Anna fue la que convenció a los demás para adoptar este estilo de vida, pero para ella tampoco fue fácil. “Antes me parecía una auténtica locura”, recuerda. “Me parecía lo típico que solo podían hacer los hippies o los estudiantes de antropología social”.

Pero después de varios meses viajando y durmiendo todas las noches en albergues, Anna empezó a acostumbrarse a no tener una habitación para ella sola, lo que la llevó a pensar que, en lugar de malgastar un montón de espacio compartiendo un piso de la forma tradicional, le podría dar mucho mejor uso a su piso y de paso ahorrar dinero.

“Antes, cada uno tenía su habitación y no había un espacio común”, me explica Anna. “Ahora tenemos un estudio, salón y una habitación para estar tranquilo”. A todos les llevó un tiempo habituarse a este modo de vida y modificar su concepto de la propiedad.


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“Es absurdo tenerlo todo por triplicado”, me explica Marie. “Al principio me costó, pero la verdad es que compartir es mucho más práctico”. La única propiedad individual que tiene cada uno de ellos son sus portátiles y teléfonos móviles.

Este ha sido su modo de vida normal desde que Marie, Laura y Paul entraron a vivir, hace siete meses, pero a los visitantes les sigue resultando muy extraño. “Lo primero que nos preguntan es cómo nos las apañamos para masturbarnos”, dice Anna. “Y luego hay gente a la que le da vergüenza preguntar pero quiere saber qué hacemos cuando alguien trae una cita a casa”.

Pues resulta que la planta de abajo del piso tiene una habitación con la puerta azul a la que han bautizado como la habitación del sexo. Respecto a lo de masturbarse, me cuentan que eso suele ocurrir cuando no hay nadie en casa.

Pese a que suena todo muy a comuna hippie, ellos no consideran que lo son. “En una comuna tienen una serie de cargas de las que nosotros no nos preocupamos, como lo de practicar sexo entre ellos y compartirlo todo”, dice Laura. “Es verdad que compartimos muchas cosas, pero no todo. También es cierto que encajamos en determinados estereotipos. Por ejemplo, hace poco todos hemos tenido piojos”, dice riendo.

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La habitación del sexo

Obviamente, la motivación última de todo esto es la eterna búsqueda de un alquiler barato, una batalla que se está intensificando en las ciudades más populares de Europa. Si bien Viena tiene precios relativamente más asequibles, el precio medio del alquiler ha aumentado un 43 por ciento entre 2008 y 2016, una subida desproporcionada teniendo en cuenta los sueldos de la gente. “Si tuviera que pagar un alquiler más caro, no podría permitirme estudiar aquí”, reconoce Laura.

Tal vez haya más jóvenes que se animen a probar esta opción para lidiar con la crisis de la vivienda de sus países respectivos. Por ahora, es difícil decir cuántas personas habrán adoptado este modelo en los últimos años. Muchas veces lo hacen por pura necesidad y sin que sus caseros lo sepan.

“Hay gente que vive de esta manera sin considerarlo funcional”, añade Daniel. “Parejas, refugiados, gente que no se puede permitir un alquiler…”.

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El estudio

Daniel cree que, en general, los más escépticos son los jóvenes, ya que este tipo de acuerdos eran más comunes en generaciones anteriores. De hecho, los estudios demuestran que los pisos en los que cada estudiante tiene su propia habitación son algo relativamente reciente.

Según las estimaciones del Gobierno austriaco, en 2026 la población de Viena habrá aumentado en 200 000 personas. Por tanto, la ciudad tendrá cada vez más problemas para ofrecer alojamiento al flujo de residentes que llegue. Aumentarán los pisos pequeños, unifamiliares, de los cuales hay carencia en la actualidad. Quizá la vida en comuna vuelva a convertirse en la norma, y Anna y sus compañeros son la prueba de que eso no tiene por qué ser algo negativo.

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“No soportamos la individualización cada vez mayor de la sociedad”, dice Laura. “Todos los de esta casa han vivido en pisos convencionales antes y coincidimos en que la vida comunal genera un ambiente más familiar y, sobre todo, mejora la comunicación entre los compañeros”, apunta Daniel.

Esto no quiere decir que no tengan los mismos problemas que tiene la gente que vive de la forma convencional o que no discutan sobre quién no ha lavado los platos. “Pero a diferencia de mucha gente, nosotros hablamos de estas cosas como grupo”, añade Daniel.

Para la mayoría de ellos, este piso se ha convertido en su primer hogar de verdad en Viena, y se sienten a gusto en él. “Somos gente muy normal, en serio”, me asegura Daniel. “Quizá sería mejor que escribieras sobre la gente rara de verdad, esos que se pasan el día a solas en su habitación, aislados del mundo”.

*Hemos cambiado los nombres para proteger la intimidad de los aludidos.

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