arte

¿Qué está pasando con la generación del selfie?

Hablamos sobre selfies, Lacan y el estadio del espejo en la era moderna.

por Heidi Harrington-Johnson
01 Septiembre 2015, 9:14am

El grupo de redes sociales ruso Селфи с покойными ( con difuntos) ha sido sometido a una investigación por ofrecer dinero por los mejores

Selfieselfies con muertos. Fuente: VK

Cada mañana, la madrastra de Blancanieves mira fijamente a su espejo mágico y le pregunta: “Espejito, espejito de mi habitación, ¿quién es la más hermosa de la región?”. “Mi reina”, le contesta, “Tú eres la más hermosa de todas”, y la reina se queda satisfecha, el espejo nunca miente. A los seres humanos siempre nos ha fascinado nuestro propio reflejo, desde que nos veíamos reflejados en charcos de agua y hasta que fuimos capaces de pulir vidrios volcánicos. El proceso que permitió producir en masa el espejo en la forma en que hoy lo conocemos se inventó en 1835, dos años antes de que Robert Cornelius se hiciera el primer selfie, un daguerrotipo o imagen fotográfica grabada con sustancias químicas sobre una lámina de cobre bañado en plata, y los pintores llevan siglos plasmando sus propios retratos sobre el lienzo. Sin embargo, cuando empezamos a ver nuestro reflejo en casa, en el coche, en el ascensor y en el gimnasio, empezamos a retratarlo y a guardar nuestra imagen en un cámara. La habilidad para crear el retrato de uno mismo dejó de estar exclusivamente en las manos de los artesanos y pasó a ser algo que cualquiera con un iPhone puede hacer.

El psicoanalista francés Jacques Lacan también se interesó por el espejo. Creía que el ego humano empezaba a formarse durante lo que el llamó el "estadio del espejo", una etapa del desarrollo humano que se inicia cuando un niño empieza a reconocer por primera vez su reflejo en un espejo. En un intento de aliviar la tensión que se crea en la mente por el choque entre los movimientos inconexos del cuerpo en la realidad y la imagen idealizada que se ve en el espejo, el niño se identifica con la imagen reflejada y se forma el ego. Este momento de autoidentificación resulta tan emocionante como deprimente. Por una parte, se percibe un sentido de autocontrol y, por el otro, el niño se distancia de sí mismo en la realidad, surgiendo un deseo de por vida por unificarse con su imagen. En lugar de la visión cartesiana, “Pienso, luego existo”, Lacan parece estar diciendo: “Veo, luego debo ser”.

El primer
hecho por Robert Cornelius en 1837. Imagen: Wikimedia Commons

selfie

A pesar de que su invención data del siglo XIX, el selfie es un fenómeno decididamente moderno. Con el auge de la tecnología de las redes social en el 2000, la conexión y comunidad humanas empezaron a extenderse más allá del espacio físico hacia el terreno inmaterial de internet, y la posibilidad y necesidad de identificarse y definirse también empezó a evolucionar. Con el fin de poder identificar nuestros yos online, tuvimos que imaginar y crear nuestra propia existencia. De este modo,  la foto de perfil se convirtió en nuestro alter ego y avatar. Cuando la cámara y la pantalla se fundieron con el smartphone, la habilidad para ver, retratar y compartir el yo se hizo inmediata y móvil. De repente, el autorretrato dejó de estar limitado al álbum o galería de fotos, y el espejo escapó de la pared del baño. La pantalla ahora nos sirve como una especie de espejo moderno, y el selfie marca el punto en el que se forma el ego; un intento de afirmar la existencia fragmentada del cuerpo en la realidad y unificarla con el yo imaginado que se ve sobre la pantalla.

Un
con una obra de Jeff Koons sobre el tejado del museo Metropolitan. Foto de la autora

selfie

El feed de páginas como Facebook, Tumblr e Instragram nos sirve para esta búsqueda del yo, conservando el autorretrato solo hasta que otra imagen o post aparece en su lugar. El yo imaginado es transitorio y desechable, y somos adictos a él. Aunque ver el yo reflejado no es algo esencial para la autoidentificación o la formación del ego. (Las personas con deficiencias visuales y las personas que no se hacen selfies también tienen egos). Por el contrario, lo que es importante es el acto de actualización, el hacerse y publicar el selfie. Me veo, luego existo. Comparto mi imagen, luego soy visto. El selfie es una celebración de la vida y un intento de lograr la inmortalidad, un modo de reconocer nuestro temor por la no existencia y nuestro temor por la muerte. Esto se manifiesta de varias formas, más explícitamente con #funeralselfie, y depende de la forma en la que uno quiere que le reconozcan. El selfie es un mecanismo para encasillar. Estoy vivo y:

#nudeselfie = soy libre

#hotselfie = soy atractivo

#sexyselfie = quiero gustar

#museumselfie #artselfie = soy culto

#fashionselfie = soy moderno

#celebrityselfie = soy popular

En ocasiones este intento de autoactualización resulta contraproducente. ¿Dónde está la frontera entre la autoexpresión y la autoafirmación, y la subyugación y el estereotipo sexual? Instagram tiene una estricta política contra los desnudos y elimina constantemente fotos que resultan ofensivas; en Tumblr, sin embargo, proliferan los selfies de desnudos, a veces cruzando incluso la frontera de lo legal. Cuando los selfies sexuales exponen a menores desnudos o muestran escenas explícitas de carácter sexual, los sujetos retratados y aquellos que reciben y comparten estas imágenes corren el riesgo de ser procesados en virtud de las leyes de pornografía infantil. Por defecto, esto lleva a plantear cuestiones sobre la ética de nuestra era basada en internet. ¿Qué es lo que nos lleva a crear y compartir imágenes sexualmente provocativas o pornográficas de uno mismo, sin preocuparnos mucho por nuestra privacidad? Si la libertad y el placer es la finalidad de ello, ¿por qué sistema de valores nos regimos? Y ¿de quién es esa libertad y placer de los que hablamos?

Lacan podría alegar que estas imágenes voyeurísticas son simplemente un intento de unificar la sexualidad fragmentada de uno mismo en la realidad con la sexualidad del yo sobre la pantalla. Puede que sea el reflejo de una crisis de la sexualidad, o una reacción ante la erosión de la privacidad. En general, los selfies crean una especie de alienación autoimpuesta: el yo con el que el sujeto conecta sobre la pantalla es una imagen proyectada teñida de ciertas ideologías y expectativas socioculturales. La ironía está en que estos facsímiles han pasado a informarnos sobre la realidad, manifestando una especie de darwinismo social. ¿Le ha “gustado” a él mi selfie? ¿Me ha seguido ella? Pero ¿podríamos deducir algo sobre nosotros mismos de este proceso o llegar a un mejor entendimiento de la conexión entre el cuerpo y la mente? En Blancanieves, la inseguridad de la reina es su perdición. Cuando no se le ve como ella quiere, comete un asesinato y finalmente muere. Para la generación del selfie, la cuestión todavía es qué mensaje sobre la humanidad dejaremos atrás.

Sigue a Heidi Harrington-Johnson en Twitter: @h_h_j_

Traducción de Rosa Gregori.

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