eres una decepción

Fracasaste, no eres el atleta que tu padre habría querido

El día del padre es una excelente ocasión para recordar a las dinastías deportivas.
19.6.16
Bob Donnan/USA TODAY Sports

El padre deportivo es un fenómeno mundial. Estos ingenieros de garaje están convencidos de que el infante que arrullan en es material de campeonato. No dejan nada a la suerte, los prestidigitadores del trauma: establecen regímenes y horarios con una meta única: redimir expectativas y alcanzar el éxito por proximidad. Claro, que hay distintos grados de fortuna y de destrucción emocional.

Por qué no recordar al Sr. Emmanuel Agassi. Boxeador e inmigrante iraní a Estados Unidos, se obsesionó con convertir a sus hijos en campeones de la raqueta. Estropeó a tres antes de atinar con Andre. En su biografía, el cuatro veces campeón del Abierto de Australia, no escatima detalles del régimen tiránico al que estaba sometido desde pequeño ni calla el odio y el rencor que acumuló contra el deporte en el que ganó tanto. Vaya paradoja.

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En cambio, al fondo del barril de los experimentos fallidos está el pobre Pete Marinovich. El pelirrojo californiano pasó de prospecto a desastre en pocos años y él le da todo el crédito de su derrumbe a los métodos de su padre, Marv Marinovich. Como un Heisenberg sin tanto genio, Marinovich consiguió reventarle la autoestima al crío y acercarlo al borde del balcón, a la sobredosis.

Más raro es la dinastía deportiva, en la que sin duda hay niveles.

La de los Chávez es una sin duda dispareja. Aunque Julio César Chávez Junior a veces tira un gancho al cuerpo que lo remeda, ni juntando a sus dos hijos se abulta lo suficiente el palmarés para hacerle sombra al padre. Algo no muy distinto pasa con Ali y su hija Laila. Y aunque ese no es el punto –a cada deportista se le juzga por sus méritos y sus circunstancias–, sí es el caso cuando se habla de dinastías. Qué chiste tendría hablar de padres e hijos si no es para encontrar motivos de reproche.

Floyd Mayweather hijo, en cambio, le dio varias vueltas a su padre Floyd. Y para seguir con la metáfora, ni juntándolo a él y a su tío Roger se suma lo suficiente para equilibrar los logros y el talento del más joven.

En el rubro de los hijos aventajados, Steph Curry quizá sea el más famoso en este instante. Su padre, Dell tuvo una carrera larga en la NBA y si bien su fama no se asemeja a la de su hijo no era ningún improvisado para el tiro de tres. Se retiró en 2002 como el mejor anotador en la historia de Charlotte. Steph, qué duda cabe, no se compara.

Otro caso de prole destacada es el del quarterback Archie Manning. De carrera decente, miembro del salón de la fama del futbol americano colegial, y mariscal de un equipo perdedor durante su tiempo en la NFL, no solo uno sino dos de sus hijos lo rebasan. Ambos, Peyton y Eli, juegan la misma posición y ambos decoran sus dedos con anillos de Super Bowl.

Caso curioso, por ejemplo el del boxeador Ken Norton, el que le rompió la quijada a Ali en su primera pelea (pelea, por cierto, en la que "El más grande" subió al ring con la bata de Elvis). Le ganó esa por decisión, perdió las dos siguientes. Más tarde fue campeón del mundo y lo perdió con Larry Holmes. Decía que se trata de un caso curioso porque su hijo destacó en un deporte no menos brutal, pero distinto. Ken Norton Jr. fue un linebacker brutal que ganó tres Super Bowls consecutivos con los Cowboys; quizá de haber intentado con los guantes de 12 onzas no lo habría hecho tan mal.

Naturaleza o crianza, da lo mismo. El caso es que estos ejemplos ponen de manifiesto que, en comparación con estos hijos, somos una desilusión.