Mario Almada, padre nuestro que estás en los cines
Cultură

Mario Almada, padre nuestro que estás en los cines

El actor y productor, que fue un ícono del narcocine, pero también de géneros como el western, el suspenso, la crítica social y hasta adaptaciones literarias, murió este miércoles a los 94 años.
6.10.16

Antes de que tu tío se hiciera teórico del cine de acción, de que tu prima se aficionara a la narcoliteratura, de que tu hermanita se enganchara con El señor de los cielos y de que tú acabaras deslumbrado con el contenido narcoligth de las producciones de Netflix, antes, mucho antes, hubo una leyenda llamada Mario Almada.

En ese tiempo, algunas de las cosas más acojonantes todavía no tenían nombre, así que muchas veces se usaba Mario Almada para referirnos a ellas. Su nombre era invocado como la única opción para realizar una proeza increíble; se pronunciaba como aquello capaz de emprender una misión temeraria; era el rasero para medir la valentía titánica o el recipiendario de la justicia sin distingos.

Publicidad

Aunque hoy lo tomen a broma, la carrera de este icono no solo abordó el choteadísimo narcocine (del que fue pionero), sino que también hizo western, suspenso, crítica social y hasta adaptaciones literarias. IMDB tiene el registro de 365 películas en las que participó, sin embargo, Almada hizo muchísimos videohomes de los cuales no se tienen datos, ni copias (en una entrevista, su hijo calcula que los filmes podrían llegar a 600, pero él asegura que podrían ser mil). Almada posee el récord Guinness por más películas protagonizadas: 300; además, pugnó por ser galardonado como el actor con más películas, pero como no hay datos ni registros, la propuesta se complicó.

Al tomar en cuenta los 300 papeles protagónicos, esto sería igual a proyectar sus películas de manera ininterrumpida durante un mes entero, día y noche, sin repetirlas.


Relacionados: Conoce a los prostitutos de la colonia Juárez


Tomando como base que empezó su trayectoria a los 38 años y la cifra de IMDB, significaría que Almada hizo en promedio una película cada dos meses de manera sostenida durante 56 años. Una locura. Un modo de vida que lo tenía, literalmente, de locación en locación. De un guión a otro guión.

Por eso, equipararlo con Chuck Norris, además de que es un despropósito, rebaja la trayectoria del sonorense a un puñado de filmes de bala y escenas inverosímiles. Si es necesaria una comparación, por la influencia dentro de su país, Almada sería una especie de John Wayne, aunque para mi gusto, ambos se cuecen en distintos caldos.

Publicidad

La primera película que vi en mi vida fue de los Almada. Yo era un crío de unos cuatro años. Mi padre nos llevaba al cine, cuando ir al cine era barato y podías meter comida en la bolsa de tu madre. En mi casa no había videocasetera ni televisión por cable. Así que el repertorio fílmico debía surtirse, exclusivamente, en las salas cinematográficas. Para un millennial este escenario puede ser de pesadilla, pero para los millones de mexicanos que estaban en la misma situación, aquello era de lo más normal. Las películas de arte, nacionales o extranjeras, estaban fuera de nuestro alcance.

Hacer películas en aquellos años era una misión suicida (una misión digna de los Almada, para variar): el cine atravesaba por una época de transición, pues la producción privada estaba condenada al olvido, mientras que la correspondiente al Estado era un tanto progresista. A pesar de eso, los cines eran colmados por miles de personas de cualquier escala social, atraídos sólo por el apellido Almada. Comparado con la actualidad, era muy barato ir al cine, lo cual, de algún modo, alentaba las producciones nacionales. De otro modo, el número de producciones estaría muy abajo.

Con el correr de los años, la globalización permitió el acceso a miles de películas de todo el mundo y muchos mexicanos borraron u ocultaron su pasado almadista. De ser el alter ego mexicano, Almada pasó a formar parte de las botargas ideológicas que usan según la ocasión.

Publicidad

Sin embargo, la carrera de Almada no se detuvo. Durante los 90, sus películas fueron arrinconadas en el sótano de la memoria colectiva. Probablemente, engañados por un falso progreso, por una transición política de pacotilla y eufóricos por los aires revolucionarios del EZLN. Sin embargo, a medida que avanzaba la década del 2000, el problema del narco fue cobrando más y más fuerza. En poco tiempo, el país se volvió un avispero. La música, así como el cine de género, repuntó a niveles insospechados. Almada nunca quiso hablar a fondo sobre este tema. Siempre lo eludía, pese a que es el protagonista en casi toda su trayectoria.


Relacionados: Un narcotraficante mexicano es detenido por descuartizar a un bloguero neoyorquino


Sin embargo, hay un dato que quizá explique esta postura: casi siempre protagonizó "al bueno". Aunque su personaje encarnara a un pistolero o traficante, siempre lo hacía desde el bando de la honradez. Por ello, Almada siempre defendió su trabajo como historias blancas, que lo mismo podían ver niños o adultos. Sus escenas de violencia, sobra decirlo, eran audaces en su momento, pero no tienen comparación con lo que vemos hoy en un videojuego.

Parafraseando a David Foster Wallace en su delirante relato "John Billy" (una historia que de inmediato, cuando lo leí hace años, me recordó al actor sonorense), Almada era "más dios que hombre para nosotros los que vivíamos anhelando olfatear un poco de su estela". Por eso, recordamos con ternura su paternal intro en el tema Entre perico y perico, de grupo Exterminador. Sus cercanías con lo literario en Divinas palabras (1978). Su excelso papel como religioso en La viuda negra (1977). Su participación en Pistoleros famosos (1981), algo así como The Expendables, pero a nivel regional, hecha hace casi 40 años. Sus incursiones en el cine de terror con El extraño hijo del sheriff (1982). Sus veladas críticas al narcotráfico en Operación mariguana (1985) y El gavilán de la sierra (2002). Hasta su autohomenaje en El infierno, donde sentencia: "confiar es bueno, no confiar es mejor". Pero sobre todo, sus perlas de enseñanza, como en Cabalgando con la muerte (1989): "la justicia es la venganza de los ricos. La venganza, la justicia de los pobres".

Mario Almada ha muerto a los 94 años. Y es un buen pretexto para revisitarlo, reeditarlo y revalorarlo.

@balapodrida