El Alfil Negro: cuando la electrónica rompió el cerco y llegó al norte de la Ciudad de México

Un club donde no había elitismo, sólo el gusto por la electrónica en general, sin división de estilos.
Cortesía de Francisco Reyes.

El circuito clubber como nodo imprescindible de la escena electrónica de la Ciudad de México, ha cumplido su misión como escaparate y laboratorio, donde se han gestado las tendencias sonoras a seguir. En los ochentas, venues como el Tuti Frutti, el bar El Nueve y el LUCC, que si bien no eran sitios dedicados por completo a los beats, incluían en su programación live acts como: Casino Shanghai, Década 2, LLT y a los tijuanenses de Artefakto.

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Con la llegada de la década de los noventa, la música electrónica de baile comienza una etapa de expansión y en consecuencia surge un circuito de clubes especializado y orientado sobre todo al house, al techno y al trance, por donde pasaron los pioneros mexicanos de la escena, y en donde los llamados top DJs internacionales, consolidaron su fama ante un público hambriento de propuestas novedosas.

En Noisey hacemos un primer recuento de cinco clubes referentes de los años noventa: comenzamos con el Alfil Negro.

El Alfil Negro era un salón de fiestas localizado al norte del entonces Distrito Federal, entre las avenidas Montevideo y Cien Metros, cercano a la colonia Lindavista y a la zona industrial de Vallejo. Fue un sitio con capacidad para más de tres mil personas y que abrió sus puertas a los beats a mediados de la década de los noventa. Productoras como Plástico, Dinamics Production, Aquatonic, 2001 Project, Community By Subway Klub y Space Product, entre otras, organizaron en el Alfil, noches de música electrónica que aún perduran en la memoria de cientos de ravers.

“Yo llegué a hablar con el dueño del Alfil Negro. Llegué con una mentira, diciéndole que era una fiesta de escuela pero que se iban a vender boletos. El dueño vio cómo estuvo la fiesta, y le gustó tanto que me dijo: ‘Vamos a seguir haciéndolas, yo te apoyo’. En el 96 las fiestas ya eran un éxito en el Alfil, llegó un momento en el que ya no cabía la gente en la cúpula, después nos fuimos al salón grande, entonces tenía que montar dos escenarios” recuerda el DJ y productor Mauricio Zendejas de Space Product.

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Desde un principio la mayoría de clubes de música electrónica se han concentrado en sitios como el Centro Histórico de la Ciudad de México y en colonias como la Roma-Condesa. Un tiempo, la zona del Toreo de Cuatro Caminos dio cabida a por lo menos dos venues relevantes. El Alfil Negro y las productoras que hicieron suyo el lugar, rompieron esa hegemonía geográfica que predominaba entonces en la escena y que para algunos era considerada elitista.

Cuenta Mauricio: “Yo puse en un flyer la frase: ‘El norte, primero criticado y después imitado’. Yo salgo de El Nueve para hacer fiestas aquí en Aragón, para que la gente escuchara esa música, para que la gente se diera cuenta que existía otra música. Buscábamos lugares más grandes y llegamos al Alfil Negro. Fue una manera de seguir el movimiento, de seguir dándole cultura a la gente, haciendo eventos de techno. Picamos piedra, y obviamente, el resultado fue increíble, ya hasta gente del sur venía. Por eso puse esa frase en el flyer”.

Por su parte Community By Subway Klub hizo lo propio al llevar por primera vez a DJs y productores extranjeros al Alfil Negro, y por ende, a la zona norte de la Ciudad. Kelli Hand de Detroit y Robert Armani de Chicago, fueron dos de los artistas que incendiaron la pista de baile del Alfil con sus beats.

“Esa fue mi idea desde un principio, llevar la escena rave a una parte de la ciudad no contemplada, para gestionar y romper esa barrera elitista. Los festivales masivos que se lograron realizar con el apoyo de mucha gente de todas las partes de la ciudad, donde no había elitismo, solo el gusto por la electrónica en general, sin división de estilos. Ahí todos los gustos tenían aceptación, por eso se llegó a contar con una audiencia de hasta 5 mil gentes en cuatro escenarios, con la firme convicción de que la música electrónica fue mi guía para transmitir esa idea de unión mágica en cada evento, con un concepto diferente en cada producción”, afirma M Van Roy.

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Chrysler, figura icónica de la escena electrónica nacional y DJ que encabezó varios de los line ups que se presentaron en el Alfil Negro, opina al respecto: “El Alfil Negro fue un lugar en donde la cultura rave tuvo un escenario importante para la gente excluida de los lugares ‘trendy’ administrados por chacalillos privilegiados que pensaban que sus antros eran los únicos en la ciudad. Y sí, sí me refugié en lugares como el Alfil Negro ya que éste en particular tenía un espectacular domo donde se proyectaban imágenes y el sonido era mejor que en cualquier antro del circuito mencionado”.

Las fiestas en el Alfil buscaban ofrecer a los ravers la mayor calidad posible en cuanto a sonido, iluminación, en el diseño de los flyers, e incluso, como un plus, en algunos eventos de Space Product se incluyeron juegos de realidad virtual. “En ese entonces traíamos un sonido muy grande, rentábamos las mejores luces, decorábamos con lonas fosforescentes. Metimos por primera vez al Alfil Negro los juegos de realidad virtual, rentamos maquinas con televisiones y lentes, y la gente jugaba, todo era gratis, nada cobrábamos”, cuenta Mauricio.

Cientos de jóvenes cayeron rendidos a los pies de los raves organizados en el Alfil Negro. La experiencia audiovisual y el baile masivo los atrapó para siempre. Las sensaciones provocadas por los beats modificaron la forma de vivir la fiesta al norte de la ciudad. “¡La primera vez que entré fue una gran impresión! Al final yo nunca he sido un buen bailarín, pero yo veía como lo disfrutaba la gente. Hasta la piel se me ponía chinita, me transmitían esa vibra, esa energía. El ver 500 personas bailando, las luces laser, la esfera: ¡era impresionante! Porque uno no estaba acostumbrado a eso”, recuerda Jhon Salas, raver asiduo a las fiestas del Alfil Negro.

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Foto cortesía de M. Van Roy.

Por su parte Francisco Reyes, ex empleado del venue, relata cómo vivió aquellos raves: “Era un chavito de 13-14 años. Me acuerdo que a los primeros DJs que vi fue a Martín Parra, a Chrysler. Entrar a una cúpula y a un lugar donde hay tres escenarios o cuatro escenarios, la energía que se vive, los beats retumbantes, todo eso es algo que no es fácil de describir, es una emoción increíble, ¡es magia! Ver los colores, la diversidad. ¡Ahí todos eran bienvenidos! Había grandes personajes con las cabezas y el cabello pintados, llevaban gafas, boas de plumas, llegaba el olorcito a pomada del tigre enfrente del escenario (risas). ¡Increíble! En el 98-99 palabras como inclusión y diversidad no sonaban como ahora, pero existían en ese foro”.

Agrega Francisco: “El Alfil compitió con el Rímel, la Tirana y con otros foros. No fue el primero pero sí el más representativo de la zona norte. Sus dimensiones le ayudaban mucho: en el salón cuadrado le cabían mil doscientas personas, en la cúpula otras 600, en el bar otras 400. En el Alfil se vivían dos ambientes: los viernes las tardeadas, a las 8-9 de la noche iban saliendo todos, se montaba el bar para el evento tropical. Limpiabas todo y el sábado llegaban los productores de electrónica como Fernando Aquatonic, Planet y el abogado, y comenzaban a montar todo ese circo que se hacía”.

Para 2005 el Alfil Negro cambió de giro convirtiéndose en casino, y con ello quedó atrás una era de noches intensas dedicadas a la música electrónica. Sin embargo, el venue sigue presente en la memoria colectiva de una generación, que después de pisar la pista de baile, nunca más volvió a ser la misma, gracias a promotores visionarios que apostaron por una escena más equitativa y abierta para todos.

Alejandro Arámburo está en Twitter @AlexAramburo.