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Dos balas siguen en su cabeza: esta locutora indígena lucha por su vida, pese al abandono del gobierno mexicano

Marcela de Jesús ya lleva más de un mes luchando por sobrevivir, tras el intento de asesinato del que fue víctima. El mecanismo del gobierno federal que se encarga de proteger a activistas y periodistas no la ha acogido.
Imagen vía Adolfo Vladimir/Cuartoscuro.com
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Quienes la conocieron, dicen que Marcela de Jesús Natalia apenas abría la boca cuando transmitía su programa en la radio. Aunque en cada emisión hablaba con fluidez el español -su idioma original es el amuzgo-, sus labios siempre estaban muy cerca, como quien habla de manera discreta. La verdad es que Marcela no necesitaba gesticular demasiado para lanzar sus exigencias como bazukazos.

A pesar de sus cincuenta y seis años era una agricultora recia. De cuerpo macizo y caderas anchas. Tenía los ojos negros y el cabello sin un asomo de canas.

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Un tiro al corazón y otro en la boca tienen agonizando a una locutora indígena mexicana. Leer más aquí.

Sus labios gruesos y perfectamente delineados en forma de corazón, eran lo más notable en su rostro. También lo eran cuando protestaba en la calle, en las plazas públicas o en su programa de radio de 5 a 9 de la mañana.

Imagen vía VICE News

Como representante de la etnia amuzga, una comunidad indígena de Ometepec, Guerrero, un pueblito al sur de México, Marcela se enfurecía ante los abusos que se vivían. Pero no alzaba la voz y ahí radicaba la elegancia de su denuncia.

Daba una pelea solidaria, como el que espera justicia aunque sabe que tardará en llegar. Marcela concentraba sobre todo sus esfuerzos en empoderar a los jóvenes indígenas, todos los días, cada mañana.

—Cuando Marce aprendió a usar el internet fue impresionante, todo el tiempo la quería pasar leyendo, informándose, para contarle a la gente lo que había aprendido— dice Mario Martínez, esposo de Marcela en entrevista a VICE News.

La última vez que la vio completamente consciente fue el 3 de junio a las cuatro y media de la mañana, cuando salía de casa para ir a su programa matutino. Era el cumpleaños de Marcela y ella llevaba un vestido color verde periquillo, muy elegante, muy bordado.

Saliendo de su programa toda la familia, sus hermanos, hijos y Mario le organizarían un desayuno al que nunca llegó. Casi cinco horas después Marcela de Jesús fue baleada afuera de la estación de radio donde trabajaba.

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La activista Miriam Rodríguez, buscadora de desaparecidos en México, es asesinada. Leer más aquí.

Desde un carro en movimiento Irvin, un joven guerrerense, le lanzó tres tiros. Uno a la cabeza, otro a la boca, otro al brazo.

La bala que entró a su cara por la comisura de los labios se quedó incrustada en el rama de la mandíbula, entre la oreja y la yugular del cuello. Destrozó la piel, su dentadura y el hueso. A su paso el proyectil la fue silenciando.

Imagen vía VICE News

Hoy Marcela se encuentra internada en un hospital del Estado de México, y su estado de salud aún es grave. La puerta de su habitación está custodiada por un par de escoltas que gestionó el gobierno de Guerrero.

Porque algo le queda claro a las autoridades: a Marcela la querían callar por su activismo político o por ser periodista, dice la Fiscalía de Guerrero. Aunque falta dar con su asesino intelectual.

Luego del atentado Marcela fue trasladada de su pueblo a Acapulco y una vez que los médicos incrementaron sus posibilidades de sobrevivir fue trasladada al centro del país para intentar extraer las balas que han quedado adentro de su cabeza.

—Yo no sé quién la quería matar y sinceramente eso ahora es la última de mis angustias, yo ahora quiero que Marcela se recupere, que sane y esté segura, porque ¿sabe? Marcela despertó y me dijo 'yo puedo y tu puedes' —dice su esposo haciendo una mueca entre la tristeza y el orgullo. Su prioridad es que los médicos aceleren la operación para sacar las proyectiles de su cuerpo.

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Imagen vía VICE News

Sentado en la cafetería de urgencias desmenuza cómo han sido estos días. Subir al cuarto de Marcela, dormir a la intemperie y estar con un nervio siempre alerta por si hay que atender a su esposa, tomarla de la mano cuando comienzan los tremendos dolores en esa boca que hay que reconstruir. Porque Marcela ya despertó y está consiente de lo que le pasó.

—Pero es una guerrera, ¿sabe qué dijo cuando abrió los ojos? —dice una empleada del hospital ­—que ella iba a luchar—.

Mario, el esposo de Marcela, dice que desde que llegaron a el Estado de México no ha tenido acercamiento con nadie, ni siquiera con el Mecanismo para Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, que no ha prestado atención a este caso; quizá porque Marcela no es una mujer mediática, quizá porque es indígena, quizá porque es pobre.

Esta instancia gubernamental tuvo un primer acercamiento con su marido -quien habla el español de manera pausada-, sin embargo, no le dio seguimiento al caso, según su testimonio. Este medio trató de conseguir una postura del Mecanismo, pero fue imposible encontrar a un responsable que diera una explicación.

Esto a pesar de que unos días antes del atentado de Marcela, el presidente de México, Enrique Peña Nieto, había prometido protegerlo a los periodistas a los activistas y a sus familias.

El articulo 64 del reglamento del Mecanismo estipula que dentro de las medidas preventivas para garantizar el bienestar de los activistas, se debe proporcionar resguardo seguro, autos blindados, telefonía celular, entre otras. La situación para Mario, Eréndida la hermana de Marcela y la activista atacada dista mucho de este escenario.

Afuera del hospital en unas bancas metálicas en el exterior del área de urgencias duerme su esposo Mario y Eréndida.

—Hace frío, mucho frío, siempre lo padezco —dice su hermana envuelta en una cobija de cuadros, tratando de encontrar una postura para poder conciliar el sueño sentada, porque las sillas del área de urgencias están divididas por un palo metálico para impedir que los familiares ocupen dos espacios y se recuesten. La banca metálica no le permite tener un momento de calor; eso y los escalofríos que le causan los sobresaltos cada que un médico les da noticias de Marcela la mantienen petrificada.

Mario, su esposo se despide: Marcela sabía que venía a platicar con ustedes y pudo hablar, de verdad que pudo y les manda todo su solidaridad a ustedes sus compañeros periodistas. Dice que hay que resistir.

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