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Perfil

Fuimos a la casa de citas de la señora Rius, la madame más famosa de Barcelona

La Señora Rius regenta una de las casas de citas más míticas de Barcelona. A lo largo de su vida ha conocido a personajes tan importantes como Dalí, Orson Welles o Camilo José Cela. Fuimos a su casa a conocerla.

por Anna Pacheco
19 Enero 2017, 8:05am

La Sra Rius en su casa de citas. Fotos de la autora

La Sra Rius me abre las puertas de su casa en calle Villarroel, en Barcelona. Está repleta de cuadros, espejos, tapicerías recargadas y estampados floreados. Intento calcular cuánta gente ha debido pasar por ahí. "Muchísima. No llevo la cuenta", me dice ella. Atravieso el pequeño pasillo hasta llegar a una sala (luego averiguo que es la sala central donde se "conocen" las parejas). El olor a caldo casero y los muebles antiguos me hacen pensar que podría estar en casa de la yaya. Me invita a otra sala, al fondo. Es pequeña y está repleta de libros, retales de prensa, fotos antiguas y un montaje de ella con Gregory Peck.

Estoy en la casa de citas y sexo más emblemática de Barcelona, un lugar de paso regentado por una madame que prefiere llamarse a sí misma "mujer de moral distraída". Cada vez que lo dice, sonríe como con disimulo. Viste elegante y habla sin parar. Su nombre es Lydia Artigas, tiene 77 años y lleva toda la vida "haciendo señores" —así es como ella define el intercambio de sexo por dinero—, oficio al que lleva dedicándose toda la vida y que la ha convertido en una especie de leyenda en Barcelona.

Todo el mundo ha oído hablar alguna vez de ella.

Lydia se crió en un piso de calle Palau con su tía y su abuela. Sus padres no estaban casados, una transgresión para la época, y hasta pasado un tiempo no se hicieron mucho cargo de ella. "Mi abuela fue el centro de mi vida y siempre me decía que yo tenía que ser diferente y que no pasaba nada por hacer la comunión sola porque no vendrían mis padres", rememora sentada en un sillón. A los doce años, su padre dejó de pagarle el colegio, así que tuvo que empezar a buscarse la vida. Localizó a su madre en un piso de alquiler en el Paralelo y se fue con ella. Para entonces, su madre ya "hacía señores". Vivía de forma precaria, en pisos de mala muerte con otras mujeres en su situación. Ese fue su primer contacto con el mundo de la prostitución.

Detalle de la casa de la señora Rius

Empezó trabajando en una fábrica de cartón, luego de dependienta hasta que en una fábrica de esencias conoció al que sería su "primer señor". Ella tenía poco más de 20 años y él era mucho mayor. "Era un señor delicioso, encantador, con él no me sentía incómoda y pude solucionar una papeleta difícil en mi casa. Gracias a eso pudimos estabilizarnos en un piso mi madre y yo". Hasta entonces andaban de un lado a otro, de pensión en pensión, a veces se iban sin pagar, otras veces tenían que dejar algún bien preciado por el camino. En uno de esos pisos recuerda que se despidió de su vestido de comunión. Hacer señores, de alguna forma, les devolvía un poco de dignidad a sus vidas.

"A mi madre no le gustaba hacerlo, lo hacia como obligación para sacar dinero, así que opté por hacerlo yo y que mi madre se quedase en casa", me explica. A los 22 años, entró en contacto con la casa de calle San Mario, una casa de citas en la zona alta de la ciudad por la pasaban "todos los personajes importantes". Desde Dalí, Orson Welles a Camilo José Cela o el mismísimo Rey de Arabia Saudita. Aún se acuerda de todo aquello.

Las excentricidades de Dalí, que llegó a la casa acompañado de unas suecas altísimas y montó toda una performance que consistía en cortar el cuello a un pato y luego penetrar al animal por el ano. El raro fetiche de Camilo José Cela, que "fue de lo más sencillo, porque no había que hacer nada más que observarle mientras rompía platos contra el suelo". O Orson Welles, a quien conoció ya de viejo, pero que recuerda con una voz delicada. Hablaron de cine porque él chapurreaba español.

"Hubo una vez un señor que nos citaba en una torre y tenías que vestirte de novia y bajar unas escalinatas. Te pagaba más si te metías en un ataúd mientras él se hacía una paja. Eso nunca pude hacerlo. Tampoco me obligaron. Luego me enteré de que a este señor se le había muerto su mujer en el altar, de alguna forma me pareció bonito", añade. Podría pasarme cinco horas escuchando sus batallitas.

En la casa de San Mario conoce a muchas chicas de su edad, todas jovencísimas, muchas traumatizadas. "Recuerdo que las que venían de Extremadura o Andalucía lo pasaban fatal. Estaban en una ciudad que no era suya, con un idioma distinto. Muchas de ellas venían de haber sido criadas y algunas habían sufrido abusos". No era raro que el señor de la casa se las trajinara sin ser prostitutas. Lydia intentaba animarlas y les decía que aquello que estaban haciendo no era pecado. Y lo sigue diciendo hoy convencida —palabra de católica—, porque Lydia nunca ha dejado de creer en en Dios.

Yo siempre digo que mis señoritas caminan, no gatean. Solo trabajo con mujeres de 30 años o más

Escuchando esas anécdotas le pregunto cómo son los señores en la intimidad, me pregunto si nunca la habrán hecho daño o le han obligado a hacer cosas que ella no quería. Y siempre me responde que no, que ella ha tenido suerte y que jamás le ha pasado nada. "Los hombres siempre han sido muy paternalistas, pero no solo en esto, en general. Cuando empecé sí que me decían aquello de qué hace una chica como tú en un sitio como este, pero nada más", me explica. Más allá de eso, todo lo que recuerda es bueno. Si tienes la suerte de poder trabajar libre, dice, los límites y las reglas las marcas tú.

*Suena el teléfono. La señora Rius lo coge:

Hola, Mario. Sí, sí. ¿Tú ya has venido más veces, no? (...) Ya sabes que todas mis señoritas son guapas, pero son citas a ciegas, no puedes elegir. (...) Dime cómo te gustan y yo te busco una. ¿Delgada, con curvas?

"El hecho de estar con muchos hombres te da sabidurías y conocimientos variados. Yo me siento cómoda hablando de casi cualquier cosa", me explica. Aunque solo estudió hasta los doce años, se nota que Lydia es inquieta. Le gusta el cine clásico (por eso lo de Gregory Peck) y leer.

Casa de la señora Rius

"Mucha gente cree que es solo una transacción mercantil, pero a veces es mucho más. Algunos hombres se sienten sencillamente solos y te cuentan sus problemas, con su mujer o con sus hijos".

Me cuenta que hay un hombre que le está infinitamente agradecido por tantos años de citas en su casa. Dice que gracias a eso ha conseguido mantener su matrimonio y ver crecer a sus hijos. O ese otro hombre que simplemente paga a señoritas para que lo acompañen al cine y, después, cada uno para su casa. Se ve que ir solo al cine le pone muy triste. O el que después de enviudar acudió a su casa y, como echaba de menos la comida de su mujer, Lydia le preparó un guiso. No es la primera vez que algún hombre sale de ahí con un tupper. "Esto es lo que hace especial la casa de la señora Rius. No es solo sexo. Se sienten como en casa", me explica.

Siempre digo que lo más importante es que sean guapas por dentro y por fuera

Actualmente, ella es la madame de su casa: no "hace señores" desde hace varios años. Tampoco tendría tiempo. Se dedica a organizar las citas de las cerca de 25 mujeres que trabajan con ella. Y son mujeres, no jóvenes. "Yo siempre digo que mis señoritas caminan, no gatean. Solo trabajo con mujeres de 30 años o más". La más veterana tiene 57 años y se refiere a ella cariñosamente como "la señora de alta cuna, de baja cama". Al parecer tienen una clase infinita. La más joven tiene 31. "Es una forma de dar oportunidad a las mujeres más maduras, las jóvenes tienen más oportunidades. Siempre digo que lo más importante es que sean guapas por dentro y por fuera, y que sepan distraer a un hombre".

En la casa de la señora Rius, los hombres no eligen a la mujer que quieren: ella se encarga de pensar un perfil que encaje en función de los gustos del hombre. Me asegura que solo por una conversación telefónica ya sabe si un hombre es bueno o malo. Si durante el acto alguna chica se siente incómoda puede llamar a Lydia por el telefonillo y esta acude a su rescate. En casa de la señora Rius todas las mujeres tienen que pasar controles de sanidad mensualmente.

"Todo el mundo que conozco hace esto es por dinero, por necesidad. Hacer señores no es fácil, pero es un dinero rápido", comenta. Me cuenta que cuando los políticos plantean el debate del abolicionismo, deberían hacérselo mirar. Para ella, el oficio nunca se desaparecerá, "pero si los trabajos de las mujeres no fueran tan precarios seguro que muchas mujeres dejarían de hacer esto". "Las mujeres que están aquí es porque no encuentran ninguna trabajo mejor", me dice con seguridad. Se toman esto como algo pasajero, temporal. Unos meses para recaudar algo de dinero, o pagar alguna deuda, o solucionar algún problema familiar. Pero siempre intentan conseguir otra cosa. Me habla del caso de una mujer soltera que necesita el dinero para ayudar a sus padres dependientes y cuidar de su hijo de 8 años. "Está desesperada", me dice. "Es esto o trabajar 8 horas, o más, de camarera en un bar por 600 euros. No puede, necesita pasar más tiempo en casa".

Con la crisis, también se ha acrecentado la demanda. Cada vez hay más chicas jóvenes, de veintitantos, que acuden a su casa a pedirle trabajo. "A veces solo quieren un dinero muy concreto para comprarse algo, un capricho o la ropa de la temporada de invierno", me dice. Nunca las acepta. Y no solo porque son extremadamente jóvenes, también por principios.

La señora Rius podría pasarse horas y horas hablando. Llevo toda la tarde en su casa y tampoco parece importarle. Son pasadas las ocho y a esas horas ya no acepta visitas. "Es por respeto a los vecinos", espeta. En más de veinte años ninguno ha tenido ningún problema con ella, y eso que tiene alquilados tres pisos en la misma escalera. Todo el mundo lo sabe, pero todo es sutil. Pasamos por la cocina antes de llegar a la puerta y me enseña una olla generosa repleta de caldo que ha estado preparando mientras hacíamos la entrevista. Se despide dándome unos consejos de cocina y casi invitándome a cenar. "¡Vuelve cuando quieras!", oigo desde el ascensor.

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