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El Salón de la Fama del Beisbol vota por los esteroides pero no por Sammy Sosa

Barry Bonds y Roger Clemens lucen bien parados para recibir el perdón de los votantes al Salón de la Fama en los próximos años. Para Sammy Sosa es todo lo contrario.
19.1.17
RVR Photos-USA TODAY Sports

Podría ser una cuestión de traición.

En la elección al Salón de la Fama de 2017, el electorado de la Baseball Writers Association of America (BBWAA) progresó, pero no así Sammy Sosa. Jeff Bagwell e Iván Rodríguez, quienes fueron vinculados, por medio de insinuaciones, con el consumo de sustancias para mejorar el rendimiento deportivo, fueron elegidos; Barry Bonds y Roger Clemens, cuyo consumo de esteroides es concretamente conocido y, por lo tanto, se habían convertido casi en la pareja de intocables del beisbol, vieron sus porcentajes en la votación ir del 44.3 y 45.2 por ciento, respectivamente, al 53.9 y 54.1. La consagración aún está muy lejos para ambos, pero claramente los puritanos malhumorados del pasado reciente que sabían con certeza que las sustancias prohibidas eran algo malo, incluso si no podían explicar con exactitud cómo ayudaban a los peloteros, han experimentado un nuevo aire de libertad, perdón, y descaro estadounidense.

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La excepción es que otro jugador emblemático de la era de los músculos inflados y números de cuadrangulares exagerados, Sammy Sosa, se quedó, más o menos, donde había estado.

Un año atrás, en su cuarta aparición en la casilla de votación, Sosa recibió 31 votos, es decir sólo el siete por ciento del total de los 440. Había obtenido casi el mismo porcentaje del 2014 y 2015. Este año subió sus votos a 38 o 8.6 por ciento. A pesar de sus 609 cuadrangulares a lo largo de su carrera —tres temporadas en las que aplastó el récord de Roger Maris con 61—, y su premio como Jugador Más Valioso, es muy seguro que Cooperstown no le haga los honores a "Slammin' Sammy" este año. La pregunta es por qué Bonds y Clemens lucen bien colocados para recibir el perdón de los votantes en los próximos años, pero Sosa no —una de las estrellas más grandes de los 90 y principios de los 2000, y quien a diferencia de Bonds y Clemens nunca estuvo vinculado con sustancias prohibidas con certeza legal (se dice que falló la imperfecta prueba antidopaje del 2003)—.

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La razón, como suele pasar, es un tanto racional y un tanto emocional, y viene acompañada de una saludable y útil dosis de mentirosa aversión.

El cambio en la actitud del electorado frente a candidatos comprometedores fue telegrafiada en diciembre, cuando el Comité del Salón de la Fama nombró a Bud Selig como el comisionado. La elección fue el regalo perfecto para el retiro; otros comisionados también han sido nombrados miembros del Salón de la Fama sin importar sus méritos. A pesar de la inminencia de la consagración de Selig, hubo críticas de algunos votantes, como la ex presidente de la BBWAA, Susan Slusser, quien publicó en Twitter, "No tiene sentido dejar fuera a los chicos con historial de esteroides cuando los facilitadores están en el Salón de la Fama. De ahora en adelante haré como nada pasa y votaré por jugadores que yo creo hicieron trampa".

Selig ayudó a la Major League Baseball ha fortalecer sus políticas antidopaje, pero sólo se vio obligado a hacerlo hasta que el Congreso le piso los talones. Antes de eso, a Selig se le notaba contento con todos los cuadrangulares que ayudaron a olvidar los recuerdos de la Serie Mundial que canceló. Confrontado por la evidencia de que varios jugadores se dopaban, para cualquier efecto, la defensa de Selig fue que no sabía nada, lo cual fue una mentira valiente o una confesión despreocupada de incompetencia. Como sea, Selig se hizo el desentendido. Los votantes ahora podían escoger a los mejores jugadores de la era Selig.

Con Selig en el Salón de la Fama, ¿quién dejará fuera a los demás jugadores? Foto por Mark J. Rebilas-USA TODAY Sports

Esta evolución psicológica amplificó el cambio en el electorado. Dos años atrás, la BBWAA y la junta de directores del Salón de la Fama acordaron reducir el número de votantes elegibles al limitar un privilegio del que se había gozado toda la vida; los miembros expulsados con más de 10 años cubriendo el beisbol perdieron su privilegio. La limpia fue de más de 100 votantes.

El resultado fue un número menor de votantes, más joven, y aparentemente menos inclinado a jugar a los detectives forenses. Para ser justos, muchos periodistas han realizado investigaciones serias sobre las sustancias prohibidas y su impacto en el beisbol, pero ni siquiera ellos han sido capaces de dibujar una línea infalible que involucre las inyecciones con los cuadrangulares, por la simple razón que conectar una pelota con un bate no es lo mismo que correr sobre una pista o pedalear una bicicleta. Se pueden hacer comentarios meramente éticos sobre las drogas y las trampas, pero ya que la primera no era ilegal sobre el diamante en aquel entonces, la segunda sigue siendo un débil argumento. Sin embargo, esto no ayudó a Sosa, quien fue quizá el bateador más grande de todos los tiempos o, mínimo, el más famoso por los programas de televisión que le prestaron atención durante una década.

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A diferencia de Bonds y Clemens, Sosa no es lo que Bill James describió como un miembro del círculo interno del Salón de la Fama, uno de los mejores. El trato especial que claramente han recibido estos dos —con carreras tan brillantes que nada puede mancharlas— no aplica para Sosa.

Como tal, si analizamos la carrera de Sosa por medio de estadísticas encontraremos que el tipo de defensa que podría hacerse a favor de Raines o Bagwell no aplica para Sosa sin dejar de lado que jugadores de mayor o igual valor —desde Dwight Evans hasta Kenny Lofton y Larry Walker— también se merecen ingresar. Sosa se encuentra un peldaño abajo, y aún falta por explorar la propuesta que aquellos jugadores de su categoría deberían estar en el Salón también. Como escribió Bill James, el Salón de la Fama es una institución que se define a sí misma, lo que significa que la "Fama" no tiene valor intrínseco.

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Los 600 cuadrangulares son la prueba más legítima de Sosa, pero tampoco poseen un valor intrínseco. Una cantidad es solamente lo que literalmente es, y todo lo demás que pueda decirse de la misma representa una inversión arbitraria de significado. Una vez que se acepta que no hay algo divino en alcanzar cierto número de hits o home runs, el caso de Sosa se reduce a cinco temporadas extraordinarias de 18 años completos o parciales en las ligar mayores. Y vaya que fueron especiales. Que sean consideradas suficiente como para sumarlo al Salón de la Fama es otro tema. Pero uno de esos años —el más memorable de todos, y también el más complicado en retrospectiva— podría estar afectando el caso de Sosa.

No existen más pruebas para apoyar la teoría, así no se crean todo. La temporada 1998, cuando Sosa y Mark McGwire le pisaban los talones al récord de Maris y al de ellos mismos, fue percibida como un seceso histórico. El esfuerzo de Selig por dividir a la Asociación de Jugadores, el cual afectó las temporadas del 94 y 95, impregnó al beisbol de un ambiente tenso. La competencia amistosa y afectiva que Sosa y McGwire mantuvieron ese mismo año ayudó mucho a disipar el cinismo que se había sedimentado sobre el diamante. La desilusión resultante, al parecer, no será fácilmente olvidada; ya ha dejado a McGwire fuera del Salón de la Fama, quizá para siempre.

Pero después ocurre que McGwire, Bonds, y Clemens han sido obligados a confrontar sus transgresiones. Sosa nunca le ha sucedido. Las sospechas no desaparecerán; todo lo que se necesita es una serie de fotografías de Sosa a lo largo de su carrera para ver los posibles efectos de su supuesto consumo. Se ha dicho en ocasiones que los estadounidenses pueden perdonar todo, pero primero necesitan ver el arrepentimiento. Sosa no ha mostrado esto último, y por lo tanto no es elegible para recibirlo.

La increíble ironía de todo esto es que se habla más de los jugadores en la cúspide del Salón de la Fama que aquellos que ya forman parte de él. Una vez adentro, los jugadores son inmortalizados con un rostro de bronce sobre la pared. Los fans dan vuelta a la página y se olvidan. Este no es el caso de Sosa. Si continúa siendo objeto del estigma de sustancias prohibidas, su nombre seguirá presente en nuestras mentes, ya sea con deseo o desdeño. Seguirá vivo siempre y cuando haya alguien que no esté de acuerdo con su legado.