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Cultură

Entrevistamos a un exsicario español

"La deuda se paga. Siempre. De una forma o de otra"
7.10.15

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Llega sobre las once de la mañana. Certificado, con sello madrileño y sin remitente. Extraigo una cuartilla cuadriculada, doblada sobre sí misma, con un mensaje directo y conciso, rotulado en rojo. Después de varias semanas de llamadas y búsquedas en la red sin resultados, por fin tengo el nombre y el número de teléfono del contacto. Se supone que ya está sobre aviso, así que decido llamar inmediatamente. Mientras suenan los primeros tonos, repaso mentalmente los pocos datos que conozco sobre la persona que debería descolgar en unos segundos: se llama Marcos, ronda los cuarenta y es un español con nacionalidad colombiana. También sé que ha matado por dinero.

No hay suerte. A los pocos segundos, salta el contestador. Decido colgar para volver a intentarlo, pero no me da tiempo. Un pitido agudo me avisa de la llegada de un mensaje de texto: 'Viernes 10, frente al estadio de fútbol, 23h. Espera contacto'.

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El tren que he cogido por la mañana llega puntual, así que cuento con bastante tiempo para familiarizarme con los alrededores del lugar de encuentro. Es de noche y no hay prácticamente nadie por allí. Diez minutos sobre la hora prevista, un Renault rojizo con las lunas oscurecidas se detiene a pocos metros de mí, quedando a la espera y con el motor en marcha. Compruebo que hay un pequeño espacio abierto en la ventanilla del conductor, por lo que decido acercarme a él con la intención de saludar. En ese momento, una mano que sujeta un cigarrillo a medio quemar surge de imprevisto por el hueco y comienza a señalar enérgicamente hacia la puerta trasera. Entiendo que quiere que suba directamente. "Buenas noches, Marcos. ¿Cómo est…" Una voz desconocida me interrumpe al momento. "Lo siento, no soy Marcos". Siento cómo se me acelera el pulso. No se me ocurre peor manera de comenzar el reportaje: Nadie me ha visto subir a un coche cualquiera que ya enfila hacia un destino indeterminado. Y no tengo ni idea de quién está al volante.

Nadie nace sicario, pero en algunas zonas de Colombia se llega a manejar un arma antes de aprender a sumar.

Afortunadamente, el conductor se da perfecta cuenta de que estoy a un paso del desmayo. "No te preocupes. Me llamo Andrés, soy amigo de Marcos. Él ha preferido no venir. Ya sabes, por seguridad. Voy a llevarte a solo diez minutos de aquí. Llegamos enseguida". Sintoniza la radio y no vuelve a abrir la boca. Pasa una eternidad hasta que el coche se detiene. Estamos en descampado a las afueras de la ciudad, cercano a un polígono industrial precariamente iluminado y, por lo que se puede comprobar, utilizado básicamente como vertedero de la vecindad. Trato de convencer a lo que sea que lucha por arruinarme las tripas de que, a primera vista, no hay ningún peligro aparente. "No te vayas lejos, te recogerá otro coche en un rato". Por suerte, el coche no tarda demasiado. Dentro me espera sentado otro desconocido, algo que ya, visto lo visto, casi ni me sorprende. Éste es alto, de frente despejada. No demasiado ancho, pero con manos de estibador y una notoria cicatriz bajo la oreja. "¿Qué hubo, parce? ¿Cómo le fue? Disculpe la chimbada del carro. Yo soy Marcos". Vale, me doy cuenta de que solo he entendido que se llama Marcos. Empezamos bien.

Media hora más tarde, un poco más calmado, me encuentro tomando un tintico con mi anfitrión en un austero piso del centro de la ciudad. 38 años, "nacido en España y criado entre balaceras" en el barrio de El Salado, en la Comuna de San Javier, una de las zonas más peligrosas de la ciudad de Medellín. De padre gallego y madre colombiana, con tres hijos a su cargo "y alguno más perdido por el mundo". Tiene los ojos claros, inexpresivos, arqueados por unas cejas pobladas en un extraño fruncimiento que le endurece el gesto. Viste un suéter de algodón gastado que cubre parcialmente con un chaquetón oscuro. Pantalón negro, zapatos marrones y un pequeño tatuaje en el antebrazo con un símbolo que no llego a identificar. Pero más allá de su aspecto, curiosamente en línea con lo que marcaría el prototipo, lo que llama la atención es que alguien como él, obligado a pasar desapercibido, se muestre tan dispuesto a conceder una entrevista. Su respuesta, en una sola palabra: "Redención".

No dudan en echar mano de las herramientas más eficaces para lograrlo: extorsiones, secuestros, palizas, amenazas y asesinatos selectivos conforman las principales hojas de un talonario que se reparte, principalmente, en el entorno del narcotráfico.

De seguido, me revela que los conductores a los que he conocido previamente vienen a ser una especie de 'colaboradores'. "Son dos manes de mi parche que nada tienen que ver con el business. Yo estoy ya fuera de todo eso, pero nunca sabes. No me gusta correr riesgos". No habla de fechas concretas, pero deja ver que no hace demasiado tiempo que ha dejado de trabajar para la 'oficina de cobro', nombre por el que se conoce a las organizaciones de sicarios dedicadas al reintegro de deudas procedentes de todo el espectro de actividades delictivas. Y sus miembros, expertos en la materia, no dudan en echar mano de las herramientas más eficaces para lograrlo: extorsiones, secuestros, palizas, amenazas y asesinatos selectivos conforman las principales hojas de un talonario que se reparte, principalmente, en el entorno del narcotráfico. "Es lo que acá llaman ajustes de cuentas. La deuda se paga. Siempre. De una forma o de otra". No es un farol. Así funciona el sistema. En este negocio no existen las fronteras ni los perdones. Tampoco las vías de escape. Una vez se ha efectuado un encargo, el precio acordado por él ha de pagarse, independientemente de si llega o no a su destino. "Eso deja la puerta abierta a la cagada. Y no puedes escapar, se te cobrará allá donde vayas. A ti o a tu familia". Lo dice con absoluta serenidad, casi saboreando las dos últimas palabras. El café se me atraganta un poco.

El proceso empieza con un aviso. Puede ser un escrito, una llamada, un mensaje a través del móvil o un correo electrónico. Si no funciona, se pasa al acoso del círculo más próximo: hijos, padres, hermanos, parejas… Todo vale. "Normalmente, aquí termina. La familia reúne la plata que se debe y se termina el problema. Pero no ocurre siempre, claro". Es entonces cuando entra en juego el 'amarre' o secuestro de la víctima. Manejan dos alternativas: Deudor o familiar. Una vez decidido, ponen en marcha la maquinaria. Planifican al detalle, estudian costumbres y horarios, realizan seguimientos y someten a la víctima y a su entorno a una vigilancia constante. Que se lleve a cabo el plan es ya solo una cuestión de tiempo.

Los trabajos se hacen a gusto del consumidor, como brutales piezas de artesanía.

Marcos se levanta y se aproxima a un armario empotrado que ocupa gran parte de la pared principal del salón. Del interior saca una enorme carpeta verde, repleta de folios, documentos, recortes de periódico y lo que parecen fotografías en blanco y negro. Escoge una y oculta el resto del material con rapidez, arrastrando la carpeta hasta el rincón más alejado de la mesa de madera. Me señala la fotografía. Una cama claramente utilizada, una mesilla de noche con un soporte de mármol y una botella de insecticida como único elemento decorativo. "Aquí puede ver un ejemplo de apartamento para amarres. No, no es en Colombia. El man vivió ahí dos semanas. Pero se resolvió". No delata la ubicación exacta, pero un gesto de complicidad en sus ojos me hace creer que podría tratarse de un lugar relativamente cercano, quizá en esta misma ciudad. Marcos me explica el porqué de las fotografías: A veces se informa al cliente con ellas para que sepa las condiciones que le esperan a la persona secuestrada.

Los trabajos se hacen a gusto del consumidor, como brutales piezas de artesanía. Se siguen las directrices, según lo permitan las condiciones y la naturaleza del objetivo, pero el pagador puede escoger las circunstancias, el trato y las consecuencias para la víctima. Existe un amplio y sobrecogedor abanico de posibilidades que van desde el simple 'susto' hasta el cadáver abandonado en la cuneta, pasando por la persona que desaparece para siempre. Todo depende de la tarifa, del precio acordado. En las ocasiones donde la venganza es el principal motivo, el desenlace puede consistir en grotescas escenografías cuidadosamente diseñadas por los ejecutores, estudiadas para que el recado llegue a través de modificaciones corporales simbólicas o mutilaciones con mensaje incorporado. Marcos las ha visto todas.

Mató con un revólver a un padre de familia. Le pagaron 100.000 pesos colombianos, el equivalente a unos 30 euros.

Nadie nace sicario, pero en algunas zonas de Colombia se llega a manejar un arma antes de aprender a sumar. "Así funciona, parce. Vives la violencia desde pelado, lo ves en las calles, aprendes en los combos". Se refiere a las bandas callejeras colombianas que, jerarquizadas e integradas por delincuentes juveniles, sirven de apoyo logístico y armado a las organizaciones de sicarios. "Me reclutaron antes de cumplir los trece. Fue a través del hijo de una amiga de mi mamá. Un año más tarde ya había dado fierro al primero". Mató con un revólver a un padre de familia. Le pagaron 100.000 pesos colombianos, el equivalente a unos 30 euros.

La vida en el Medellín de aquellos años es insultantemente barata. Con el tiempo, los costes para un "trabajo profesional, de los que no dejan pistas" se multiplicaron. Pero la crisis también parece haber golpeado al negocio del sicariato. "Ahora se hacen encargos por muchísima menos plata. Lo dejaron a huevo. Sé que se han cerrado tratos por menos de lo que cuesta un pasaje de avión a mi país". El precio también depende de la nacionalidad de la víctima. "La vida de un europeo es más cara. Aquí es más difícil hacer un trabajo limpio". Lleva un buen rato hablando de actividades criminales, pero me resulta curioso no haber escuchado aún términos como 'matar' o 'asesinato'. Habla de encargos, de trabajos, incluso de empleos. Las víctimas son 'muñecos'. Eufemismos que hacen aún más crudas sus revelaciones.

Nadie está a salvo de la mirilla, todos podríamos tener un valor asignado en el mercado del sicariato.

Crece entre drogas, armas y burdeles. Cumplidos los 20, comienza a trabajar activamente para las majors del sector. Pronto vendrán las primeras misiones en el extranjero, con los llamados 'Tyson' ejecutando trabajos fuera de sus fronteras. Pistoleros a sueldo, financiados por patrones colombianos y con billete de ida y vuelta. "Hice varios viajes, al menos cuatro de ellos a Europa. ¿A España? Puede ser. No sé, no me acuerdo". Está claro que prefiero no decirlo. No siempre se trata de arrebatar una vida y jamás se hace de forma aleatoria. La mayor parte de los trabajos surgen a raíz de impagos, por lo que se basan en extorsiones y amenazas para lograr que se salde la deuda. "Un sicario no mata por placer. Es profesional, mata por dinero". No aporta cifras, pero asegura que entre sus víctimas no ha habido niños. "Y muy pocas mujeres, no más de tres". Con 'niños' se refiere a niños muy pequeños, claro. Porque menores sí han caído. "Especialmente, durante mi tiempo en el combo". Dice no acordarse de ningún nombre, ni siquiera de una cara. "En ese momento ya no son vistas como personas, parce. Son objetivos. No hay preguntas, no hay dudas. Son ellos o uno mismo". Drogadictos, traficantes, ladrones de poca monta. Pero también empresarios, policías, periodistas, profesores universitarios y algún político de ámbito regional. Nadie está a salvo de la mirilla, todos podríamos tener un valor asignado en el mercado del sicariato.

Pasan las horas y Marcos empieza a dar síntomas de cansancio. Me ha hablado de su familia, de su infancia perdida en el combo, de los amigos que ha ido dejando por el camino, de sus experiencias con las drogas, de su paso por más de una cárcel… En definitiva, de su vida al servicio del sicariato colombiano. De lo que sería su pasado. Porque Marcos insiste una y otra vez en que ha dejado definitivamente ese mundo. "La vida me lo puso de pa' arriba. Ahora solo quiero vivir al servicio de la comunidad y de Dios. No quiero eso para mi familia". Sus hijos. Es ahí cuando empiezo a comprender lo que Marcos busca con su 'redención', el motivo por el que ha consentido verme y por el que ha compartido su aberrante pasado conmigo. Necesita hablar, contar, explicar y detallar estos sucesos al mundo para, de alguna manera, congraciarse con él. Compartir su funesto currículum con la esperanza de tender puentes hacia un futuro en el que intentar recuperar la dignidad y el sentido de su condición humana. Alejar a sus hijos de lo que, pese a todo, para él siempre supondrá una condena en vida. La entrevista es solo el canal para cristalizar su confesión, un medio para pedir ese perdón público desde el anonimato que le permita seguir adelante con la tranquilidad de aquél que sabe que ya ha pagado por sus errores. O que cree saberlo. La batalla de un cazador de deudas por saldar las propias.

Cuando el reloj marca las cuatro de la madrugada, decide que ha llegado el momento de concluir. "Ya no hablo más, parce, apágueme la grabadora. Cuéntelo todo, haga su artículo. Siéntase libre. Le pido dos meses. Pero antes de irse, necesito que vea algo, que entienda la vaina. Yo no olvido, yo me lo conservo todo. Le agradezco venir. Y que tenga suerte y Dios le guarde". Con un rápido movimiento, Marcos extiende el brazo y coge la carpeta verde, dejándola cerrada y a mi alcance. Mientras se incorpora, me dice que tengo diez minutos para echarle un vistazo al contenido. Abro la carpeta. Miro la primera fotografía. Y me sobran los diez.