Miedo a la música

¡La melofobia es real!

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01 diciembre 2010, 12:00am



¿Conoces a alguien que diga que no le gusta la música? ¿Alguien que no tenga ni un sólo CD ni un iPod? ¿Que siempre apague la radio? ¿Que, al ser preguntado sobre el particular, se encoja de hombros y diga que sencillamente no entiende la música? Nunca entendiste del todo a ese tío raro, ¿verdad?

La extraña inapetencia musical de tu amigo podría ser resultado de la melofobia (miedo a la música), un trastorno neurofisiológico poco conocido pero muy real. Las personas con melofobia tienen ciertas características físicas que las hacen inusualmente sensibles a los cambios repentinos de tono y timbre, y la música, mira tú por dónde, es una de las formas más concentradas de este tipo de estímulos. Y además está en todas partes. ¡Aterrador! Pero hay algo aún más aterrador que la melofobia: la epilepsia musicogénica, trastorno en el que la música puede provocar intensas crisis convulsivas.

Queríamos saber más sobre la música como demoníaca fuerza de miedo y dolor tangibles, de manera que hablamos con una doctora que trata a personas con estos trastornos, con un paciente de melofobia y con una mujer que sufre de epilepsia musicogénica. Ponte tus orejeras para el ruido y sigue leyendo...

La doctora Marsha Johnson, audióloga y directora de la Clínica para el Tratamiento del Tinnitus y la Hiperacusia, en Oregón, lleva 13 años tratando a personas con melofobia y estudiando las condiciones que conducen a esta extraña fobia.

Vice: De modo que la melofobia realmente existe.
Doctora Marsha Johnson:
Sí, existe. Con frecuencia es un trastorno inducido por una experiencia negativa con la música o con los instrumentos musicales, como un concierto muy ruidoso que le provocó al paciente tinnitus o pitidos en los oídos durante semanas. Estas experiencias pueden ser tan intimidantes y desagradables que esa persona podría llegar a evitar ir a conciertos en el futuro. Otro ejemplo es el del músico profesional que toca cerca de un instrumento de volumen muy alto y, con el tiempo, desarrolla hiperacusia (sensibilidad al sonido) y sufre dolores que se intensifican con cada exposición. Y llega un momento en el que deja de tocar.

¿Tinnitus e hiperacusia son las principales causas de la melofobia?
En la mayoría de los casos, yo diría que sí. Más concretamente, la causa más probable de estos trastornos son las ondas de sonido muy fuertes que chocan con el oído medio, donde están la delgada y frágil membrana del tímpano y una diminuta cadena de huesos que incluye articulaciones, cartílago, tendones y músculos. Todos ellos pueden sufrir presión, hiperextensión y fractura.

¿Cómo hacen estos trastornos tan dolorosa la experiencia de escuchar música?
Junto al tinnitus severo, que puede mantenerte despierto durante meses y hacer que seas totalmente incapaz de concentrarte, la hiperacusia puede ser dolorosa y provocar dolores de cabeza o incluso en los ojos y la mandíbula.

Por tanto, evitar el estímulo sonoro lleva a evitar todo sonido, lo cual conduce a evitar la música y, así, se establece la melofobia. ¿Puede curarse?
Actualmente el tinnitus no tiene cura, pero existen programas muy buenos para aprender a manejar su impacto negativo. Esto incluye la Terapia de Reentrenamiento del Tinnitus (TRT), que fue desarrollada por el doctor Pawel Jastreboff, y la terapia llamada Oasis Neuromónico (NO), desarrollada por el doctor Paul Davis. Hoy en día estos son los tratamientos más seguidos para el tinnitus. La hiperacusia puede mejorar, en la mayoría de los casos, con una terapia de desensibilización que recurre a los principios de la TRT de Jastreboff. El paciente de hiperacusia a menudo es capaz de superar el miedo a la música y volver a disfrutar de esa importante parte de su vida.

¿Podría explicarnos, de forma resumida, cómo se pasa de la hiperacusia y el tinnitus a la melofobia?
La mayoría de personas que han tenido un problema serio de tinnitus o hiperacusia tratan por todos los medios de evitar aquello que lo provocara. Para estas personas, la melofobia es una verdadera preocupación y, hasta cierto punto, una muy comprensible. Para quienes han sufrido daños en las células auditivas de la cóclea y tienen una pérdida de capacidad auditiva permanente, esto puede propiciar fobias y un impulso autoprotector más allá de lo razonable. El año pasado tuve un paciente de Chicago que había tocado la batería. Dejó su grupo y comenzó a llevar tapones para los oídos todo el tiempo, a huir de los autobuses ruidosos y a rechazar toda invitación a ir a una fiesta. ¡Su propia sobreprotección estaba empeorando su situación! A menudo los pacientes de melofobia deben recibir terapia para superar creencias irracionales. No hay que olvidar que muchas personas con tinnitus o hiperacusia no acusan una pérdida de audición perceptible, o en todo caso muy leve.

Ahora estoy trabajando con una mujer joven que, debido a su severa falta de tolerancia al sonido, incluyendo la música, vive recluida. No puede dejar su cuarto más de unos minutos. Estaba en la universidad y estudiaba canto cuando desarrolló un caso de artritis severa que le ocasionó inflamación de las articulaciones. Al cabo de un tiempo no podía caminar por el dolor. Le diagnosticaron distrofia simpática refleja. Trató de seguir estudiando, pero no podía caminar por el campus. Sólo gracias a que sus amigos cargaban con ella a todos lados pudo terminar su segundo año. Tuvo que renunciar a su ambición de emprender una carrera musical. Dejó la universidad y ahora no puede escuchar más de quince minutos al día de lo que sea, incluyendo tanto música como voces humanas.

¡Es terrible!
Le aterra que un ruido súbito, como una radio, le provoque molestias y dolores intensos que persisten varios días. Usa tapones la mayor parte del tiempo y limita su exposición incluso a sonidos de baja intensidad, como ventiladores y el rumor del exterior. Hemos empezado reduciendo su uso de tapones y abriendo cinco minutos la ventana de su cuarto dos veces al día. Su miedo al sonido y a la música es tan severo que sus convicciones psicológicas son ahora incluso más fuertes que sus reacciones físicas, de manera que también recibe terapia telefónica quince minutos a la semana. Esta joven es incapaz de ir a un consultorio. Tiene una vida muy limitada. Y sólo tiene 23 años.

¿Está familiarizada con el trastorno conocido como epilepsia musicogénica? Estoy pensando en una mujer que salió en las noticias en 2008. Su nombre era Stacey Gayle, de Queens, Nueva York. Sufría crisis convulsivas cada vez que oía la canción “Temperature”, de Sean Paul. Tuvo que someterse a una operación cerebral para corregir el problema.
Sí, aunque estoy más familiarizada con el término “trastorno de ataque epiléptico audiogénico”, que entraría en la categoría de la audición. También se conoce como hiperacusia vestibular. Ciertos sonidos o tonos, la música en general, pueden estimular el sistema nervioso central de una manera que provoca una crisis. He visto unos cuantos casos. Frecuentemente vienen causados por alguna lesión cerebral o enfermedad. Recuerdo a un hombre que iba en el asiento trasero de un vehículo que sufrió un accidente. Expusieron su oído izquierdo a un tono de 2000 hercios dentro de una cabina de sonido, empezando con cero decibelios, que es inaudible, y subiendo poco a poco, decibelio a decibelio. Sufrió un ataque epiléptico al llegar a 20 decibelios, un sonido muy, muy poco intenso. Otra paciente, después de un accidente similar, empezó a sufrir pérdidas del conocimiento cada vez que oía el ruido de baja frecuencia de los camiones al pasar a su lado. Caía al suelo inconsciente. En ese caso sugerí al neurólogo que le hiciera un electroencefalograma mientras descansaba. Nos mostró que su cerebro funcionaba con normalidad en un entorno silencioso. Cuando integraron un audiómetro a sus audífonos y se la expuso a un estímulo de 500 hercios, un tono bajo, el encefalograma mostró actividad de tipo epiléptico.

¿Son frecuentes este tipo de casos?
No, muy raras veces se dan. Otro término diagnóstico para estos casos es el de Síndrome de Tullio. Las personas que lo padecen tienen mareos y problemas para mantener el equilibrio.

¿De qué género musical suele oír más quejas? ¿De la música rap que atruena en esos coches con subwoofers gigantes? ¿Del muzak que se oye en los grandes almacenes?
Incluso las personas con un nivel auditivo normal encuentran a menudo molesto el rap a todo volumen que emana de los coches que pasan por su calle en plena noche. Las bajas frecuencias de esos altavoces tan grandes atraviesan los objetos sólidos con facilidad. ¡Nos llegan hasta los huesos! Pero la principal queja de la mayoría de las personas que sufren de melofobia es que echan muchísimo de menos su música. Es como si una parte de su alma hubiera sido secuestrada.




¿Son sus pacientes en su mayoría rockeros, o DJs de clubes?
Aunque parezca extraño, la mayoría de mis pacientes músicos tocan en orquestas sinfónicas y filarmónicas o bien tocan el piano. Los instrumentos clásicos alcanzan a menudo un volumen muy elevado, que se multiplica en las interpretaciones a plena orquesta. Además, llegar a dominar determinados instrumentos requiere un período de aprendizaje muy largo. Los profesionales del violín, la flauta o el chelo, entre otros, empiezan a practicar a muy temprana edad, y por tanto su tiempo de exposición al instrumento puede ser de décadas antes de poder dedicarse a ello profesionalmente. Entre los grupos de rock, yo creo que las pérdidas de audición y daños al oído se tienen hasta cierto punto asumidas; como riesgos laborales, se podría decir.

¿Puede alguien sufrir de tinnitus e hiperacusia sin saberlo?
Sí, y existe un miedo y una vergüenza asociadas con estos dos trastornos que puede conducir a la melofobia. Muchas personas que los padecen se sienten culpables y estúpidas por haberse puesto en la situación que los llevó a ese estado. “Sabía que tenía que haberme ido del concierto: me ardían los oídos pero me daba corte decirle a la chica con la que estaba que nos fuéramos, así que cometí la tontería de quedarme”. Al paciente también le preocupa ser visto de manera diferente en el trabajo o en ambientes sociales: todos disfrutan de la fiesta de año nuevo o de una reunión, mientras que ellos no pueden. Estas personas suelen rechazar las invitaciones a esos eventos y poco a poco se van diluyendo, llegando a convertirse en algunos casos en prisioneros en su propia casa.

¿Cuáles son las señales y los síntomas?
El insomnio es uno de los principales acompañantes del tinnitus y la hiperacusia. También el uso de tapones para los oídos más allá de lo que sería normal. Y evitar ir al cine o a fiestas y, por método, llegar a los eventos cuando ya concluyeron; cuando la cena ya terminó, o cuando los músicos están guardando su equipo. He tenido pacientes que ni soñarían con escuchar la radio, un estéreo ni música en vivo, y hacen los mayores esfuerzos por evitar situaciones como estas. Conozco el caso de una persona que acompañó a su hija hasta el altar en completo silencio. Un vez allí le dio un beso y salió por la puerta más cercana para ver el resto de la ceremonia a distancia.

¿Cree posible desarrollar una especie de miedo permanente a la música?
Sí, pero no sólo a la música sino al sonido en general, al ruido que emita cualquier cosa que haya en el mundo. La música es simplemente el foco principal de ese miedo porque solemos escucharla a altos volúmenes, a veces usa tonos muy agudos y a menudo tiene variaciones impredecibles.

Parece que, en nuestra vida diaria, cada vez hay más música intrusiva y ruidos molestos en los espacios públicos. ¿Diría que esto es malo de por sí?
Por supuesto. Nuestro cuerpo no está diseñado para soportar una avalancha de sonidos cada minuto de nuestras vidas. Tendríamos que adoptar el estándar europeo de alerta de sonidos a 80 decibelios, en vez de los 85 que tenemos como estándar en Estados Unidos. En Suecia vi jardines de infancia en los que había luces en las paredes para monitorizar el sonido: luces verdes cuando el ambiente es tranquilo y silencioso, luces amarillas cuando se incrementa el ruido y, a los 80 dB, se encienden las luces rojas. Los niños pueden ver cuándo están haciendo demasiado ruido. Controlarse a sí mismos.

¿Y qué hay de los reproductores MP3?
El uso de aparatos que, como el iPod, fuerzan el sonido hasta el interior del canal auditivo a través de auriculares incrustados directamente en el oído va a producir en las generaciones jóvenes más pérdida de audición y otros problemas auditivos de lo que jamás hayamos visto en el pasado. Esto va a ser una epidemia de grandes dimensiones. Debemos educarnos, a nuestros hijos y a nosotros mismos, de que tocar o escuchar música a volúmenes exagerados no es precisamente una buena idea. Los chavales que tocan en grupos u orquestas deberían llevar protección. Hay tapones específicos para músicos con filtros de 9, 15 o 25 decibelios. Sabemos que hay una relación entre el tinnitus, la hiperacusia y la exposición al ruido, de modo que hagamos todo lo posible para prevenir estos casos antes de que sean irreversibles.

¿Qué le sugeriría a alguien que sospeche haber desarrollado melofobia?
Visitar cuantos antes a un especialista en tinnitus e hiperacusia, si cree que sus problemas están relacionados con esos dos síntomas. Tras una revisión completa se le podría hacer seguir, de ser necesario, una terapia cognitiva como parte de su programa de rehabilitación. También le recomendaría que visitara a un otorrino para tratar cualquier posible enfermedad en los oídos que pudiera entorpecer su recuperación.


John Loudenback, ingeniero de sonido, disfruta con todo lo relacionado con la música y con la producción. Diseña y construye equipo avanzado de audio: amplis, altavoces... Le gusta pasar tiempo con sus amigos, con su familia y con Ubie, su gato. También la música, desde la clásica hasta el punk. Entre sus favoritos están Bruckner, Shostakovich, Mahler, Strauss, X, Radiohead, Keren Ann, Procol Harum, Roger Waters y Pink Floyd. Hace unos años John empezó a afrontar la melofobia.

Vice: ¿Qué ocasionó tu hipersensibilidad al sonido?
John Loudenback:
Un ruido de muy alta frecuencia de una línea eléctrica estaba dando problemas con un amplificador que mi padre y yo habíamos comprado y con el que estábamos trabajando. La calidad de sonido era excelente y el volumen muy, muy fuerte, pero cuando terminábamos de usarlo, nos dolían los oídos. Y se volvían más y más sensibles cada vez.

¿Cuándo te diste cuenta de que tendías a evitar los sonidos?
Tras nueve meses de usar intensivamente el amplificador, me di cuenta de que había desarrollado una sensibilidad extrema al sonido. Pronto supe sobre la TRT y sobre la fonofobia, el miedo al sonido. No acepté que padecía fonofobia hasta que empecé a recibir orientación vía email de un especialista inglés en hiperacusia. A la gente no le gusta la palabra “fonofobia”, creen que se trata de algo psicológico. En realidad es un problema neurofisiológico.

¿Cómo condujo esto a una fobia a la música?
Debido a mis pasadas experiencias negativas con la música, acabé desarrollando una fuerte aversión y dejé de escucharla. Completamente. A veces lo intentaba en mi coche o yendo a tiendas de música, pero inevitablemente mis oídos se irritaban o me dolían. La música fuerte se convirtió en un verdadero problema. Este trastorno me impedía seguir con mi afición por el audio o tomar parte en actividades con amigos y familia, ya que no podía ir a restaurantes o a cualquier otro lugar con música. Fue devastador.

¿Había algún tipo de música que te hiciera sentir especialmente mal?
El rock era para mí lo más difícil por el procesado y efectos de estudio que se utilizan en los discos. “Gypsy Road”, de Cinderella, era una de las canciones más hirientes para mí. La mala calidad de grabación hizo que la voz de Tom Keifer sonara muy cortante, con brillo excesivo. También los instrumentos de cuerda en la música clásica me resultaban muy irritantes.

¿Qué cosas hacías para adaptarte a un mundo con música en todas partes?
Evitaba los sonidos tanto como me era posible. Y cuando no, utilizaba protectores para los oídos. Cuando comencé con la TRT vivía virtualmente en silencio. Prácticamente me había recluido en casa, y ni siquiera allí me quitaba los tapones. Entonces me enteré de que el uso excesivo de protectores para los oídos los hace más sensibles. Eso lo complicó todo aún más. No se recomienda evitar totalmente la música o los sonidos que te provocaron problemas en el pasado. Poco a poco tuve que dejar de utilizar los tapones. Mi meta era dejar que mis oídos se acostumbraran gradualmente a los sonidos y la música que había estando evitando. Esto significó tener que enfrentarme a síntomas muy desagradables. Pitidos en los oídos, dolores de cabeza, imposibilidad de tener pensamientos positivos... Hay muchos sonidos para los que el oído necesita cierto tiempo.

¿Cómo estás a día de hoy?
¡He hecho grandes progresos! Salgo y voy de compras, pero todavía tengo límites respecto al tiempo que puedo escuchar determinada música.

¿Qué consejo le darías a alguien que creyera haber desarrollado fonofobia o melofobia?
Que no utilice protección en los oídos continuamente ni pase largos períodos de tiempo en completo silencio. Que no se hunda ni se deje llevar por pensamientos negativos. Y, sobre todo, que busque a un médico especialista en TRT.




Julie Hope tiene 63 años, está casada y tiene cinco hijos, “muchos” nietos y cinco bisnietos. Ha sufrido de epilepsia casi toda su vida. Cuidadora profesional jubilada, Julie siempre ha amado la música, pero ha tenido que afrontar que durante largo tiempo la música haya sido un “disparador” de sus crisis. Julie sufre de epilepsia musicogénica.

Vice: ¿Cuándo tuvo por primera vez un episodio de epilepsia musicogénica?
Julie Hope:
Tuvo que ser durante mi luna de miel, cuando fuimos a un concierto de rock fusión. No recuerdo el nombre del grupo, pero la música sonaba increíblemente alta y había mucha gente saltando encima del escenario. Las notas subían y bajaban, era algo frenético. Empecé a temblar. Los bajos hacían que sintiera como si me estuviera ahogando. Me recordó un episodio de status epilepticus anterior en el que estuve a un paso de morir. Comencé a alucinar. Hubo un momento en que lo único que veía era a los músicos agitándose como hojas en el escenario. Me hizo pensar en cómo deben verme los demás durante un ataque de convulsiones tónico-clónicas. Me sacaron del lugar en silla de ruedas. Supe que en adelante debería alejarme de ese tipo de música.

¿Qué hace para adaptarse a un mundo en el que la música está en todas partes?
Siempre he tenido una gran determinación. Si se me presenta un problema, hago todo lo posible por superarlo. Intento darle la vuelta y pensar de forma positiva, escuchando sólo la parte buena de la música y bloqueando la mala.

¿Cuáles son para usted esas partes buenas y malas?
Para mí, música buena sería algo como “In the arms of an angel”, de Sarah McLachlan, que me encanta. Las notas suenan como si subieran y bajaran lentamente, como si se movieran a mi alrededor. Me produce una sensación de protección, como si nada me pudiera afectar, ni siquiera un ataque epiléptico. La música de arpa también me resulta beneficiosa, es apacible y me calma. Con los ojos cerrados y el cuerpo y la mente relajados, nada te puede tocar. Ni un ataque.

Asocio la mala música con el estallido de un trueno: hay silencio y, después, un fuerte estrépito o el agudo chillido de un instrumento, que me deja aterrorizada, presa del miedo. Un ejemplo sería cualquier tipo de marcha, como las que tocan en los funerales militares. Los clarines, las cornetas, los saxofones, las percusiones apagadas, el sonido de los pies marchando... Para mí, eso no tiene nada de “canción”; son sólo sonidos fuertes. También me encanta Elvis, pero en algunas canciones se ponía intenso y salvaje y no puedo con ellas. No recuerdo sus títulos porque mi cerebro no me permite pensar mucho tiempo cuando escucho algo que creo que me puede provocar una crisis.

¿Siente que se está perdiendo algo?
Hay conciertos a los que me encantaría ir, pero mi fobia me lo impide. Todos hablan tanto de AC/DC que me gustaría ir y verlos, pero, por lo que he oído mencionar, seguramente sufriría un ataque. Ah, ¡Ashley Tisdale! Para mí, toda su música es mala. Los instrumentos y el ruido de fondo ahogan las canciones en sí. ¡No se entiende lo que canta! Tantos efectos y ruidos me paralizan el cerebro. Si por casualidad oigo suyo en televisión tengo que irme a toda prisa de la habitación o cambiar de canal porque puedo tener un ataque. El cerebro es algo extraño, muy diferente de persona a persona.

¿Qué le diría a alguien que cree que ha desarrollado melofobia?
Primero, que se pregunte si no es sencillamente que la música no le gusta, que es algo que le pasa a mucha gente. Pero si de verdad le gusta la música y hay algo que se interpone, que trate de averiguar qué está provocando el problema. ¿Yo? Yo soy testaruda y tomé la determinación de averiguarlo. Descubrí que la raíz de mi problema estaba en algo que me había sucedido y que mi cerebro había bloqueado. Lo más importante es encontrar la raíz de esa melofobia y, partiendo de ahí, trabajar para hallar una solución.



Puede encontrarse información y recursos en www.tinnitus-pjj.com o en la web de la Tinnitus Practitioners Association, www.tinnituspractitioners.com.
 

ILUSTRACIONES DE TARA SINN

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