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Cultură

El humanista cachondo

El pornógrafo y político brasileño al que (casi) todos aman.
1.12.09

Con justicia o sin ella, se tiende a pensar en Óscar Maroni como en el Larry Flynt brasileño. Es cierto que Maroni es el editor de las ediciones brasileñas de

y Penthouse, pero también es propietario de hoteles, ranchos de ganado, una liga de artes marciales mixtas y algunos de los más grandes y famosos clubs nocturnos de Sudamérica. No sólo eso: hace un año hizo una apuesta seria por llegar a concejal, y afirma haber introducido su pene en más de 1.500 vaginas. Nosotros creemos que todo esto es prueba irrefutable de que este tipo es demasiado interesante como para ser el típico pervertido que ha dejado atrás sus mejores años, como algunos lo pintan, y que la comparación con Flynt es flojucha y adocenada. Decidimos pasar un día con Maroni en São Paulo y conocerle bien, a ver si dábamos con un ejemplo mejor. Vice: Empresario, pornógrafo y aspirante a político. Estos son intereses muy diversos. ¿Siempre has tenido este tipo de expectativas ante tu vida y tu carrera? Oscar Maroni: Me puse a trabajar cuando tenía 14 ó 15 años de edad. Uno de mis primeros negocios fue comprar los tebeos de mis amigos a precio reducido y vendérselos a la gente que pasaba por delante de la parada del autobús, sacando yo un pequeño beneficio. Para mí fue revelador saber que podía obtener dinero de esta forma. A los 18 años, mi padre y yo íbamos de camino a casa de mi abuelo cuando encontramos dos cajas; una estaba llena de camisetas baratas, y la otra, de panties de algodón. Al día siguiente puse las cajas en un carrito y fui a vender al mercadillo. A las mujeres les decía, “Señora, póngase sexy para su marido. Cómpreme unos panties”. Y a los hombres, “Señor, cómpreme una camiseta, póngase sexy para su mujer”. Me gusta pensar que el primer sex-shop que hubo en Brasil fue mi puesto ambulante de venta de panties y camisetas. ¿Tuviste algún tipo de educación académica? Fui a la universidad. Estudié psicología en Grupo Objetivo. Allí conocí a la que sería la madre de mis hijos y actual ex mujer, Marisa. Sabía que me iba a casar con ella, pero necesitábamos dinero para salir adelante y sólo con el graduado en psicología no lo iba a conseguir. Se me ocurrió iniciar un negocio de venta ambulante de comidas, que montamos en una caravana. Empezamos vendiendo croquetas. Trabajaba por las mañanas y estudiaba por las tardes, y Marisa al revés.

Una parodia del póster de la película El Escándalo de Larry Flynt, presentando a Maroni como el flautista de Hamelin del porno brasileño.

¿Cómo pasaste de vender carne y bechamel empanada a cobrar a la gente por mirar revistas de tetas y culos? Trabajé en la caravana en 1974, en la misma época en que se incendió el edificio Joelma de São Paulo. No sé si te acordarás, fue una tragedia enorme en la que murieron casi 200 personas. El propietario de la caravana la necesitaba para guardar las cosas que tenía en el edificio, y se la tuve que devolver. Despachando comida había conocido a un japonés bajito, muy tímido, que en una ocasión me contó que padecía de eyaculación precoz y era casi impotente. Al mismo tiempo, una amiga nos contó que había profesionales del sexo que, con la ayuda de terapeutas, lograban que sus clientes superaran sus problemas sexuales. Me llevé a mi pequeño amigo a una casa de masajes para que se “relajara” y él, de inmediato, adquirió más confianza. Al principio bromeé diciendo que iba a abrir un negocio que se dedicara a esto, pero después decidí volver a la casa de masajes y hablar con el encargado acerca de la posibilidad de comprar el local. No me lo esperaba, pero él respondió, “Mira, y nosotros queremos venderlo. Tu idea es buena, muchos psicólogos y psiquiatras recurren a nosotros para tratar a sus pacientes”. Así que me hice con él. Puse un anuncio en el periódico que decía algo como, “Masajes en casa, donde tus fantasías se hacen realidad. Un establecimiento frecuentado por hombres, mujeres y parejas”, y conseguí clientes en muy poco tiempo.

En campaña para el puesto de concejal, Maroni salía a las calles con un micro, una caja y dos damas semivestidas. Sus trajes mostraban el número 70.111, el que correspondía a Maroni en los comicios.

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¿Tienes algún tipo de filosofía que guíe aquello que emprendes?

Mi filosofía es la siguiente: no creo en nada que no tenga alma. Y no me refiero al alma en un sentido religioso, sino más bien a una forma de vivir y de pensar. Si alguien carece de alma, no es más que un cuerpo. Un ser necesita un objetivo y una ideología. Opino que todos y cada uno de nosotros deberíamos hacer la revolución cada día. Una revolución para ponerse un sombrero, quitarse el sujetador, follar con cinco mujeres, quedarse todo el día en la cama follando con Yoko o comiendo chocolate, como los Beatles. Creo que las personas deberían procurar cambiar las cosas, salir de sus rutinas. Uno siempre ha de salir a buscar cosas nuevas.

Maroni se da un bañito de masculinidad y recoge un diente como souvenir en uno de los combates del Show Fight.

Tienes muchos fans, y te adoran. Incluso ahora, mientras hacemos esta entrevista, la gente se detiene a pedirte autógrafos. ¿Tienes la impresión de que, en cierto modo, les representas?

Yo represento al hombre que conduce un Jaguar. Represento al hombre que ha follado con más de 1.500 mujeres, el hombre que conduce una Harley Davidson, el hombre que a sus 57 años va a una rave y baila hasta las 5 ó las 6 de la mañana. Un hombre que representa una cierta libertad con su forma de ser y de pensar. Yo no vine al mundo para ser normal. Vine al mundo para ser feliz. Me defino a mí mismo como un coleccionista de emociones. A veces, en broma, pregunto, “Si tuvieras que escoger, ¿qué preferirías arrancarte? ¿La polla o el corazón?” Y a las mujeres, “¿El corazón o la vagina?” El pene y la vagina simbolizan la sexualidad, y el corazón simboliza la emoción, las sensaciones, el placer. Yo, de tener que elegir, elegiría cortarme la polla. Un polvo sin emoción es un acto mecánico en el que introduces el pene, mueves tus caderas 450 veces y después eyaculas.

Y ahora tienes un éxito tremendo en distintos campos. Háblanos de tus negocios. Actualmente poseo cinco compañías. Abrí el mayor club nocturno de Sudamérica, el Bahamas Club. En Araçatuba tengo la Granja Santa Cecilia, en la que se crían reses y caballos y produce de 8 a 10 toneladas de carne al día. En tercer lugar está el Oscar’s Hotel, un alojamiento para hombres de negocios. Invertí en él unos 30 millones de dólares y tiene 223 apartamentos, 300 plazas de aparcamiento, tres restaurantes y un gimnasio. Se me conoce sobre todo por ser el propietario de las ediciones brasileñas de Penthouse y Hustler. Y por último está Show Fight, una serie de veladas de combates inspirada en ligas como la UFC y la MMA. También hemos creado la bebida energética Show Fight.

Izquierda: Un retrato que muestra a Maroni como soberano del cosmos cuelga en una esquina del Bahamas Club. Derecha: Un póster de la campaña de Maroni para concejal, con el lema “¡Detén la hipocresía!” y una foto suya sentado junto a su preciado maltés mientras juega con un helicóptero a control remoto.

En los últimos años te has interesado mucho por la política. ¿En qué te diferencias del status quo político?

Simbolizo la irreverencia frente al político tradicional, que es arbitrario y represivo, un castrador de la libertad. Ahora estoy atravesando un momento delicado en mi vida. Hace 16 meses me clausuraron el hotel y el Bahamas Club porque estaban cerca de una pista de aterrizaje en la que un avión sufrió un accidente terrible. Por algún motivo me convertí en el chivo expiatorio. Los políticos locales aprovecharon el accidente como excusa para interrumpir mis negocios, así que decidí presentarme en las últimas elecciones para el puesto de concejal. Fue realmente divertido, aunque todavía no sé por qué lo hice. Quizá como un acto de rebeldía. Quizá porque realmente creo que puedo acabar con la hipocresía, con la corrupción y la falsedad. Me pusieron en una lista negra para evitar que saliera en televisión echando pestes de los políticos. Hicimos campaña tête-à-tête, yendo por las calles con un carrito de la compra, una batería, un amplificador, un micrófono y una caja sobre la que me subía para hablar. A mi lado tenía dos mujeres hermosas en bikini y albornoz. Durante mi discurso ellas abrían sus albornoces y mostraban sobre sus cuerpos el número que me correspondía como candidato en la votación. Qué decías en tus discursos? Una de mis ideas era transformar los barrios bajos de São Paulo, que están en situación de abandono, en un centro de trabajo grande y productivo. Quería transformar esos barrios en un mini Las Vegas con juegos, casinos, salas de conciertos y restaurantes, una iniciativa que incrementaría hasta tres veces la productividad de la zona. Tenía la vista puesta en el lado empresarial, que es en el que me gusta trabajar, pero al mismo tiempo tenía la intención de crear puestos de trabajo, y hacerlo dentro del sector del ocio. Soy de la opinión de que la principal función de un político es social. Muchos de mis discursos tenían como base reflejar qué significa ser un político. ¿Me iba a corromper si ganaba? ¿Aprovecharía el puesto en mi beneficio? Haciendo campaña en las favelas pude ver niños disputándose comida con las ratas y durmiendo en sitios en los que yo no dejaría dormir ni a mi perro. Y también visité a los ricos en sus mansiones. Conozco prácticamente el mundo entero, y he sido testigo de la miseria en todas partes. En el fondo se trata de una cuestión de amar al prójimo. Yo lo hago. Amo la vida y la creatividad humana. Amo a la gente. Sólo quiero que las cosas vayan mejor para todos. ENTREVISTA DEL EQUIPO DE VICE BRASIL
RETRATO DE LAURA WRONA
TODAS LAS DEMÁS IMÁGENES POR CORTESÍA DE ÓSCAR MARONI