'Salvavidas de hielo' de Jorge Drexler: La grandeza del minimalismo

Reseñamos la última creación del cantautor y genio uruguayo.
Foto: Jesús Cornejo | Cortesía del artista

Minimalista y creativo. Austero y reflexivo. Efímero, nómada y consciente.

Elogiador de lo que pareciera banal en un mundo suficientemente saturado por las tecnologías. Reivindicador del silencio en un mundo caótico saturado de ruido y caos. Homenajeador noble de las figuras que lo han hecho y lo han construído en su carrera y a su vez figura de aquellos delirios amorosos que le hacen buscar siempre nuevas formas de contar el amor y las relaciones humanas. Obsesivo de las canciones, de las letras, las formas, los detalles microscópicos, cromosomáticos. Hombre cuya pluma seguramente no cabe de la dicha de saber que ella, sobre el papel y en manos de él, es la responsable de que quede constancia de una creación que dará muchas vueltas antes de convertirse en canción.

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Todo lo anterior es un simple reflejo, una mirada rápida, una idea general de Salvavidas de hielo, el décimo tercer trabajo de un Jorge Drexler que no ha tenido que sentarse a escribir canciones y armar discos con la carga a cuestas de los reconocimientos que cada vez más ha venido acumulando. Y se nota que nada de eso le pesa porque cada trabajo es una muestra sin pretensiones -o al menos con muy pocas- de superarse a sí mismo. Cada una de sus creaciones es más una descarga honesta y liberadora de un pensador que deambula por las calles y anota ideas que más tarde musicaliza, que un intento por superarse a sí mismo a través de cada disco.

Musicalmente, a diferencia de Bailar en la cueva, este es un disco austero y minimalista donde todo gira en torno a la guitarra como instrumento armónico, melódico y percutivo, donde las cuerdas, la madera y todos los elementos que puedan hacer parte de la guitarra se convierten en un laboratorio de experimentaciones sonoras que ponen de fondo la base de un disco que en términos de sonoridad, vuelve al Drexler de guitarra y vos. Incluso muchas canciones de este nuevo disco podrían ir fácilmente repartidas en trabajos anteriores.

Aquí nos alejamos de bailes en la cueva, universos paralelos y migraciones en tiempos de guerra y nos sentamos a escuchar historias sobre nuestra especie nómada a través del tiempo, nuestra falta de pertenencias propias, nuestra falta de trascendencia en la vida y nuestra constante evolución en 'Movimiento'; un elogio a las servilletas en los bares, los rollos de papiro, los teléfonos y cada medio que hemos encontrado como especie para comunicarnos entre nosotros en 'Telefonía'; una reivindicación del silencio, esa ausencia de sonido que pareciera cada vez más extinta justamente en una canción que lleva por nombre 'Silencio'; un homenaje en vida a Joaquín Sabina a quién no solo le debe 'La milonga del moro judío' sino parte importante de sus procesos creativos, todo plasmado en 'Pongamos que hablo de Martínez'; y otras tantas como 'Estalactitas' y 'Asilo' que muestran a ese Drexler que no puede dejar de cantarle al amor, aunque en 'Despedir los glaciales' y 'Salvavidas de hielo', nos recuerda que el amor, como un cubo de hielo, se derrite y se pierde en la eternidad.

Así, a través de 11 canciones en las que cuenta con la colaboración de Mon Laferte, Julieta Venegas y Natalia Lafourcade, Jorge nos vuelve a llevar por un viaje amplio que recorre banalidades, sentimientos profundos y las relaciones humanas desde la reflexión metafórica y construída para ir descubriendo en cada letra una pieza de un rompecabezas que es la sociedad en un lugar y un momento donde toda la saturación a veces nos pide a gritos volver a lo simple, a la grandeza del minimalismo.