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Las universidades públicas argentinas al borde de la crisis

Cómo se resuelve el conflicto dentro de la educación argentina, qué pasa con los reclamos de los docentes y los estudiantes frente a las condiciones que viven hace años
Foto cedida por NoSoyTuTanka

Artículo publicado por VICE Argentina

Hace tres semanas, las 57 universidades surgieron ante los recortes de presupuesto del Estado. El reclamo salarial es de un 30 por ciento, y esto se lo suman los conflictos en las escuelas de nivel primario y secundario por la falta de infraestructura.

Hace dos semanas el gobierno propuso una ganancia de 10,8 por ciento, sin embargo, los gremios de la venta de la oferta y la tasa de recuperación del 30 por ciento con una cláusula adicional, que se actualizó en caso de que el alza de precios supere ese porcentaje.

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Actualmente, el salario de una carga inicial de profesor universitario, con 40 horas semanales, oscila entre los 20 mil y 25 millones de pesos.

En VICE hablamos con docentes universitarios, académicos y ex estudiantes para que nos den su opinión:

Mercedes D' Alessandro, 40 años, doctora en economía por la UBA, docente de posgrado y fundadora de Economía Femini(s)ta, una ONG que trabaja temas de género y desigualdad

Di clases en la UBA durante muchísimo tiempo, trabajé como profesora adjunta en una materia que se llama Epistemología de la Economía y en el CBC de Economía, las características de este tipo de experiencias es: aulas con 120 estudiantes, a veces están sentados en el piso, paredes con humedad, a veces dábamos clases en un sótano, dónde no había salida en caso de emergencia. La situación de precariedad dentro de la educación pública viene desde hace bastante tiempo, en la época del 2001 en adelante no vi que haya cambiado o mejorado demasiado la cuestión. En económicas más de la mitad de los docentes trabajaban ad honorem, es decir, sin ningún tipo de salario. Existe un mito al rededor de esto, donde se dice que los que no cobran son los docentes jóvenes que recién empiezan, los que de alguna manera les devuelven a la universidad todo el apoyo, etc, etc y es mentira, había gente que daba clase ad honorem hacia 15 años, gente que se había recibido hacía muchísimo. La verdad es que la mayor parte de los cursos se dictan así, gratuitamente, gente que lo hace por un gran compromiso, y porque esa también es la única manera de acceder luego a algún cargo con curso o cargo con renta. Eso es por el lado de los docentes. No hay nada estipulado en relación a los derechos laborales.

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Otra cuestión que tiene la educación pública en Argentina es su gratuidad, que no significa que sea fácil acceder para todos, porque por más de que no haya una matricula para pagar mensualmente hay que gastar mucho dinero en apuntes, libros, calculadoras, etc. yo era una estudiante del interior del país que viaje para estudiar, no tenía nada de plata y tuve que laburar paralelamente para poder pagarme todo lo que necesitaba para vivir y para mis estudios. Eso pasa y seguirá pasando.


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A pesar de todo eso, la UBA sigue siendo una universidad de muchísimo prestigio, vivo en EEUU y lo veo en las personas que estudian acá, lo noto es que las únicas personas que vienen con poco dinero y becas somos los argentinos. Es importante remarcar que nuestras universidades siguen siendo lugar de prestigio y nos siguen dando la chance de poder formarnos en grandes universidades de EEUU y Europa. En EEUU por ejemplo, siempre se paga, siempre hay cuota aunque la publica es mas barata que la privada, pero por ejemplo hay mucha gente que ya debe más de lo que puede ganar en su primer año de trabajo, las deudas universitarias son altísimas, en estos últimos tiempos eliminaron las matriculas porque restringían el acceso. Por eso es importante defender lo nuestro, ¿qué tipo de futuro tenemos en Argentina si la educación pasa a estar a disposición de los que sólo pueden pagar por ella?

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Ezequiel Zaidenwerg, 37 años, poeta, traductor y candidato a doctor en NYU

Era literalmente un niño cuando entré al sistema universitario: estudié en el Colegio Nacional de Buenos Aires, que depende de la UBA, y luego estudié en la Facultad de Filosofía y Letras, de donde me gradué como licenciado en letras clásicas. Jamás pagué un solo centavo por mi educación, que considero de excelencia, y que me permitió obtener becas consecutivas para continuar mis estudios en Estados Unidos: primero de maestría y luego de doctorado, ambas otorgadas por New York University. En el proceso de admisión a programas doctorales, instituciones tan prestigiosas como Columbia y Harvard –marcas globales amén de establecimientos educativos– me ofrecieron generosas becas, que decidí rechazar para continuar en NYU.

La mía podría parecer una success story de ésas que encandilan a los creyentes en la iniciativa personal y el "emprendedurismo". Pero el mío no fue fue un triunfo de la meritocracia: es la historia de un éxito social.


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Probablemente mis padres, también egresados de la universidad pública, podrían haberme ayudado a costearme los estudios. Quizás a ellos también los suyos –que pertenecían a una clase media en ascenso– podrían haberles dado una mano para acceder a una educación privada. Pero no habría sido el caso de mis abuelos –tres de los cuales egresaron de instituciones de educación superior públicas y gratuitas–, todos hijos de inmigrantes que llegaron a la Argentina desde lugares tan lejanos y disímiles como el Líbano, Polonia, Rusia, España e Italia. Ninguno traía dinero ni tenía propiedades, y si yo tuve las oportunidades que tuve, en gran medida fue por el trabajo de mis bisabuelos, mis abuelos y mis padres. Ahora yo también soy inmigrante, aunque goce de unos privilegios que mis bisabuelos, que también lo fueron, probablemente ni siquiera hubieran podido soñar. Uno de esos privilegios, tal vez el mayor de todos, es que el hecho de que me paguen por estudiar me permite dedicarle todos los días un rato a lo que –perdonen la cursilería– le da sentido a mi vida: traducir poesía y, cuando tengo suerte, escribirla.

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Desde hace poco más de seis años, vivo en un país donde la educación superior es literalmente un lujo. En Estados Unidos, las universidades consideradas de primer nivel cobran unos 70,000 dólares anuales, incluyendo matrícula y alojamiento. Es decir, un primer título cuesta aproximadamente un cuarto de millón de dólares. A diferencia de Argentina, las tradicionales carreras de medicina y abogacía –que son las que estudiaron mis abuelos paterno y materno– en este país son posgrados. Por ejemplo, Harvard calcula que el costo total por cada uno de los tres años que dura su programa de derecho asciende a cien mil dólares; sumando la inversión en el título de pregrado, para recibirse de abogado en una institución prestigiosa en los Estados Unidos se necesita más de medio millón de dólares.

Fotos cedida por los estudiantes de la UNSAM

Por supuesto, existen opciones –algo– más económicas, pero la educación está tan estratificada que por lo general los empleos más deseables y mejor remunerados se reparten entre los egresados de las universidades de élite. De esta manera, sólo los ricos pueden permitirse mandar a sus hijos a las escuelas consideradas de primer nivel sin pasar apuros; los padres de clase media con frecuencia hipotecan sus casas, si acaso son propietarios. Los propios estudiantes que no vienen de familias acomodadas, reciban ayuda de sus padres o no, suelen endeudarse por decenas de miles de dólares no bien comienzan su vida adulta, deudas que luego los lastran durante años.

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Por muchos motivos, la sociedad estadounidense es cada vez más desigual, y en ese crecimiento de la desigualdad el acceso a la educación superior –al igual que a la salud, que tiene los costos más altos del mundo– juega un papel considerable.

¿Qué universidades y qué modelo de educación superior queremos para la Argentina?

¿Queremos que sea sólo para unos pocos, o que ayude a crear igualdad, integrando a sectores de menos recursos y a los nuevos inmigrantes?

En otras palabras: ¿qué sociedad queremos?

Ya sabemos qué piensa el presidente Macri, para quien la educación pública es un abismo en el que sólo se puede –la expresión es suya– “caer”.

Milton Läufer, 38 años, docente y escritor. Candidato a doctor por la UBA y NYU.

La exitosa campaña de Bill Clinton en 1992 tenía tres postulados. Uno de ellos, el que se volvió más famoso, fue “La economía, estúpido”. Todo lo que diré a continuación se circunscribe a dos contextos, usando tal postulado como hilo rector: la educación universitaria y mi experiencia directa como docente en el área de filosofía en la UBA y la Universidad de Quilmes.

Desde el final del menemismo hasta el 2003, el sueldo de un ayudante de primera de la UBA ─es decir, un docente graduado en su primer escalón─ era alrededor de 50$, lo que en el momento era igual a 50 dólares. Como referencia, en aquella época un sueldo de encargado de un locutorio (un trabajo que tuve) era de 450$ y un alquiler de un monoambiente no bajaba de 250$. Cuando empecé a dar clases, en 2008, la situación era muy distinta: el sueldo ascendía a 200 dólares y un alquiler del mismo tipo estaba en alrededor de 150 dólares, porque la devaluación los había abaratado en términos absolutos. Los sueldos se actualizaban automáticamente y siempre por encima de la inflación, que por entonces no alcanzaba los niveles estratosféricos que lograría después. Por esa época, el CONICET había lanzado hacía varios años una campaña de becas doctorales que logró que la argentina pasara de tener cien doctores al año a miles. Los desarrollos en ciencia y tecnología, muy visibles en el área de satélites, abundaron y la cantidad de docentes investigadores también se multiplicó. Un resultado, que noté cuando me mudé a estudiar a EE.UU., es la cantidad de argentinos hay tanto estudiando como en cargos docentes en muchas universidades de este país.

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Todo esto cambió de manera violenta en 2016: primero en el área de humanidades, pero luego también en las otras, estos valores descendieron drásticamente. Los aumentos salariales dejaron de ser automáticos, nunca superaron la inflación y se pagan en cuotas. Los ingresos al CONICET disminuyeron, los diferentes subsidios a proyectos de investigación mermaron y además se pagan a años de adjudicados, con lo cual son devorados por la elevada inflación de los últimos años.

Durante mucho tiempo se habló de “intelectuales a sueldo”, acusando al mundo universitario de apoyar a tal o cual gobierno. En un país donde las universidades privadas apenas dan becas y mucho menos con sueldo, la destrucción de la educación superior pública equivale a la destrucción de la educación superior. Así, no se trata de identidades partidarias: simplemente es la economía, estúpido.

Lola Sasturain, 27 años, periodista, guionista y ex docente en la Cátedra Zylberman de Sociología de la Imagen

Cursé la escuela primaria en el Normal Superior Número 10, y actualmente soy egresada de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA, donde también he tenido el placer de trabajar como docente. Cabe decir que si ya no lo hago más (o casi que no lo hago más) tiene que ver con lo imposibilitada que me vi para sostener un trabajo ad honorem 4 años en un país en el que cada vez hay que tener más trabajos y más precarizados para simplemente poder pagar el gas para hervir fideos con aceite y ajo. Y cuando hace dos años el horizonte de abandonar la condición de ad honorem era visible, hoy no lo es (y ni por joda).

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Pude pasar (entre mis años como docente y como alumna) 8 años adentro de un establecimiento universitario gracias a su condición de pública y gratuita. Me enseñó millones de cosas, desde a trabajar en equipo hasta a no sobrecargar una zapatilla, pero sobre todo me enseñó a encarar cualquier proyecto con ojo crítico. A prestar atención a en qué estructura está inserto lo que produzco: con qué dialoga, cuál es el poder, y si le es funcional o lo cuestiona. Creo que ese es el diferencial de la FADU (que en materias técnicas podrá hacer agua en algunos casos) y de la UBA en general, y no tenemos idea del valor que eso tiene. Que desde una universidad estatal se fomente la visión crítica. Es tremendo las cosas que uno puede llegar a dar por sentado, por no hacer el simple ejercicio de detenerse y tomar distancia para ver.

Tuve que dejar la docencia como mecanismo de supervivencia, sin dejar de sentir que le estoy fallando a aquella institución que me sostuvo a mí siempre en las malas, aún en las peores condiciones, con profesores que nunca cobraban lo que merecían, tarde y mal, con instalaciones que se caían a pedazos y con diversos modelos estatales que en general nunca le daban el lugar que merecía.

Pero como esto, nada. Hace semanas que las clases en 57 universidades del país no están comenzando por falta de presupuesto, y los medios no hablan del tema, más que para demonizar a los trabajadores. Nos quieren privatizar, nos quieren achatar, nos quieren callar. Nos quieren hacer creer que la Universidad Pública es para los que no se pueden pagar una privada.

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Fotos cedida por los estudiantes de la UNSAM

Estudiantes de tercer año de la Lic. en fotografía, UNSAM

Dentro de la Universidad de San Martín contamos con 19 unidades académicas de las cuales 13 son institutos. La licenciatura en fotografía forma parte del Instituto de artes Mauricio Kagel. Nuestra licenciatura, dirigida por Juan Travnik no tiene precedentes en ningún lugar del mundo, no existe otra carrera de grado pública (si existen tecnicaturas y profesorados). El programa cuenta con materias sociales, historias, técnicas, prácticas y talleres, su enfoque no se limita a lo autoral si no a la investigación de el fenómeno social que es la fotografía, la posibilidad de construcción de un discurso con una base técnica y de información extensa sobre la práctica fotográfica a través de los años con un énfasis en el contexto latinoamericano. Desde les estudiantes pensamos que es fundamental el rol de las carreras públicas de arte para la producción cultural nacional. El hecho de que nuestra carrera nos permita un título de grado nos da la posibilidad de luego especializarnos en posgrados en Argentina o cualquier país del mundo, formarnos para generar contenido artístico latinoamericano desde el conocimiento.

Nuestres profesores son en su mayoría artistas con amplias trayectorias que se interiorizaron en cuestiones fotográficas de forma rigurosa y autodidacta ya que muchísimo del contenido que recibimos no existe en otros programas de formación académica. Esto es una marca distintiva de nuestra carrera y nos permite un aprendizaje integral en cuestiones que nunca fueron reconocidas como necesarias en términos educativos.

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En este momento nos vemos atravesades por un recorte presupuestario que afecta directamente a nuestra carrera de forma visible. Desde lo más básico que es la necesidad de herramientas tales como luces de estudio, materiales, químicos y espacio para un laboratorio analógico y digital hasta los sueldos de nuestres docentes y el riesgo de que no se pueda sostener la carrera ya que en términos administrativos todo funciona por contrato y no hay ningún sostén sólido que nos ampare.

Gabriel Mindlin, 54 años, doctor por Drexel U. y docente de la UBA desde 1994 en el departamento de Física

Hice mis estudios de grado en la UNLP (una univ. publica de La Plata), e hice mi doctorado en US (Drexel U., Philadelphia). Tuve ya una experiencia de crisis grave de la educación pública en Argentina durante la crisis del 2001, que me llevo a irme un tiempo del país (fui a San Diego (UCSD), entre el 2003 y el 2004). Soy también investigador superior del CONICET. La otra variable que por ahí me da cierta visión global es que soy el secretario de posgrado de Exactas, en la UBA, que es un programa doctoral de cerca de 1200 alumnos que hacen el doctorado en diversas disciplinas.

El ajuste en la Universidad pública es muy fuerte, así como en el sector de ciencia y técnica. Me preocupan particularmente los investigadores jóvenes que fuimos formando en los
últimos años y que de repente ven un cambio muy grande en las políticas globales. Gente que asumíamos iba a incorporarse a nuestros laboratorios, se prepararon para eso, y que en poco tiempo quedaron sin alternativas ante la disminución de cargos en CONICET, que es el ente ejecutor principal de la política científica en Argentina. Esto genera un clima enrarecido, con componentes de enojo, frustración y desanimo muy marcados. Es también muy notoria la reducción de becas de CONICET disponibles para que los estudiantes sigan carreras de posgrado. El recorte es significativo.

Mi percepcion (y esta es una opinion), es que la gente que esta administrando los asuntos
públicos en este momento no se formó (al menos mayoritariamente) en la educación pública, y ve a los problemas de la universidad pública con un ojo ajeno. Tampoco parecen tener una idea del rol que una educación superior pueda jugar en la sociedad, por lo cual creo que tratan a la ciencia y técnica como un gasto superfluo, a recortar entre los primeros ante dificultades económicas.

Fotos cedida por los estudiantes de la UNSAM

Diego Golombeck, 53 años, profesor de la Universidad Nacional de Quilmes, biólogo e Investigador del CONICET

Que manera más curiosa de celebrar el centenario de la reforma universitaria de la cual tan orgullosos estamos, para asegurar una universidad pública, libre, gratuita y de excelencia. La universidad es sinónimo de un lugar donde los pibes tienen buena formación, todavía estamos haciendo las cosas bien. Sabemos que una persona formada ahí va a tener las herramientas para moverse, también es sinónimo de investigación, porque en Argentina la mayor parte de la investigación se hace en la universidad pública, con notables excepciones de universidades privadas, por lo tanto, que se esté atacando a la universidad y a la investigación es un síntoma muy claro, a mi me preocupa mucho más lo segundo.

Es cierto que estamos en un problema presupuestario angustiante, con malos salarios, poca infraestructura y eso es gravísimo, y hay que solucionarlo porque el agujero no se tapa más, pero me preocupa mucho más la cultura, la universidad pública, la investigación y el sistema científico dejaron parte de nuestra cultura y de nuestra sociedad eso no lo recuperamos más, tuvimos épocas de vacas muy bien, fuimos y vinimos, pero la cultura siempre estuvo ahí, ahora está en riesgo y hay que defenderla, como el mar y cuando sea.