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Miles de personas votaron por la cosa más asquerosa del mundo

Hay seis categorías de cosas que la mayoría de las personas consideran desagradables.
26.6.18
Joseph McDermott/Getty Images

Artículo publicado originalmente por Tonic Estados Unidos.

La mayoría de nosotros, los adultos maduros, podemos estar de acuerdo en que picarte la nariz es repugnante. Al igual que defecar en público, sin importar cuánto hayas bebido o cuál sea el punto filosófico que estés tratando de hacer. La comida rancia, los fuegos bucales y las cucarachas también son bastante asquerosas.

Pero, ¿qué nos hace sentir así? Es una respuesta visceral profundamente arraigada; no la razonamos conscientemente, pero la mayoría de nosotros estamos de acuerdo con que ciertas cosas son simplemente repulsivas.

Durante mucho tiempo, los investigadores han creído que el asco tiene un origen evolutivo: puede haber ayudado a que nuestros antepasados se alejaran de la enfermedad. Un nuevo estudio se basa en esa idea, esto sugiere que el disgusto nos protege de las personas, los comportamientos y las cosas que pueden suponer un riesgo de enfermedad. También establece seis categorías de disgusto, cada una vinculada al riesgo de enfermedad.

Por ejemplo, todos consideramos que la falta de higiene es asquerosa ya que picarse la nariz y no bañarse aumenta las probabilidades de que te enfermes y, por lo tanto, también aumentan nuestras posibilidades de contagiarnos por tu culpa. Pasa lo mismo con los alimentos que se ven (o huelen) a podrido, con los animales que portan enfermedades (cucarachas, pulgas) y con las heridas o lesiones que indican una infección. Y cuando se trata de personas, tendemos a espantarnos con las apariencias atípicas y las prácticas sexuales riesgosas, que pueden implicar un mayor riesgo de enfermedad.

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"El estudio nos muestra que el disgusto como emoción evolucionó para que hagamos cosas que nos habrían sido útiles en el pasado evolutivo", dice Val Curtis, profesor de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres y coautor del estudio. "La arquitectura del cerebro categoriza las cosas con las que no deberíamos estar en contacto, en lugar de categorizar las enfermedades infecciosas".

Para llegar a esa conclusión, los investigadores encuestaron a más de 2,500 personas en línea, proporcionándoles una lista de 75 situaciones potencialmente repugnantes, desde escuchar a alguien estornudar hasta ver lesiones cutáneas llenas de pus. Luego, los participantes calificaron sus respuestas en una escala de "no me causa disgusto" a "me causa extremo disgusto". (Las heridas infectadas que producen pus fueron, en general, las más desagradables, y las normas de higiene que se violaron también fueron particularmente asquerosas).

Un descubrimiento interesante es común a los estudios de disgusto, dice Curtis: los hombres tienden a ser un poco menos asquerosos que las mujeres, con una diferencia de alrededor del 12 por ciento en sus puntuaciones de asquerosidad. Esa diferencia también puede tener un origen evolutivo. "En general, los hombres tienden a correr más riesgos", dice Curtis, "porque en el pasado los hombres que tomaban más riesgos tenían más hijos, mientras que las mujeres que eran más cuidadosas podían criar más niños con éxito". La investigación sugiere que los hombres tienen menos probabilidades de que los signos de enfermedades de transmisión sexual les den asco, y es más probable que no se detengan aunque haya un riesgo sexual aparente.

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Sin embargo, Curtis señala que se trata de una encuesta en línea: un estudio de lo que la gente dice que les disgusta. Si bien sería grandioso hacer más pruebas empíricas para ver cómo las personas realmente responden a situaciones desagradables, "es un estudio grande, costoso y quizás éticamente desafiante", dice Curtis.



Pero eso no significa que los resultados sean totalmente abstractos. La investigación podría utilizarse para adaptar mejor los mensajes de salud pública, por ejemplo, para alentar el lavado de manos o desestigmatizar ciertas enfermedades. Y, en última instancia, dice Curtis, se trata de entender cómo las emociones en general pueden haber evolucionado para promover ciertos comportamientos ventajosos. Si la repugnancia nos ayuda a no arriesgar nuestra salud, ¿qué podrían hacer otras emociones por nuestra supervivencia? Eso es lo que Curtis y sus colegas quieren explorar en el futuro.