Recorrí la Zona Rosa con Joaquín, el clásico vendedor de empanadas de la 85
Foto por Mateo Rueda | VICE Colombia
Bogotá

Recorrí la Zona Rosa con Joaquín, el clásico vendedor de empanadas de la 85

Joaquín Alberto Aristizábal va de martes a sábado al sector más fiestero del norte bogotano para llenar los estómagos de borrachos, trabajadores y todos los hambriados que deambulan por las calles.
Mateo Rueda
fotografías de Mateo Rueda
18.8.17

"Empanadas de solo queso, pollo, carne, hawaianas… Y traigo ají". Lo escuché a lo lejos y me puse feliz. Un cantadito que se entremezclaba con la selección de reggaetón lujurioso y el rock clásico que suelen poner los que escampamos en Sombrillitas cuando queremos fiestiar barato.

Allí, jeto, con el estómago vacío y el hígado sobrecargado, conocí a Joaquín Alberto Aristizábal: el emblemático vendedor de empanadas de la Zona Rosa bogotana.

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Alto, grueso, con un acento que delataba que no era de la capital, atrajo, cual imán, a todos los que estábamos en las últimas.

Me acerqué como chulo.

—¿A cuánto la empanada, vecino?

— A dos mil pesitos no más —me dijo, mientras se arrodillaba para destapar su nevera blanca raída por lo años— ¿de cuál quiere, amigo? ¿Queso, pollo, carne o hawaiana?

Me imagino que pedí una de carne y que me la habré mandado en dos bocados certeros atiborrados de ají y hambre etílica. Pero lo que no me imaginaba mientras estaba comiendo es que ese señor, que me estaba ayudando a postergar la hora del sueño, es una eminencia ambulante, un personaje cuyo perifoneo es toda una institución del sector.

***

— Don Joaquín, me gustaría charlar con usted y acompañarlo en su recorrido —me decidí a comentarle hace poco, sobrio, mientras me comía una de sus empanadas y le preguntaba cosas vagas para mantenerlo ahí, frente a mí—quiero saber quién es usted para escribir algo.

No mostró emociones. Más bien, una indiferencia que despedía.

Le insistí. Otra empanada, para obligarlo a quedarse.

— ¿Cómo para qué sería?

Le eché el discurso típico de periodista que uno ya tiene mecanizado para persuadirlo y, luego de explicarle bien la vuelta, me dio un número.

— Ese es el celular de mi esposa. Llámela en estos días y miramos —y se fue mientras cantaba su eslogan de ventas para atraer clientes.

Unos días días después, llamé varias veces a Lenis, la señora encargada de cocinar lo que Joaquín vende de martes a sábado por la Zona Rosa de Bogotá.

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El celular estaba apagado. Menos mal ya sabía por dónde encontrarlo.

— ¿Qué más, Don Joaquín? Lo estuve llamando estos días y el celular de su esposa estaba apagado —le reproché infantilmente cuando me lo volví a topar en los aquelarres que se arman todos los fines de semana en la plaza de la calle 85 con carrera 15.

— Qué raro, venga se lo doy otra vez.

Volví a llamar al día siguiente y esta vez Lenis sí contestó.

— Claro, ya se lo paso.

En la llamada, lo sentí menos hermético que cuando lo intercepté en la calle. Aceptó verse conmigo y me citó un martes en el Carulla de la 85 hacia las 8:00 de la noche.


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Empanada de pollo

— Este ají es medicinal —me explica, mientras me como la primera empanada de la noche — lo hace mi esposa y es bien saludable porque no afecta ni el colon ni el hígado.

Suelto una pequeña risa y me interrumpe.

— La mayoría se ríe cuando digo eso, pero todo está hecho con productos sanos y he visto como cura borracheras —dice, levantando uno de los dos tarros que lleva sagradamente todas las noches.

— ¿Con esos dos tarros le alcanza para toda la jornada?—creyendo que me iba a decir que no por la manera tan desaforada en la que le vertía ají a cada uno de mis bocados.

— Sí, es la medida perfecta.

Habla de su producto con orgullo, como si no llevara cinco años vendiendo empanadas por la zona. Me cuenta que antes de llegar a esta sector, se caminaba a diario El Salitre y Modelia.

— ¿Siempre ha vendido empanadas, Don Joaquín? — y saco los dos mil pesos para pagarle.

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— No, no, deje así. Esta va por mi cuenta — afirma, mientras me ofrece un poco más de su picante — llevo muchos años en esto, pero ¿será que podemos hablar de esto después? Es que tengo que ponerme a trabajar.

— Déjeme lo acompaño en su recorrido y seguimos charlando.

— Es que yo voy muy rápido y me queda difícil hablar.

Por un momento pensé que me iba a tocar volver a molestarlo, que esta entrevista se realizaría a cinco cuotas.

— Pero por lo menos cuénteme de dónde viene usted y cuánto lleva en esto.

Eran las 9 de la noche, se le había hecho tarde y la única empanada que había sacado de su nevera me la había regalado a mí.

— Bueno, vamos y me acompaña un rato — se paró del lugar donde estábamos sentados y empezó a caminar a toda mierda esperando que yo le siguiera el paso — llevo unos 13 años con las empanadas.

— ¿Y siempre en Bogotá? Porque usted no es de acá, ¿no?

— No, soy de Bucaramanga, pero llevo muchos años acá —me dice cruzando la carrera 15 antes de sumergirse en esa densa cuadra de rumbiaderos— antes vendía donas, pero mi proveedor les bajó la calidad y me pasé a las empanadas.

— ¿Pero siempre caminando por las calles?

— Sí, aunque antes, en Bucaramanga, vendía ropa a crédito, pijamas, sudaderas, zapatos… — e interrumpe la frase por un parche de gente que lo saludó a lo lejos y se acercó para completar la primera venta de la noche— nunca me he sentido bien siendo empleado, prefiero ser independiente y no depender de nadie.

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A medida que caminábamos, gente en la calle lo saludaba de nombre y él a ellos. Cada vez que alguien se acercaba a comprar, yo procuraba alejarme para dejar fluir el negocio.

— Un amigo me preguntó que quién era usted y que por qué me estaba acompañando —me comentó desvirtuando por completo mi intención de hacerme el invisible.

— ¿Sí?

— Sí, es que los que me conocen están acostumbrados a verme solo —dijo mientras subíamos a un taller de tatuajes donde un solo tipo se comió como siete empanadas — yo nunca voy con nadie y ha habido personas que han querido hacer lo que usted está haciendo, pero siempre les he dicho que no.

Ni idea porque a mí me dijo que sí.

— Si quiero empanadas más tarde, ¿cómo hacemos? — le preguntó uno de los tatuadores.

— Yo les dejo mi número, me llaman y vengo.

"Le hubiera pedido el celular así", pensé, mientras veía como todos los del local se comían con gusto las empanadas de Joaquín.

Antes de salir de nuevo a la calle, me detuvo y se llevó el índice al ojo.

— Mire, los billetes de 5.000 en adelante los vuelvo un pequeño cuadrito y los meto en este bolsillo para no refundirlos.

Cogió el billete de 10.000 que le acababan de dar, lo dobló hasta dejarlo casi que irreconocible, se lo metió en ese bolsillo diminuto del jean que la mayoría usamos para guardar las monedas de las que nos queremos deshacer, me sonrió picarescamente y abrió la puerta del lugar para salir de nuevo a la selva de cemento.

Empanada de carne

— Quiero otra, Don Joaquín: ¿Me da una de carne, por favor? — sabiendo que esta sí iba por mi cuenta — son bien adictivas.

— Gracias, gracias. Dios lo bendiga.

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— ¿Cómo es su recorrido? ¿De dónde a dónde va?

— Yo arranco en Avenida Chile, voy hasta la 90, subo hasta la carrera 11 y termino en Héroes — señalando los puntos con su boca a falta de manos libres por todo lo que carga — voy dando vueltas hasta que venda todo.

— ¿Tiene alguna hora límite para irse a su casa?

— No, hasta que no venda todas las empanadas no me voy.

— O sea que se puede quedar hasta las 5:00 de la mañana acá.

— No me ha tocado hasta esa hora, pero sí suelo irme hacia las 3:00.

— ¿Cuántas empanadas trae, acaso? — le pregunto con particular interés.

— No, Don Santiago, yo eso no lo digo por agüero.

Nuestra conversación se truncaba constantemente por los comensales que se dejaban llevar por el 'jingle' pegajoso de Joaquín. Cada vez que se agachaba para dejar la nevera en el piso y sacar las empanadas, aprovechaba para acomodarse sus gafas rectangulares y la gorra gris: una prenda que le he visto usar desde la primera vez que probé la sazón de su esposa Lenis.

— ¿Dónde vive?

— Por Castilla, cerca a Hayuelos.

— ¡Ushh, lejos!… ¿Cómo se va hasta allá a las 3:00 de la mañana?

— Cojo un taxi colectivo aquí arribita — señalando nuevamente con su boca la carrera 11 a la altura del Andino.

— ¿Cuánto le cuesta?

— 8.000 pesos y me deja muy cerca de mi casa.


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Luego de estar con él por dos horas, estaba mamado: Joaquín mide 1.85 y sus piernas largas y entrenadas le permiten moverse como pez en el agua.

— ¿Vive solo con Lenis? — intentando caminar a su lado mientras nos dirigíamos hacia la zona de los ensayaderos pegada al parque del Virrey.

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— Con ella, mis dos hijos y mi perrito Melvin.

Eran las 10:30 de la noche. Iba tarde para llegarle a los músicos que estaban saliendo de sus ensayos en Árbol Naranja y Jam Session. Para él son presa clave porque salen con hambre luego de estar dos horas encerrados botando energía. Apresuró el paso. Yo empecé a trotar.

— Joaquín, ¿dónde estaba? — le preguntó un tipo que tenía su guitarra en la espalda — pensamos que se había ido de vacaciones otra vez.

— No, no, aquí estoy. ¿Solo queso, pollo, carne o hawaiana?

Por nombre propio, saludaba a bateristas, bajistas, cantantes y guitarristas. En esta parte, en particular, su 'jingle' no es necesario: ya lo conocen, ya han saboreado la calidad de sus empanadas, ya saben que así llegue tarde, llega.

— ¿Estuvo de vacaciones hace poco, Don Joaquín? — le pregunté esperando a que terminara de venderle su producto a todos los clientes del lugar.

— Sí, hace dos semanas volvimos a Bucaramanga a visitar familiares de mi esposa.

— ¿Hace cuánto no iban por allá?

— Uff, hace años.

Joaquín había mencionado varias veces a Lenis —aclarando que se escribía como Lenin pero con una 's' al final—, pero seguía sin saber mucho acerca de ella: solo que era la encargada de preparar el sustento de la familia.

— ¿Su esposa dónde aprendió a hacer empanadas?

— Ella ha cocinado toda su vida — me dijo mientras se le iluminaban los ojos de cariño — su papá era cocinero y le enseñó muchas cosas.

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— ¿Su suegro se dedicaba a eso? — y puse una cara de sorpresa que no entiendo de dónde salió.

— Viajó por muchos países trabajando como cocinero: de ahí el talento de mi esposa.

— Con razón son tan buenas — le dije con tono lambón pero genuino.

Eran las 11:00 de la noche y la carrera 14 con calle 87 estaba desolada. Solo quedaban los vigilantes y uno que otro carro parqueado sin dueño visible. Ya era hora de buscar otro lugar con más estómagos vacíos.

— Vamos a La Villa que hoy hay fiesta allá — me sugirió, mientras emprendía vuelo hacia esa cuadra que todos odiamos en secreto.

De camino, a la altura del parque León de Greiff, me antojé de otra empanada: la tercera y última de la noche.

Empanada hawaiana

— Dios lo bendiga — me dijo Joaquín cuando le di los 2.000 pesos antes de pasar por el bar El Ovejo.

— Siempre le dice a la gente "Dios lo bendiga", ¿cierto? — pregunté pensando que era una costumbre sin tanta importancia.

— Claro, todo es gracias a él.

— ¿Usted es muy creyente?

— Por supuesto — y sacó de su billetera una tarjeta de color verde con las siglas BBN con el siguiente mensaje impreso en ella: "¡Sintonícenos! Emisora totalmente cristiana" — cuando quiera puede pasarse por mi iglesia.

Sí, en efecto es un creyente acérrimo. De cierta manera, era de esperarse. Me dio otra tarjeta.

— Tenga, para que le lleve a su mamá, Don Santiago.

Cuando estábamos a punto de sumergirnos en una conversación metafísica, un tombo nos interrumpió.

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— Me hacen el favor de correrse. Acá no pueden estar — e hizo un ademán para sacarnos de la calle que cobija bares como Këa, Amapola, La Villa y otros lugares cuyos nombres nunca me aprenderé.

(Con la implementación del nuevo Código de Policía, en el cual el Artículo 140 busca recuperar el espacio público, la situación con los vendedores ambulantes continúa siendo ambigua por las diversas demandas que ha recibido la medida: sí es posible sancionarlos, pero dependiendo de qué bien o lugar estén afectando. En este caso, a Joaquín es difícil multarlo por ser, literalmente, un vendedor ambulante que no se queda quieto ni dos minutos).

Nos movimos y terminamos al frente de Sombrillitas: el sitio donde todo empezó.

— Aquí probé sus empanadas por primera vez, Don Joaquín — le dije con ánimo de disipar el momento incómodo con la policía.

— Antes el dueño de este lugar me dejaba entrar a vender, pero ya no. Dice que le quito clientela, pero yo siempre he creído que yo le ayudo a que consuman más.

— ¿Por qué lo dice?

— Yo les traigo empanadas, se las comen y quedan listos para seguir tomando — y se agacha para atender a dos empleados del parqueadero nuevo que ahora está al lado del chuzo más firme de la Zona Rosa bogotana.

— ¿Cómo hace para diferenciar las empanadas? — no sé por qué no le había preguntado esto antes.

— Les pongo huecos a cada una de ellas. Cuando no tienen huecos, son de carne o cuando tienen dos huequitos, son hawaianas y así.

Ya me había comido tres empanadas y Joaquín ni siquiera había tomado agua.

— ¿No tiene hambre? ¿Se come sus empanadas si le da?

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— Ahorita me como una empanada y quedo bien.

Nunca se come más de una. Se tanquea bien antes de salir de su casa y prefiere no tocar su negocio de a mucho.

— ¿Si le sobra alguna la vende al día siguiente?

— No, nunca. Todo lo que vendo es del mismo día, fresquito. Las pocas veces que han sobrado, nos las comemos en mi casa, pero nunca se las doy a los clientes.

Cada vez que abría la nevera blanca raída intentaba calcular a ojo la cantidad que le quedaba, pero nunca he servido para hacer ese tipo de cosas. Pero lo que sí noté es que le quedaban un poco menos de la mitad.

Ya iban a ser las 12:00 y llevaba casi cuatro horas caminando con Joaquín. Me costaba entender cómo podía manejar este trote cinco días a la semana.

— ¿Le gusta su trabajo?

— Sí, es pesado, pero a mí siempre me ha gustado el menudeo y estar en contacto con la gente.

Estaba cansado, pero todavía tenía ganas de seguir parchando con este maestro del perifoneo y el rebusque. Y aunque sabía que él no estaba incómodo con mi presencia, todavía le quedaba un largo trecho por recorrer.

— Necesito meterme otra vez a la calle de donde nos sacaron y me toca con cuidado — me dijo con algo de pena — si quiere me puede llamar o venir otro día y seguimos charlando.

Ni modo. Primero lo primero.

— Todo bien, Joaquín. Muchas gracias por su tiempo y espero que termine temprano.

Nos dimos la mano, un par de palmadas en la espalda y recogió su nevera, respiró hondo y gritó en volumen moderado, "Empanadas de solo queso, pollo, carne, hawaiana… y traigo ají", acercándose hacia los pocos borrachos que había en la zona ese día.

Mientras se alejaba, caí en cuenta de que me cabía otra empanada —la de solo queso—. Aun así, me fui para mi casa a dormir sabiendo que a Joaquín le quedaban por lo menos dos horas más de trabajo.