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Cultură

El paraíso gitano perdido

La camioneta Ford color blanco de Richard Sheridan se detiene afuera de la estación de trenes de Wickford, un suburbio de Londres. Con el tablero
5.12.11

Un gitano sostiene una cruz mientras arden las casas rodantes y los activistas lanzan piedras. La camioneta Ford color blanco de Richard Sheridan se detiene afuera de la estación de trenes de Wickford, un suburbio de Londres. Con el tablero cubierto de periódicos y bolsas vacías de papitas, se ve muy fuera de lugar junto a los taxis brillantes y filas de casas idénticas. Richard tiene 37 años, su pecho como barril metido dentro de una camiseta a rayas azules, y sus jeans azules manchados muy por debajo de su cintura. Se para en la llovizna y abre las puertas traseras, balbuceando algo con un grueso acento irlandés. Para mí es un sinsentido; pero entiendo una vez que gesticula que suba a la camioneta. Cierro las puertas y pierdo mi balance cuando arranca, cayendo sobre unos muebles, desde donde tengo que forzar mi vista para reconocer las caras de las otras figuras que me rodean en la obscuridad. Nos dijeron que permaneciéramos en silencio y escondidos mientras pasábamos una serie de retenes de la policía. Me asomo entre los dos respaldos de los asientos delanteros cuando nos aproximamos a Dale Farm, cerca de Basildon, Essex, la más grande residencia gitana ilegal en Europa que pronto será el sitio de un caótico desahucio masivo. Los inquilinos de largo tiempo de Dale Farm, gitanos de ascendencia irlandesa, son considerados una minoría racial en el Reino Unido. Viven en casas rodantes modernas jaladas por carros o camiones, acampando donde pueden, al lado del camino, en los campos de otras personas, o en tierras públicas. Cada vez que deciden establecerse en algún lugar, los locales y la policía los presionan inmediatamente para que se retiren. Algunos dicen que esta tímida y resguardada comunidad se utiliza como chivo expiatorio para muchos males sociales menores. Otros los ven como ladrones gorrones que necesitan un corte de pelo y un trabajo. Lo que sí es muy concreto es el compromiso de esta comunidad consigo misma. Hace diez años, un grupo de gitanos abandonaron sus casas rodantes para establecerse en un lugar semi permanente, Dale Farm. Internándose en el campo inglés, dejaron su vida nómada atrás, retirándose de una sociedad intolerante de su herencia y escapando de miradas hostiles y visitas de la policía. En el ayuntamiento de Basildon, hubo gran preocupación porque el desarrollo de la granja se hizo sin aprobación oficial. En el Reino Unido, los ayuntamientos locales deben otorgar un permiso de planeación antes de que se erija una nueva estructura, principalmente como una medida contra la sobrepoblación y construcciones inseguras. A pesar de las preocupaciones humanitarias,costos legales y mano de obra, el ayuntamiento de Basildon alega que la negativa a largo plazo de cumplir este requisito convierte a todos los habitantes de Dale Farm en candidatos para desahucio. Al final, la operación probablemente cueste 28.5 millones de dólares de dinero de los contribuyentes. Tony Ball, líder del ayuntamiento de Basildon, argumenta que la ley se debe cumplir por todos. Por supuesto, los gitanos no están de acuerdo. Activistas en Dale Farm arman una torre de andamios “Cuando compramos este lugar, el gobierno apoyaba a familias viajeras a que compraran y se establecieran” platica Patrick James Joyce, un viajero irlandés que mudó a su familia a Dale Farm hace una década. Sin permiso de planeación, los Viajeros sólo tienen permitido vivir 28 días por lugar en sus casas rodantes, sean o no dueños del lugar. El ayuntamiento ha intentado crear viviendas alternativas para las 86 familias amenazadas por desahucio, frecuentemente en minúsculos apartamentos, en ciudades y aislados del resto de la comunidad, pero estos han sido rechazados por los Viajeros como culturalmente inaceptable. Después de más de una década de complicados procedimientos legales, la situación se tornó crítica en septiembre cuando las autoridades locales comenzaron los desahucios. Los gitanos pudieron retrasar la expulsión con maniobras legales, pero para cuando llego, a finales de septiembre, Dale Farm esta a punto de explotar con violencia. Nuestra camioneta salta y se sacude sobre el pavimento lleno de baches. Hay reporteros y camionetas de televisión junto a toda la acera. Los normalmente callados campos que rodean la granja están llenos de oficiales decididos a entrar a los hogares familiares a la fuerza. Hay escusados portátiles alineados y hombres con cascos de construcción y chalecos de alta visibilidad inspeccionan el perímetro, esperando acción. El final del camino está bloqueado por una gran puerta de madera debajo de una estructura de tubos metálicos, lona impermeable, neumáticos viejos y alambre de púas. Estas extensiones utilitarias chocan contra las paredes decorativas de Dale Farm. Hay tubos de andamios apilados sobre ladrillos, en una cruza entre obra negra, castillo medieval y una fortaleza de Mad Max. Hay fotografías de los niños que sin duda se quedarán sin hogar, pegadas en las paredes, con sus caras rogándole al mundo exterior. Arriba en las murallas hay figuras esperando con sus identidades ocultas por máscaras y bufandas. Algunos tratan de intimidar curiosos: “Tenemos rocas aquí arriba. Esperamos hayan traído un casco”. Cuando llegamos, Richar Sheridan, en su camioneta blanca es reconocido como el presidente del consejo gitano, y las puertas se abren. La granja ha cambiado significativamente en la última década. “El lugar estaba desolado (cuando llegamos). Era utilizado para almacenar carros viejos y chatarra”, dice Patrick. La tierra fue comprada por diez familias, incluyendo la de Patrick, que buscaban un hogar permanente y escape de la constante presión por abandonar lugares de campamento. Con el tiempo hicieron caminos, construyeron casas e inscribieron a sus hijos en las escuelas locales. Dale Farm creció, con sus población superando los 400 en el 2007. Izquierda: Jay, residente de Dale Farm, después de romperse el cráneo. Ignoró el consejo de un médico de mantenerse sobrio.  Derecha: Jóvenes residentes juegan en un sillón cerca de la entrada a Dale Farm. Desde 1994, el estilo de vida gitano ha sido complicado por una ley que le permite a las autoridades desplazar a los Viajeros por capricho y sin ofrecerles un lugar alternativo. Anteriormente, los ayuntamientos debían proveerles un lugar dónde acampar. La ley fue diseñada originalmente para alentar a los gitanos a establecerse en casas permanentes; pero en la práctica, los oficiales raramente otorgaban los permisos para que esto sucediera. “Incluso cuando pedimos los permisos de planeación, nos los rechazan”, se queja Steve, un residente anciano. “Es por nuestra ascendencia; son racistas e intolerantes”. Nos sentamos en troncos de árboles y asientos de carros viejos, observando cómo activistas simpatizantes no-gitanos suben por los andamios como simios y refuerzan las estructuras.“No siempre se vio así. Somos gente orgullosa”, dice Steve. Describe cómo era Dale Farm, con su pavimento y jardines perfectamente cuidados, un lugar donde familias se reunían y jugaban. Algunos lugares están vacantes, ya que sus dueños escogieron irse antes en sus casas rodantes para escapar el riesgo de perder todo frente a las máquinas de demolición. Otras casas permanecen, con sus habitantes asegurando que: “se quedarán hasta el final”. Hay íconos religiosos maltratados por todos lados: un Jesucristo de fibra de vidrio al que le pegaron un brazo con cinta adhesiva, una imagen de la virgen María observa fijamente uno de los baños portátiles. Los Viajeros son muy católicos, aceptando estrictamente las reglas de su fe: no hay sexo premarital y no hay divorcio. Cuando cae la noche, la lluvia convierte el jardín en lodo, debajo de cientos de pies. Nadie dormirá esta noche. El rumor dice desahucio mañana. Los gitanos beben y cantan canciones populares a todo pulmón, mientras los activistas suben a sus casas de árbol y torres de observación de perímetro. La siguiente mañana despierto sin poder respirar en mi casa de campaña colapsada. Son las 6 AM. Durante la noche, algunos pies anónimos tropezaron con las piedras que sostenían las orillas. Se han construido más barricadas, esta vez dentro del perímetro de la granja. Callum, un estudiante de bioingeniería, trabaja en una de ellas en el camino principal. Usa botas negras y equipo militar color obscuro; se ve anémico y muy delgado en la luz de la mañana. Sujeta la pared de una casa de juguete a uno de los andamios con cuerda y alambre de púas, metiéndolos por los corazones que tenía por ventana para atar el nudo. “Esto por lo menos frenará las máquinas de los oficiales, dándonos más tiempo para subir a los techos y encadenarnos” me dice. Camino arriba, filas de neumáticos atados con alambre de púas y llenos de clavos son amarrados a andamios. A lo largo, las palabras NUESTRO HOGAR confrontan a quien sea que pase. La piel de un jabalí, colocada en la cerca de Dale Farm, desde donde se burla de oficiales y transeuntes. Guardo mi casa de campaña en un bolso. Un gitano se aproxima. “Déjala ahí” me dice señalando mi casa de campaña con su cigarro. “Te puedes quedar ahí el tiempo que quieras”. Lo sigo hasta su casa rodante para ver las noticias, transmitidas por las cámaras de televisión justo del otro lado de la cerca. La BBC explica la situación, mostrando imágenes de la apelación de último minuto en la corte por parte de los gitanos. Hay muy pocas noticias dentro de Dale Farm. La gente depende de la TV por satélite y los radios en las camionetas. La mayoría de la información viene en forma de rumores que provienen de los reportes de primera mano, bastante diluídos, de los gitanos en la corte. El chisme más reciente dice que el desalojo se llevará a cabo a medio día. En la puerta principal, paso a un lado de un carro incendiado lleno de concreto. Hay activistas en trajes azules y enmascarados, recostados sobre el suelo, con sus extremidades encadenadas al interior de los vehículos. Un joven residente, tal vez de cinco años, jala sus posesiones dentro de una maleta de Tinkerbell. Las cercas con espirales de alambre de púas crean un corredor claustrofóbico que es la única entrada al lugar. Otra camioneta bloquea el camino, con llantas ponchadas y activistas encadenados para que sea imposible moverla. NO HAY LUGAR COMO EL HOGAR pintado en el cofre en letras mayúsculas de color azul. A unos 6 ó 9 metros sobre mí hay barricadas de metal afilado cortando el cielo. Los habitantes de Dale Farm, normalmente introvertidos, trepan donde pueden para molestar a los oficiales y dar entrevistas a la gente de prensa en el exterior. Las madres se recargan en las cercas, dando gritos de apoyo a los activistas. Las chicas jalan a sus hermanos menores para que las acompañen. Acercándose al lente de la cámara, uno grita: “¡No vamos a ningún lado! ¡Esta es nuestra casa! ¡Algunos de nosotros nacimos aquí!”. La gente comienza a decir que los policías están rodeándolos para accesar por una entrada menos fortificada. Los activistas se apuran a reforzar otras cercas y a revisar lonas que bloquean la vista de cámaras de televisión en grúas hidráulicas que intentan grabar sobre la cerca. Me acerco a una entrada, donde una chica esta sentada debajo de una sábana con su cuello encadenado. Una señal avisa que el abrir la puerta le quebraría el cuello a la chica. Cuando levanto mi cámara para fotografiar, me detienen. “Todavía no fotografíes”, me dice una activista. “Está orinando debajo de esa sábana”. Se consigue un interdicto contra el desahucio, lo que le da a los residentes cinco días más de libertad. Los gitanos y los activistas se paran hombro a hombro, felicitándose, triunfantes aunque sea temporalmente. La gente va por cerveza a través de una entrada secreta: detrás de un cobertizo, a través de una cerca, sobre una pared, detrás de una casa y sobre la cerca de alambre de púas. Tal vez la crisis se supere y se convierta en una de las tantas historias de la granja. Muchos nacimientos, muertes y matrimonios se han realizado sobre esta tierra. Es tierra consagrada. “Mi hermano y cuñada murieron aquí cuando se incendió su casa rodante”, dice Patrick, señalando un lote vacío a unos 45 metros. “Mi padre murió aquí también, probablemente de viejo. Pero no pudimos llevarlo a tiempo al hospital”. Mientras habla, su voz se suaviza y rompe contacto visual conmigo, observando atentamente el pavimento. Su esposa y sus hijos se han ido, cediendo ante el estrés. Ahora duerme en los sillones de sus amigos. Activistas intentan detener a la policía que intenta entrr a Dale Farm. Los procesos legales siguen durante semanas. Los activistas usan esta ausencia de presión como excusa para irse, y la mayoría no regresa, y muchos más gitanos parten en sus casas rodantes temiendo lo peor. Pero un núcleo dedicado permanece. Los jueces otorgan más interdictos, prolongando la agonía de los gitanos. Las decisiones se prorrogan durante días mientras consideran las repercusiones. Una atmósfera de sospecha crece. “Nuestras oportunidades van de muy pocas a ninguna” lamenta Patrick. Dale Farm le parecía el lugar perfecto a Patrick. Era un lugar privado, remoto e indeseable para otros. “Si no podemos establecernos en un basurero, entonces ¿dónde?” dice. Ahora, compañías privadas demuelen los cimientos de ladrillo y sacan la tubería. El drenaje se derrama sobre el camino y las compañías se llevan casas de familias que decidieron reducir sus pérdidas y retirarse. “No voy a ningún lugar. Este es mi hogar” dice Patrick. A pesar de apelaciones, conferencias de prensa, protestas y demostraciones, Dale Farm ha llegado a su fin. Los jueces le rechanzan a los habitantes su derecho a apelar y los oficiales dieron un aviso de que están a 48 horas de entrar. Una grúa gigante espera amenazadoramente en el campo de enseguida, y aparecen camionetas antimotines de la policía. Llegan de nuevo parvadas de activistas al lugar, una vez más atándose a las puertas y a camiones. Se le lanzan rocas a los oficiales que inspeccionan el lugar. “Estaremos violando la ley si nos quedamos y violamos la ley si viajamos” dice Patrick. Adoptando una postura de vaquero, utiliza un taladro eléctrico para fingir dispararle a la oficina de los oficiales. “Voy a destruirlos y a quedarme”. El 19 de Octubre, el cielo negro revela los primeros indicios de azul cuando salgo de mi bolsa de dormir. La alarma suena cuando llevo dos sorbos de café: largos silbidos muy agudos. Comienzan los gritos de los vigilantes. Observo por la ventana de la cocina y veo la luna reflejada en los escudos y cascos de la policía antimotines. Marchan por el pasto. Los activistas vestidos todos de negro, corren a encontrarlos, empujándolos con las barricadas hechas de hierro corrugado, madera y alambre de púas. Hay disparos de tasers de la policía. A gritos, la primer línea de activistas cae. Filas de policías entran a través de la cerca. Debajo del granizo de ladrillos y botellas, la policía obliga a los activistas a retirarse hacia la puerta principal. Patrick pasa entre todas las personas, filmando la acción. El humo se eleva al claro cielo de otoño. Una casa rodante ha sido incendiada como línea de defensa extra. Los activistas y los gitanos trabajan juntos para lanzar neumáticos, sillones y otros objetos a las hogueras, haciendo que el aire se torne negro. Cortan la electricidad del lugar. Ahora la única luz proviene de las linternas de los oficiales mientras cortan el concreto y acero de la puerta principal. La policía hace guardia detrás de una pared de escudos transparentes mientras se acerca un activista. Se retira su máscara y su uniforme negro, revelando su cara. Se detiene a un metro de ellos, los señala y les escupe mientras les grita: “¿Están felices? ¿Cómo pueden dormir en la noche?”