Adrián Morillo encontró la cuna del flamenco auténtico

Fotografiando la esencia del cante jondo de Cádiz.

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feb. 23 2014, 7:01pm

Es curioso como a veces pasan las cosas. Durante el verano de 2012 Adrián Morillo estaba trabajando como periodista en el periódico Diario de Cádiz. El jefe de la sección de cultura le comentó un día que le sobraba un pase para un festival de flamenco y que si le apetecía ir. Por aquel entonces él no estaba especialmente interesado en el flamenco, pero pensó que sería una buena oportunidad para hacer unas buenas fotos. Así que aquel día al terminar de trabajar se acercó al festival y consiguió colarse en la zona de camerinos.

Allí se encontró con la bailaora María Moreno y le hizo algunas fotografías poco antes de su actuación y durante el baile en el escenario. Fue algo bastante impactante, se quedó impresionado con la actuación, llena de fuerza y energía dramática. Después de la actuación se enteró de que el padre de la chica había muerto aquella mañana.

Fruto de aquél primer impacto, decidió comenzar a desarrollar un trabajo alrededor del mundo flamenco, lo tituló Jondo y está formado por las fotos que hoy os presentamos.

Hola Adrián, ¿cómo empezaste en esto de la fotografía?

Mi formación principal ha sido en Comunicación Audiovisual. Me especialicé en cine y sobre todo en cine documental. Durante los años que estuve estudiando hice algunos cortometrajes documentales con algunos amigos, donde hacía de cámara, editaba… Digamos que estaba muy centrado en el vídeo y el cine. La fotografía no me interesaba especialmente, llegué a ella por accidente.

Fue viendo un blog sobre habitantes de mi ciudad www.gentedelpuerto.com (El Puerto de Santa María, Cádiz), cuando di con una fotografía que me impactó bastante y gracias a la cual empecé a trabajar la fotografía.

La mirada del torero, los compañeros que tenía, la bandera franquista de fondo… Tenía un punto cómico-trágico-esperpéntico que me dejó como poco sorprendido. Sobre todo teniendo en cuenta que la fotografía solo tenía 3 o 4 años. Estuve varios días pensando en esta fotografía hasta que decidí que sería una buena idea hacer un trabajo documental acerca del torero y sus compañeros. No sabía realmente casi nada de él pero estaba seguro que la aventura merecería la pena. Tomé esta decisión a comienzos de verano de 2011.

Por diversas razones, el grupo con el que desarrollaba documentales se disolvió, por lo que me vi en una situación difícil para desarrollar yo solo un documental. Pensé entonces que tal vez no sería mala idea realizarlo mediante fotografías. Aunque tenía experiencia como cámara, en lo que realmente me había especializado era en edición de vídeo, por lo que el proyecto se me planteaba como un reto. Decidí comprar entonces una cámara analógica (Nikon FM2), hacerme con un objetivo 50mm y un buen número de carretes. Ya que me planteaba un nuevo reto, quería tener límites en el número de disparos del carrete para obligarme a pensar qué era lo que quería captar, no estar probando sin tener claro qué quería, algo a lo que invitan a veces las cámaras digitales.

En aquel entonces estaba en Madrid. Ya con el equipo me planté en El Puerto de Santa María, conocí al torero de la fotografía, apodado “El pajarito”, así como a otras figuras de la zona. Fui con ellos a ver distintas corridas de toros, salimos de fiesta… Me sumergí de lleno en el ambiente taurino, un mundo que hasta entonces me era completamente desconocido.

Al final del verano volví a Madrid con muchos carretes. Los revelé, empecé a ver todos los fallos que había cometido y a darme cuenta lo difícil que es crear una serie fotográfica que tenga cierta coherencia. Con todo, muchos meses después, finalicé el trabajo Toreros de provincias, proyecto final de un Master en Arte, Creación e Investigación que estaba realizando en la Universidad Complutense. Ese trabajo me permitió conseguir una beca para estudiar en la escuela de fotografía MadPhoto.

La experiencia que tuve con los toreros, tanto realizando las fotografías como después dándoles forma, me enseñó mucho sobre fotografía. Descubrí que era un medio que daba mucha más libertad que el cine, que hacía más sencilla la conexión con quienes trabajabas y, sobre todo, que podía transmitir de una forma que hasta entonces desconocía ciertos sentimientos y sensaciones. Por lo tanto decidí seguir trabajando con ella.

¿Cómo fue el proceso de creación de tu proyecto Jondo? ¿Resultó complicado tomar las fotos?

Una vez que decidí ponerme a trabajar, comencé a acercarme a todos los lugares donde olía a flamenco. Esto me llevó a conocer a algunas de las grandes figuras que actúan en Palacios de la Música y teatros y también a familias que cantan en un chiringuito en la playa para atraer clientela. El punto de partida de mi proyecto era la emoción de aquel primer encuentro con el flamenco y de las fotografías que realicé de la bailaora el primer día, pero apenas encontré nada de eso en los conciertos a los que acudí después.

Entonces decidí introducirme en los espacios flamencos de raigambre más jonda y no fue muy difícil ir encontrando lugares donde empezar a trabajar. En la provincia de Cádiz, sobre todo en Jerez de la Frontera, donde se desarrolla la mayor parte del proyecto, hay gran cantidad de peñas donde se realizan espectáculos flamencos con artistas de carácter jondo que son impresionantes. Si no fuera por la labor que hacen las peñas flamencas para mantener este tipo de flamenco vivo, hubiera sido imposible realizar este trabajo. 

¿Cómo es el ambiente de estos sitios?

Es un ambiente de respeto, mucho respeto. Antes de la actuación se puede estar comiendo, bebiendo y bromeando, pero una vez que se anuncia que va a comenzar la actuación, la energía de los asistentes cambia. Se instaura cierta tensión entre el público, como si estuvieran en una misa y esperaran la bendición del cura. Y no es casualidad. El cante y el baile flamenco jondo son en cierta forma redentores. El que canta, así como el que escucha, sufre y se emociona con las narraciones que se comparten durante la actuación. Aunque puedas no llegar a entender las letras, la entonación, la rotura y la garra del cante jondo, conecta emocionalmente con nosotros y con nuestras penas de una forma increíble. Es por ello que tras una buena actuación, público y artistas irradian felicidad y alegría, como si se hubieran quitado de encima todas las penas que escucharon. Se puede decir que es una experiencia mística. Es lo que he intentado reflejar en mis fotos.

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