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Beber en la calle, vivir en la calle, luchar en la calle

La calle es un espacio de conflictos e intentar homogeneizarla es una quimera inmoral.
30.9.14

Tengo un colega que nació en las ariscas y peligrosas tierras de Huesca que siempre se ríe de la conducta diplomática de los catalanes, de ese “parlem-ne”. Joder, ya sabéis a lo que me refiero, a eso de siempre tener que arreglar las diferencias y llegar a un acuerdo para intentar evitar, a toda costa, que surjan esas situaciones en las que la gente se clava cuchillos en la cara. Ciertamente la parodia de mi amigo es —en tanto que tal— una exageración, pero sí que no podemos ignorar que existe este intento de evitar los conflictos a base de analizar y debatir con plena conciencia y con una responsabilidad moral casi celestial todos los problemas y conflictos. Esto no sucede solamente en Cataluña, podríamos decir que es una actitud general de los países desarrollados cuyas políticas están untadas por el capitalismo neoliberal. El problema surge cuando estas actitudes de concordia se exigen desde las administraciones y se generan un conjunto de leyes “cívicas” que los ciudadanos deberán respetar, deshilando entonces el gran tapiz de la libertad. La calle, como un servidor la entiende, no es precisamente un espacio de debate continuo donde los ciudadanos deban analizar pacíficamente sus diferencias —esto genera un espacio casi irreal, donde los cuerpos ya no existen, donde solamente las ideas y el mero acto de pensar y comunicar tienen lugar— sino un escenario de acción, diferencia y conflicto.

Desde hace ya algunos años se está criminalizando por todo el territorio español cualquier actitud pública que no encaje con lo que se espera de los estándares de corrección de la clase media española. Criminalizar el botellón, poner a las salas de conciertos entre la espada y la pared, cerrar bares afines a la comunidad LGBT, responder con violencia a las manifestaciones de ciudadanos en espacios públicos, etcétera. En definitiva se intenta crear un espacio homogéneo donde las ideas que difieren de un estándar impuesto por las instituciones sean censuradas. No es tan difícil entender que el espacio público es la tarima donde conviven las personas y donde se muestran sus diferencias. Pretender racionalizar y enmendar estos conflictos significa negar la diferencia y, por lo tanto, la naturaleza de las calles. Siempre habrá gente con diferencias; estarán los vecinos que no quieren ruido y los jovenzuelos sedientos de conciertos en directo, los propietarios de bares que se quejan de los botellones y de los lateros y la gente que no entiende por qué no puede seguir bebiendo en la calle. Es coherente que la gente salga a la calle a quejarse y a reventar coches y contenedores cuando desde el gobierno no se les quiere escuchar. Esto es normal y no debería sorprendernos. Lo que es inmoral es que se intenten regularizar estas diferencias con excusas “cívicas” que únicamente sirven fines económicos, negando por completo la realidad de los ciudadanos. Con este panorama, los propios indígenas del lugar (nosotros) tienen problemas para integrarse en un espacio que ya no es suyo. Es un espacio de postal, construido y soñado sobre un mapa, una decoración. Un espacio destinado a los que no viven en él, para los visitantes no para los ciudadanos. Un espacio —entonces— de ficción.

Esta búsqueda de la urbanidad desconflictivizada expulsa a todos aquellos disidentes que no actúan según las lógicas de las administraciones por lo tanto la desigualdad —que no la diferencia— entre los entes corpóreos que ocupan y viven en una ciudad es palpable. Se busca la homogeneización a través de la expulsión y la gentrificación. No importan los ciudadanos, solamente la marca de la ciudad, lo que se puede vender hacia fuera, la máscara, el maquillaje. El ciudadano es como un complemento pasivo a la urbanización y mercantilización de los espacios. Las administraciones no quieren una ciudad realista, no quieren calles de verdad con gente real, quieren un eslogan publicitario. Por lo tanto, apoyar desde la ciudadanía estas medidas de convivencia forzadas y negar el caos y la naturaleza salvaje de las calles es apostar por la desocupación de las ciudades, aspirando a una ciudad fantasmal.

Estamos inmersos en la persecución de lo grotesco, negando la posibilidad de la fealdad, exigiendo la belleza a toda costa. ¿Pero la belleza según quién? ¿Queremos espacios perfectos, pulcros e higiénicos o también creemos que tienen que existir los rincones más oscuros —desconocidos, extraños, disidentes— de la ciudad? ¿Qué conforma una ciudad, las grandes avenidas relucientes, los barrios obreros o los cascos viejos? Seguramente la convivencia (lucha) entre todos estos espacios. La sociedad urbana está compuesta por un mosaico inconexo, fragmentado e incongruente. Hay empresarios, putas, comerciales y borrachos y éstos nunca se entenderán entre ellos. Todas estas facetas de la ciudad son necesarias y es desastroso intentar apostar por una sola de ellas. Ante todo, un ayuntamiento tiene que apostar por esa fragmentación (siempre garantizando que todas las partes tengan los mismos derechos) y no negarla en beneficio de unos intereses que habitan —por ejemplo— en las esferas económicas.

Un espacio público atado a unos principios morales de convivencia ordenada choca frontalmente con la idea de la calle como espacio de expresión, de núcleo de actividad y de radicalización de ideas y comportamientos (manifestaciones, revoluciones, en fin, hacer avanzar la historia,…). Este espacio colectivo debe recuperar su identidad. Aspirar a la homogeneización significa ocultar el problema real: la diferencia de clases. Tenemos que aceptar las diferencias y —como en esa película de Werner Herzog donde todos los actores eran enanos — normalizarla y convertirla en el vehículo principal con el que articular el desarrollo de las ciudades. Ahora mismo las calles se han convertido en espacios de no-vida, de tránsito, de pasillos por los que los ciudadanos discurren para ir de un sitio a otro: trabajo, comercios, garaje, casa. Ahora es en la vivienda donde se VIVE, no en la calle. La vida se ha convertido en algo privado, han conseguido expulsarnos de las calles.