El número en llamas

​Medellín Subterráneo: la edad de oro del fanzine paisa (1989 - 1991)

Fanzines que circulan de mano en mano, hechos con las uñas y nacidos del deseo de compartir los sonidos que consumía la juventud de una ciudad sumida en las cloacas del narcotráfico.

por Felipe Arias Escobar
26 Febrero 2016, 5:00pm

Esta historia hace parte de la edición de febrero de VICE.

Como en el Manifiesto de Marx y Engels, un fantasma recorre Medellín: el fantasma del underground. Son los años ochenta y la música inspira a toda una generación. Entre tesoros inolvidables del vinilo como el compilado punk La ciudad podrida y el álbum metalero Reencarnación 888 Metal, y del celuloide como la película de Víctor Gaviria Rodrigo D No Futuro, otro grupo de jóvenes está haciendo joyas de papel. Se trata de fanzines que circulan de mano en mano, hechos con las uñas y nacidos del deseo de compartir los sonidos que consumía la juventud de una ciudad sumida en las cloacas del narcotráfico. No importaban las limitaciones económicas, no importaba la guerra que había elegido a este lugar del país para ensañarse con horror extremo. Medellín, como uno de los más subvalorados epicentros globales del punk y el metal, supo propagar su cultura roquera gracias a este recurso autogestivo e independiente cuyas ediciones se multiplicaron entre 1989 y 1991, auténticas joyas de la historia de la música independiente en América Latina. Sus imágenes y textos fueron así los motores para formar la identidad musical, y a la vez convertirse en el grito colectivo de toda una generación.

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Todo se remonta a la mitad de los ochentas. Mientras languidecen Nash, Fénix, Complot y Carbure, las bandas primigenias del hard rock y el punk paisas, una nueva generación de agrupaciones, representada en Kraken, Parabellum, Reencarnación e IRA, empieza a emerger con fuerza en el panorama. Injustamente, las bandas del pasado inmediato comienzan a juzgarse como las de los "niños ricos" o de "los plagios", ya que buena parte de su repertorio eran covers. Cuando el rock de Medellín experimenta este relevo, los que no están tocando empiezan a manifestarse por medio de hojas volantes, la mayoría de ellas elaboradas por los primeros punkeros del país.

"¿Cuál rock?", se preguntaba el autor de un panfleto arrojado bajo la puerta de Jorge Calderón, integrante de Carbure. Allí le reprochaba a bandas como la suya seguirle el juego "a los medios de comunicación burgueses", rechazando su supuesto "comercio disfrazado de rock". La actitud insinuaba una música donde la ideología política desempeñaba un papel central, donde ninguna concesión al establecimiento debía permitirse y donde, además, se buscaban formas de expresión al margen de los medios convencionales. Un año después, haciendo fila para la primera presentación del grupo español de heavy metal Barón Rojo en Medellín, el músico y periodista Román González recuerda haber recibido otra hoja donde le advertían que eso era una "caspa", que no debían apoyar "esos eventos burgueses".

Por esos años circulaba el rumor de que muchas de las presentaciones de artistas extranjeros eran auspiciadas por Medellín Sin Tugurios, la fundación de "asistencia social" creada por el narcotraficante Pablo Escobar, el personaje icónico que por entonces buscaba comprar la lealtad de la sociedad de cuantas formas le era posible, incluyendo la financiación de espectáculos públicos. En estos primeros alientos editoriales, el underground paisa no sólo se rebelaba contra los valores convencionales del establecimiento, como haría un punkero de cualquier otro lugar del mundo, sino que también lo hacía contra la cultura mafiosa y violenta que por esos mismos años azotaba a la ciudad.

Después de estas primeras experiencias panfletarias, el trabajo se fue transformando para crear publicaciones más periódicas y extensas. Una de ellas, si no la primera, la hizo Piedad Castro, cofundadora de la legendaria banda femenina de punk Fértil Miseria y una de las agrupaciones más longevas en la historia del rock colombiano, vigente hasta hoy. Piedad hacía unos folletos que regalaba entre sus amigos (aproximadamente 20 copias) en los que hablaba de sus bandas y vivencias favoritas, haciendo más de una vez "entregas" especializadas, por ejemplo, para enseñarle a sus amigos que la banda de Nueva York The Plasmatics era uno de los proyectos más contestatarios del rock anglo. Tras su experimento, al finalizar la década vendrían los fanzines de contenidos más diversos y copias más numerosas.

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A finales de los ochenta hay un florecimiento extraordinario del punk y el metal en Medellín. Se multiplican las bandas y las ediciones independientes de sencillos, álbumes de larga duración y demos en casete. Con toda esa producción, también aparecen los más variados canales impresos de difusión, canales hechos a lápiz y con "imprentas domésticas" que se multiplicaron entre los melómanos de la ciudad entre 1989 y 1991.

Para entonces circulaban Piraña Zine, a cargo de los hermanos Luis y Ricardo Gómez (hoy día cantante del proyecto de rock fusión Niquitown); Diabolic Force, editada por los también hermanos Mauricio y Óscar Osorio (hoy integrante de la alineación reformada de Ekhymosis); la ya mítica Necrometal, fundada por Alex Oquendo y Mauricio "Bull Metal" Montoya, las calaveras detrás de la legendaria del death paisa, Masacre; Nueva Fuerza, de la ya mencionada Piedad Castro; Retaliación, de la paródica Editorial La Puerca Negra; y otros títulos como Visión Rockera, Hellzine, Black Zine y Medellín Subterráneo. Eran alrededor de doce los fanzines que llegaron a editarse al mismo tiempo durante esos años.

Esta primera generación de publicaciones DIY criollas publicaba biografías de artistas internacionales, reseñas de álbumes, listados de nuevos discos que llegaban a la ciudad, letras de canciones, entrevistas a bandas locales y páginas de opinión sobre la escena local, la sociedad y los jóvenes. Allí también se enteraba el público sobre el estreno de los demos y acetatos que por entonces lograron editar en grandes cantidades los músicos nacionales. "Cuando recogía toda la información, me sentaba en mi habitación y me craneaba dónde iría cada agrupación", recuerda César Mejía, revelando lo íntima que era la edición, con su cuarto como sala de redacción.

Nueva Fuerza era la publicación más rica en artículos de opinión: mientras en unos celebraba el crecimiento de la escena punk, en otros reprochaba la indistinción entre la cultura traqueta y la música que, según ellos, se veía en el mensaje de la película Rodrigo D (a diferencia de Hellzine, que llegó a entrevistar a Víctor Gaviria, director de la cinta, celebrando su trabajo); por su parte, Medellín Subterráneo ridiculizaba a un grupo como La Pestilencia por, según ellos, venderse al sistema a principios de 1990, mediante el apelativo "La Pepsilencia"; Diabolic Force hacía contacto con artistas extranjeros para entrevistarlos y reseñar sus estrenos; mientras que Retaliación, en una edición de ese mismo año, celebraba la evolución que para ellos estaba teniendo la banda Ekhymosis, cuyo cambio de sonido, de hair metal a tropipop, sería tan controvertido a mediados de la década; al final, algunas publicaciones en sus últimos números innovaron sacando también reseñas de conciertos.

En las hojas de estas creaciones, la imagen tiene un papel protagónico, desde los diseños de las singulares fuentes tipográficas, tan caras al metalero, hasta las caricaturas contra el establecimiento o ilustrativas de un pogo, tan caras al punk. Una obra de Quino que satiriza la evolución humana, un chico de ideas vacías que se afilia al under por esnobismo, imágenes de repudio al abuso policial, a las corridas de toros, la personificación del hardcore derrotando a los cánceres de la humanidad, páginas completas de caricaturas propias y prestadas mostrando las distintas posturas políticas del momento y del lugar. En estos precarios fanzines fotocopiados estaba además la semilla de un estilo particular de comunicación que fue dominante durante la época: el intercambio epistolar entre actores de la escena y, sobre todo, bandas. Independientes y autogestionadas mucho antes de la inclusión de estas palabras en el léxico común, estas anunciaban el lanzamiento de sus demos chatarrudos en las esquinas de las páginas, a veces hasta en inglés, lo cual demuestra que los fanzines también eran leídos en tierras lejanas.

"La gente hacía unos machotes, los textos los redactaban en máquina de escribir y por eso todos tienen la misma fuente, con ilustraciones a mano o foticos recortadas de revistas... así se hacían los diseños, ese arte final se fotocopiaba y se reproducía con su ganchito", recuerda Román González, testigo y cronista del rock paisa. Las copias se sacaban tantas como se pudiera, con los limitados recursos de jóvenes que estaban guerreándola o aún en el colegio. Sobra decir que ninguno de estos editores artesanales contaba con un patrocinio más allá de los 80 pesos que costaba Nueva Fuerza o los 350 de Retaliación (para que calculemos, en ese tiempo un churro y una gaseosa valían cien pesos, mientras que el dólar estaba a 500).

Las ediciones venían cargadas. El número cuatro de Nueva Fuerza, por ejemplo, se publicó a principios de 1990. Incluía un editorial en el que se celebraba el crecimiento de la escena y sus diferentes tendencias, invitando a un mayor acercamiento entre bandas y público; dos extensas entrevistas, una a la banda de metal Tormento y otra a la banda punk Herpes, incluyendo algunas de sus letras; una página de opinión sobre la manera (para ellos) superficial como la prensa masiva estaba cubriendo su escena; otra columna aportada por un lector sobre la naturaleza del pogo; opiniones anónimas sobre la mujer en el medio musical o la manera como el rock podía aportar al desarrollo cultural; intercambios de correspondencia con otros fanzines de México y Perú y, por último, la reseña de un concierto en el municipio de Caldas. Todo esto acompañado de "publicidad" sobre novedades discográficas de la ciudad o de nuevas importaciones a cargo de distribuidoras de discos tan artesanales como todo lo que hacía este movimiento.

Año y medio después, el público recibía la propuesta de Subterráneo Medellín, mucho más gráfica. Enfatizaba en la escena hardcore y reflejaba una especialización de las líneas editoriales de los fanzines; sus editoriales, letras de canciones y en general información sobre las bandas se centraba en este subgénero. Con más contactos y conocimientos de lo de afuera, incluían datos más detallados sobre bandas de Venezuela, Perú y España, junto con la presentación de tres proyectos que en su momento se destacaban en la escena local: Hartos de Ti, Averxión y CTC. Y sin perder sus conexiones ideológicas con otros cultores del sonido subterráneo, el trabajo visual se hizo cada vez más hilarante y contestatario: Chimbín, un pene humanoide que toma cerveza y es "amigo de los niños", acompañaba varias páginas como si se tratara de la conciencia del fanzine; de igual forma, una caricatura en la página final, poderosamente conectada con el contexto político, ridiculizaba al padre García Herreros por su papel en la entrega a la justicia del (otra vez presente) Pablo Escobar.

Al ser fotocopias, la inmensa mayoría de fanzines circulaba en blanco y negro. El único distinto, que intentó sacar una monocromía con un tono más vivo, fue el mencionado Nueva Fuerza, cuya carátula se empezó a hacer en litografía a partir de 1990. Ese modelo sería imitado por Hellzine y luego por Retaliación y Medellín Subterráneo, agregando ilustraciones hechas en planchas metálicas o de agua (las más baratas) o agregando colores como rojo o verde a las carátulas.

En esos intentos por innovar influyó notablemente el intercambio con fanzines extranjeros. Unode ellos fue la publicación noruega Slayer Magazine, reputada como una publicación underground con diagramación de alta calidad (hoy sigue siendo reconocida como un referente mundial de la cultura metalera). Los nórdicos ya no trabajaban con fotos que al ser fotocopiadas resultaban en alto contraste, sino con las mismas técnicas de impresión fotomecánica que se usaba en medios más profesionales. A Colombia ese fanzine llegó de la mano de "Bull Metal", quien mantenía una activa correspondencia con Metallium, su editor. Cuando se conoció en Medellín, los estándares de calidad subieron: "Todo el mundo dijo '¡La chimba, tenemos que lograr algo de esa calidad!'", recuerda Román.

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El contexto era violento y propicio para la expresión, casi desesperada, de esta generación. Pero paradójicamente, no fue la violencia la que contribuyó a la decadencia del fanzine, sino otro tipo de eventualidad, eso sí, también orquestada por los poderosos.

En 1992 empezaron a sentirse los efectos de la apertura económica impulsada por el gobierno del entonces presidente César Gaviria. El auge de las importaciones, así como la diversificación del consumo de bienes y servicios, también contribuyó a que decayeran muchas industrias locales, incluyendo el peculiar movimiento de los fanzines paisas. Para ese momento, los metaleros de Medellín ya conocían la prestigiosa Hit Parader, con su carátula en color, hojas esmaltadas y fotos inéditas de Pantera, Ozzy, Slayer y todos los artistas destacados del momento. "Ya las putas fotocopias que hacíamos nosotros perdían valor", recuerda Román, comparando la novedad del formato gringo producido en serie. Y no sólo se trataba de comparar el proceso de producción, ya que la mayoría del público preferiría el producto importado por razones de calidad y contenido.

Otros pocos, por romanticismo, continuaban sosteniendo los fanzines para conservarlos como documento de valor histórico. Sin embargo, el cambio cultural los siguió hiriendo de muerte: ya para entonces MTV cambió su línea editorial, convirtiéndose en un poderoso vehículo difusor de la movida grunge, que con una fuerza inusitada mandó a morder el polvo a todo lo que respiraba previamente. Además, llegaron al consumidor números de Spin o Billboard anunciando a los Pearl Jam, Soundgarden y Stone Temple Pilots de la época, con elementos con los que era imposible competir: calcomanías y afiches centrales que la gente pegaba en sus cuartos y en sus cosas. Incluso en el comercio estas revistas se daban el lujo de competir con precios bajos, vendiendo también los números atrasados que llegaban. Ni siquiera las ventajas imperdibles del fanzine, como la exclusividad de acceder a contenidos o la posibilidad de intercambiar correspondencia con los músicos seducía a la mayoría.

Lo aprendido, sin embargo, no fue en vano, ya que el acceso a imprentas y litografías generó sus efectos dentro de esta generación. Los metaleros y punkeros empezaron por su cuenta a aprender el uso de estas tecnologías. Se dieron cuenta de que allá también podían editar las carátulas de sus demos y cuando la ocasión lo permitía, de sus acetatos. La tecnología se ponía a su servicio, así ya no hubiera fanzines. Otro efecto notable estuvo en la búsqueda de formas propias de sustento, de realización personal y profesional que muchas veces no le implicaban a esta comunidad la cesión de sus principios. "La teoría mía es que a raíz de todo eso, hay una generación de metaleros y punkeros que hoy en día son diseñadores gráficos, ilustradores o publicistas, porque desde pequeños comenzaron a batallar con eso de la autoproducción de comunicación y contenido y encontraron una profesión ahí. Por lo menos yo soy uno de esos", sostiene Román González, quien los últimos años sigue dedicado a editar y distribuir fanzines entre los amigos, como manera de promover sus diferentes proyectos musicales, artísticos y publicitarios.

En una sociedad carente de oportunidades de expresión, y que al parecer condenaba a toda una generación de jóvenes de clase popular a empuñar las armas o a ser carne de cañón, los fanzines se convirtieron en un poderoso instrumento de comunicación, de consolidación y de proyección del movimiento contracultural de Medellín. No sólo se trataba, como en otras partes del mundo, de resistir al avasallamiento de los medios masivos y del mercado; en Colombia también, y sobre todo, hablamos de un poderoso vehículo de resistencia en una sociedad amedrentada, de gritos de rebeldía y crítica ante las amenazas, la brecha social y la desidia de la clase dirigente. Y ante el mundo (es decir, ante movimientos culturales afines que surgieron en otras ciudades y países) los fanzines se convirtieron en la carta de presentación e intercambio de ideas de los que promovían estas formas únicas de sentir y de decir "Estamos vivos y presentes".

Esta historia es original de Noisey, la plataforma de música alternativa de VICE.